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sábado, 26 de septiembre de 2026

América Latina: más educación no garantiza mayor crecimiento económico

 

Por Armando José Urdaneta Montiel
Profesor-Investigador

Durante décadas, una parte importante de la discusión sobre el desarrollo económico latinoamericano ha descansado sobre una premisa aparentemente indiscutible: para crecer es necesario invertir más, acumular capital físico y elevar el nivel educativo de la población. El planteamiento es válido, pero insuficiente. La verdadera cuestión no consiste únicamente en cuánto capital físico y humano acumula una sociedad, sino qué capacidad posee para transformar esos recursos en productividad, innovación y mayores niveles de ingreso. Esta distinción resulta particularmente relevante en América Latina, donde los avances educativos, la inversión y una mayor integración internacional no siempre se han traducido en aumentos sostenidos de la productividad.

La evidencia obtenida a partir de Penn World Table permite aproximarnos a este problema. Un análisis de 15 economías latinoamericanas durante el periodo1993–2023 muestra asociaciones positivas entre el capital, la inversión y el producto real por trabajador. La acumulación de factores continúa siendo importante. Sin embargo, los resultados relacionados con el capital humano son más complejos y plantean una interrogante fundamental para la política económica regional.

Un análisis complementario muestra una correlación positiva cercana a 0,67 entre capital humano y PIB per cápita. En términos sencillos, los países latinoamericanos con mayores niveles de capital humano tienden también a presentar mayores niveles de ingreso por habitante. No obstante, cuando se examina la estabilidad de esta relación en el tiempo, las pruebas realizadas no proporcionan evidencia robusta de una relación de equilibrio de largo plazo entre ambas variables. Tampoco se identifica causalidad temporal estadísticamente significativa al 5 %, aunque aparece evidencia marginal al 10 % desde el capital humano hacia el PIB per cápita. Adicionalmente, en el análisis dinámico realizado para las 15 economías, el capital humano tampoco presenta un efecto positivo suficientemente robusto ante diferentes procedimientos de estimación.

Estos resultados no significan que la educación perjudique el crecimiento ni que invertir en capital humano sea innecesario. La conclusión relevante es diferente: acumular capital humano y utilizar productivamente ese capital humano son procesos distintos. Una sociedad puede ampliar la escolarización, incrementar la matrícula universitaria y formar miles de profesionales sin conseguir aumentos proporcionales de productividad. Entre la adquisición de conocimientos y su transformación en producción existe una estructura económica e institucional que puede facilitar o restringir su aprovechamiento.

Una economía puede disponer de una población progresivamente más educada, pero si mantiene elevada informalidad, empresas de baja productividad, limitada innovación, reducida incorporación tecnológica y dificultades para movilizar recursos hacia actividades más eficientes, una parte del conocimiento acumulado encontrará pocas oportunidades para convertirse en mayor producción. La pregunta relevante deja entonces de ser exclusivamente cuánto educamos y pasa a ser también para qué estructura productiva estamos educando y qué posibilidades existen para aprovechar las capacidades adquiridas.

Esta perspectiva permite comprender la aparente paradoja observada en los datos. Los países con mayor capital humano suelen presentar mayores niveles de ingreso, pero incrementar cuantitativamente ese capital no necesariamente genera, por sí mismo, un crecimiento automático. Entre educación y crecimiento existe una cadena de transmisión: las personas adquieren conocimientos y competencias; las empresas deben poder utilizarlos; la inversión debe proporcionar capital físico y tecnología complementarios; los mercados deben permitir que trabajadores y recursos se desplacen hacia actividades más productivas; y las instituciones deben generar incentivos para invertir, innovar y emprender. Cuando estos mecanismos funcionan deficientemente, la rentabilidad económica del capital humano puede reducirse.

Por esta razón, resulta insuficiente medir el capital humano exclusivamente por su dimensión cuantitativa. Importan los años de escolarización, pero también la calidad de la educación, las competencias efectivamente adquiridas y su correspondencia con las necesidades del aparato productivo. El desafío latinoamericano es simultáneamente educativo y productivo.

Algo semejante ocurre con el capital físico. Los resultados muestran una asociación positiva entre capital, inversión y producto por trabajador. La inversión sigue siendo indispensable para ampliar la capacidad productiva, pero importa no solamente cuánto se invierte, sino también dónde, cómo y bajo qué condiciones. Dos economías pueden invertir proporciones semejantes de sus recursos y obtener resultados diferentes dependiendo de la calidad de los proyectos, la tecnología incorporada, la infraestructura disponible, las condiciones de competencia y los incentivos enfrentados por las empresas.

La política económica enfrenta, por tanto, un problema de cantidad, pero también de asignación y eficiencia. Aumentar la inversión sin generar condiciones para que el capital fluya hacia actividades productivas puede producir resultados limitados. Un entorno caracterizado por estabilidad macroeconómica, seguridad jurídica, reglas previsibles, competencia y facilidades para emprender aumenta las posibilidades de que los recursos encuentren usos de mayor productividad.

Los resultados relativos al sector externo conducen a una reflexión similar. Las exportaciones netas por trabajador no presentan una asociación estadísticamente robusta con el producto por trabajador. Esto no implica que el comercio internacional sea irrelevante. Significa que reducir la inserción internacional al saldo entre exportaciones e importaciones resulta insuficiente. Una economía puede mantener un superávit sustentado en productos primarios y generar poco aprendizaje tecnológico, mientras otra puede importar maquinaria y tecnología para desarrollar posteriormente actividades exportadoras más sofisticadas. Lo fundamental no es únicamente cuánto se exporta, sino qué se exporta, qué se importa y cuánto conocimiento incorporan esas actividades.

La principal enseñanza para la política económica latinoamericana es que acumular factores productivos es necesario, pero no suficiente. El debate debería trascender preguntas exclusivamente cuantitativas sobre cuánto invertir, gastar, educar o exportar. La productividad exige preguntarse si la inversión se dirige hacia actividades de mayor valor, si las empresas encuentran incentivos para innovar, si el sistema educativo desarrolla las competencias requeridas, si existe suficiente competencia y si las instituciones ofrecen seguridad y previsibilidad para inversiones de largo plazo.

Una estrategia orientada al crecimiento debería combinar estabilidad macroeconómica, seguridad jurídica, competencia, apertura económica, inversión productiva, infraestructura, innovación y capital humano de calidad. Estos elementos son complementarios: el capital humano genera mayores resultados cuando existen empresas capaces de aprovecharlo; las empresas innovan cuando disponen de trabajadores capacitados y tecnología; y la inversión encuentra mejores oportunidades cuando existen instituciones confiables y reglas previsibles.

En definitiva, América Latina necesita avanzar de la acumulación hacia la productividad. La cuestión decisiva no es solamente cuánto capital físico o humano pueden acumular sus economías, sino qué instituciones, incentivos y estructuras productivas necesitan para convertir esos recursos en innovación, productividad y mejores niveles de vida. El desafío no consiste en escoger entre educación, inversión, comercio o tecnología, sino en construir las condiciones que permitan que todos estos factores se complementen y constituyan las bases de un crecimiento económico sostenido.


¿Por qué América Latina educa más, invierte más y, aun así, continúa teniendo dificultades para elevar sostenidamente su productividad? El problema no consiste solamente en acumular recursos, sino en crear instituciones y mercados capaces de convertirlos en crecimiento. Comparte este análisis de Ideas Antizurdos y participa en el debate: América Latina necesita discutir menos sobre cuánto gastar y mucho más sobre cómo generar productividad.

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sábado, 23 de mayo de 2026

Universidad pública y desarrollo: ¿estamos formando el capital humano que América Latina realmente necesita?

Dr. Armando José Urdaneta Montiel

El debate sobre el financiamiento de la universidad pública ha dejado de ser un tema exclusivamente académico para convertirse en una discusión central sobre el futuro económico de América Latina. La controversia actual en Argentina bajo el gobierno de Javier Milei expuso una pregunta incómoda, pero inevitable: ¿debe el Estado seguir financiando indiscriminadamente carreras universitarias cuya contribución al desarrollo económico y productivo del país es, al menos, discutible?

Durante décadas, gran parte de América Latina construyó sistemas universitarios públicos bajo la idea de que toda expansión educativa constituía automáticamente un bien social. Sin embargo, la teoría económica moderna sobre bienes públicos, desarrollada por Paul Samuelson, nunca sostuvo que cualquier gasto estatal fuese eficiente por definición. Samuelson argumentaba que un gasto público se justifica cuando el beneficio social agregado supera claramente el costo social de financiarlo. Esa distinción es fundamental y suele desaparecer del debate político contemporáneo.

La universidad pública no es un bien público estrictamente. Esto porque no cumple plenamente con las condiciones de no rivalidad y no exclusión. Más bien, se trata de un bien mixto o meritorio, cuya justificación descansa en las externalidades positivas que puede generar: innovación, productividad, investigación, capital humano y fortalecimiento institucional. Pero precisamente porque los recursos públicos son escasos, el problema central no es si la universidad pública debe existir, sino qué tipo de formación debe priorizar una sociedad que busca desarrollarse.

Aquí aparece una contradicción estructural de América Latina. Nuestras economías siguen dependiendo fuertemente de exportaciones de commodities: petróleo, minería, agricultura y recursos naturales casi exclusivamente. Son economías con bajo valor agregado, limitada sofisticación tecnológica y reducida productividad industrial. En ese contexto, resulta legítimo preguntarse si nuestros sistemas universitarios están formando el capital humano que realmente requiere una transformación profunda en la matriz productiva, 

Mientras países desarrollados fortalecen áreas de formación del capital humano como la ingeniería, inteligencia artificial, matemáticas aplicadas, biotecnología, geología, energía, robótica y ciencias duras, buena parte de las universidades latinoamericanas continúa expandiendo carreras con baja demanda laboral, limitada productividad económica y reducida capacidad de absorción en el mercado. Se gradúan miles de abogados, sociólogos, trabajadores sociales y profesionales humanísticos, mientras persisten déficits críticos de ingenieros, científicos, médicos especializados y técnicos altamente calificados.

La crítica liberal-clásica, representada por Milton Friedman, Friedrich Hayek y James Buchanan, sostiene que esta distorsión no es casual. Según la Public Choice, las burocracias universitarias y grupos corporativos tienden a expandir presupuestos, estructuras y carreras independientemente de su verdadero retorno social. El financiamiento estatal permanente reduce incentivos de eficiencia y desconecta la oferta académica de las necesidades reales de la economía.

En otras palabras, cuando el Estado subsidia sin criterios de productividad o desempeño, el sistema universitario se convierte en un aparato autosostenido por impuestos, más orientado a reproducir estructuras burocráticas internas que a resolver desafíos nacionales de desarrollo.

Por supuesto, reconocer este problema no implica afirmar que las ciencias sociales o las humanidades carezcan de valor. Ninguna sociedad moderna puede funcionar sin profesionales en el área del derecho, filosofía, historia, sociología, arte o pensamiento crítico. Las instituciones, la gobernabilidad, la cultura democrática y la cohesión social también son componentes esenciales del desarrollo. El problema no es la existencia de estas disciplinas, sino su desproporción relativa frente a las necesidades estratégicas de economías que aún luchan por industrializarse y generar innovación tecnológica.

El verdadero debate, entonces, no debería reducirse a “universidad pública sí o no”. La discusión seria consiste en determinar cómo asignar racionalmente recursos públicos limitados para maximizar el retorno social de la educación superior. Eso implica evaluar carreras, medir empleabilidad, productividad científica, impacto tecnológico y contribución efectiva al desarrollo nacional.

América Latina necesita urgentemente repensar la relación entre universidad y estructura productiva. Si nuestros países aspiran a abandonar la dependencia histórica de materias primas y avanzar hacia economías intensivas en conocimiento y valor agregado, deberán priorizar masivamente la formación científica, tecnológica y técnica. Continuar expandiendo indiscriminadamente sistemas universitarios desvinculados de las necesidades productivas no solo es fiscalmente insostenible: también perpetúa el estancamiento estructural de la región.

La universidad pública puede y debe ser una herramienta de movilidad social y desarrollo. Pero para cumplir realmente esa función, necesita volver a conectarse con la pregunta más importante de todas: ¿qué tipo de sociedad y de economía queremos construir en el futuro?

¿Debe el Estado seguir financiando cualquier carrera sin medir su impacto real en el desarrollo? La discusión incómoda apenas empieza. Comparte este artículo y deja tu opinión.

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domingo, 8 de marzo de 2026

Crecimiento económico: estructura productiva, capital humano e incentivos dinámicos

Dr. Armando Urdaneta


El debate sobre el crecimiento económico suele reducirse a una comparación de los niveles de ingreso per cápita entre países. Sin embargo, detrás de esa cifra agregada se esconde una arquitectura compleja de acumulación, incentivos y eficiencia productiva. Un análisis serio y objetivo debe contemplar los fundamentos del nivel de producción, así como la dinámica y la rentabilidad del capital que sostienen el desarrollo económico. Este no es simplemente una cuestión de cuánto se acumula, sino de cómo interactúan el capital físico, el capital humano, el trabajo y los incentivos a la inversión a lo largo del tiempo.

El PIB real per cápita, el capital físico per cápita, el índice de capital humano y las horas trabajadas revelan la dimensión estructural del crecimiento. La relación positiva entre capital físico e ingreso confirma una intuición básica de la teoría neoclásica, formalizada en el modelo de Robert Solow: la producción depende de la acumulación de factores. No obstante, la evidencia comparada sugiere que la acumulación de capital físico enfrenta rendimientos decrecientes. Esto implica que, aunque el aumento del capital eleva el producto, cada unidad adicional genera incrementos cada vez menores. Por sí sola, la inversión en maquinaria e infraestructura no garantiza una convergencia automática entre economías ricas y pobres.

Es en este punto donde el capital humano adquiere centralidad. El índice basado en años de escolaridad y retornos a la educación muestra que las economías con mayor dotación educativa no solo alcanzan niveles superiores de ingreso, sino que también exhiben trayectorias de crecimiento más estables. La educación no actúa únicamente como un factor adicional; potencia la productividad del capital físico y del trabajo. En términos económicos, el capital humano amplifica la eficiencia marginal del capital. Esta complementariedad explica por qué economías con niveles similares de inversión física pueden divergir sustancialmente en resultados. Allí donde la acumulación material no va acompañada de acumulación de conocimiento, el crecimiento tiende a estancarse.

La variable de horas trabajadas introduce otra distinción relevante: la diferencia entre crecimiento extensivo e intensivo. Algunas economías expanden su producto aumentando la cantidad de trabajo utilizado; otras lo hacen elevando la productividad por hora. Paradójicamente, las economías más desarrolladas suelen registrar menos horas trabajadas por persona, pero mayor producción por trabajador. Este patrón sugiere que el desarrollo sostenible se asocia menos con la intensificación del esfuerzo laboral y más con mejoras tecnológicas y organizativas que elevan la eficiencia. En otras palabras, trabajar más no equivale necesariamente a producir mejor.

Desde otra perspectiva, la teoría macroeconómica del crecimiento explica el nivel de desarrollo, mientras que la tasa interna de retorno real y la depreciación del capital iluminan la dinámica que sostiene o debilita esa estructura productiva. La rentabilidad del capital constituye el principal incentivo para la inversión. En teoría, las economías con escasez de capital deberían ofrecer mayores retornos y, por tanto, atraer mayores flujos de inversión. Sin embargo, la evidencia empírica muestra que altas tasas de retorno potencial pueden coexistir con baja acumulación efectiva cuando existen riesgos institucionales, restricciones financieras o incertidumbre macroeconómica. La rentabilidad es una condición necesaria para la inversión, pero no suficiente si el entorno no garantiza estabilidad y previsibilidad.

La tasa de depreciación del stock de capital introduce una dimensión frecuentemente subestimada en el debate público. Una parte significativa de la inversión no genera capital neto adicional, sino que simplemente compensa el desgaste del stock existente. En economías con alta depreciación —ya sea por obsolescencia tecnológica o por estructuras productivas intensivas en capital— el esfuerzo de ahorro requerido para expandir el capital neto es mayor. Así, el crecimiento no depende solo de cuánto se invierte, sino de cuánto de esa inversión supera el umbral de reposición. Ignorar esta dinámica puede conducir a diagnósticos excesivamente optimistas sobre la capacidad de expansión futura.

La integración de estas dimensiones permite formular una conclusión más amplia: el desarrollo económico es el resultado de la coherencia entre estructura productiva e incentivos dinámicos. Una economía puede acumular capital físico, pero si carece de capital humano suficiente, la productividad será limitada. Puede exhibir alta rentabilidad potencial, pero si la depreciación es elevada o el entorno institucional es frágil, la acumulación neta será reducida. Puede aumentar las horas trabajadas, pero sin mejoras en eficiencia el ingreso per cápita permanecerá estancado. El crecimiento sostenible exige simultáneamente acumulación, eficiencia y rentabilidad efectiva.

Desde esta perspectiva, las políticas públicas orientadas exclusivamente a estimular la inversión física resultan incompletas. La evidencia sugiere que la educación y la formación de capital humano tienen efectos multiplicadores, no solo directos sino también indirectos al potenciar la rentabilidad del capital existente. Del mismo modo, fortalecer instituciones que reduzcan el riesgo y mejoren la previsibilidad económica incrementa la inversión efectiva más allá de lo que indican los retornos teóricos. Finalmente, la innovación tecnológica puede reducir la depreciación efectiva al hacer más eficiente el uso del capital y prolongar su vida útil productiva.

En síntesis, el crecimiento económico no es un fenómeno mecánico ni lineal. Es el resultado de una interacción compleja entre acumulación de factores, eficiencia productiva e incentivos intertemporales. Analizar la macroeconomía contemporánea y las bases de datos disponibles permite identificar esta doble dimensión, estructural y dinámica, superando explicaciones simplistas basadas únicamente en el nivel de ingreso. El desafío para las economías rezagadas no es únicamente acumular más capital, sino construir un entorno donde ese capital sea complementado por conocimiento, respaldado por instituciones sólidas y sostenido por incentivos que hagan viable su expansión en el largo plazo.

El crecimiento económico no nace del discurso ideológico, sino del trabajo productivo, la educación útil y reglas que recompensen el esfuerzo. Apostemos por más empresa, más talento y mejores incentivos. Deja tu comentario y se parte de la solución

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miércoles, 18 de febrero de 2026

Crecimiento económico: estructura productiva, capital humano e incentivos dinámicos

 


Capital humano, rentabilidad e instituciones: la verdadera base del desarrollo sostenible.


Dr. Armando Urdaneta

El debate sobre el crecimiento económico suele reducirse a una comparación de los niveles de ingreso per cápita entre países. Sin embargo, detrás de esa cifra agregada se esconde una arquitectura compleja de acumulación, incentivos y eficiencia productiva. Un análisis serio y objetivo debe contemplar los fundamentos del nivel de producción, así como la dinámica y la rentabilidad del capital que sostienen el desarrollo económico. Este no es simplemente una cuestión de cuánto se acumula, sino de cómo interactúan el capital físico, el capital humano, el trabajo y los incentivos a la inversión a lo largo del tiempo.

El PIB real per cápita, el capital físico per cápita, el índice de capital humano y las horas trabajadas revelan la dimensión estructural del crecimiento. La relación positiva entre capital físico e ingreso confirma una intuición básica de la teoría neoclásica, formalizada en el modelo de Robert Solow: la producción depende de la acumulación de factores. No obstante, la evidencia comparada sugiere que la acumulación de capital físico enfrenta rendimientos decrecientes. Esto implica que, aunque el aumento del capital eleva el producto, cada unidad adicional genera incrementos cada vez menores. Por sí sola, la inversión en maquinaria e infraestructura no garantiza una convergencia automática entre economías ricas y pobres.

Es en este punto donde el capital humano adquiere centralidad. El índice basado en años de escolaridad y retornos a la educación muestra que las economías con mayor dotación educativa no solo alcanzan niveles superiores de ingreso, sino que también exhiben trayectorias de crecimiento más estables. La educación no actúa únicamente como un factor adicional; potencia la productividad del capital físico y del trabajo. En términos económicos, el capital humano amplifica la eficiencia marginal del capital. Esta complementariedad explica por qué economías con niveles similares de inversión física pueden divergir sustancialmente en resultados. Allí donde la acumulación material no va acompañada de acumulación de conocimiento, el crecimiento tiende a estancarse.

La variable de horas trabajadas introduce otra distinción relevante: la diferencia entre crecimiento extensivo e intensivo. Algunas economías expanden su producto aumentando la cantidad de trabajo utilizado; otras lo hacen elevando la productividad por hora. Paradójicamente, las economías más desarrolladas suelen registrar menos horas trabajadas por persona, pero mayor producción por trabajador. Este patrón sugiere que el desarrollo sostenible se asocia menos con la intensificación del esfuerzo laboral y más con mejoras tecnológicas y organizativas que elevan la eficiencia. En otras palabras, trabajar más no equivale necesariamente a producir mejor.

Desde otra perspectiva, la teoría macroeconómica del crecimiento explica el nivel de desarrollo, mientras que la tasa interna de retorno real y la depreciación del capital iluminan la dinámica que sostiene o debilita esa estructura productiva. La rentabilidad del capital constituye el principal incentivo para la inversión. En teoría, las economías con escasez de capital deberían ofrecer mayores retornos y, por tanto, atraer mayores flujos de inversión. Sin embargo, la evidencia empírica muestra que altas tasas de retorno potencial pueden coexistir con baja acumulación efectiva cuando existen riesgos institucionales, restricciones financieras o incertidumbre macroeconómica. La rentabilidad es una condición necesaria para la inversión, pero no suficiente si el entorno no garantiza estabilidad y previsibilidad.

La tasa de depreciación del stock de capital introduce una dimensión frecuentemente subestimada en el debate público. Una parte significativa de la inversión no genera capital neto adicional, sino que simplemente compensa el desgaste del stock existente. En economías con alta depreciación —ya sea por obsolescencia tecnológica o por estructuras productivas intensivas en capital— el esfuerzo de ahorro requerido para expandir el capital neto es mayor. Así, el crecimiento no depende solo de cuánto se invierte, sino de cuánto de esa inversión supera el umbral de reposición. Ignorar esta dinámica puede conducir a diagnósticos excesivamente optimistas sobre la capacidad de expansión futura.

La integración de estas dimensiones permite formular una conclusión más amplia: el desarrollo económico es el resultado de la coherencia entre estructura productiva e incentivos dinámicos. Una economía puede acumular capital físico, pero si carece de capital humano suficiente, la productividad será limitada. Puede exhibir alta rentabilidad potencial, pero si la depreciación es elevada o el entorno institucional es frágil, la acumulación neta será reducida. Puede aumentar las horas trabajadas, pero sin mejoras en eficiencia el ingreso per cápita permanecerá estancado. El crecimiento sostenible exige simultáneamente acumulación, eficiencia y rentabilidad efectiva.

Desde esta perspectiva, las políticas públicas orientadas exclusivamente a estimular la inversión física resultan incompletas. La evidencia sugiere que la educación y la formación de capital humano tienen efectos multiplicadores, no solo directos sino también indirectos al potenciar la rentabilidad del capital existente. Del mismo modo, fortalecer instituciones que reduzcan el riesgo y mejoren la previsibilidad económica incrementa la inversión efectiva más allá de lo que indican los retornos teóricos. Finalmente, la innovación tecnológica puede reducir la depreciación efectiva al hacer más eficiente el uso del capital y prolongar su vida útil productiva.

En síntesis, el crecimiento económico no es un fenómeno mecánico ni lineal. Es el resultado de una interacción compleja entre acumulación de factores, eficiencia productiva e incentivos intertemporales. Analizar la macroeconomía contemporánea y las bases de datos disponibles permite identificar esta doble dimensión, estructural y dinámica, superando explicaciones simplistas basadas únicamente en el nivel de ingreso. El desafío para las economías rezagadas no es únicamente acumular más capital, sino construir un entorno donde ese capital sea complementado por conocimiento, respaldado por instituciones sólidas y sostenido por incentivos que hagan viable su expansión en el largo plazo.

¿Quiere entender por qué algunas economías despegan y otras se estancan?
Le invito a leer el análisis completo y compartir su opinión sobre el verdadero motor del desarrollo.

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Este blog presenta algunas ideas económicas sobre el comportamiento nefasto que tienen las ideas del colectivismo socialista, progresista o wokista, sobre la vida de las personas y los perjuicios que ocasionan en los países que las aplican.

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