Contra la intolerancia política: por una sociedad libre, pacífica y dialogante
La democracia se sostiene en tres pilares inseparables: libertad, pluralismo y debate civilizado. Cuando uno de ellos cae, el edificio completo se resquebraja. En los últimos años, la intolerancia de sectores radicalizados —en especial de la ultraizquierda y agrupaciones afines— ha promovido un clima de linchamiento moral, cancelación y violencia que suple a los argumentos con gritos, escraches y agresiones. Ese camino erosiona la convivencia y bloquea el progreso social.
Del desacuerdo al odio: una deriva peligrosa
Disentir no es un delito: es el oxígeno de la vida republicana. Sin embargo, determinadas corrientes han convertido el desacuerdo en herejía. Bajo banderas de “justicia social” se deslegitima al que piensa distinto, se caricaturizan posturas y se silencia el debate con etiquetas infamantes. El resultado: menos persuasión y más intimidación. En ese caldo de cultivo, la violencia política encuentra excusas y la plaza pública se vuelve campo de batalla.
Cuando la violencia asesina el debate
América Latina y Estados Unidos han sufrido hechos luctuosos que recuerdan lo que ocurre cuando el odio sustituye a la razón. En Ecuador, el asesinato del candidato presidencial Fernando Villavicencio (9 de agosto de 2023) marcó un punto de no retorno en la crisis de seguridad: su cruzada contra la corrupción y el crimen organizado terminó a balazos cuando salía de un mitin en Quito. La violencia cortó una voz incómoda y dejó una herida cívica que aún no cierra.
En Colombia, el senador y precandidato Miguel Uribe Turbay fue baleado en un acto público el 7 de junio de 2025 y falleció el 11 de agosto de 2025. Su muerte reabrió el debate sobre la seguridad del ejercicio político y los límites de una confrontación que, cuando se radicaliza, degenera en silenciamiento definitivo del adversario.
En Estados Unidos, el activista conservador Charlie Kirk fue asesinado a tiros durante un evento en Utah en septiembre de 2025, hecho que desató una investigación federal y una oleada de debates sobre el deterioro del clima cívico y el auge de la violencia política. Más allá de las diferencias ideológicas, su muerte recordó que ninguna causa justifica matar el debate.
Ideas firmes, formas civilizadas
Defender la libertad no significa suavizar convicciones. Significa sostenerlas con razones y pruebas, no con coerción. Una sociedad abierta necesita pluralismo real: universidades, medios y redes que premien el pensamiento crítico, no la conformidad. Rechazar la violencia no es relativismo; es establecer el único terreno donde las mejores ideas puedan ganar mediante persuasión, evidencia y deliberación pública.
Un pacto por la libertad y la tolerancia
Para sanar el espacio democrático propongo un pacto mínimo, transversal a ideologías:
- Condena absoluta de toda violencia política, física o simbólica, venga de donde venga.
- Debate basado en argumentos verificables: datos por encima de consignas.
- Garantías efectivas de libertad de expresión y debido proceso en campus, redes y medios.
- Protección prioritaria a candidatos, periodistas y activistas frente a amenazas y hostigamiento.
- Alfabetización cívica y digital para detectar bulos, desinformación y discursos que incitan al odio.
Tu voz cuenta
Si crees en una sociedad donde la libertad y el respeto prevalezcan sobre el odio, comparte este mensaje, conversa con tu entorno y exige a tus líderes políticos debate, no violencia. El cambio comienza con ciudadanos valientes que se atreven a defender la tolerancia.






