Durante décadas nos dijeron que la cooperación internacional era una de las principales herramientas para combatir la pobreza. Miles de millones de dólares fueron enviados a África, América Latina y otras regiones bajo programas destinados a fortalecer instituciones, mejorar la educación, combatir enfermedades, reducir la desigualdad y promover el desarrollo.
La pregunta incómoda es inevitable: después de tantos años y tanto dinero, ¿por qué numerosos países en varios continentes continúan dependiendo de la ayuda internacional?
No se trata de afirmar que toda cooperación haya sido inútil. Sería incorrecto. Existen programas de vacunación, alimentación, educación, saneamiento y atención humanitaria que han producido resultados concretos. El verdadero problema aparece cuando la cooperación deja de ser un instrumento temporal para construir capacidades y termina convertida en parte permanente del funcionamiento político y económico de un país.
África: décadas de ayuda y pobreza persistente
El África subsahariana constituye uno de los casos más difíciles de ignorar. El Banco Mundial estimó que en 2024 aproximadamente el 46 % de su población vivía en pobreza extrema. El dato no demuestra, por sí solo, que la cooperación haya provocado pobreza. Pero sí obliga a cuestionar la idea de que enormes transferencias internacionales sean suficientes para producir desarrollo.
La experiencia demuestra que no existe cooperación capaz de reemplazar instituciones sólidas, propiedad privada segura, inversión productiva, educación de calidad, mercados competitivos y gobiernos sometidos a controles efectivos.
La propia OCDE reconoce que, en contextos extremadamente frágiles, numerosos programas destinados a fortalecer la gobernanza han mostrado una efectividad muy baja. Entre las razones identificadas aparecen redes de patronazgo, corrupción, ausencia de voluntad política y diseños concebidos por los donantes sin suficiente consideración de las capacidades institucionales locales.
Dicho de forma sencilla, inyectar dinero en instituciones débiles no necesariamente las fortalece. En determinadas circunstancias puede terminar fortaleciendo precisamente a quienes controlan esas instituciones y generando fortunas a funcionarios de gobiernos corruptos.
América Latina: ayuda sin transformación suficiente
Nuestra región presenta una realidad diferente, pero también instructiva.
América Latina ha logrado reducir significativamente la pobreza durante las últimas décadas. De hecho, el Banco Mundial proyectó para 2025 uno de los niveles regionales más bajos registrados. Sin embargo, aproximadamente una de cada cuatro personas continuaba en situación de pobreza, mientras el crecimiento económico latinoamericano durante los últimos años fue considerablemente menor que el observado en regiones asiáticas más dinámicas.
El propio Banco Mundial insiste en que el crecimiento sostenido, la productividad, la inversión, las capacidades empresariales y la creación de empleos de calidad son factores fundamentales para reducir la pobreza de manera duradera. Entonces surge otra pregunta: ¿por qué seguimos creyendo que un país puede desarrollarse principalmente mediante transferencias externas?
La cooperación puede financiar una escuela. Puede capacitar funcionarios. Puede construir infraestructura. Puede sostener organizaciones sociales. Pero difícilmente sustituirá a una economía capaz de producir riqueza.
El problema político de la cooperación
Existe además una dimensión que muchas veces se evita discutir. Los recursos internacionales llegan a países donde existen gobiernos, burocracias, organizaciones no gubernamentales, consultores, contratistas y grupos políticos que compiten por administrarlos. Eso crea incentivos.
Cuando la transparencia es insuficiente, la cooperación puede quedar atrapada en estructuras clientelares, organizaciones cercanas al poder o proyectos cuya continuidad depende más de seguir recibiendo recursos que de solucionar definitivamente el problema que justificó su creación.
Esto puede ocurrir bajo gobiernos de izquierda, de derecha o de cualquier otra orientación. Sn embargo, los gobiernos de ultra izquierda o socialistas en Africa son la mayoría de los casos. La corrupción y el rentismo no poseen monopolio ideológico, pero se logran observar con más frecuencia en países con línea colectivista. Precisamente por ello, resulta más importante evaluar instituciones y resultados.
USAID y sus problemas
El caso estadounidense resulta particularmente interesante porque permite observar el problema desde el propio país donante. La Oficina del Inspector General de USAID informó en agosto de 2026 que auditorías independientes realizadas sobre aproximadamente US$3.000 millones en gastos de asistencia internacional, correspondientes al período octubre de 2023-marzo de 2026, identificaron más de US$50 millones en costos considerados no elegibles o insuficientemente respaldados, además de debilidades de control interno.
Hay una precisión importante: un questioned cost no significa automáticamente dinero robado. Puede tratarse de gastos sin documentación suficiente, costos improcedentes u otras irregularidades que deben ser aclaradas. Pero, que en la mayoría de los casos no es investigado por temas de tiempo y nueva cooperación.
Pero el dato demuestra algo esencial: incluso una de las estructuras de cooperación internacional más grandes del mundo necesita mecanismos permanentes para detectar riesgos, errores y posibles abusos. Por eso el debate sobre USAID es mucho más profunda: ¿quién controla al que reparte el dinero?, ¿quién evalúa los resultados?, ¿cuánto llega realmente al beneficiario final?, ¿qué instituciones sobreviven cuando termina el financiamiento?
Desarrollo no es recibir dinero
La gran equivocación consiste en confundir gasto con resultado. Un millón de dólares desembolsado no representa un millón de dólares de desarrollo. Mil personas capacitadas tampoco significan necesariamente mil personas más productivas. Cien proyectos ejecutados no significan cien problemas solucionados.
La OCDE insiste precisamente en la necesidad de evaluar la cooperación por su efectividad, sostenibilidad, impacto y capacidad para producir resultados verificables, no únicamente por recursos ejecutados. Ese debería ser el criterio.
La cooperación internacional puede ser útil cuando complementa instituciones responsables, fortalece capacidades locales y genera condiciones para que eventualmente deje de ser necesaria. Pero cuando después de treinta o cuarenta años siguen existiendo las mismas agencias, los mismos programas, los mismos intermediarios y los mismos problemas, quizá deberíamos dejar de preguntar cuánto dinero falta enviar y comenzar a preguntar qué estamos haciendo mal.
Porque el verdadero éxito de la cooperación internacional no debería consistir en crear países expertos en recibir ayuda o expertos en supuestamente conseguir fondos. Debería consistir en crear países que ya no la necesiten.
¿Puede considerarse exitosa una política de cooperación cuando después de décadas el receptor continúa dependiendo de ella?
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