Por. John Campuzano Vásquez
Durante décadas, una parte importante de la izquierda latinoamericana ha construido su discurso alrededor de la idea de representar a los pobres. Solo los gobiernos de esa tendencia están autorizados para hablar y manosearla. En todo escenario el debate comienza cuando la pobreza se convierte en un activo político que garantiza apoyo electoral permanente.
En buena parte de América Latina existe un patrón que merece ser discutido sin mucho esfuerzo. Sectores de la población que continúan viviendo sin agua potable, alcantarillado, vivienda, educación de calidad o servicios de salud eficientes siguen respaldando a los mismos proyectos políticos que han gobernado durante años. La pregunta es inevitable: ¿por qué alguien continúa defendiendo y votando por un modelo que no ha logrado mejorar sustancialmente sus condiciones de vida?
La política de la dependencia
La primera explicación es la construcción de dependencia. Cuando el Estado concentra la distribución de beneficios, subsidios, empleos públicos o programas sociales, el ciudadano deja de percibirse como un individuo autónomo y comienza a considerar que su bienestar depende directamente del gobernante de turno y de la bondad que dispense para las ingenuas personas.
Las ayudas sociales no son negativas. Los programas focalizados para reducir la pobreza pueden ser indispensables para enfrentar situaciones extremas. El problema aparece cuando dejan de ser un puente hacia la autonomía y se convierten en un mecanismo permanente de fidelización política, los eternos bonos y subsidios como el Bono de Desarrollo Humano en Ecuador que cumple ya 26 años de existencia.
En ese escenario, el discurso cambia. El mensaje ya no es "vamos a generar oportunidades para que usted no necesite ayuda", sino "nosotros somos quienes podemos protegerlo, somos el Estado siempre presente".
El enemigo permanente como estrategia
Otra explicación recurrente consiste en mantener vivo un enemigo político.
Cuando la economía no mejora, cuando las promesas no llegan o cuando el crecimiento se estanca, la explicación rara vez apunta a errores propios. Siempre existe un responsable externo: el neoliberalismo, las élites, los empresarios, los medios de comunicación, Estados Unidos o la oposición de la derecha mala.
Desde la comunicación política, esta estrategia resulta eficaz porque evita que los ciudadanos evalúen los resultados concretos de la gestión. En lugar de preguntar por indicadores de empleo, inversión o productividad, la discusión se traslada hacia una confrontación moral entre "el pueblo" y "sus enemigos".
La política deja de girar alrededor de resultados y pasa a girar alrededor de identidades, de los movimientos sociales, de las juventudes comunistas y de la libertad de los pueblos, todas consignas basada en relatos ante que en datos.
Jóvenes indignados: las promesas que impulsaron a Boric y Petro
Los casos de Chile y Colombia ilustran bien este fenómeno.
En Chile, las protestas iniciadas en 2019 canalizaron un profundo malestar social relacionado con el costo de vida, las pensiones, la educación y la desigualdad. Muchos jóvenes interpretaron que el modelo económico debía reemplazarse por uno mucho más intervencionista alineado al comunismo benefactor.
Ese ambiente favoreció la llegada de Gabriel Boric a la presidencia con una narrativa de profundas transformaciones sociales. Sin embargo, una vez en el gobierno aparecieron las limitaciones propias de la administración pública, las restricciones fiscales y las dificultades para ejecutar reformas estructurales. El rechazo ciudadano a la propuesta constitucional impulsada durante su mandato y la caída en sus niveles de aprobación evidenciaron que las expectativas iniciales fueron considerablemente mayores que los resultados obtenidos y terminó siendo un gobierno de enchufados o pitutos
Colombia: del discurso del cambio a las dificultades de gobernar
En Colombia ocurrió un proceso similar.
Las movilizaciones de 2021 expresaban inconformidad frente a problemas reales como desempleo juvenil, desigualdad y oportunidades económicas.
Ese contexto favoreció la elección de Gustavo Petro, quien presentó un ambicioso programa de transformación política, económica y social. Gobernar, sin embargo, ha resultado mucho más complejo que hacer campaña. Varias de sus principales reformas encontraron resistencia en el Congreso, mientras diferentes indicadores económicos y fiscales generaron preocupación entre analistas y empresarios. La percepción ciudadana sobre el rumbo del gobierno también mostró un deterioro progresivo según diversas encuestas de opinión.
Esto no significa que todos los problemas provengan exclusivamente del actual gobierno; Colombia arrastra desafíos históricos. Pero sí evidencia la distancia entre las expectativas generadas durante la campaña y la capacidad real para cumplirlas, basta revisar el déficit fiscal que deja Petro al nuevo gobierno y tenemos una idea del desastre de regalar dinero y/o desviarlo para otros fines.
¿Por qué muchos continúan defendiéndolos?
Aquí aparece un fenómeno ampliamente estudiado por la psicología política: el compromiso identitario. Cuando una persona convierte una opción política en parte de su identidad, admitir que ese proyecto ha fracasado puede sentirse como reconocer un error personal, esto ya ha sido explicado en otras entradas de este blog.
En consecuencia, muchos simpatizantes tienden a justificar los malos resultados atribuyéndolos a conspiraciones, sabotajes o herencias recibidas, antes que aceptar que las políticas implementadas pueden no haber producido los efectos esperados.
Este comportamiento no es exclusivo de la izquierda; puede observarse en simpatizantes de distintos sectores ideológicos. Sin embargo, en movimientos de fuerte componente populista e identitario suele adquirir mayor intensidad debido a la permanente apelación emocional entre "el pueblo" y "las élites empresariales".
El romanticismo revolucionario frente a la realidad
Gran parte del discurso político dirigido hacia jóvenes presenta la idea de que basta con cambiar de gobierno para transformar profundamente una sociedad. La realidad económica demuestra algo distinto, falta de conocimiento y muchos discursos sin sentido son la tónica en gobiernos auspiciados desde la extrema izquierda.
El crecimiento sostenible depende de instituciones sólidas, inversión privada y pública, seguridad jurídica, productividad, educación de calidad, estabilidad macroeconómica e innovación. Ninguno de estos elementos aparece de manera inmediata mediante discursos o consignas. Las transformaciones profundas requieren años de políticas públicas consistentes, acuerdos institucionales y disciplina fiscal.
Cuando la retórica promete soluciones instantáneas para problemas acumulados durante décadas, el riesgo de frustración colectiva aumenta considerablemente, por eso vemos las constantes amenazas de salir a las calles para reclamar derechos que nunca fueron entregados por el gobierno zurdo comunista.
La verdadera justicia social no consiste en administrar pobreza
Reducir la pobreza significa lograr que cada vez menos personas dependan del Estado para salir adelante. Eso implica empleo formal, emprendimiento, acceso al crédito, seguridad jurídica, educación pertinente e inversión productiva.
Un ciudadano económicamente independiente es mucho más libre para decidir su voto que uno cuya supervivencia depende directamente de quien controla el presupuesto público. La verdadera inclusión social no debería medirse por la cantidad de subsidios entregados, sino por el número de personas que dejan de necesitarlos gracias a mejores oportunidades.
En una democracia madura, los gobiernos deberían ser evaluados principalmente por resultados verificables: disminución sostenible de la pobreza, mejora en la calidad educativa, ampliación del acceso al agua potable, vivienda digna, infraestructura, crecimiento económico y fortalecimiento institucional. Convertir la pobreza en un argumento permanente de movilización política, sin ofrecer soluciones eficaces y sostenibles, corre el riesgo de perpetuar precisamente aquello que dice combatir.
¿La pobreza persiste por falta de recursos o porque algunos proyectos políticos encuentran en ella una fuente permanente de apoyo electoral? Comparte este análisis, deja tu opinión en los comentarios y participa en el debate.











