La vieja tentación de la izquierda española vuelve con el mismo disfraz moral de siempre: “quitar” o castigar severamente a quienes poseen más de una vivienda para, supuestamente, favorecer a quienes no tienen casa. El clima político cada vez más agresivo contra la propiedad privada por parte de dirigentes que acumulan muchas casas, hace que sea risible esa propuesta. Izquierda Unida ha defendido explorar expropiaciones sobre viviendas en desuso de bancos y fondos de inversión; Gabriel Rufián ha planteado que “a partir de la segunda vivienda” deberían aplicarse impuestos muy elevados; y desde Más Madrid se han escuchado discursos abiertamente favorables a “freír a impuestos” y expropiar a quienes acumulen viviendas.
El argumento suena noble y emociona a los sin casa: combatir la especulación, garantizar vivienda, proteger al pobre. Pero la economía no funciona con consignas. Si el Estado convierte al propietario en enemigo público, es miuy simple, el primer efecto no es que aparezcan más casas; el primer efecto es que desaparece la confianza. Y sin confianza no hay inversión, sin inversión no hay construcción, sin construcción no hay empleo y sin nueva oferta los precios terminan subiendo.
España y los países en el mundo, no necesitan menos propietarios; necesitan más viviendas disponibles, más suelo habilitado, menos trabas urbanísticas, seguridad jurídica y un mercado de alquiler que no trate al arrendador como sospechoso. La construcción no es una actividad menor: a cierre de 2025 concentraba alrededor de 1,56 millones de ocupados y cerca del 7% del empleo en España, según datos difundidos por Randstad con base en estadísticas laborales. Golpear la propiedad inmobiliaria no solo afecta al “rico” imaginario que la izquierda usa como villano una y otra vez; afecta a albañiles, arquitectos, ferreterías, electricistas, transportistas, pequeños ahorradores y familias que compraron un piso como resguardo para su jubilación.
La historia es clara. En Berlín, el famoso control de alquileres congeló rentas desde 2020, pero fue declarado inconstitucional por el Tribunal Constitucional alemán en 2021. La medida generó incertidumbre, contratos con “rentas sombra” y desincentivos a la oferta. En Alemania, incluso cuando se discute extender controles, el propio sector inmobiliario advierte que esos límites frenan inversión y construcción; en 2024 se terminaron 251.900 apartamentos, muy por debajo del objetivo oficial de 400.000 anuales.
Cataluña ofrece una advertencia más cercana. Estudios sobre el control de alquileres de 2020 encontraron reducciones moderadas en precios, pero también efectos perversos: las viviendas más caras bajaron, mientras las más baratas tendieron a encarecerse al acercarse al techo permitido; otro informe estimó una caída de oferta cercana al 10%. Incluso la evidencia más favorable reconoce rebajas de apenas 4% a 6% y abre el debate sobre efectos posteriores en disponibilidad.
Argentina también lo vivió. La Ley de Alquileres de 2020, hecha para “proteger” al inquilino, terminó generando escasez, informalidad y retiro de inmuebles del mercado. En Buenos Aires, Reporte Inmobiliario estimó una caída de 63% en la oferta de alquileres respecto al período previo a la ley. El resultado fue el clásico fracaso intervencionista: se quiso abaratar por decreto y se terminó reduciendo la cantidad de viviendas disponibles.
Suecia, tantas veces usada como vitrina socialdemócrata, muestra otro costo: controles extensos de alquiler y listas de espera interminables. Estudios sobre Estocolmo describen un sistema con largas colas y asignación rígida; una investigación publicada en Journal of Public Economics señala que el acceso a un contrato regulado puede reducir ingreso laboral y empleo, reflejando distorsiones reales en movilidad y decisiones económicas.
Y cuando la izquierda cruza de la regulación a la expropiación abierta, el daño es más profundo. Venezuela no destruyó su economía por casualidad: su hostilidad hacia los mercados y la propiedad privada debilitó el aparato productivo interno. El Economics Observatory resume que el intervencionismo, los controles y la agresión contra la propiedad privada terminaron paralizando sectores no petroleros. Zimbabwe ofrece otra lección brutal: la reforma agraria forzosa de Mugabe confiscó miles de granjas, hundió exportaciones agrícolas y fue seguida de colapso económico e hiperinflación.
La vivienda es un problema real. Negarlo sería absurdo. Pero la solución no es expropiar, castigar ni convertir el ahorro familiar en delito moral. La solución seria pasa por construir más, liberar suelo, reducir burocracia, proteger contratos, sancionar la ocupación ilegal, focalizar subsidios en familias vulnerables y ampliar vivienda social sin destruir el mercado privado.
La izquierda vende la expropiación como justicia. En realidad, es una fábrica de escasez. Promete casas para todos, pero termina produciendo menos casas, más miedo, menos empleo y más dependencia del político. La propiedad privada no es un capricho burgués: es la base de la inversión, del crédito, del ahorro y de la libertad personal. Cuando el Estado puede decidir cuántas viviendas son “demasiadas”, mañana también decidirá cuánto ingreso es “demasiado”, cuánto ahorro es “injusto” y cuánta libertad puede tolerar.
Antes de aplaudir una expropiación, pregúntese algo sencillo: si mañana el Estado puede quitarle la casa a otro, ¿qué le impedirá venir después por la suya?











