Dr. John Campuzano Vásquez.
América Latina tiene una enfermedad discursiva que ya no puede ocultarse: la conversión de la víctima histórica en sujeto políticamente intocable. El argumento se repite con distintas banderas: si un grupo sufrió exclusión, pobreza, racismo o abandono estatal, entonces sus dirigentes adquieren una especie de inmunidad moral para bloquear ciudades, incendiar instituciones, desconocer elecciones, presionar gobiernos o exigir una justicia paralela. Esa lógica no reivindica derechos; fabrica privilegios políticos. Y cuando la identidad se usa para romper la ley, la democracia deja de ser convivencia y se convierte en chantaje organizado.
El punto de partida es claro: los pueblos indígenas, afrodescendientes, campesinos y comunidades "históricamente" reclaman derechos. La discriminación existe. La pobreza existe. El abandono estatal existe. Pero ninguna de esas verdades autoriza la violencia ni convierte al Estado de derecho en un adorno al servicio de algún aventurero de minorías. La dignidad de una comunidad negra, indígena o de cualquier otra denominación, no puede usarse como licencia para impedir que otros trabajen, estudien, circulen, produzcan o vivan en paz.
Bolivia es un ejemplo evidente. Evo Morales convirtió durante años la identidad indígena en capital político. Su discurso no fue solo de representación; fue de apropiación moral del país. En 2019 llegó a advertir que sus bases rurales podían “cercar ciudades” si continuaban las protestas contra su cuestionada reelección. Hoy en el 2026 por problemas legales, usa los indígenas para cercar La Paz y pedir la renuncia del presidente legítimamente electo. Eso no es democracia comunitaria. Eso es amenaza de sitio. Cuando un líder usa la historia indígena para legitimar el cerco, el bloqueo y la presión callejera, ya no está defendiendo al pueblo: está usando al pueblo como herramienta de poder.
Ecuador conoce bien esa dinámica. Los levantamientos indígenas han tenido demandas legítimas, pero también han demostrado una capacidad peligrosa para paralizar el país, condicionar gobiernos y presentar toda crítica como racismo. En octubre de 2019 hubo muertos, heridos, detenidos, destrucción y graves abusos estatales, pero también delitos cometidos por manifestantes. En 2022 volvió el mismo patrón: carreteras bloqueadas, pérdidas económicas, tensión social y una dirigencia que pretendía hablar en nombre de todos los pobres del país. No. Una organización indígena puede representar a sus bases, pero no puede secuestrar la voluntad nacional.
Colombia ofrece otro espejo incómodo. En La Guajira, la tragedia del pueblo Wayuu revela desnutrición infantil, falta de agua, corrupción, intermediación política y abandono institucional. Allí han muerto niños, no por falta de discursos sobre diversidad, sino por fracaso concreto del Estado y de redes políticas que administran la pobreza como negocio. La izquierda suele usar estos casos para repetir la consigna de la deuda histórica, pero evita decir lo esencial: donde la identidad se vuelve mercado de subsidios, contratos y victimismo, los más pobres siguen igual o peor.
Perú también muestra el costo de mezclar protesta, resentimiento y vacío institucional. Tras la caída de Pedro Castillo, las movilizaciones en regiones andinas, especialmente Puno, dejaron decenas de muertos. El Estado respondió muchas veces con una fuerza brutal e inaceptable; eso debe investigarse y sancionarse. Pero tampoco se puede romantizar toda protesta como “voz ancestral”. Hubo ataques, incendios, violencia y presión política para imponer una agenda por fuera de las reglas democráticas. Si la rabia social se convierte en método de gobierno, la república desaparece.
El problema de fondo es el abuso del victimismo. No se trata de negar la historia. Se trata de impedir que la historia sea usada como coartada. América Latina necesita justicia, inclusión y desarrollo, pero no necesita dirigentes que conviertan la identidad en escudo judicial, la protesta en extorsión y la justicia indígena en mecanismo para obviar la justicia ordinaria. La justicia comunitaria puede existir dentro de límites constitucionales, respetando derechos fundamentales. Lo que no puede existir es una justicia paralela para encubrir delitos graves, humillar personas, castigar sin garantías o desafiar al Estado.
La igualdad verdadera no consiste en dar impunidad al que se presenta como víctima, sino en aplicar la misma regla a todos. Nadie debe ser perseguido por ser indígena, negro, blanco, mestizo, pobre o rico. Pero nadie debe ser perdonado por su identidad si viola derechos ajenos. La vida, la propiedad, la libertad y la seguridad no dependen de la raza ni del relato político.
Por eso hay que decirlo sin acomodar las palabras: la vida no tiene color, la ley no debe tener etnia y la justicia no puede obedecer al miedo. El victimismo organizado ha sido una herramienta eficaz de la izquierda latinoamericana para tomar calles, domesticar gobiernos y blindar dirigentes. Pero una sociedad libre no puede vivir arrodillada ante el chantaje identitario. Reconocer derechos sí; tolerar impunidad, jamás.











