En buena parte del discurso progresista contemporáneo hay una idea que se repite con insistencia: el planeta ya no da para más, la población es una amenaza, el crecimiento económico no da más y la prosperidad de millones debe ser contenida para evitar un supuesto colapso inevitable. Figuras como Bill Gates repiten este mantra y proponen alternativas para defender el planeta. Ese relato no es nuevo. Tiene décadas circulando con distintos disfraces en foros como el WEF, pero siempre conserva el mismo núcleo: el ser humano es presentado como una carga y no como una fuente de soluciones, como un ser torpe al que hay que ayudarlo a salir del problema.
Pocas historias desmontan mejor esa visión que la famosa apuesta entre Julian Simon y Paul Ehrlich. Ehrlich, autor de The Population Bomb, sostenía que el crecimiento demográfico llevaría al agotamiento de los recursos y al encarecimiento inevitable de las materias primas. Simon pensaba exactamente lo contrario: más personas no significaban solo más consumo, sino también más inteligencia, más creatividad, más capacidad para descubrir sustitutos, mejorar procesos y producir riqueza. El resultado ya es conocido. Ehrlich perdió la apuesta y tuvo que enviarle a Simon un cheque por 576,07 dólares, luego de que una cesta de metales seleccionada en 1980 terminara siendo más barata en términos reales diez años después.
Otras historias se ubican en el ya famoso y nada presente "Cambio Climático" una jugada maestra para desviar miles de millones de dólares a oenegés supuestamente expertas en evitarlo. Doctores climáticos viajando en primera clase por el mundo, como médicos que explican la enfermedad han sangrado recursos que bien pudieron destinarse en reducir la pobreza.
Lo importante es la lección de fondo: los recursos no son una cantidad fija e inmutable, como si el mundo fuera una bodega cerrada donde solo cabe repartir lo que ya existe. Esa es una visión pobre, estática y profundamente equivocada de la economía. Un recurso no es solo materia prima. Un recurso es materia más conocimiento. El petróleo, por ejemplo, brotaba solo desde el subsuelo, hasta que el ser humano le encontró un uso amigable que cambió para siempre la forma de vivir de millones de personas. Incluso su derrame tiene ya una intervención y mitigación gracia a la inteligencia humana.
Aquí está el punto que la izquierda rara vez quiere aceptar: la escasez no se combate con consignas, dietas, bailes, controles ni planificación central, sino con libertad, propiedad, inversión, competencia y creatividad. Cuando un bien se vuelve escaso, los precios envían señales. Esas señales impulsan ahorro, sustitución, innovación y eficiencia. Ningún burócrata puede procesar esa información mejor que millones de personas actuando libremente en un mercado abierto. Los agoreros del desastre, solo piensan en el Estado que les de fondos para explicar el supuesto cataclismo.
El pesimismo anticapitalista no solo se equivoca en sus predicciones, sino también en su forma de ver al ser humano. Lo trata como un consumidor voraz y tonto al que hay que frenar, vigilar y restringir. En cambio, una visión liberal entiende que cada persona adicional puede ser un inventor, un emprendedor, un científico o un trabajador capaz de mejorar la vida de otros. No se trata de romantizar la realidad ni de negar problemas como la contaminación o las malas políticas públicas. Se trata de decir las cosas como sonsin llegar a exageraciones: los problemas existen, pero no se resuelven reduciendo la libertad, sino ampliando la capacidad de respuesta de una sociedad que sin un Estado obeso puede responder.
Por eso también resulta tan dañino el discurso que plantea que el crecimiento debe frenarse, que el consumo debe reprimirse y que la población debe resignarse a una vida cada vez más limitada para “salvar al planeta”. Eso sí. Esas demandas solo son exclusivas para los que menos tienen, ya que los expertos siguen consumiendo abundantemente, viajan en aviones contaminantes que niegan al resto y en yates que descargan millones de desechos de combustibles fósiles. Esa idea, en el fondo, no confía en la innovación, ni en la empresa, ni en la ciencia libre, ni en la cooperación espontánea de las personas. Confía, más bien, en el racionamiento, en el control político y en la administración del miedo. Es una receta peligrosa porque convierte la escasez en ideología sectaria y dictatorial.
La historia económica demuestra algo distinto. Las sociedades más libres, con mejores instituciones, protección de derechos de propiedad y mercados más dinámicos, son las que han encontrado formas de producir más con menos. Han desarrollado tecnologías más limpias, sistemas logísticos más eficientes, mejores materiales, nuevos alimentos, nuevas energías y procesos industriales mucho más productivos. Es decir, no han negado los límites, pero los han enfrentado con inteligencia. Y eso cambia todo.
La disputa real, entonces, no es entre población y recursos volviendo a la teoría Malthusiana. La disputa real es entre dos maneras de entender a la humanidad. Una la ve como una masa que debe ser contenida porque amenaza con agotar el mundo. La otra la ve como una fuerza creadora capaz de expandir las posibilidades de ese mismo mundo. Una apuesta al miedo. La otra apuesta al talento humano.
Ganar la batalla intelectual contra las supersticiones más persistentes del pensamiento estatista, es urgente. No se puede seguir creyendo que en el futuro será inevitablemente una vida pésima sin opciones. La evidencia muestra lo contrario. Cuando existe libertad, el ser humano no solo consume recursos: crea nuevos, descubre usos inesperados, mejora procesos y multiplica oportunidades.
Ese es el gran mensaje que muchos todavía se niegan a aceptar. El problema no es que existan más seres humanos. El problema es cuando se les encierra en sistemas que castigan la innovación, castigan la empresa y premian el estancamiento. No apuestes contra el ser humano. Y sobre todo, no apuestes contra el ser humano cuando es libre.
Si te cansan los discursos que culpan al ser humano de todo, comparte este artículo y defiende la libertad como motor del progreso.










