Cuando el elector se cansa de que le prometan igualdad y comienza a exigir resultados
Durante buena parte de los primeros años de esta década parecía que América Latina había regresado definitivamente a la izquierda. Lula da Silva recuperó Brasil, Gabriel Boric llegó al poder en Chile, Gustavo Petro conquistó Colombia y Andrés Manuel López Obrador consolidó el dominio de Morena en México.
El mapa de 2026 es muy diferente.
Argentina, Ecuador, Bolivia, Chile, Perú y Colombia han girado hacia opciones de derecha, centroderecha o liberal-conservadoras. A ellos se suman otros gobiernos alejados de la izquierda regional. Analistas consideran que las recientes victorias conservadoras han consolidado un desplazamiento regional hacia la derecha, cansados de los mismos lemas y canciones que prometen igualdad social y de todo.
Estamos, en buena medida, ante algo sencillo y políticamente demoledor: votantes cansados de gobiernos que prometieron transformaciones sociales y llevan décadas sin cambios profundos, no resolvieron satisfactoriamente problemas cotidianos como inseguridad, bajo crecimiento, informalidad y deterioro institucional. Pero insisten en que les falta más tiempo y que hay que evitar perder lo ganado
Milei rompió el tablero
Javier Milei representa probablemente la ruptura más radical.
No llegó prometiendo administrar mejor el Estado benefactor. Llegó cuestionando sus fundamentos: déficit fiscal, intervencionismo, regulaciones, inflación, empresas públicas y una estructura política que denominó “la casta”.
Su importancia regional excede los resultados concretos de Argentina. Milei consiguió algo que durante décadas parecía electoralmente imposible: hacer políticamente atractivas palabras como ajuste, equilibrio fiscal, propiedad privada y reducción del Estado.
El elector argentino castigó una situación económica extrema de Peronismo y conductas K, pero abrió además un espacio intelectual que otras derechas latinoamericanas observan cuidadosamente.
Chile, Bolivia, Perú y Colombia: el péndulo cambió
El fenómeno continuó.
José Antonio Kast ganó en Chile; Rodrigo Paz lo hizo en Bolivia; Keiko Fujimori se impuso en Perú y Abelardo de la Espriella ganó en Colombia. Como se interpreta esto en la victoria colombiana, seguro el impulso dado por Petro a la inacción frente al crimen, elevó las preocupaciones económicas y sociales, el famoso pacto histórico terminó cansando a los colombianos.
El patrón importa.
Colombia eligió en 2022 por primera vez un presidente claramente de izquierda. Cuatro años después eligió a un candidato de derecha.
Chile pasó de Boric a Kast.
Bolivia, después de dos décadas marcadas fundamentalmente por el MAS, también cambió de dirección.
¿Descubrieron millones de latinoamericanos repentinamente a Hayek?
Probablemente no.
Descubrieron algo mucho más elemental: las buenas intenciones y las mentiras no constituyen resultados de gobierno.
Brasil acaba de enviar la señal más poderosa
El acontecimiento más reciente proviene de Brasil.
Este 4 de octubre, Luiz Inácio Lula da Silva sufrió una importante derrota en la primera vuelta presidencial. Flávio Bolsonaro obtuvo aproximadamente el 47%, frente al 45,16% de Lula. Habrá segunda vuelta el 25 de octubre; por tanto, se vienen tiempos de cambio en todo sentido en Brasil, ese poderoso país detenido por las políticas socialistas que no han cambiado nada en el Nordeste del país.
Y existe un dato todavía más revelador: respecto de 2022, Lula redujo su porcentaje de votos en 25 de las 27 unidades federativas brasileñas y perdió aproximadamente 3,4 millones de votos.
Mientras tanto, el Partido Liberal avanzó espectacularmente en el Congreso y se convirtió en la principal fuerza tanto de la Cámara como del Senado y del Congreso.
Brasil no ha terminado de votar. Pero el mensaje político ya resulta difícil de ignorar.
El problema de la “justicia social” aparece cuando no produce prosperidad
Aquí está el centro del asunto.
Justicia social, igualdad, inclusión y redistribución son conceptos electoralmente poderosos. El problema comienza cuando el ciudadano comprueba que la retórica distributiva no sustituye crecimiento, seguridad, empleo formal ni estabilidad económica.
La igualdad tampoco responde por sí misma a la pregunta fundamental de cualquier economía: ¿qué instituciones permiten producir más?
Para distribuir riqueza primero tiene que existir riqueza.
Para financiar derechos sociales hacen falta contribuyentes.
Para recaudar impuestos sostenidamente hacen falta empresas rentables.
Y para que alguien invierta durante veinte años necesita cierta seguridad de que un gobierno futuro no modificará arbitrariamente impuestos, contratos o derechos de propiedad.
Por eso la propiedad privada importa mucho más que como reivindicación ideológica de “los ricos contra los pobres”. Para millones de ciudadanos significa su casa, sus ahorros, su pequeño negocio, su vehículo de trabajo y aquello que esperan dejar a sus hijos.
El elector quiere orden, propiedad y previsibilidad
La seguridad constituye otra pieza decisiva. Análisis recientes coinciden en que crimen organizado, violencia e incapacidad estatal han contribuido al giro electoral regional, la izquierda con sus políticas woke permisivas ha cansado a una ciudadía que pierde sus propiedades con el visto bueno de la justicia o de los que están en el poder.
Esto produce una paradoja especialmente incómoda para cierta izquierda latinoamericana.
Durante años prometió un Estado más grande para proteger al ciudadano socialmente. Sin embargo, muchos ciudadanos perciben que ese Estado puede cobrar impuestos, regular empresas y repartir subsidios mientras demuestra enormes dificultades para realizar una de sus funciones más elementales: proteger personas y propiedades frente al delincuente.
Cuando eso ocurre, cambia la jerarquía de prioridades.
El elector puede comenzar a preferir seguridad antes que nuevas promesas redistributivas, estabilidad antes que otra “transformación histórica” y crecimiento antes que un nuevo catálogo de derechos financiados con recursos que alguien tendrá que producir.
Pero la derecha puede cometer exactamente el mismo error
Conviene no celebrar prematuramente una supuesta era liberal.
El péndulo latinoamericano puede regresar.
Si la nueva derecha sustituye populismo izquierdista por populismo derechista; si promete beneficios que tampoco puede financiar; si desprecia instituciones; o si confunde autoridad con arbitrariedad, terminará decepcionando exactamente igual.
La oportunidad es otra.
Propiedad privada, disciplina fiscal, seguridad jurídica, competencia, apertura económica, seguridad ciudadana y límites al poder político.
No porque sean consignas “de derecha”, sino porque constituyen condiciones importantes para invertir, emprender y planificar a largo plazo.
América Latina quizá no esté enamorándose de la derecha.
Puede estar simplemente desenamorándose de una izquierda que prometió igualdad cuando sus electores empezaron a exigir prosperidad, seguridad y resultados.
Y esa diferencia explica mucho mejor el nuevo mapa político del continente.
¿América Latina se está volviendo liberal o simplemente se cansó de gobiernos que prometieron igualdad sin conseguir suficiente crecimiento y seguridad? Comparte esta entrada de Ideas Antizurdos y abre el debate sobre el nuevo mapa político latinoamericano.











