Dr. Armando José Urdaneta Montiel
En el debate sobre el crecimiento económico de los países en desarrollo, persiste una tensión constante entre dos visiones: una que confía en la intervención estatal como motor del desarrollo y otra que apuesta por el funcionamiento del mercado como mecanismo central de asignación de recursos. A la luz de la evidencia, resulta cada vez más claro que el crecimiento sostenido no surge de sustituir al mercado, sino de permitirle operar dentro de un marco institucional estable y coherente.
La experiencia internacional demuestra que el verdadero punto de partida del crecimiento no es la planificación centralizada ni la intervención directa en la producción, sino la inserción en la economía global. El acceso a mercados amplios y al conocimiento permite a los países especializarse, aumentar su productividad y beneficiarse de economías de escala. Limitarse al mercado interno, en cambio, condena a las economías a una estructura productiva poco eficiente y de bajo dinamismo.
Pero esta inserción no es estática. La ventaja comparativa evoluciona con el tiempo, y los países que crecen son aquellos que logran adaptarse continuamente a nuevas condiciones productivas. El crecimiento sostenido, por tanto, es inseparable del cambio estructural en la matriz productiva. Pretender congelar la estructura productiva mediante subsidios, protecciones o intervenciones no solo es ineficiente, sino contraproducente.
En este contexto, el rol del Estado debe entenderse con claridad: no es reemplazar al mercado, sino garantizar que funcione adecuadamente. El sistema de precios, cuando no está distorsionado, es capaz de corregir los desequilibrios entre oferta y demanda y de guiar la asignación eficiente de los recursos. Intervenir en ese sistema suele generar más problemas que soluciones.
Ahora bien, esto no implica la ausencia de política económica, sino todo lo contrario: implica mejores reglas. En el ámbito fiscal, por ejemplo, la estabilidad no se logra mediante impuestos progresivos complejos, sino mediante un diseño que se adapte al ciclo económico. Ajustar la base imponible en función del nivel de actividad permite estabilizar la recaudación sin distorsionar los incentivos a la inversión y al ahorro.
En el terreno monetario, la discusión también merece un giro. Los esquemas tradicionales de metas de inflación han demostrado limitaciones en economías abiertas. Una alternativa más coherente es centrar la política monetaria en el control de los agregados monetarios, particularmente el crecimiento de la oferta monetaria (M2). Si esta crece en línea con la actividad económica y la demanda de dinero e incluso se ajusta a las condiciones del tipo de cambio real, es posible lograr estabilidad de precios de forma más predecible y menos dependiente de decisiones discrecionales.
A esto deben sumarse instrumentos como el aumento de encajes, la reducción del spread financiero y las operaciones de mercado abierto, que permiten regular la liquidez sin recurrir a intervenciones distorsivas. Lo mismo aplica para la movilidad de capitales: intentar controlarla directamente suele ser menos efectivo que influir sobre ella a través de condiciones monetarias internas sólidas.
El verdadero problema en muchas economías no es la falta de instrumentos, sino la incoherencia en su aplicación. Políticas procíclicas, excesiva intervención en los mercados y señales contradictorias generan inestabilidad y frenan el crecimiento. Por el contrario, cuando las reglas son claras, predecibles y respetan el funcionamiento del sistema de precios, la economía tiende a ajustarse de manera más eficiente.
En definitiva, el crecimiento económico sostenido no es el resultado de fórmulas complejas ni de intervenciones constantes. Es, más bien, el producto de una combinación de apertura, disciplina macroeconómica y respeto por los mecanismos de mercado. Los países que han entendido esto han logrado avanzar; los que no, siguen atrapados en ciclos de inestabilidad.
La lección es simple, aunque incómoda: no se trata de hacer más política económica, sino de hacerla mejor.
Si queremos economías que crezcan de verdad, necesitamos menos improvisación estatal y más reglas coherentes que premien la inversión, la productividad y la libertad económica. Te invito a dejar tus comentarios.










