Hay una forma de manipulación política que no siempre entra por la puerta de la militancia abierta o de frente, sino por la ventana del periodismo disfrazado de superioridad moral que pulula en las granes cadenas informativas. Me refiero a cierta prensa y a ciertos comunicadores de izquierda o progresistas que, cuando ven crecer a un candidato identificado como de derecha, activan una vieja receta: instalar miedo. No debaten sus propuestas en serio; construyen un clima de alarma. De pronto, ese candidato ya no es un adversario democrático sino una “amenaza” para las libertades, podemos citar a Javier Milei antes de las elecciones de medio término o el hijo de Bolsonaro en Brasil, un supuesto fascista en potencia, un futuro perseguidor de periodistas, un censor, un enemigo de minorías y, en general, el villano perfecto para asustar al votante indeciso es el candidato o presidente que no se somete a la pauta o a las directrices de esos grandes medios. Esa táctica no es nueva, pero hoy se ha vuelto más rápida, más barata y más tóxica.
Es claro, que no todos los periodistas de izquierda operan así, algunos se difrazan muy bien y guardan las intenciones en notas y entrevista medio tibias. Además, la mentira política no pertenece a una sola ideología. Pero negar que existe un ecosistema mediático “progre” que exagera, recorta, descontextualiza y, a veces, directamente difunde falsedades para desinflar candidaturas o gobiernos de derecha sería ingenuo. La lógica es simple: si no puedes destruir al candidato o al presidente por sus resultados o por la debilidad de sus ideas, entonces lo conviertes en un riesgo civilizatorio. Ya no se informa sobre él; se le patologiza al punto de inventarle cosas terribles como lo hacen en la Argentina de Milei. Se le asocia a “retrocesos”, “mordazas”, “odio”, “dictadura”, “ultraderecha” "odio a los jubilados", aunque muchas veces no existan evidencias proporcionales que respalden semejante relato. Ahí entra lo que la literatura llama hostile media effect: los públicos altamente polarizados perciben y consumen la información desde una lógica de sesgo, y los medios partidizados alimentan esa dinámica hasta volverla rentable política y comercialmente, mentir y mentir hasta que la mentira se convierta en verdad.
Los datos históricos muestran que la desinformación sí altera el clima electoral. Un estudio ampliamente citado sobre la campaña presidencial de Estados Unidos en 2016 estimó que el 27,4% de los adultos visitó al menos un artículo de sitios de fake news favorables a Trump o a Clinton durante el tramo final de la campaña. No fue un fenómeno marginal. Además, otro trabajo académico concluye que la exposición a fake news reduce la confianza en los medios y altera la forma en que los ciudadanos procesan el poder y la legitimidad institucional. Traducido al lenguaje político real: la mentira reiterada, aunque luego sea desmentida, deja residuo. Y ese residuo afecta reputaciones, endurece prejuicios y puede enfriar intención de voto o hacer que el candidato abandone la contienda electoral ante el peso de las mentiras.
Una parte de la prensa progresista ha perfeccionado un chantaje emocional muy eficaz. Presenta cada elección como si fuera el último muro que separa a la democracia del fascismo. El mensaje es siempre parecido: “si gana la derecha, perderás derechos”; “si gana la derecha, callarán a la prensa”; “si gana la derecha, vendrá la persecución” "si gana la derecha, los jubilados no podrán cobrar pensiones". El problema es que esa narrativa muchas veces no busca describir hechos comprobables, sino activar temores identitarios y morales. En lugar de discutir impuestos, seguridad, empleo, inversión o calidad institucional, se reemplaza el debate por una escenografía apocalíptica. Y cuando eso se hace desde medios, columnas, entrevistas, memes y “análisis” con apariencia de objetividad, el efecto puede ser devastador sobre el elector moderado o desinformado.
El fenómeno siguió visible en procesos más recientes. Reuters documentó en 2024 narrativas de desinformación dirigidas también contra Donald Trump, y tras el atentado en su contra circularon teorías conspirativas y piezas engañosas a gran velocidad, se comenzó a decir que se había autoatentado. El punto no es defender a Trump, sino mostrar que los candidatos de derecha o percibidos como tales suelen convertirse en blancos ideales para campañas emocionales donde la falsedad, la edición maliciosa o la insinuación funcionan mejor que la refutación seria. A Trump se le dijo que el en la presidencia llevaría al mundo a la Tercera Guerra Mundial. Cuando el objetivo es bajar entusiasmo electoral, basta con sembrar una sospecha intensa en el momento oportuno.
Ahora el escenario es más delicado por la inteligencia artificial. UNESCO advierte que la IA facilita la producción de deepfakes, audios, imágenes y videos altamente convincentes a muy bajo costo y con escasa habilidad técnica. Eso multiplica la capacidad de fabricar escándalos falsos, declaraciones inventadas y montajes emocionales en plena campaña. Pero aquí hay un matiz importante: no solo importa la tecnología; importa el ecosistema que la aprovecha. Un deepfake por sí solo no define una elección. Lo decisivo es que haya medios, cuentas militantes, influencers y periodistas dispuestos a circularlo, insinuarlo o amplificarlo antes de verificarlo. Incluso hay estudios recientes que piden no caer en un pánico simplista sobre la IA, porque el verdadero problema sigue siendo la demanda política de desinformación, el sesgo ideológico y el premio que recibe quien logra manipular emociones.
Por eso el desafío no es solo tecnológico, sino moral e institucional. Una democracia sana no puede depender de periodistas o de personas que usan un celular para comportarse como activistas con credencial de prensa. El periodismo debe vigilar al poder, no fabricar monstruos a conveniencia ideológica. Cuando una parte de la prensa “progre” convierte cada candidatura de derecha en una amenaza fascista inminente, deja de informar y empieza a operar. Y cuando la IA entra en esa ecuación, el riesgo se duplica: la mentira ya no necesita calidad, solo velocidad. A mi juicio, la defensa de la democracia hoy pasa por una ciudadanía más escéptica, más entrenada para detectar manipulación y menos dispuesta a votar con miedo prestado.
No permitas que el miedo vote por ti. Lee, contrasta, verifica y cuestiona a los medios que informan como militantes. En una democracia seria, el voto debe decidirse con evidencia, no con pánico fabricado.










