Cuando la “equidad” necesita discriminar, algo salió mal
Durante años se ha repetido una idea aparentemente incuestionable: para corregir las discriminaciones del pasado es necesario favorecer deliberadamente a determinados grupos en el presente. El argumento suena compasivo, pero contiene una contradicción que conviene señalar sin eufemismos; si para combatir la discriminación necesitamos discriminar a otras personas por su raza, no hemos eliminado el problema, simplemente hemos cambiado de víctima.
Un experimento reciente con inteligencia artificial ilustra perfectamente el riesgo. En una simulación de admisiones universitarias, un modelo mostraba inicialmente una pequeña discriminación contra estudiantes negros. Cuando recibió instrucciones destinadas a corregir ese comportamiento, terminó favoreciéndolos frente a estudiantes blancos. Los investigadores denominaron al fenómeno “sobrecorrección”.
El episodio tecnológico es solamente una manifestación de un debate mucho mayor. ¿Puede considerarse justa una decisión que perjudica a una persona por ser blanca si su finalidad declarada es compensar una injusticia histórica contra otro grupo?
Desde una concepción liberal de la igualdad, la respuesta no debería depender del color de piel de las personas involucradas.
La discriminación no mejora cuando cambia de víctima
Existe discriminación racial cuando alguien recibe un trato diferente debido a su raza.
La definición no debería necesitar excepciones ideológicas.
Discriminar a una persona negra porque es negra constituye una injusticia. Discriminar a una persona blanca porque es blanca también. La identidad de la víctima no transforma moralmente el acto.
Aquí aparece uno de los problemas de determinadas políticas contemporáneas de identidad. Las personas dejan de ser consideradas individuos y comienzan a convertirse en representantes de colectivos históricos.
El razonamiento puede terminar dividiendo a la sociedad entre grupos acreedores y grupos deudores.
Unos heredarían agravios.
Otros heredarían culpas.
Pero las personas no nacen con una cuenta corriente moral abierta por sus antepasados.
Un joven blanco actual no debería responder por discriminaciones cometidas siglos antes de que naciera. Del mismo modo, un joven negro no debería ser considerado incapaz de competir por sus propios méritos debido a injusticias que sufrieron generaciones anteriores.
La responsabilidad es individual. Los derechos también deberían serlo.
La igualdad ante la ley no necesita colores
El principio liberal ofrece una solución extraordinariamente sencilla: mismas reglas, mismos derechos y mismas libertades para todos.
No significa ignorar la pobreza ni negar la existencia de discriminación. Tampoco supone imaginar ingenuamente que todas las personas parten exactamente desde la misma posición económica.
Significa que las políticas públicas deberían atacar las desventajas comprobables sin convertir la raza en un sistema permanente de privilegios y penalizaciones.
Si un niño necesita una beca porque pertenece a un hogar pobre, ayudémoslo.
Si una escuela pública es deficiente, mejorémosla.
Si una empresa discrimina racialmente a sus trabajadores, sancionemos esa conducta.
Si existen barreras que impiden competir en igualdad jurídica, eliminémoslas.
Pero resulta mucho más difícil justificar que dos personas con circunstancias semejantes deban recibir oportunidades diferentes simplemente porque una es blanca y otra pertenece a una minoría racial.
Estados Unidos ya tuvo que enfrentar esta contradicción
El debate llegó hasta la Corte Suprema estadounidense en 2023 con los casos Students for Fair Admissions v. Harvard y Students for Fair Admissions v. University of North Carolina. La mayoría de la Corte concluyó que los sistemas de admisión universitaria examinados no cumplían las exigencias constitucionales aplicables al empleo de clasificaciones raciales.
La controversia no elimina una realidad importante: la discriminación contra las minorías continúa existiendo. Pew Research Center informó en 2024 que el 75% de los adultos negros estadounidenses decía haber experimentado discriminación racial al menos ocasionalmente.
Reconocer ese problema es necesario.
Pero existe un salto lógico enorme entre afirmar “la discriminación contra los negros existe y debemos combatirla” y concluir “por tanto, podemos perjudicar a personas blancas para compensarla”.
Una cosa no conduce necesariamente a la otra.
La peligrosa contabilidad de las razas
Cuando una sociedad comienza a decidir quién merece determinadas oportunidades basándose en la raza, entra en un terreno peligroso.
Hoy puede justificarse como reparación histórica.
Mañana otro grupo puede exigir exactamente el mismo principio en beneficio propio.
El resultado termina siendo una competencia política entre identidades para demostrar quién merece mayores preferencias.
Eso no construye igualdad.
Construye privilegios colectivos administrados políticamente.
El liberalismo propone exactamente lo contrario: el Estado debería conocer nuestros actos mucho mejor que nuestra raza. Debe saber si respetamos la ley, pagamos impuestos, cumplimos contratos o infringimos derechos. Pero nuestra pigmentación debería resultar irrelevante para determinar cuánto valemos como ciudadanos.
Libertad para competir, no privilegios para pertenecer
Una sociedad libre tampoco promete que todos obtendrán exactamente los mismos resultados.
Promete algo diferente: que las reglas no deberían cambiar según quién seas.
Estudia.
Trabaja.
Emprende.
Compite.
Esfuérzate.
Cumple las reglas.
Y acepta también que otros tienen exactamente el mismo derecho a hacerlo.
La igualdad liberal no consiste en garantizar que todos lleguen simultáneamente a la meta. Consiste en impedir que el poder político decida quién debe avanzar o retroceder debido a su raza.
Naturalmente, las sociedades deben combatir las consecuencias comprobables de la discriminación. Pero hacerlo requiere precisión, no culpabilidades hereditarias.
Ayudemos al pobre por su necesidad, no por su color. Protejamos al discriminado por la injusticia sufrida, no por pertenecer a la categoría políticamente correcta. Castiguemos a quien discrimina independientemente de la raza de la víctima.
Porque existe una pregunta extremadamente sencilla que desmonta buena parte de esta discusión:
Si discriminar por raza está mal, ¿por qué debería convertirse en algo bueno cuando la persona discriminada es blanca?
No se convierte.
Cambiar la víctima no convierte una injusticia en justicia.
Cambiarle el nombre tampoco.
Una sociedad realmente libre necesita algo simultáneamente más sencillo y más difícil. Personas diferentes, derechos iguales, reglas iguales y libertad para que cada individuo construya su propio camino.
Eso sí es igualdad.
¿La discriminación deja de ser injusta cuando cambia la raza de la víctima? Comparte esta entrada de Ideas Antizurdos y lleva el debate al terreno que realmente importa: igualdad ante la ley o privilegios determinados por raza.










