Tesis: libre comercio sí, ingenuidad no
La actuación de Donald Trump que tanto disgusta al mundo al socialismo radical y el islamismo fundamentalista puede explicarse desde una tesis central: para Trump, el comercio no es solo intercambio económico, sino una herramienta de poder nacional. Su visión no corresponde al libre comercio clásico puro, sino a una versión de reciprocidad estratégica: Estados Unidos comercia, abre mercados y negocia, pero Trump no acepta que otros países usen subsidios, barreras ocultas, manipulación regulatoria o ventajas geopolíticas para beneficiarse unilateralmente del mercado norteamericano.
Desde esta perspectiva, Trump no rechaza el comercio; rechaza el comercio asimétrico. Su lógica es simple: si un país quiere vender en Estados Unidos, también debe permitir condiciones razonables para los productos, empresas e inversiones estadounidenses. De ahí su insistencia en los aranceles recíprocos y en revisar prácticas comerciales extranjeras que Washington considera injustas. La USTR registra que en 2025 la administración Trump impulsó una política de “America First Trade Policy”, memorandos sobre comercio recíproco y acciones arancelarias presidenciales orientadas a corregir barreras comerciales externas, como siempre el disgusto está a flor de piel, los países que llevan décadas usando las ventajas siguen sin mejorar sus procesos productivos de exportación, creando una dependencia a los bajos aranceles.
Liberalismo clásico y reciprocidad
Adam Smith defendía la libertad de comercio porque permite especialización, productividad y bienestar. Bastiat, por su parte, habría advertido que el proteccionismo encarece la vida del ciudadano común. Hayek y Mises insistieron en que el mercado libre coordina información dispersa mejor que cualquier burócrata. Pero ninguno de ellos defendía una economía abierta para que Estados hostiles, mercantilistas o autoritarios se aprovechen de ella, incluso los enemigos declarados en Africa y Europa.
Aquí aparece la clave liberal para entender a Trump: el libre comercio necesita reglas, propiedad, seguridad jurídica y reciprocidad mínima. Cuando esas condiciones no existen, el comercio deja de ser cooperación y se convierte en una tontería. Trump no actúa como un liberal doctrinario, sino como un nacionalista económico que usa instrumentos de presión para forzar condiciones más equitativas. Esa postura puede incomodar a los teóricos puristas del libre mercado, pero responde a una preocupación real: durante décadas, muchos países predicaron apertura mientras protegían sus propios sectores estratégicos o copiaban innovaciones norteamericanas para reexportarse al país sin ningún rubor..
Contra el socialismo radical
El socialismo radical ve el comercio internacional con sospecha, porque no tolera la competencia ni la libertad económica. Prefiere subsidios, empresas estatales, controles, propaganda distributiva y dependencia política. Trump opera desde la lógica contraria: más inversión, más producción nacional, menos dependencia de regímenes hostiles y más presión sobre quienes distorsionan el mercado.
Su política comercial, sin embargo, genera tensión interna en muchos países que insultan al político pero que dependen de su comercio. Si los aranceles son usados como mecanismo temporal de negociación, pueden servir para abrir mercados cerrados. Pero si se vuelven permanentes, terminan funcionando como impuestos contra consumidores y empresas. El Yale Budget Lab estimó que los aranceles de 2025 tuvieron efectos regresivos en el corto plazo y elevaron el costo mediano por hogar en alrededor de 2.000 dólares. Esa advertencia es importante: defender a Estados Unidos no debe significar castigar al consumidor estadounidense ni condenar a la economía para beneficiar a países poco amistosos con los Estados Unidos.
Islamismo fundamentalista y seguridad comercial
Frente al islamismo fundamentalista, conviene precisar: el problema no es el islam como religión (que sigue siendo intolerante con el cristianismo, no en vano no hay iglesias católicas en Arabia Saudita), sino los movimientos político-religiosos que usan violencia, terrorismo o coerción para destruir sociedades abiertas. En ese terreno, Trump ha usado sanciones, designaciones terroristas y presión financiera. En 2025 restauró la política de máxima presión contra Irán, con el objetivo declarado de impedir su acceso a armas nucleares, limitar su red terrorista y sancionar fuentes de financiamiento vinculadas al régimen, en la actualidad ha funcionado la presión diplomática y militar. También reactivó el proceso para designar a los hutíes como organización terrorista extranjera, señalando sus ataques contra buques comerciales en el Mar Rojo que nadie en los grandes medios de comunicación comenta en sus páginas editoriales.
La conexión con el comercio es evidente: sin seguridad marítima, no hay libre comercio real. Las rutas comerciales necesitan orden, defensa y disuasión. Un mercado global donde grupos armados pueden chantajear el transporte marítimo no es libre mercado; es anarquía tolerada.
El límite liberal de Trump
El punto débil de la estrategia trumpista está en el riesgo de confundir reciprocidad con proteccionismo permanente. La OMC advirtió en 2025 que la incertidumbre comercial y la reactivación de aranceles recíprocos podían reducir el comercio mundial de mercancías. Además, el Peterson Institute señaló que ciertos aranceles recíprocos penalizan cadenas globales de valor al gravar el valor bruto de los bienes, incluso cuando incorporan insumos importados de terceros países.
Por eso, la tesis más equilibrada es que Trump entiende que el libre comercio requiere poder nacional, pero debe evitar que la defensa de la reciprocidad termine destruyendo la libertad económica que dice proteger.
Comercio libre, pero no suicida
Trump representa una reacción contra dos amenazas: el socialismo radical, que usa el Estado para sofocar la libertad económica, y el islamismo fundamentalista, que ataca el orden de seguridad necesario para comerciar. Su política no es libre comercio puro; es comercio condicionado por soberanía, seguridad y reciprocidad. Puede ser discutible, pero no es irracional. En un mundo donde muchos actores no juegan limpio, la apertura unilateral puede convertirse en debilidad. La pregunta de fondo no es si Estados Unidos debe comerciar. Debe hacerlo. La pregunta correcta es: ¿debe seguir permitiendo que otros se aprovechen de su mercado mientras cierran los suyos? Trump responde que no. Y en ese punto, aunque sus métodos sean duros, su diagnóstico merece ser tomado en serio.
¿Qué opinas? ¿Debe Estados Unidos seguir practicando apertura comercial unilateral o exigir reciprocidad a quienes se benefician de su mercado? Te leo en los comentarios.











