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miércoles, 19 de noviembre de 2025

Cómo las dictaduras de izquierda se aferran al poder

 

En América Latina, los regímenes autoritarios de izquierda han demostrado una habilidad acelerada para mantenerse en el poder a pesar del colapso económico, el rechazo social y la presión internacional. Cuba, Venezuela y Nicaragua son ejemplos emblemáticos de cómo un gobierno puede desmantelar una democracia desde dentro, manipular instituciones y convertir la represión en política de Estado. Aunque sus contextos son distintos, comparten patrones muy similares que explican por qué, incluso en pleno siglo XXI, siguen dominando a sus ciudadanos con una mezcla de propaganda, persecución, miedo y control total del Estado.

1. La captura absoluta de las instituciones

El primer mecanismo de supervivencia para estos regímenes es el secuestro progresivo de las instituciones. En Cuba, la separación de poderes simplemente nunca existió: el Partido Comunista y el Estado son lo mismo. En Venezuela, bajo Chávez primero y Maduro después, el gobierno fue cooptando uno a uno los pilares del sistema: Tribunal Supremo, Consejo Nacional Electoral, Fiscalía, Contraloría y Fuerzas Armadas. Con instituciones sumisas, cualquier intento de alternancia se vuelve una ilusión.

Nicaragua replicó esta fórmula. Daniel Ortega copó la Corte Suprema, eliminó límites a la reelección y colocó a familiares directos en posiciones estratégicas del Estado. Cuando un presidente controla jueces, militares y organismos electorales, el voto deja de ser un mecanismo de cambio y se convierte en un ritual sin consecuencias.

2. El uso sistemático de la represión

La izquierda autoritaria no se sostiene con ideas, se sostiene con miedo y armas, por eso obligan a entregarlas supuestamente por temas de seguridad interna. Las detenciones arbitrarias, torturas, desapariciones y hostigamiento a opositores son parte estructural del modelo. La represión no se presenta como un abuso, sino como una “defensa de la revolución”.

En Cuba, la policía política y los llamados actos de repudio funcionan como herramientas de control emocional y físico. Basta ver lo ocurrido tras las protestas del 11 de julio de 2021: cientos de jóvenes fueron encarcelados solo por exigir libertad. Muchos recibieron sentencias desproporcionadas, sin proceso transparente, y todavía hoy permanecen en prisión. Los organismos de derechos humanos hasta la fecha guardan silencio cómplice.

Venezuela vive una crisis similar. Las FAES, la DGCIM y otros cuerpos de seguridad han sido denunciados por ejecuciones extrajudiciales, torturas y violaciones sistemáticas a los derechos humanos. La ONU ha documentado patrones que califican como crímenes de lesa humanidad. El mensaje es claro: quien desafía al régimen paga un precio altísimo.

En Nicaragua, Ortega elevó la represión a niveles grotescos: encarceló a todos los candidatos opositores, ilegalizó partidos, cerró universidades y expulsó a organizaciones religiosas. A los ciudadanos simplemente se les negó la posibilidad de elegir.

3. La manipulación del discurso y la propaganda

Estos gobiernos entienden que controlar la narrativa es tan importante como controlar la policía. Por eso monopolizan medios de comunicación, censuran a la prensa independiente y convierten al Estado en una fábrica de propaganda.

Cuba mantiene el control total de los medios y la censura digital. Para el régimen, quienes protestan “no son cubanos”, sino “mercenarios”; quienes piden libertad, “agentes del imperio”. El mismo guion se repite en Venezuela, donde el aparato comunicacional del Estado demoniza a la oposición y fabrica enemigos imaginarios para justificar la represión.

En Nicaragua, Ortega expulsó o cerró más de 20 medios, persiguió a curas y periodistas y bloqueó cualquier fuente independiente. Un país sin prensa libre es un país sin defensa frente al abuso.

4. La destrucción económica como herramienta de control

Paradójicamente, estos regímenes convierten el colapso económico en una forma de dominación. Cuando el Estado controla las importaciones, el empleo público, las ayudas sociales y hasta la distribución de alimentos, la población queda atrapada en un sistema de dependencia.

En Cuba, la miseria es funcional al poder: quien no depende del Estado no se somete. En Venezuela, los programas de distribución de alimentos (CLAP) se usan para premiar lealtades y castigar disidencias. En Nicaragua, el control de recursos y empleos vinculados al Estado dejó a la población sin alternativas económicas reales.

5. La alianza con fuerzas armadas ideologizadas

Ningún dictador dura si pierde a los militares. Por eso estos regímenes convierten a las fuerzas armadas en socios, no en instituciones republicanas. En Cuba, los militares controlan buena parte de la economía nacional. En Venezuela, el chavismo transformó a la Fuerza Armada en un actor político con privilegios económicos directos. En Nicaragua, Ortega premió la lealtad militar con negocios, tierras y control institucional.

Cuando los militares se vuelven cómplices del régimen, la represión se institucionaliza, y la salida democrática se vuelve casi imposible.

Conclusión

Cuba, Venezuela y Nicaragua no son accidentes históricos: son advertencias. Demuestran cómo una ideología que se presenta como “liberadora” puede degenerar en máquinas de control. Cuando el poder absoluto se mezcla con discurso dogmático, represión y militarización, el resultado siempre es el mismo: pobreza, exilio, miedo y silencio.

La lección es clara: la democracia jamás muere de un golpe; muere lentamente, cuando la ciudadanía se acostumbra a renunciar a pequeñas libertades a cambio de promesas que nunca llegan. Y cuando despierta, ya es tarde.

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domingo, 13 de abril de 2025

Vecinos vigilantes: el rostro civil del autoritarismo socialista


Los regímenes autoritarios, especialmente aquellos de corte socialista y populista, han perfeccionado una herramienta de control social tan efectiva como perversa: la creación de grupos civiles armados o parapoliciales que operan al margen de la ley para sofocar la disidencia. Este sistema —que fusiona la intimidación vecinal con la violencia callejera— no es nuevo, pero ha cobrado fuerza en América Latina como parte del arsenal de regímenes que temen al pensamiento libre.

Cuba: los Comités de Defensa de la Revolución (CDR)

Establecidos en 1960, los CDR son el ejemplo más claro de una red de espionaje ciudadano institucionalizada. Su propósito declarado es “proteger los logros de la revolución”, pero en la práctica funcionan como órganos de delación, acoso y represión barrial. Cada cuadra tiene su célula, cada ciudadano crítico es monitoreado, y la sospecha se convierte en sentencia sin juicio. El precio de disentir en Cuba no lo impone un tribunal, lo ejecuta tu propio vecino y casi siempre termina siendo apresado el que intentar expresarse contra el hambre y el autoritarismo cubano del partido único.

Venezuela: colectivos motorizados y leales al chavismo

En el país de Bolívar, los colectivos motorizados son bandas armadas oficialistas que patrullan con total impunidad, atacando manifestaciones, hostigando a periodistas y sembrando terror en zonas opositoras. Durante las protestas de 2014 y 2017, se documentaron múltiples crímenes cometidos por estos grupos con el consentimiento —o complicidad— de las fuerzas armadas. Son el brazo callejero del poder, reparten miedo a cambio de impunidad.

Haití: los Tonton Macoutes, pioneros del terror civil

Bajo el régimen de François y luego de Jean-Claude Duvalier, los Tonton Macoutes fueron un cuerpo paramilitar creado para intimidar, torturar y asesinar opositores. Con atuendos negros y machetes al cinto, simbolizaban la muerte inminente para todo aquel que se atreviera a alzar la voz. Eran temidos por la población no solo por su brutalidad, sino porque respondían solo al dictador, no a ley alguna. Haití vivió bajo su sombra por décadas, y su huella aún persiste en la memoria colectiva.

Nicaragua: parapoliciales y juventudes sandinistas al acecho

Durante las revueltas de 2018 contra el régimen de Daniel Ortega, el mundo fue testigo del resurgimiento de una vieja táctica: usar civiles armados y encapuchados para reprimir la protesta social. Grupos parapoliciales, coordinados con la policía nacional, atacaron universidades, iglesias y barrios opositores. La Juventud Sandinista, con respaldo estatal, actúa como fuerza de choque en las calles, sembrando miedo e impunidad. Nicaragua se ha convertido en un laboratorio del totalitarismo moderno.

¿Qué tienen en común estos grupos?

  1. Impunidad total: No rinden cuentas a la justicia. Son “intocables”.

  2. Adiestramiento ideológico: Su lealtad es al líder, no al pueblo.

  3. Destrucción del tejido social: Siembra el miedo entre vecinos, amigos y familias.

  4. Legalización del terror: El Estado se lava las manos, mientras el terror civil hace el trabajo sucio.

¿Qué nos enseñan estos ejemplos?

Que el totalitarismo no necesita grandes ejércitos cuando logra que los ciudadanos se conviertan en verdugos de sus propios conciudadanos. Esta estrategia —vil, pero eficaz— destruye la libertad desde dentro, bloquea la protesta pacífica, y convierte la participación política en una sentencia de muerte civil (o literal).

Hoy más que nunca debemos rechazar estos modelos autoritarios que disfrazan su represión como “participación popular” o “defensa de la patria”. Los ciudadanos deben protegerse del Estado con la Constitución, no temerle.

¿Estamos dispuestos a vivir en una sociedad donde el que opina diferente puede ser denunciado, golpeado o asesinado por otro civil con respaldo del gobierno? Si la respuesta es no, entonces es momento de alzar la voz, defender nuestras libertades y no normalizar el miedo como método de gobierno. Sígueme y deja tu comentario.

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jueves, 3 de abril de 2025

Derechos humanos selectivos: el dilema ético de la izquierda

 


El dilema moral de la izquierda: ¿derechos humanos solo si el agresor es de derechas?

En el tablero geopolítico contemporáneo, la izquierda se enfrenta a un dilema que cuestiona la solidez ética de su discurso: ¿los derechos humanos deben defenderse siempre, o solo cuando son violados por actores occidentales o por parte de quienes son calificados como de ultraderechas?

Durante décadas, la izquierda ha representado —al menos en el imaginario colectivo— una voz crítica contra el colonialismo, el intervencionismo y las injusticias del capitalismo global. Ha denunciado a conveniencia, las guerras de EE.UU. en Medio Oriente, el mentiroso bloqueo mundial a la isla cárcel de Cuba, el respaldo de Europa a regímenes autoritarios aliados, y la histórica mentira de opresión de ciudadanos palestinos. Sin embargo, esa seudo legitimidad comienza a erosionarse cuando la misma izquierda guarda silencio, o incluso justifica, abusos de derechos humanos cometidos por gobiernos o actores no occidentales, pero ideológicamente cercanos como es el caso de la pareja presidencial nicaragüenses, o de la élite cubano de Díaz Canel y sin olvidar el ejército de Maduro en Venezuela, las muertes de kurdos por parte de Erdogan en Turquía.

El caso Hamás: ¿terrorismo o resistencia legítima?

El episodio más reciente y revelador fue el ataque del grupo terrorista Hamás a Israel el 7 de octubre de 2023, en el que masacraron más de 1.200 civiles, incluidos mujeres, niños y ancianos. Lejos de una condena clara, diversas agrupaciones de izquierda en Occidente —entre ellas organizaciones estudiantiles de universidades como Harvard, Columbia o Stanford— emitieron comunicados donde culpaban exclusivamente a Israel, minimizando o incluso omitiendo el accionar terrorista de Hamás y las violaciones a decenas de mujeres, todo documentado por los mismos criminales.

Estos pronunciamientos generaron un fuerte debate. ¿Puede una ideología que dice defender la vida, la igualdad y la justicia justificar la masacre de civiles por parte de un grupo extremista islamista? ¿Puede ignorarse que Hamás, además de estar en la lista de organizaciones terroristas de EE.UU., la UE y otros países, viola sistemáticamente los derechos humanos de su propia población, incluyendo represión política, persecución de minorías y adoctrinamiento violento?

La respuesta debería ser evidente. Sin embargo, en muchos sectores de la ultra izquierda, prevalece la lógica de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, incluso cuando ese amigo recurre a prácticas absolutamente incompatibles con los valores humanos.

Silencios cómplices: Irán, Rusia y otros aliados “incómodos”

Este fenómeno no se limita al conflicto palestino-israelí. La izquierda occidental, y en especial la latinoamericana, ha optado por una postura ambigua frente a otros regímenes autoritarios no occidentales. Gobiernos como el de Irán, donde se persigue brutalmente a mujeres por no usar velo, a homosexuales o a activistas por pedir libertades civiles, son tratados con indulgencia porque representan un contrapeso a la hegemonía estadounidense y porque financia a políticos y programas internacionales de divulgación en redes sociales.

Lo mismo ocurre con Rusia, que ha reprimido con violencia la disidencia interna, ha invadido Ucrania violando el derecho internacional, y mantiene estrechos lazos con gobiernos de izquierda en América Latina. En muchos discursos, el Kremlin es presentado como un aliado antiimperialista, pese a sus prácticas abiertamente autocráticas.

Y, por supuesto, el caso de Venezuela o Nicaragua resulta paradigmático. Ante la evidencia de represión, presos políticos, censura a medios, y uso del aparato estatal para aplastar la oposición, la izquierda internacional prefiere hablar de “guerra mediática” o “ataques del imperialismo”, negando realidades verificables y documentadas por organismos como la ONU o Human Rights Watch. Con lo que prefiere desviar la atención y atacar el gobierno Salvadoreño de Bukele, por su lucha contra las bandas criminales denominadas maras.

¿Coherencia o conveniencia?

La pregunta es urgente: ¿puede la izquierda construir un proyecto emancipador si su ética se adapta según el contexto geopolítico? ¿No es esta doble moral una traición a los principios que dice defender?

Apoyar a Hamás o a cualquier régimen autoritario solo porque se opone a Estados Unidos no convierte a esos actores en luchadores por la justicia. La supuesta resistencia no puede ser excusa para el terrorismo ni la masacre de personas inocentes, ni la soberanía para el autoritarismo. Los derechos humanos no son negociables ni relativos, o se defienden a conveniencia.

Una izquierda con principios o con intereses

La izquierda del siglo XXI tiene una disyuntiva: o reafirma su aparente compromiso universal con la dignidad humana, o se convierte en una fuerza ideológica tal servicio de criminales transnacionales.

Es hora de romper con el pensamiento binario que reduce el mundo a “Occidente malo” y “resto bueno por oposición”. Esa narrativa simplista no solo es falsa, sino peligrosa. Si la izquierda quiere representar una alternativa creíble, debe tener el valor de condenar todo atropello, venga de Washington, Teherán, Caracas o Gaza.

Deja tus comentarios y mira en el siguiente enlace el listado de cárteles criminales

Designación de cárteles internacionales


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