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sábado, 4 de julio de 2026

La pobreza y política: la palabra que gusta a la mentira

 

Por. John Campuzano Vásquez

Durante décadas, una parte importante de la izquierda latinoamericana ha construido su discurso alrededor de la idea de representar a los pobres. Solo los gobiernos de esa tendencia están autorizados para hablar y manosearla. En todo escenario el debate comienza cuando la pobreza se convierte en  un activo político que garantiza apoyo electoral permanente.

En buena parte de América Latina existe un patrón que merece ser discutido sin mucho esfuerzo. Sectores de la población que continúan viviendo sin agua potable, alcantarillado, vivienda, educación de calidad o servicios de salud eficientes siguen respaldando a los mismos proyectos políticos que han gobernado durante años. La pregunta es inevitable: ¿por qué alguien continúa defendiendo y votando por un modelo que no ha logrado mejorar sustancialmente sus condiciones de vida?

La política de la dependencia

La primera explicación es la construcción de dependencia. Cuando el Estado concentra la distribución de beneficios, subsidios, empleos públicos o programas sociales, el ciudadano deja de percibirse como un individuo autónomo y comienza a considerar que su bienestar depende directamente del gobernante de turno y de la bondad que dispense para las ingenuas personas.

Las ayudas sociales no son negativas. Los programas focalizados para reducir la pobreza pueden ser indispensables para enfrentar situaciones extremas. El problema aparece cuando dejan de ser un puente hacia la autonomía y se convierten en un mecanismo permanente de fidelización política, los eternos bonos y subsidios como el Bono de Desarrollo Humano en Ecuador que cumple ya 26 años de existencia.

En ese escenario, el discurso cambia. El mensaje ya no es "vamos a generar oportunidades para que usted no necesite ayuda", sino "nosotros somos quienes podemos protegerlo, somos el Estado siempre presente". 

El enemigo permanente como estrategia

Otra explicación recurrente consiste en mantener vivo un enemigo político.

Cuando la economía no mejora, cuando las promesas no llegan o cuando el crecimiento se estanca, la explicación rara vez apunta a errores propios. Siempre existe un responsable externo: el neoliberalismo, las élites, los empresarios, los medios de comunicación, Estados Unidos o la oposición de la derecha mala.

Desde la comunicación política, esta estrategia resulta eficaz porque evita que los ciudadanos evalúen los resultados concretos de la gestión. En lugar de preguntar por indicadores de empleo, inversión o productividad, la discusión se traslada hacia una confrontación moral entre "el pueblo" y "sus enemigos".

La política deja de girar alrededor de resultados y pasa a girar alrededor de identidades, de los movimientos sociales, de las juventudes comunistas y de la libertad de los pueblos, todas consignas basada en relatos ante que en datos.

Jóvenes indignados: las promesas que impulsaron a Boric y Petro

Los casos de Chile y Colombia ilustran bien este fenómeno.

En Chile, las protestas iniciadas en 2019 canalizaron un profundo malestar social relacionado con el costo de vida, las pensiones, la educación y la desigualdad. Muchos jóvenes interpretaron que el modelo económico debía reemplazarse por uno mucho más intervencionista alineado al comunismo benefactor.

Ese ambiente favoreció la llegada de Gabriel Boric a la presidencia con una narrativa de profundas transformaciones sociales. Sin embargo, una vez en el gobierno aparecieron las limitaciones propias de la administración pública, las restricciones fiscales y las dificultades para ejecutar reformas estructurales. El rechazo ciudadano a la propuesta constitucional impulsada durante su mandato y la caída en sus niveles de aprobación evidenciaron que las expectativas iniciales fueron considerablemente mayores que los resultados obtenidos y terminó siendo un gobierno de enchufados o pitutos

Colombia: del discurso del cambio a las dificultades de gobernar

En Colombia ocurrió un proceso similar.

Las movilizaciones de 2021 expresaban inconformidad frente a problemas reales como desempleo juvenil, desigualdad y oportunidades económicas.

Ese contexto favoreció la elección de Gustavo Petro, quien presentó un ambicioso programa de transformación política, económica y social. Gobernar, sin embargo, ha resultado mucho más complejo que hacer campaña. Varias de sus principales reformas encontraron resistencia en el Congreso, mientras diferentes indicadores económicos y fiscales generaron preocupación entre analistas y empresarios. La percepción ciudadana sobre el rumbo del gobierno también mostró un deterioro progresivo según diversas encuestas de opinión.

Esto no significa que todos los problemas provengan exclusivamente del actual gobierno; Colombia arrastra desafíos históricos. Pero sí evidencia la distancia entre las expectativas generadas durante la campaña y la capacidad real para cumplirlas, basta revisar el déficit fiscal que deja Petro al nuevo gobierno y tenemos una idea del desastre de regalar dinero y/o desviarlo para otros fines.

¿Por qué muchos continúan defendiéndolos?

Aquí aparece un fenómeno ampliamente estudiado por la psicología política: el compromiso identitario. Cuando una persona convierte una opción política en parte de su identidad, admitir que ese proyecto ha fracasado puede sentirse como reconocer un error personal, esto ya ha sido explicado en otras entradas de este blog.

En consecuencia, muchos simpatizantes tienden a justificar los malos resultados atribuyéndolos a conspiraciones, sabotajes o herencias recibidas, antes que aceptar que las políticas implementadas pueden no haber producido los efectos esperados.

Este comportamiento no es exclusivo de la izquierda; puede observarse en simpatizantes de distintos sectores ideológicos. Sin embargo, en movimientos de fuerte componente populista e identitario suele adquirir mayor intensidad debido a la permanente apelación emocional entre "el pueblo" y "las élites empresariales".

El romanticismo revolucionario frente a la realidad

Gran parte del discurso político dirigido hacia jóvenes presenta la idea de que basta con cambiar de gobierno para transformar profundamente una sociedad. La realidad económica demuestra algo distinto, falta de conocimiento y muchos discursos sin sentido son la tónica en gobiernos auspiciados desde la extrema izquierda.

El crecimiento sostenible depende de instituciones sólidas, inversión privada y pública, seguridad jurídica, productividad, educación de calidad, estabilidad macroeconómica e innovación. Ninguno de estos elementos aparece de manera inmediata mediante discursos o consignas. Las transformaciones profundas requieren años de políticas públicas consistentes, acuerdos institucionales y disciplina fiscal.

Cuando la retórica promete soluciones instantáneas para problemas acumulados durante décadas, el riesgo de frustración colectiva aumenta considerablemente, por eso vemos las constantes amenazas de salir a las calles para reclamar derechos que nunca fueron entregados por el gobierno zurdo comunista.

La verdadera justicia social no consiste en administrar pobreza

Reducir la pobreza significa lograr que cada vez menos personas dependan del Estado para salir adelante. Eso implica empleo formal, emprendimiento, acceso al crédito, seguridad jurídica, educación pertinente e inversión productiva.

Un ciudadano económicamente independiente es mucho más libre para decidir su voto que uno cuya supervivencia depende directamente de quien controla el presupuesto público. La verdadera inclusión social no debería medirse por la cantidad de subsidios entregados, sino por el número de personas que dejan de necesitarlos gracias a mejores oportunidades.

En una democracia madura, los gobiernos deberían ser evaluados principalmente por resultados verificables: disminución sostenible de la pobreza, mejora en la calidad educativa, ampliación del acceso al agua potable, vivienda digna, infraestructura, crecimiento económico y fortalecimiento institucional. Convertir la pobreza en un argumento permanente de movilización política, sin ofrecer soluciones eficaces y sostenibles, corre el riesgo de perpetuar precisamente aquello que dice combatir.

¿La pobreza persiste por falta de recursos o porque algunos proyectos políticos encuentran en ella una fuente permanente de apoyo electoral? Comparte este análisis, deja tu opinión en los comentarios y participa en el debate.

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domingo, 31 de mayo de 2026

La democracia que le gusta a la Ultra Izquierda

 


Dr. John Campuzano Vásquez.

La ultra izquierda y todas sus variantes, rara vez llega al poder confesando su verdadero proyecto. No dice: “quiero controlar jueces, medios, elecciones, empresas y universidades, expropiar la propiedad privada”. Sería suicida. Prefiere una entrada más elegante: habla de inclusión, justicia social, democracia participativa, derechos del pueblo y defensa de los pobres. El problema de usar esas palabras es la trampa que hacen de ellas. Prometen tolerancia cuando están débiles; practican intolerancia cuando ya controlan el Estado y gozan del dinero de los contribuyentes.

La radiografía es conocida. Primero, se presentan como víctimas del sistema. Todo adversario es “oligarca”, “vendepatria”, “fascista” o “enemigo del pueblo”. Segundo, convierten la crítica en delito moral. Quien cuestiona al líder no discrepa: conspira. Tercero, una vez en el gobierno, empiezan a capturar instituciones: cortes, fiscalías, órganos electorales, fuerzas armadas, medios públicos y sistema educativo. Ahí la democracia deja de ser competencia limpia y se convierte en escenografía.

Venezuela es el ejemplo más claro en América Latina. El chavismo llegó con discurso popular de lucha de clases, pero terminó construyendo un régimen donde el árbitro electoral, la justicia y los recursos públicos operan a favor del poder casi con devoción ciega. En el poder, no les importa que les digan de todo cuando manosean elecciones presidenciales como la venezolana, que no cumplió estándares internacionales de integridad electoral y no podía considerarse democrática.

La trampa no siempre ocurre solo el día de la votación. Muchas veces empieza antes: inhabilitan candidatos, cambian directivas de partidos opositores, dificultan el voto en el exterior, usan dinero público para la campaña oficialista como en el caso de Ecuador (Caso Sobornos) y controlan la información. Es decir, cuando llega el día electoral, el partido gobernante ya ha inclinado la cancha. En Venezuela y en Nicaragua hay decenas de casos que demuestran la persecución política a la oposición.

De manera puntual, en Nicaragua: cuando la máscara ya no alcanza, se encarcela o se expulsa al adversario. Daniel Ortega, que alguna vez se presentó como revolucionario democrático, terminó gobernando con lógica familiar y represiva. Freedom House reportó que reformas constitucionales recientes ampliaron el poder del Ejecutivo, hicieron a Ortega y Rosario Murillo “copresidentes” y extendieron su mandato hasta 2028.

Cuba, por su parte, representa el modelo sin maquillaje: partido único, prohibición del pluralismo político, medios independientes perseguidos y severas restricciones a libertades civiles. No hay que darle muchas vueltas: donde no existe competencia política real, no existe democracia real. Cuba puede ser clasificada sin problema como “dictadura de un solo partido” y con control total de oposición.

Las argucias electorales tienen muchas formas. A veces son burdas: padrones inflados, muertos que siguen votando, “fantasmas” habilitados, votos asistidos, urnas manipuladas o actas desaparecidas. Otras son más sofisticadas: rediseñar distritos, negar personería jurídica, cambiar reglas a última hora, impedir observadores, bloquear auditorías, perseguir fiscales electorales o controlar tribunales que luego “validan” resultados dudosos. IFES advierte que la manipulación de registros civiles, tarjetas falsas, compra de votos e intimidación pueden alterar seriamente una elección, aunque sus efectos sean difíciles de cuantificar.

Como se puede entender, la izquierda autoritaria no odia las elecciones; odia perderlas. Por eso no siempre elimina el voto. Lo administra. Lo rodea. Lo domestica. Deja votar, pero decide quién compite. Deja contar, pero controla quién anuncia. Deja reclamar, pero pone jueces obedientes. Deja marchar, pero luego persigue. Esa es la gran estafa: conservar el ritual democrático mientras se destruye su esencia.

El engaño funciona porque apela a emociones nobles: igualdad, dignidad, justicia y protección social. Pero una democracia no se mide por lo bonito del discurso, sino por la posibilidad real de sacar al gobernante del poder. Si un gobierno se dice popular, pero persigue opositores, controla jueces, encarcela críticos, manipula padrones o desconoce actas, entonces no defiende al pueblo: se defiende del pueblo.

La lección histórica es clara. El autoritarismo de izquierda no llega siempre con botas militares; muchas veces llega con sonrisas, canciones pegajosas, subsidios y promesas de redención. Pero cuando concentra poder, cambia el tono: de tolerante pasa a censor; de democrático pasa a hegemónico; de defensor de los pobres pasa a dueño de sus necesidades. Por eso la libertad no se pierde de golpe. Se pierde elección tras elección, silencio tras silencio, institución tras institución.

Si este análisis te hizo pensar, compártelo. La democracia se defiende antes de que el poder aprenda a disfrazar el fraude de voluntad popular.


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viernes, 25 de abril de 2025

El populismo y la destrucción de la seguridad social en América Latina (qué hacer desde la libertad)

 

La seguridad social fue concebida como un pilar de bienestar para los trabajadores. Sin embargo, en buena parte de América Latina ha degenerado en un sistema ineficiente, politizado y financieramente insostenible. ¿El resultado? Pensiones bajas, falta de cobertura real y una juventud que desconfía del sistema. Detrás de este colapso hay una causa común: la gestión estatal sin control ni responsabilidad.

Argentina: más beneficiarios, menos aportes

Uno de los casos más ilustrativos es el de Argentina. En 2008, el gobierno eliminó el sistema de capitalización individual y estatizó los fondos de las AFJP (Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones). En 2014, con fines electorales, se amplió la cobertura del sistema previsional incorporando a más de 2 millones de nuevos jubilados, muchos de los cuales nunca habían aportado al sistema o lo habían hecho de forma mínima. Esto provocó un aumento desproporcionado del gasto previsional, deteriorando aún más las finanzas públicas. Hoy, el 90% de los jubilados en Argentina cobra la jubilación mínima, y el sistema sigue dependiendo de transferencias del Tesoro.

Ecuador y el uso político del IESS

En Ecuador, el IESS sufre un deterioro constante. El Estado ha utilizado los fondos de pensiones para financiar gasto público, sin la debida restitución. La deuda estatal con el IESS supera los USD 20 mil millones. Mientras tanto, los jubilados reciben pensiones que muchas veces no cubren ni el costo de la canasta básica. Los jóvenes cotizantes, por su parte, desconfían del sistema y temen no recibir nada a futuro.

Perú: ¿un sistema más libre?

En el caso peruano, se ha mantenido un modelo mixto donde coexisten el sistema público (ONP) y el privado (AFP). Quienes cotizan en las AFP tienen cuentas individuales y propiedad sobre sus fondos, aunque el sistema no está exento de críticas. Muchos trabajadores informales no cotizan, y algunos reclamos giran en torno a las comisiones o la libertad para retirar los fondos. Aun así, los rendimientos acumulados históricamente han sido superiores a los del sistema público, y hay una sensación mayor de autonomía entre los cotizantes.

¿Qué propone el liberalismo?

Desde una visión liberal, la solución no es más Estado, sino más libertad y responsabilidad individual. El modelo ideal debe basarse en:

  • Propiedad privada del fondo: que el ahorro previsional sea intocable por parte del Estado.

  • Capitalización individual: el trabajador aporta a su propia cuenta y la ve crecer.

  • Libre elección del administrador: que compitan en eficiencia y transparencia.

  • Protección subsidiaria: el Estado solo debe asistir a quienes realmente no puedan ahorrar.

El sistema chileno, en su forma original, encarnó esa propuesta y fue referente internacional por décadas. A pesar de los cuestionamientos recientes, los datos demostraron que permitió generar más recursos para los trabajadores que los sistemas de reparto.

El mundo vuelve a mirar la capitalización

Curiosamente, mientras en algunos países latinoamericanos se cuestionan los sistemas privados, en otras regiones del mundo se vuelve a discutir seriamente la capitalización individual. En Europa del Este, por ejemplo, países como Estonia, Letonia y Eslovaquia han reformado sus sistemas previsionales para dar mayor peso al ahorro individual. Incluso organismos multilaterales como el BID y el Banco Mundial han comenzado a sugerir sistemas híbridos que combinen capitalización y solidaridad, con énfasis en la sostenibilidad financiera y la autonomía del trabajador.

El fracaso de la seguridad social estatal en América Latina tiene responsables claros: el populismo previsional, la irresponsabilidad fiscal y la falta de visión a largo plazo. La solución no pasa por seguir ampliando beneficios sin respaldo financiero, sino por devolverle al trabajador el control sobre su futuro.

La libertad de elegir cómo y con quién ahorrar, la transparencia en la gestión y el respeto al esfuerzo individual deben ser los pilares de una nueva seguridad social. Porque solo desde la libertad nace un sistema realmente justo, sostenible y digno.

¿Vas a seguir dejando tu futuro en manos del Estado o prefieres tomar el control de tu pensión? Deja tu comentario y sigue este blog.
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lunes, 7 de abril de 2025

Universidad para todos: el espejismo costoso del populismo educativo


Pocas ideas han calado tan hondo y han hecho tanto daño como la consigna de que “la universidad debe ser para todos”. En apariencia es una propuesta inclusiva, progresista, casi irrefutable. Pero en la práctica, ha sido una de las apuestas más ineficientes y costosas para el Estado y la sociedad. Bajo el amparo de esta lógica, miles de jóvenes terminan en aulas universitarias no por vocación ni por mérito, sino porque el sistema (y la cultura que lo sostiene) les ha hecho creer que esa es la única vía legítima de movilidad social.

La realidad, sin embargo, es otra: según datos del NEC (2024), el 28% de los desempleados del país tienen título universitario. Un dato alarmante que revela no solo la desconexión entre la oferta académica y el mercado laboral, sino también la enorme inversión pública que se desperdicia formando profesionales que no responden a ninguna necesidad real del aparato productivo.

Mientras tanto, sectores clave de la economía (industria, servicios técnicos, logística, tecnología aplicada) padecen una escasez crónica de mano de obra calificada. ¿Por qué? Porque se ha despreciado la formación técnica en favor de una sobrevaloración del título universitario, como si todos tuvieran que ser ingenieros, abogados o comunicadores para tener valor social.

Desde una mirada liberal, esto no solo es un error económico: es una distorsión profunda de los incentivos. En lugar de fomentar libertad de elección, competencia, eficiencia y responsabilidad individual, se ha promovido una falsa igualdad que ignora las preferencias, las capacidades y las demandas del mercado. El resultado: un sistema que produce frustración, subempleo y gasto público improductivo.

La solución no está en cerrar las universidades, sino en redefinir su propósito: deben ser espacios de excelencia, meritocracia y vocación, no centros de distribución de títulos vacíos. Y el acceso debe estar orientado por criterios de desempeño, compromiso y potencial, no por cuotas políticas ni aspiraciones generalizadas que ignoran la realidad del empleo.

Al mismo tiempo, urge reivindicar la educación técnica y tecnológica como un camino válido, eficiente y muchas veces mejor remunerado. Preparar a las personas para satisfacer las demandas reales del mercado no es someterlas, es empoderarlas. Es permitir que el talento y la productividad florezcan donde hacen falta, y no donde los discursos ideológicos los quieren encerrar.

En una sociedad verdaderamente libre, no se impone un modelo único de éxito. Se abren caminos diversos, se respeta la elección individual y se reconoce que el conocimiento útil es aquel que resuelve problemas reales. Hoy más que nunca, necesitamos menos populismo educativo y más libertad para formar, trabajar y decidir con sentido.


Por: Econ. Luis Cedillo-Chalaco, MSc.

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lunes, 24 de marzo de 2025

La Dolarización como barrera al populismo económico

 


Por Venezuela Libre

¿Qué es el populismo económico?

El populismo económico siempre es una estrategia de corto plazo: incrementa el gasto público y para ello recurre a la emisión monetaria (dinero) descontrolada para financiar aparentemente programas sociales, ganar respaldo ciudadano y mantener una apariencia de bonanza económica. Sin embargo, este tipo de políticas frecuentemente conduce a consecuencias severas como la inflación, el déficit fiscal y el endeudamiento excesivo.

Frente a este panorama, la dolarización surge como un muro de contención frente al uso político irresponsable de la economía. Pero, ¿cómo logra esto? A continuación, exploraremos por qué la dolarización limita el populismo económico y cuáles son sus implicaciones en países como Ecuador, Panamá y El Salvador

La emisión monetaria: una herramienta que desaparece

En países sin dolarización, los gobiernos pueden imprimir su propia moneda para financiar déficits, lo que frecuentemente termina generando inflación. En cambio, una economía dolarizada no tiene esta opción, ya que la moneda circulante no es controlada localmente.

Este simple hecho obliga a los gobiernos a buscar otras fuentes de financiamiento, como el uso de reservas internacionales o la deuda externa, ambas con límites naturales y consecuencias políticas y económicas directas. Por tanto, el margen para actuar con populismo se reduce considerablemente. 

Disciplina fiscal y eficiencia del gasto público

En un entorno dolarizado, los gobiernos se ven forzados a priorizar la eficiencia y la calidad del gasto público, ya que cualquier desequilibrio debe ser cubierto con más impuestos o con dolorosos recortes. Esto convierte al déficit fiscal en un problema que no se puede “ocultar” con inflación o devaluación.

La experiencia de países como Ecuador, Panamá y El Salvador muestra que, aunque persisten los déficits fiscales, estos se mantienen en niveles más sostenibles, generalmente por debajo del 2% del PIB, un indicio de mayor responsabilidad en el manejo de las finanzas públicas.

Estabilidad macroeconómica: menos espacio para el populismo

La dolarización contribuye a una mayor estabilidad cambiaria y a la reducción de la inflación a niveles de un solo dígito. Este entorno estable desnuda los efectos de las políticas populistas, ya que no pueden esconderse tras artificios monetarios o fluctuaciones cambiarias.

Los gobiernos, ante esta transparencia, se ven obligados a promover el crecimiento económico mediante inversión productiva, innovación y eficiencia, en lugar de apoyarse en el gasto corriente como fórmula de popularidad.

Conclusión: ¿La dolarización como un freno saludable?

Si bien la dolarización no es una fórmula mágica ni exenta de desafíos, sí representa una barrera estructural eficaz contra el populismo económico. Al eliminar la posibilidad de financiar déficits con emisión monetaria, exige a los gobiernos actuar con mayor prudencia, responsabilidad y visión de largo plazo.

En este contexto, la dolarización protege a las economías de desequilibrios fiscales severos y promueve entornos más estables para la inversión y el desarrollo. La historia reciente de América Latina ofrece múltiples lecciones que invitan a reflexionar sobre la importancia de contar con marcos institucionales que limiten el uso político de la economía.

¿Qué opinas sobre los beneficios y límites de la dolarización? ¿Puede realmente evitar el populismo o solo lo transforma? Te leo en los comentarios.
Comparte este artículo si crees que puede generar una conversación valiosa sobre política económica responsable.

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jueves, 6 de marzo de 2025

El ciclo de la política fiscal en gobiernos Populistas y de Ultraizquierda

 


Un aporte de: Venezuela libre

La política fiscal es una de las herramientas más poderosas que tienen los gobiernos para influir en la economía. En los regímenes populistas y de ultraizquierda, esta herramienta suele utilizarse con un patrón predecible: altos niveles de gasto público financiados por impuestos y deuda, cuando se agotan los ingresos por exportación de materias primas. Lo que genera un crecimiento artificial en el corto plazo, pero deja un legado de crisis económica a largo plazo. El caso de Ecuador entre 2007 y 2017 es un ejemplo claro de esta dinámica, pero no es el único. Veamos cómo funciona este modelo y por qué suele repetirse en distintos países.

Gasto público como motor político y económico

Los gobiernos populistas que existen de varios colores, suelen basar su popularidad en la expansión del gasto público. Programas sociales, bonos, obras de infraestructura, subsidios y aumentos en el empleo estatal son medidas recurrentes que generan una sensación de prosperidad. En Ecuador, Venezuela y Argentina, son claros ejemplos, inician invirtiendo o diciendo que van a invertir en mega obras, en carreteras, hospitales y educación, utilizando los altos ingresos petroleros en el caso de Ecuador y Venezuela y una serie de reformas tributarias para financiar esta expansión.

Sin embargo, esta estrategia tiene un problema estructural: el gasto suele crecer más rápido que los ingresos. En momentos de bonanza económica, parece sostenible, pero cuando los ingresos caen (por ejemplo, por una baja en el precio de materias primas como el petróleo), el déficit se hace evidente.

El recurso fácil: Subir impuestos

Cuando los ingresos fiscales no alcanzan para cubrir el gasto, los gobiernos recurren al aumento de impuestos. Las administraciones populistas justifican estas medidas bajo el argumento de la redistribución de la riqueza, lo que les permite mantener el respaldo popular, lo más cercano el Brasil de Lula Da Silva con un IVA entre 17 y 18 por ciento con valores cercanos al 25% en ciertos bienes. Sin embargo, este enfoque genera efectos adversos:

  • Menor inversión privada: La carga tributaria excesiva desincentiva la inversión y la creación de empleo.
  • Evasión y distorsiones económicas: A medida que los impuestos aumentan, la evasión fiscal se vuelve más común y las empresas buscan estrategias para minimizar su carga tributaria, lo que reduce la recaudación efectiva.
  • Desaceleración económica: Un Estado que consume una gran parte de los ingresos nacionales deja menos margen para el crecimiento del sector privado.

En el caso ecuatoriano, las reformas tributarias iniciales ayudaron a sostener el gasto en los primeros años, pero cuando la economía empezó a desacelerarse, los ingresos ya no fueron suficientes.

El endeudamiento: Un círculo vicioso

Cuando el aumento de impuestos no es suficiente para sostener el gasto público, el siguiente paso es recurrir al endeudamiento. En Ecuador, la deuda pública pasó de 15 mil millones de dólares en 2007 a casi 50 mil millones en 2017, y sigue creciendo por el efecto arrastre del gasto público atado a una Constitución que lo promueve. Este mismo fenómeno se ha observado en otros países con gobiernos de ideología similar, como Argentina o Venezuela.

Los problemas del endeudamiento en estos regímenes radican en dos factores:

  1. Altas tasas de interés y condiciones desfavorables: Al perder credibilidad en los mercados financieros, estos gobiernos deben recurrir a préstamos con tasas cada vez más altas y plazos más cortos.
  2. Compromiso de recursos estratégicos: Como el crédito barato se agota, buscan alternativas como acuerdos donde entregan petróleo, minerales u otros recursos estratégicos a cambio de financiamiento.

El resultado es que la deuda se convierte en una carga insostenible, lo que lleva a crisis de liquidez y dependencia de organismos internacionales o prestamistas con condiciones desfavorables, disparan el riesgo país y hacen que acceder a crédito sea caro.

Déficit fiscal y crisis económica

El exceso de gasto, los impuestos crecientes y la deuda descontrolada conducen inevitablemente a un déficit fiscal estructural. Cuando los ingresos son insuficientes para cubrir los gastos, el Estado entra en un círculo de financiamiento basado en más endeudamiento. En Ecuador, para 2017 el déficit fiscal aún superaba los 1,65 mil millones de dólares en el último trimestre del año, con una deuda que representaba la mitad del PIB. Cifra que en el 2025 puede estar alrededor de los 5 mil millones.

Este patrón se ha repetido en países con modelos similares:

  • Argentina: Con recurrentes crisis de deuda, déficit fiscal elevado y políticas de control de precios e impuestos excesivos.
  • Venezuela: Donde el gasto estatal descontrolado, sumado a expropiaciones y dependencia del petróleo, llevó a una crisis inflacionaria sin precedentes.

Cuando la deuda ya no es sostenible, las opciones se reducen a:

  • Recortes abruptos en el gasto público, generando crisis sociales.
  • Más impuestos, lo que asfixia aún más la economía.
  • Default o reestructuración de la deuda, lo que afecta la confianza de los inversionistas y el acceso a nuevos créditos.

Lecciones aprendidas

Los gobiernos populistas y de ultraizquierda tienden a repetir el mismo patrón en el uso de la política fiscal: gasto público excesivo, aumento de impuestos, endeudamiento descontrolado y crisis fiscal. La lección fundamental es que la estabilidad económica no se puede construir únicamente sobre el gasto estatal. La inversión responsable, la diversificación de ingresos y una política fiscal sostenible son claves para evitar el colapso financiero.

Países que han logrado esquivar este ciclo han apostado por modelos más equilibrados, donde el gasto público se ajusta a los ingresos, la inversión privada es incentivada y el endeudamiento se maneja con criterios de sostenibilidad. La historia demuestra que el populismo fiscal trae consigo un costo elevado que, tarde o temprano, termina pagando la sociedad.

Sin embargo, el antídoto más importante es dudar de lo que ofrecen los políticos en elecciones. No creas que más subsidios y bonos se sostienen en el tiempo, revisa como lo van a financiar y que medidas pueden tomar. 

Sígueme, comparte y deja tus comentarios.

 

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Índices

Este blog presenta algunas ideas económicas sobre el comportamiento nefasto que tienen las ideas del colectivismo socialista, progresista o wokista, sobre la vida de las personas y los perjuicios que ocasionan en los países que las aplican.

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