El discurso seudo progresista (respaldado por la ideología woke) nos dice que debemos deconstruir o más bien destruir la figura masculina tradicional. Se nos repite en universidades, medios de comunicación y campañas institucionales que la fuerza, el deber de proteger, el liderazgo familiar o la capacidad de asumir riesgos no son virtudes, sino “machismo tóxico”, incluso la mirada la convierten en un arma contra la mujer. En apariencia, esta narrativa busca igualdad; en realidad, busca desarmar uno de los pilares que ha sostenido históricamente a la civilización occidental: el hombre como protector y garante de la estabilidad social.
La estrategia de la ideología woke
La lógica es clara: destruir símbolos y roles tradicionales para imponer un nuevo modelo de sociedad más débil, más dependiente del Estado y más fácil de manipular. En este esquema, el hombre pierde su lugar como figura de autoridad y responsabilidad, y se convierte en un sujeto inseguro, emocionalmente frágil y carente de propósito. Esto no fortalece a la mujer, la recarga de responsabilidades: se le exige sostener el hogar, criar a los hijos y competir en un mercado laboral cada vez más exigente, mientras el hombre es neutralizado.
El costo económico de hombres débiles
Las consecuencias no son únicamente culturales. También se expresan en el terreno económico. Cuando el hombre se desmotiva, abandona la educación, evita compromisos familiares y reduce su productividad laboral, toda la sociedad paga la factura:
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Aumentan los hogares monoparentales y, con ellos, la pobreza estructural.
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Crece la dependencia de subsidios estatales, debilitando las finanzas públicas.
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Se reduce la competitividad frente a países que mantienen disciplina y roles familiares sólidos.
Menos orden al tener polícias débiles, bomberos sin poder responder a desastres, fuerzas armadas sin capacidad de defensa.
Un Occidente que fabrica hombres débiles está sembrando su propia decadencia económica y cultural.
El contraste con las sociedades musulmanas
Mientras tanto, en gran parte del mundo musulmán, el hombre sigue siendo dueño del poder familiar y social. Allí, el rol masculino no solo no se cuestiona, sino que se refuerza como columna vertebral de la comunidad. La mujer queda relegada, sí, pero la cohesión cultural y la disciplina social permanecen intactas. Esto genera una paradoja peligrosa: Occidente debilita a sus hombres mientras otras civilizaciones mantienen y consolidan los suyos. El resultado es una desventaja estratégica, cultural y económica que tarde o temprano se impondrá colonizando a la mujer que promovió la pérdida de fuerza del hombre.
El verdadero objetivo: control social
No se trata de igualdad ni de libertad femenina, se trata de control social. Una población sin hombres fuertes es una población que depende del Estado y de élites ideológicas para sobrevivir. Una sociedad sin figuras paternas es más manipulable, menos resistente y más proclive a aceptar normas impuestas desde arriba. La eliminación del hombre protector no es progreso, es ingeniería social disfrazada de justicia.
Recuperar la fuerza, sin caer en el machismo
La defensa de la figura masculina no significa volver al machismo del pasado. Significa reconocer que la fuerza, la valentía, el deber de cuidar y la responsabilidad familiar son virtudes necesarias para sostener sociedades libres y prósperas. La mujer necesita libertad plena, y el hombre necesita recuperar su papel como aliado, protector y proveedor. Solo desde esa complementariedad es posible mantener una sociedad equilibrada.
La batalla cultural
La izquierda radical sabe que para destruir a Occidente no basta con atacar sus economías o instituciones: debe destruir su tejido cultural. Por eso va directo a la raíz, a la familia y a los roles que la sostienen. La lucha contra la ideología woke no es un capricho, es una defensa de la libertad y de la supervivencia de nuestra civilización.
La tarea es clara: rechazar la trampa de las nuevas masculinidades y reivindicar al hombre fuerte, responsable y comprometido, no como opresor, sino como garante de la libertad de la mujer y de la fortaleza de la sociedad. Occidente no puede darse el lujo de fabricar hombres débiles en un mundo donde otras culturas no tienen ninguna intención de hacerlo.





