En muchos países de América Latina y otras regiones del mundo, millones de personas han tenido que aprender a sobrevivir en un “pantano” político y social creado por gobiernos que se autodenominan libertadores, populares o revolucionarios, pero que en la práctica terminan construyendo regímenes autoritarios de izquierda. Países donde los discursos de igualdad se usan como armas, donde la propaganda reemplaza a la educación, y donde la libertad se transforma en un privilegio peligroso.
En ese escenario nace la historia de Lucía, una joven cualquiera, hija de una generación que creyó en las promesas de justicia social y terminó atrapada en la miseria. Desde niña escuchó que el sistema era perfecto y que la pobreza era culpa del “enemigo externo”. Sin embargo, a medida que creció, las consignas dejaron de tener peso frente a la realidad diaria: estómagos vacíos, calles vigiladas, hospitales sin insumos y un futuro reducido a sobrevivir.
Para Lucía, la vida en dictadura se volvió un hábito doloroso. Despertar y no saber si habría electricidad. Hacer filas interminables para conseguir pan. Ver a sus profesores más interesados en repetir líneas del partido que en enseñar matemáticas o historia. Y peor aún, ser testigo del éxodo de sus amigos, familiares y vecinos que, cansados de esperar un milagro, se lanzaron a caminar por fronteras peligrosas en busca de una vida digna.
Pero lo más duro no era la falta de comida o medicinas: lo más devastador era la pérdida de esperanza. El pantano no solo era económico; era moral y emocional. Un sistema construido para que la gente deje de creer en sí misma.
Sin embargo, entre la desesperanza general, Lucía tenía una ventaja: no estaba sola. Su hermano mayor, Esteban, siempre fue crítico. No agresivo, no rebelde por deporte: simplemente pensaba. Y pensar, en una dictadura, es un acto de resistencia.
Esteban había investigado por su cuenta cómo funcionan los regímenes autoritarios de izquierda. Sabía que la historia no era distinta en ninguna parte. Lo que vivían ellos también lo vivían países como Venezuela, Cuba, Nicaragua o Corea del Norte: hambre, represión, propaganda, enriquecimiento de la élite política y empobrecimiento de todos los demás. Le mostró a Lucía que estos sistemas no fracasan por accidente; fracasan porque fueron diseñados para concentrar poder, no para generar prosperidad.
Esas palabras fueron la chispa que cambió a Lucía. Por primera vez, entendió que el pantano en el que vivían no era natural ni inevitable: había sido construido, paso a paso, por quienes usaron la igualdad como disfraz del control total.
A partir de ese momento, Lucía empezó un proceso silencioso pero poderoso: dejó de repetir consignas, comenzó a leer historia real, buscó información independiente, y empezó a cuestionarlo todo. No públicamente, porque eso implicaba riesgo. Pero internamente, lo cual es siempre el principio de cualquier transformación.
Descubrió tres verdades que cambiaron su vida:
1. La pobreza no es un accidente en las dictaduras de izquierda: es una herramienta.
Mientras la gente lucha por sobrevivir, no lucha por ser libre. Un pueblo con hambre es fácil de controlar.
2. La libertad económica es un requisito para la dignidad humana.
Sin propiedad privada, sin emprendimientos, sin oportunidades, las personas se vuelven dependientes del gobierno. Y la dependencia destruye la autonomía.
3. La propaganda es más peligrosa que la censura.
La censura calla. La propaganda adoctrina. Y quien controla la narrativa controla la mente de la población.
Lucía entendió que salir del pantano no significaba abandonar su país —aunque muchos no tienen otra opción—, sino romper el diseño mental que el sistema quería imponerle. Ella empezó a estudiar por su cuenta, a crear pequeños emprendimientos clandestinos, a intercambiar bienes sin pasar por el aparato estatal, y a construir redes de apoyo entre personas que también querían una vida diferente.
La historia de Lucía representa a millones de ciudadanos que, aun viviendo en dictaduras, deciden “volar” por encima del pantano de la miseria. Personas que no aceptan ser víctimas eternas ni permitir que la ideología determine su destino.





