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martes, 11 de noviembre de 2025

La Crítica de Nozick a la Redistribución del Ingreso y la Justicia Social en América Latina.

 


Dr. Armando José Urdaneta Montiel.

El liberalismo político y económico, representado por Robert Nozick y otros pensadores de la tradición occidental, sostiene una postura fundamentalmente crítica frente a la redistribución del ingreso promovida por el Estado. Nozick argumenta que las políticas redistributivas, bajo la premisa de buscar la justicia social, ignoran el proceso legítimo de adquisición y transferencia de la propiedad, lo que implica una vulneración del principio de inviolabilidad de los derechos individuales. En el contexto latinoamericano, la aplicación de programas de transferencia de recursos y subsidios estatales ha demostrado ser no solo ineficaz desde el punto de vista económico, sino profundamente corrosiva en términos institucionales y morales.

Desde una perspectiva liberal, la redistribución compulsiva por parte del Estado degenera en paternalismo y crea incentivos perversos, donde funcionarios y grupos de interés aprovechan la discrecionalidad para sacar provecho personal y consolidar posiciones de poder. Esto distorsiona el funcionamiento de los mercados, debilita la ética pública, y fomenta la dependencia respecto al aparato burocrático, en lugar de incentivar el mérito y la responsabilidad individual. Este fenómeno, ampliamente documentado en el historial de regímenes políticos latinoamericanos, ha resultado en la consolidación de sistemas anocráticos que mezclan prácticas democráticas con elementos autoritarios, promoviendo en la práctica el abuso de poder y la corrupción sistémica.

La tradición liberal enfatiza la importancia de la libertad individual y la propiedad privada como pilares de una sociedad próspera y justa. Los controles excesivos, la regulación invasiva y la expropiación velada mediante impuestos y redistribuciones perpetúan la ineficiencia, ahogan la iniciativa privada, desalientan la inversión y condenan a las sociedades a un crecimiento mediocre. Según Nozick, el Estado simplemente debe garantizar la protección de los derechos fundamentales, limitarse a funciones de justicia y seguridad, y abstenerse de intervenir en el libre intercambio y emprendimiento de los ciudadanos.

Esta visión choca frontalmente contra los discursos justificadores de la redistribución, que postulan una “igualdad material” a expensas de la libertad, la competencia y la autonomía del individuo. En la práctica, la igualdad impuesta tiende a homogeneizar la pobreza y suprimir las oportunidades genuinas de que las personas prosperen por sus propios medios. De ahí que el fracaso de las políticas redistributivas en América Latina constituye no sólo un problema de gestión pública, sino una amenaza directa a los valores sobre los cuales debe fundarse una sociedad libre y creativa.

El liberalismo concluye que la equidad real y sostenible sólo puede emerger de una economía donde las reglas sean claras, los derechos estén protegidos y las posibilidades de desarrollo sean fruto del mérito, la innovación y el esfuerzo, más que de los designios de burócratas y legisladores. La justicia social, lejos de alcanzarse mediante la coerción estatal, debe ser el resultado natural de una sociedad abierta, donde individuos autónomos puedan ejercer sus derechos y contribuir voluntariamente al bienestar común.

Descubre cómo las ideas liberales pueden fortalecer la libertad, la ética y la prosperidad en América Latina.

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jueves, 9 de octubre de 2025

Cuando el Estado pone precio al salario, pone precio al desempleo

 


En economía, el salario no es un mandato moral ni una dádiva; es un precio más dentro del sistema de mercado que la mayoría de la gente de la política se niega a entender.
Esa es la lección central que Henry Hazlitt recordaba con insistencia y que la intervención estatal tiende a olvidar con consecuencias nefastas entre jóvenes sin empleo.
En esta entrada de Ideas Antizurdos, analizamos cómo los salarios fijados “a dedo” por los gobiernos generan desajustes en el empleo y cómo, en América Latina, el sistema de salario mínimo mensual agrava las distorsiones.

1. El salario como precio: principio fundamental

Hazlitt, en su obra La economía en una lección, afirma que “un salario es en realidad un precio”.
Y como cualquier precio, depende de la oferta y la demanda.

Cuando el gobierno impone un salario por encima del equilibrio natural, se produce un exceso de oferta de trabajo (más personas queriendo trabajar) y una reducción en la demanda de empleo (menos empresas contratando).
El resultado inevitable: desempleo.

Hazlitt advertía que cuando los salarios se fijan artificialmente altos, los empleadores no pueden sostener el costo y recurren a tres opciones:
1️⃣ Despiden personal.
2️⃣ Reducen horas de trabajo.
3️⃣ Sustituyen trabajadores por máquinas.

El empleo no se crea por decreto, sino por productividad y libre intercambio.

2. La particularidad latinoamericana: el salario mínimo mensual

A diferencia de países desarrollados, en América Latina el salario no se mide por hora, sino que se impone como un salario mensual uniforme.
Esta forma de regulación tiene poca o nula base técnica y responde principalmente a decisiones políticas o sindicales.

Problemas principales:

  • No refleja productividad por hora.
    Se iguala el pago de trabajos de distinta eficiencia.

  • Ignora diferencias regionales.
    El costo de vida en Quito o Buenos Aires no es el mismo que en zonas rurales.

  • Desalienta la contratación formal.
    El salario fijo impide ajustes y fuerza a pequeñas empresas hacia la informalidad.

  • Afecta a jóvenes y trabajadores con baja productividad.
    Las empresas los excluyen porque no pueden pagar lo que produce su trabajo.

El resultado es paradójico: la ley que dice “proteger al trabajador” termina dejándolo sin empleo o en la informalidad.

3. Por qué el salario mensual agrava la distorsión

En los sistemas donde el salario se paga por hora, el empresario puede ajustar horas de trabajo ante una caída en la productividad.
Pero el salario mensual impuesto no ofrece flexibilidad alguna: el costo se mantiene fijo, aunque caiga la producción.

Esto genera:

  • Menor contratación formal.

  • Aumento del subempleo.

  • Expansión de la economía informal.

  • Pérdida de competitividad.

El caso ecuatoriano es emblemático: el salario básico ha crecido sin que la productividad lo acompañe.
El resultado es un salario real artificialmente alto y un mercado laboral que expulsa a los menos calificados.

4. La falta de justificación técnica

En la mayoría de países latinoamericanos, los ajustes del salario mínimo se basan en inflación pasada o criterios políticos, no en productividad ni en análisis sectoriales.

Como señala Mises en La acción humana, toda intervención en el sistema de precios genera descoordinación económica.
El salario político rompe la relación entre producción y remuneración, lo que destruye el proceso natural de ajuste del mercado.

Hazlitt también advierte:

“Los salarios no pueden subir para todos al mismo tiempo a menos que aumente la productividad total. Todo intento de elevarlos por decreto genera paro o inflación.”

5. Igualdad aparente, desigualdad real

El salario mínimo busca igualar, pero termina excluyendo:

  • Los más productivos mantienen sus puestos.

  • Los menos productivos quedan desempleados o se vuelven informales.

  • Las pequeñas empresas desaparecen o se vuelven ilegales.

Así, una medida “social” genera el efecto contrario: menos empleo y más pobreza estructural.
El Estado sustituye el salario bajo por el desempleo alto.
Hazlitt lo resume con precisión:

“Cuando el Estado fija salarios por encima del mercado, sustituye los salarios bajos por el paro.”

6. Conclusión: libertad de precios, libertad de empleo

La experiencia latinoamericana confirma las lecciones de Hazlitt y Mises:
Los salarios fijados políticamente (y en especial los mínimos mensuales sin base técnica) destruyen empleo, reducen la productividad y fomentan la informalidad.

El mercado libre, por el contrario, coordina decisiones individuales mediante precios, incentiva la eficiencia y genera oportunidades reales de progreso.
El verdadero camino hacia salarios más altos no es la imposición estatal, sino más inversión, mejor educación y respeto a la libertad económica.

Como escribió Hazlitt:

“El arte de la economía consiste en mirar no solo los efectos inmediatos, sino los efectos a largo plazo de cualquier política, y no solo a un grupo, sino a todos.”

Fuentes consultadas:

  • Hazlitt, H. (1946). La economía en una lección. Instituto Cato.

  • Mises, L. von. (1949). La acción humana. Unión Editorial.

  • El Cato Institute. (2024). La lección atemporal de Henry Hazlitt: refutando aún hoy las tonterías económicas actuales.

  • Liberalismo.org. Leyes de salario mínimo.

  • Nueva Revista (2023). Henry Hazlitt: la economía en una lección.


👉 Si crees que los gobiernos no deben fijar precios, compártelo.
💬 ¿Qué opinas del salario mínimo en tu país? Cuéntalo en los comentarios.

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jueves, 21 de agosto de 2025

¿Es la Corrupción Inherente al Estado? Una Mirada Crítica desde América Latina

 


Autor: Dr. Armando José Urdaneta Montiel


Durante décadas, la corrupción ha sido uno de los males más persistentes de América Latina, enraizada no solo en prácticas individuales, sino en un sistema político y económico que premia la dependencia y castiga la responsabilidad. La narrativa dominante incluso desde sectores estatistas reconoce que los llamados Estados elefantiásicos, caracterizados por su tamaño excesivo, burocracia ineficiente y vocación intervencionista, son un terreno fértil para el clientelismo, la opacidad y el abuso de poder. 

Pero el problema no es solo de tamaño: es estructural. La corrupción florece donde el Estado deja de ser un árbitro imparcial para convertirse en botín político. Así, más que una herramienta neutral, el Estado se convierte en un mecanismo de redistribución forzada y control social que facilita la captura institucional. La pregunta, entonces, no es si el tamaño importa, sino hasta qué punto es legítimo y sostenible que el Estado invada funciones que deberían pertenecer a la sociedad civil, al individuo y al mercado libre.

Tres estudios recientes ofrecen evidencia contundente para afirmar que la corrupción en América Latina no es simplemente una disfunción del sistema, sino la consecuencia predecible del uso estratégico y clientelar del Estado como instrumento de poder y reparto, en lugar de ser garante del orden y la libertad individual. 

Por ello el Estado debe limitarse a sus funciones legítimas proteger la vida, la propiedad y la libertad, el aparato estatal ha sido expandido artificialmente para beneficiar a élites políticas, sindicatos aliados, grupos de interés y burócratas enquistados, todo bajo el disfraz del “bien común”. Este patrón se agrava en contextos donde las instituciones de control son frágiles, la justicia no es independiente y los ciudadanos carecen de herramientas efectivas para fiscalizar el poder. En otras palabras, la corrupción no surge del vacío: es el resultado lógico de un Estado hipertrofiado que se administra no como un árbitro neutral, sino como un botín a ser explotado por quienes lo capturan. En este esquema, la democracia formal es apenas un decorado para legitimar un sistema de privilegios sostenido por la coacción fiscal y la intervención estatal permanente.

Kotera, Okada y Samreth (2010) exploran si la expansión del aparato estatal está inevitablemente vinculada a mayores niveles de corrupción. Sus hallazgos son matizados: el impacto del tamaño del gobierno sobre la corrupción depende directamente del nivel de desarrollo democrático. No obstante, los referidos autores señalan que la experiencia demuestra que la acumulación de poder estatal, incluso en democracias, tiende a generar riesgos crecientes de abuso, burocratización excesiva y pérdida de libertad individual. 

En América Latina, donde la democracia muchas veces es formal y las instituciones de control son débiles o cooptadas, un Estado grande no solo no garantiza menor corrupción, sino que suele amplificarla. Esto no ocurre por el tamaño per se, sino por la ausencia de frenos y contrapesos efectivos. Desde esta óptica, la solución no pasa por expandir el aparato estatal, sino por fortalecer las instituciones que aseguran transparencia, competencia política real y separación de poderes, además de fomentar la libertad económica y la responsabilidad individual.

Caserta (2021) introduce una visión innovadora: el tamaño del aparato estatal puede ser manipulado estratégicamente para “diluir” la corrupción. En vez de concentrarla en pocos actores visibles, los gobiernos pueden expandir la burocracia y distribuir pequeñas rentas corruptas entre muchos funcionarios. Esto reduce la visibilidad y el costo político de los actos ilícitos, sin eliminar su existencia.

Este fenómeno tiene eco claro en América Latina. Las estructuras gubernamentales muchas veces son diseñadas no para maximizar la eficiencia ni garantizar derechos, sino para crear espacios de clientelismo, empleo político y reparto de favores, lo que Caserta denomina “watering down corruption”. En este contexto, el problema no es el tamaño del Estado, sino su uso como instrumento de control político y recompensa partidista.

Finalmente, Bonanno (2024) realiza un metaanálisis de más de 400 estimaciones sobre la relación entre el tamaño del Estado y la corrupción, llegando a una conclusión clara y reveladora: no existe una relación causal consistente y directa entre ambas variables. En algunos casos, un Estado grande se asocia con mayores niveles de corrupción; en otros, con niveles menores; y en muchos, no hay relación significativa. Lo que realmente importa, según Bonanno, es la calidad institucional, la gobernanza efectiva y el contexto político en el que opera el Estado. La clave no es simplemente achicar el Estado como una solución universal, sino garantizar que sus funciones estén estrictamente delimitadas y que operen bajo reglas claras que minimicen los incentivos y oportunidades para la corrupción.

Sin embargo, para este autor, el riesgo de corrupción se intensifica cuando el Estado se expande sin límites, acumulando poder susceptible de ser capturado por intereses privados. Por ello, es fundamental que el Estado se limite a sus funciones esenciales como la protección de derechos y la impartición de justicia y que implemente mecanismos institucionales estrictos que permitan a la sociedad civil fiscalizar su accionar. La clave  es delimitar con precisión su alcance, restringir su poder y garantizar que cada función pública esté sometida al control ciudadano y a una total transparencia.

En América Latina, donde las instituciones suelen ser débiles y permeables a la politización, el desafío es doble: reducir la intervención estatal innecesaria que abre espacios para el clientelismo y la corrupción, y fortalecer simultáneamente la calidad institucional, el profesionalismo del sector público y la participación ciudadana. El combate contra la corrupción exige un rediseño del orden político que priorice un Estado pequeño, eficiente y estrictamente controlado, no uno ausente, pero sí limitado, enfocado y vigilado por una ciudadanía activa y empoderada.


Referencias

  • Bonanno, G. (2024). The impact of government size on corruption: A meta‐regression analysis. Journal of Economic Surveys, 38(1), 123–145. https://doi.org/10.1111/joes.12511
  • Caserta, M. (2021). Bribes and Bureaucracy Size: The Strategy of Watering Down Corruption. Economica, 88(350), 417–442. https://doi.org/10.1111/ecca.12375
  • Kotera, G., Okada, K., & Samreth, S. (2010). A study on the relationship between corruption and government size: the role of democracy. MPRA Paper No. 25015. https://mpra.ub.uni-muenchen.de/25015/

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jueves, 29 de mayo de 2025

El fraude del populismo fiscal: ¿Subir el IVA para ayudar a los pobres?

 


En América Latina, el populismo no solo ha deformado el discurso político, también ha contaminado la política fiscal. Una de las mayores falacias difundidas por los sectores de izquierda es que subir impuestos como el IVA es una forma de "solidaridad" y de "redistribuir la riqueza". La realidad es otra: se trata de un mecanismo regresivo, manipulador y funcional al clientelismo estatal que tanto daño ha hecho a nuestras economías.

El engaño de los impuestos para los pobres

Los gobiernos populistas, con el puño en alto y el discurso moralista, suelen justificar la subida del IVA argumentando que es necesario para financiar programas sociales, salud, educación y subsidios. Sin embargo, el IVA (Impuesto al Valor Agregado) es un impuesto indirecto y regresivo: es decir, lo pagan más los que menos tienen, porque no distingue entre ricos y pobres.

Cuando un ciudadano humilde compra arroz, aceite o papel higiénico, paga el mismo porcentaje de IVA que un millonario comprando un perfume de lujo. Así, los sectores populares terminan financiando un aparato estatal ineficiente, inflado y, muchas veces, corrupto.

¿Y el gasto público de calidad? Un mito populista

Los defensores del populismo económico aseguran que, si el gasto público es de “calidad”, los impuestos sí pueden redistribuir. El problema es que en América Latina esa “calidad” es casi una utopía. Veamos algunos ejemplos:

  • Perú aplica un IVA del 18%, uno de los más altos de la región. A pesar de eso, la informalidad laboral supera el 70% y gran parte del gasto público termina en burocracia central o regional. Se prometen mejoras en salud y educación, pero los hospitales dicen otra cosa y el sistema educativo sigue careciendo de infraestructura básica.

  • Colombia, por su parte, tiene un IVA del 19%. En los últimos años, cada intento de reforma tributaria para aumentar aún más la carga fiscal ha desatado fuertes protestas sociales. La razón es clara: los ciudadanos perciben que pagan mucho y reciben poco. Además, el gasto sigue concentrado en clientelas políticas y programas poco eficientes.

  • Argentina, con un IVA del 21%, justificó hasta antes de la llegada del presidente Milei sus altos impuestos en nombre de la justicia social. Sin embargo, el resultado fue un Estado inflado e ineficaz: escuelas públicas de mala calidad, hospitales usados para el clientelismo fronterirzo y planes sociales que crean dependencia, no desarrollo.

  • Brasil tiene un sistema tributario complejo, pero el IVA (conocido como ICMS o IPI, según el caso) ronda el 17% promedio. Pese a la altísima carga fiscal, el país enfrenta servicios públicos deficientes, altos niveles de corrupción y gasto público descontrolado que no se traduce en calidad de vida para los más pobres.

  • Ecuador, en su crisis de 2019, intentó subir el precio de los combustibles y defendió la necesidad de aumentar la recaudación, ahora tiene un IVA de 15% justificado para la aumentar la seguridad ciudadana. Sin embargo, gran parte del gasto público seguía yendo a salarios del sector público, viajes oficiales y subsidios mal focalizados

El populismo necesita recursos: ¿Quién paga la fiesta?

El populismo político, para sostenerse, necesita clientelas. Y para mantener esas clientelas, necesita gastar. Como no puede producir riqueza, recurre a exprimir al sector privado, al emprendimiento y al consumo con más impuestos. El aumento del IVA es una de las formas más cómodas: es fácil de recaudar y produce mucho dinero… pero destruye poder adquisitivo, ahuyenta la inversión y castiga al trabajador honesto.

El problema de fondo no es cuánto recauda el Estado, sino cómo y en qué gasta. Si el gobierno fuera una empresa, estaría quebrada hace años. Pero gracias al populismo, se sigue sosteniendo a costa del esfuerzo del ciudadano común, mientras los verdaderos privilegiados del sistema (burócratas, operadores políticos, consultores ideológicos) viven del erario.

El discurso moralista que esconde la verdad

Muchos caen en la trampa de pensar que rechazar impuestos altos es ser “insensible” o “antipobre”. Nada más lejos de la verdad. Quienes defendemos una economía libre y responsable sabemos que:

  • Menores impuestos permiten mayor actividad económica y más dinero en el bolsillo de las personas.

  • Más empleo significa menos necesidad de subsidios.

  • Menos burocracia significa más eficiencia.

No se trata de abandonar al pobre, sino de dejar de usarlo como excusa para robar, mentir y sostener sistemas fracasados.

Finalmente: menos populismo fiscal, más libertad

Subir el IVA no es progresista, es cobarde. Es hacerle pagar al panadero, al obrero y al vendedor informal la cuenta de un Estado ineficiente. La solución no está en más impuestos, sino en menos gasto inútil, más transparencia y más libertad económica. Ya es hora de despertar del engaño populista.

¿Te has preguntado…?

  • ¿Por qué si suben los impuestos no mejora tu escuela ni tu hospital?

  • ¿Quién se beneficia realmente del gasto público?

  • ¿El populismo fiscal te empodera o te empobrece?

Comenta y comparte esta entrada si estás cansado de pagar más para que otros vivan del Estado. ¡Difunde ideas, no excusas!


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sábado, 3 de mayo de 2025

Constituciones de papel: el espejismo jurídico de América Latina

 


En América Latina, cambiar la Constitución se ha convertido en un ejercicio recurrente, casi ritual, con el que muchos líderes políticos pretenden inaugurar una “nueva era” de justicia social, desarrollo y equidad. Sin embargo, este frenesí constitucionalista ha servido más como un placebo político que como una solución estructural a los graves problemas económicos, institucionales y sociales de la región.

Desde el siglo XIX, América Latina ha producido más de 200 constituciones, una cifra alarmante si se compara con países como Estados Unidos, cuya Constitución de 1787 —con menos de 8.000 palabras— sigue vigente con apenas 27 enmiendas. En contraste, Bolivia ha tenido 17 constituciones desde su independencia; Ecuador, 20; República Dominicana, 39 reformas constitucionales desde 1844. La pregunta obligatoria es: ¿sirve de algo tener una nueva constitución si las reglas no se cumplen, las instituciones no se respetan y el poder sigue concentrado?

El fetichismo constitucional

El problema no es la Constitución en sí misma. Toda sociedad necesita un marco normativo que establezca derechos, deberes y límites al poder. El verdadero problema radica en la visión cuasi mística que se ha tejido en torno a ella, como si un nuevo texto legal fuera capaz de refundar las sociedades desde cero. La Constitución se convierte así en una promesa de redención, en un símbolo de esperanza nacional, que muchas veces oculta intenciones autoritarias o populistas.

En palabras de Juan Carlos Eichholz, experto en cambio adaptativo, “el cambio estructural rara vez viene de un cambio normativo; los comportamientos, las prácticas y las relaciones de poder son mucho más determinantes”. Cambiar la Constitución sin transformar el modelo de gestión pública, sin garantizar seguridad jurídica, sin combatir el clientelismo o sin respetar la división de poderes, es como cambiar el manual de instrucciones de un vehículo averiado sin reparar el motor.

La crítica liberal: menos es más

El pensamiento liberal clásico no es contrario a las constituciones. De hecho, figuras como Friedrich Hayek o Ludwig von Mises las consideraban necesarias, pero como marcos que limitan al Estado, no como instrumentos de ingeniería social. El liberalismo ve con recelo las constituciones extensas, maximalistas y programáticas, que se arrogan la tarea de definir el rumbo moral, económico y cultural de una nación.

El austríaco von Mises advertía: “El mayor enemigo de la libertad no es el dictador, sino la falsa creencia de que el Estado puede resolver todos los problemas”. Cuando las constituciones dejan de ser instrumentos para restringir el poder y se convierten en manifiestos ideológicos, el resultado suele ser el autoritarismo disfrazado de legalidad.

En la misma línea, James Buchanan, Premio Nobel de Economía, sostenía que las constituciones deben establecer reglas del juego claras y permanentes, pero no deben entrometerse en las decisiones económicas que deben surgir del proceso de mercado y no de la planificación estatal. En América Latina, este principio se ha invertido: las constituciones detallan lo que se debe producir, cómo distribuirlo y quién debe beneficiarse, pero poco dicen sobre cómo preservar la libertad económica o proteger al individuo del poder arbitrario.

El fracaso de las constituciones sobredimensionadas

Los casos de Venezuela, Bolivia y Ecuador durante los gobiernos de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, respectivamente, son ilustrativos. En los tres países, nuevas constituciones fueron aprobadas con discursos refundacionales. Se prometió acabar con la corrupción, redistribuir la riqueza y garantizar derechos para todos. Sin embargo, en la práctica, se consolidaron regímenes hiperpresidencialistas, se debilitaron las cortes, se persiguió a la oposición y se desmanteló la institucionalidad democrática.

¿La culpa fue de la Constitución? No exclusivamente. Pero sí fueron el vehículo legal para concentrar el poder, perpetuar mandatos y erosionar las libertades.

Incluso en países como Chile, que inició recientemente un proceso constitucional con pretensiones progresistas, se ha observado que los cambios en el texto legal no generan por sí mismos un consenso social, ni aumentan la productividad, ni reducen la pobreza. La constitución puede ser el mapa, pero no el territorio.

La verdadera transformación: cultura cívica e instituciones

El liberalismo propone una visión más sobria, menos mesiánica. No se trata de escribir nuevas constituciones cada vez que hay un desencanto político, sino de consolidar instituciones sólidas, garantizar la independencia judicial, fortalecer la propiedad privada, fomentar la libertad de prensa y reducir el intervencionismo estatal. Todo esto requiere más cultura cívica que retórica constitucional.

En palabras de Hayek: “El espíritu de la libertad no depende de las palabras que están en un documento, sino del carácter de los ciudadanos que están dispuestos a defenderla”.

América Latina no necesita más constituciones, necesita más respeto a las reglas, más rendición de cuentas y menos caudillos refundadores. Lo que verdaderamente transforma una sociedad no es una nueva Carta Magna, sino una ciudadanía vigilante y una clase política que entienda que gobernar es administrar con límites, no soñar con utopías.

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viernes, 25 de abril de 2025

El populismo y la destrucción de la seguridad social en América Latina (qué hacer desde la libertad)

 

La seguridad social fue concebida como un pilar de bienestar para los trabajadores. Sin embargo, en buena parte de América Latina ha degenerado en un sistema ineficiente, politizado y financieramente insostenible. ¿El resultado? Pensiones bajas, falta de cobertura real y una juventud que desconfía del sistema. Detrás de este colapso hay una causa común: la gestión estatal sin control ni responsabilidad.

Argentina: más beneficiarios, menos aportes

Uno de los casos más ilustrativos es el de Argentina. En 2008, el gobierno eliminó el sistema de capitalización individual y estatizó los fondos de las AFJP (Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones). En 2014, con fines electorales, se amplió la cobertura del sistema previsional incorporando a más de 2 millones de nuevos jubilados, muchos de los cuales nunca habían aportado al sistema o lo habían hecho de forma mínima. Esto provocó un aumento desproporcionado del gasto previsional, deteriorando aún más las finanzas públicas. Hoy, el 90% de los jubilados en Argentina cobra la jubilación mínima, y el sistema sigue dependiendo de transferencias del Tesoro.

Ecuador y el uso político del IESS

En Ecuador, el IESS sufre un deterioro constante. El Estado ha utilizado los fondos de pensiones para financiar gasto público, sin la debida restitución. La deuda estatal con el IESS supera los USD 20 mil millones. Mientras tanto, los jubilados reciben pensiones que muchas veces no cubren ni el costo de la canasta básica. Los jóvenes cotizantes, por su parte, desconfían del sistema y temen no recibir nada a futuro.

Perú: ¿un sistema más libre?

En el caso peruano, se ha mantenido un modelo mixto donde coexisten el sistema público (ONP) y el privado (AFP). Quienes cotizan en las AFP tienen cuentas individuales y propiedad sobre sus fondos, aunque el sistema no está exento de críticas. Muchos trabajadores informales no cotizan, y algunos reclamos giran en torno a las comisiones o la libertad para retirar los fondos. Aun así, los rendimientos acumulados históricamente han sido superiores a los del sistema público, y hay una sensación mayor de autonomía entre los cotizantes.

¿Qué propone el liberalismo?

Desde una visión liberal, la solución no es más Estado, sino más libertad y responsabilidad individual. El modelo ideal debe basarse en:

  • Propiedad privada del fondo: que el ahorro previsional sea intocable por parte del Estado.

  • Capitalización individual: el trabajador aporta a su propia cuenta y la ve crecer.

  • Libre elección del administrador: que compitan en eficiencia y transparencia.

  • Protección subsidiaria: el Estado solo debe asistir a quienes realmente no puedan ahorrar.

El sistema chileno, en su forma original, encarnó esa propuesta y fue referente internacional por décadas. A pesar de los cuestionamientos recientes, los datos demostraron que permitió generar más recursos para los trabajadores que los sistemas de reparto.

El mundo vuelve a mirar la capitalización

Curiosamente, mientras en algunos países latinoamericanos se cuestionan los sistemas privados, en otras regiones del mundo se vuelve a discutir seriamente la capitalización individual. En Europa del Este, por ejemplo, países como Estonia, Letonia y Eslovaquia han reformado sus sistemas previsionales para dar mayor peso al ahorro individual. Incluso organismos multilaterales como el BID y el Banco Mundial han comenzado a sugerir sistemas híbridos que combinen capitalización y solidaridad, con énfasis en la sostenibilidad financiera y la autonomía del trabajador.

El fracaso de la seguridad social estatal en América Latina tiene responsables claros: el populismo previsional, la irresponsabilidad fiscal y la falta de visión a largo plazo. La solución no pasa por seguir ampliando beneficios sin respaldo financiero, sino por devolverle al trabajador el control sobre su futuro.

La libertad de elegir cómo y con quién ahorrar, la transparencia en la gestión y el respeto al esfuerzo individual deben ser los pilares de una nueva seguridad social. Porque solo desde la libertad nace un sistema realmente justo, sostenible y digno.

¿Vas a seguir dejando tu futuro en manos del Estado o prefieres tomar el control de tu pensión? Deja tu comentario y sigue este blog.
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lunes, 21 de abril de 2025

La Trampa de la Institucionalidad en América Latina


Autor: Dr. Armando José Urdaneta Montiel

América Latina, una región con un potencial económico vasto y recursos naturales abundantes, pero sigue estancada en un círculo vicioso de pobreza, corrupción y crisis económica. A pesar de los intentos por modernizar las economías y atraer inversión extranjera, las instituciones gubernamentales continúan fallando en proporcionar un entorno favorable para el desarrollo. La precariedad institucional, exacerbada por las políticas inflacionarias y las regulaciones excesivas, ha resultado en un freno constante al crecimiento económico. Países como Ecuador, Venezuela, Argentina y Guatemala se encuentran entre los ejemplos más representativos de este fenómeno, donde la intervención estatal y la falta de seguridad jurídica han disuadido a los inversionistas y agudizado las crisis internas.

Instituciones débiles, economías frágiles

La calidad institucional en América Latina ha sido consistentemente baja durante la última década. El Índice de Calidad Institucional (ICI) en sus distintos informes desde 2012 hasta 2023, ha revelado que las principales economías de la región, como Argentina, Venezuela y Ecuador, han sufrido un deterioro continuo en sus instituciones políticas y económicas. Estos países no solo se caracterizan por tener gobiernos centralizados y con altos niveles de corrupción, sino también por la falta de respeto al estado de derecho y los derechos de propiedad, factores claves para atraer inversión extranjera. Según el informe de calidad institucional de 2013, la falta de calidad institucional afecta negativamente no solo a la actividad económica interna, sino también a los flujos de inversión extranjera, especialmente en aquellos países con altos niveles de corrupción y control gubernamental.

Venezuela y Ecuador, bajo las políticas de la Revolución Bolivariana y la Revolución Ciudadana hasta el 2017 respectivamente, son casos emblemáticos de cómo las instituciones precarias y la inseguridad jurídica han frenado el interés de los inversionistas internacionales. Venezuela, que se ubicó entre los últimos puestos del índice durante varios años consecutivos, muestra un patrón constante de intervención estatal en la economía, expropiaciones y políticas erráticas que desincentivan el ingreso de capital extranjero.

Exceso de regulaciones y su impacto en la inversión

Uno de los mayores obstáculos para la inversión extranjera directa en América Latina es la maraña de regulaciones impuestas sobre la actividad económica. Países como Venezuela y Argentina han desarrollado políticas intervencionistas y populistas que distorsionan el mercado, generan inestabilidad y ahuyentan a los inversionistas. Las reformas estructurales se han visto limitadas por el deseo de los gobiernos de controlar sectores clave, imponiendo cargas fiscales exorbitantes y normativas que no solo dificultan la apertura de nuevas empresas, sino que también castigan a aquellas que desean expandirse o invertir en el país.

Argentina, bajo el kirchnerismo, adoptó medidas como la nacionalización de empresas y expropiaciones arbitrarias que crearon un clima de extrema incertidumbre. En 2012, el informe de calidad institucional menciona específicamente la expropiación de YPF a la española Repsol sin indemnización adecuada, un caso que resaltó la falta de respeto al derecho de propiedad y la seguridad jurídica. De manera similar, en Venezuela, la expropiación de activos privados y la violación sistemática de los derechos de propiedad no solo destruyó la confianza empresarial, sino que aceleró la fuga de capitales. Ecuador no es ajeno a este fenómeno. Durante la Revolución Ciudadana, la administración centralizó la economía y adoptó medidas que restringieron la libertad económica, lo que contribuyó al desplome de la inversión extranjera en sectores estratégicos.

Si bien Guatemala no implementó medidas tan extremas como las expropiaciones observadas en Argentina o Venezuela, las debilidades en su sistema judicial, la inseguridad y la falta de reformas estructurales claras en áreas clave, como la protección de los derechos de propiedad y el cumplimiento de contratos, generaron incertidumbre para los inversionistas extranjeros. El aumento de la deuda externa durante este período también sugiere que el país tuvo que recurrir al endeudamiento para compensar la falta de inversión privada.

La inflación y el limitado ahorro interno

A la falta de inversión extranjera directa se suma un problema interno: el escaso ahorro nacional. En economías frágiles como las de América Latina, la inflación se ha convertido en una constante que erosiona los ingresos y limita la capacidad de ahorro de las personas. Países como Argentina, Ecuador, Guatemala y Venezuela han incrementado su deuda externa de manera considerable entre 2004 y 2016, en parte para financiar déficits fiscales generados por políticas populistas y expansivas.

En Argentina, la deuda externa pasó de US$ 110 mil millones en 2004 a más de US$ 144 mil millones para 2014, luego de una década de políticas económicas erráticas que incluyeron expropiaciones y controles de capital. En Ecuador, bajo la Revolución Ciudadana se cuadruplicó, pasando de US$ 10 mil millones en 2007 a US$ 43 mil millones en 2016, principalmente debido a acuerdos financieros con China. Venezuela, en el marco de la Revolución Bolivariana su deuda externa se triplicó, alcanzando US$ 90 mil millones en 2016, exacerbada por acuerdos de deuda-petróleo con China y Rusia . Guatemala también aumentó su deuda externa, aunque de manera más pausada de US$ 4.8 mil millones a US$ 8.6 mil millones en este período.

Este creciente endeudamiento no solo limita las posibilidades de ahorro interno por el aumento y encarecimiento del servicio de la deuda, sino que también aumenta la dependencia de estos países de la inversión extranjera para impulsar el crecimiento económico, una inversión que sigue siendo esquiva debido a la inestabilidad política y la incertidumbre institucional.

Seguridad ciudadana y calidad de los servicios públicos: factores olvidados

Otro aspecto clave que desalienta la inversión extranjera es la falta de seguridad ciudadana y la baja calidad de los servicios públicos. América Latina, y en particular países como Venezuela y Guatemala, enfrenta altísimos niveles de criminalidad, lo que aumenta los costos para las empresas y las desincentiva de invertir en la región. El informe del índice de calidad institucional de 2015, destaca cómo la inseguridad ciudadana en Venezuela, Honduras y Guatemala sigue siendo un factor que afecta tanto la estabilidad interna como la confianza de los inversores.

Al mismo tiempo, la calidad de los servicios públicos es deficiente, lo que contribuye a un entorno poco atractivo para el establecimiento de negocios internacionales. En el caso de Ecuador, el informe menciona que la falta de inversión en infraestructura y la baja eficiencia de los servicios básicos se suman a la lista de barreras para la inversión extranjera.

Conclusión

La precaria institucionalidad en América Latina es una de las mayores barreras al desarrollo económico y a la atracción de inversión extranjera. Países como Ecuador, Venezuela, Argentina y Guatemala han caído en una trampa institucional, donde las regulaciones excesivas, la inestabilidad jurídica y la falta de seguridad y el cercenamiento a las libertades económicas, se han convertido en los principales frenos al crecimiento sostenible. Mientras estas naciones no logren fortalecer sus instituciones, reducir la corrupción y generar un entorno propicio para la actividad empresarial mediante una menor intervención estatal en la economía mediante una menor presión fiscal y la supresión de regulaciones, seguirán esperando por un capital extranjero que nunca llegará bajo estas condiciones, en la actualidad, prefiere mercados más estables y con reglas claras. La única vía de escape de esta trampa pasa por la mejora institucional, la adopción de políticas monetarias estables y la creación de un entorno económico que promueva la competencia y respete la libertad económica.


¿Crees que es posible romper el círculo vicioso de pobreza y corrupción en América Latina sin una reforma institucional profunda? Deja tu comentario y comparte este blog entre tus amigos.

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jueves, 17 de abril de 2025

El colapso del correísmo: Ecuador eligió libertad y futuro

 


Durante las últimas décadas, gran parte de América Latina fue escenario de la hegemonía de gobiernos de izquierda radical, cimentados en promesas populistas, discursos engañosos y manipulación emocional sistemática. Estos regímenes, lejos de promover la justicia social prometida, impusieron prácticas autoritarias, corrupción generalizada y coerción disfrazada de participación ciudadana. Sin embargo, parece haber llegado el momento en que este guion ya no convence a las sociedades latinoamericanas. En países como Argentina y Ecuador, las urnas están expresando claramente un rechazo contundente hacia este tipo de políticas.

En Ecuador, el mensaje del pueblo fue rotundo. La elección presidencial del 13 de abril de 2025 dio una clara victoria a Daniel Noboa, quien superó por aproximadamente un 11% a su rival, Luisa González, representante de la izquierda progresista vinculada al correísmo. Este resultado no fue producto del azar ni de campañas efímeras, sino una respuesta deliberada de los ciudadanos que optaron por romper con un pasado marcado por discursos polarizantes y corrupción política.

La campaña de Noboa estuvo enfocada en atender dos grandes preocupaciones nacionales: la inseguridad ciudadana y el narcoterrorismo. Presentó propuestas concretas para fortalecer las fuerzas de seguridad, recuperar territorios dominados por la delincuencia organizada y restaurar la paz social. Además, ofreció un plan económico orientado a ordenar las finanzas públicas, atraer inversiones, generar empleo y responder ágilmente ante situaciones de crisis, como evidenció durante las recientes inundaciones que afectaron al país.

En contraste, el correísmo sufrió una debacle política, resultado de múltiples errores estratégicos. Se mantuvo en una narrativa divisiva con propuestas controvertidas como los cuestionados "gestores de paz" y especulaciones sobre la desdolarización, que representaba un suicidio económico para Ecuador. Las filtraciones recientes de chats que revelaron prácticas corruptas y manejos poco transparentes profundizaron aún más la crisis interna de este movimiento.

Este colapso no solo fue evidente en las urnas presidenciales, sino también en la Asamblea Nacional, donde el correísmo perdió fuerza política al quedar reducido a 66 legisladores tras la salida de la asambleísta Mónica Salazar. La fractura de su discurso unificado del pasado simboliza la decadencia irreversible del modelo político representado por Rafael Correa.

Hoy, Ecuador avanza hacia una nueva etapa. Atrás quedan las promesas incumplidas y los liderazgos mesiánicos. La sociedad ecuatoriana mira hacia adelante con optimismo y exigencia, consciente de que la política debe servir como herramienta para construir una nación más libre y próspera. Este cambio podría también marcar un precedente para otros países como Colombia y Chile, cuyos gobernantes de izquierda enfrentan críticas crecientes por acciones cuestionables que podrían acelerar el fin del dominio ideológico de izquierda en la región.

Este fenómeno de declive no es exclusivo de Ecuador. En Colombia, el gobierno de Gustavo Petro enfrenta una marcada caída en su aprobación popular debido a controversias políticas internas y la ineficacia en la implementación de sus políticas. En Chile, el presidente Gabriel Boric experimenta un descenso similar en la popularidad, derivado de la insatisfacción social por su gestión económica y social. Asimismo, Argentina expresa un claro rechazo electoral hacia las políticas kirchneristas que siguen tratando de torpedear al gobierno liberal del presidente Javier Milei, y Brasil muestra señales claras de cambio con derrotas locales significativas para el Partido de los Trabajadores. Estos casos confirman que América Latina está en un proceso de transición política hacia opciones más pragmáticas y alejadas de las prácticas que caracterizaron a la izquierda radical en las últimas décadas. El tiempo dirá si esta transformación se consolida o queda en mera esperanza.


Por: Econ. Luis Cedillo-Chalaco, MSc.

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domingo, 13 de abril de 2025

Vecinos vigilantes: el rostro civil del autoritarismo socialista


Los regímenes autoritarios, especialmente aquellos de corte socialista y populista, han perfeccionado una herramienta de control social tan efectiva como perversa: la creación de grupos civiles armados o parapoliciales que operan al margen de la ley para sofocar la disidencia. Este sistema —que fusiona la intimidación vecinal con la violencia callejera— no es nuevo, pero ha cobrado fuerza en América Latina como parte del arsenal de regímenes que temen al pensamiento libre.

Cuba: los Comités de Defensa de la Revolución (CDR)

Establecidos en 1960, los CDR son el ejemplo más claro de una red de espionaje ciudadano institucionalizada. Su propósito declarado es “proteger los logros de la revolución”, pero en la práctica funcionan como órganos de delación, acoso y represión barrial. Cada cuadra tiene su célula, cada ciudadano crítico es monitoreado, y la sospecha se convierte en sentencia sin juicio. El precio de disentir en Cuba no lo impone un tribunal, lo ejecuta tu propio vecino y casi siempre termina siendo apresado el que intentar expresarse contra el hambre y el autoritarismo cubano del partido único.

Venezuela: colectivos motorizados y leales al chavismo

En el país de Bolívar, los colectivos motorizados son bandas armadas oficialistas que patrullan con total impunidad, atacando manifestaciones, hostigando a periodistas y sembrando terror en zonas opositoras. Durante las protestas de 2014 y 2017, se documentaron múltiples crímenes cometidos por estos grupos con el consentimiento —o complicidad— de las fuerzas armadas. Son el brazo callejero del poder, reparten miedo a cambio de impunidad.

Haití: los Tonton Macoutes, pioneros del terror civil

Bajo el régimen de François y luego de Jean-Claude Duvalier, los Tonton Macoutes fueron un cuerpo paramilitar creado para intimidar, torturar y asesinar opositores. Con atuendos negros y machetes al cinto, simbolizaban la muerte inminente para todo aquel que se atreviera a alzar la voz. Eran temidos por la población no solo por su brutalidad, sino porque respondían solo al dictador, no a ley alguna. Haití vivió bajo su sombra por décadas, y su huella aún persiste en la memoria colectiva.

Nicaragua: parapoliciales y juventudes sandinistas al acecho

Durante las revueltas de 2018 contra el régimen de Daniel Ortega, el mundo fue testigo del resurgimiento de una vieja táctica: usar civiles armados y encapuchados para reprimir la protesta social. Grupos parapoliciales, coordinados con la policía nacional, atacaron universidades, iglesias y barrios opositores. La Juventud Sandinista, con respaldo estatal, actúa como fuerza de choque en las calles, sembrando miedo e impunidad. Nicaragua se ha convertido en un laboratorio del totalitarismo moderno.

¿Qué tienen en común estos grupos?

  1. Impunidad total: No rinden cuentas a la justicia. Son “intocables”.

  2. Adiestramiento ideológico: Su lealtad es al líder, no al pueblo.

  3. Destrucción del tejido social: Siembra el miedo entre vecinos, amigos y familias.

  4. Legalización del terror: El Estado se lava las manos, mientras el terror civil hace el trabajo sucio.

¿Qué nos enseñan estos ejemplos?

Que el totalitarismo no necesita grandes ejércitos cuando logra que los ciudadanos se conviertan en verdugos de sus propios conciudadanos. Esta estrategia —vil, pero eficaz— destruye la libertad desde dentro, bloquea la protesta pacífica, y convierte la participación política en una sentencia de muerte civil (o literal).

Hoy más que nunca debemos rechazar estos modelos autoritarios que disfrazan su represión como “participación popular” o “defensa de la patria”. Los ciudadanos deben protegerse del Estado con la Constitución, no temerle.

¿Estamos dispuestos a vivir en una sociedad donde el que opina diferente puede ser denunciado, golpeado o asesinado por otro civil con respaldo del gobierno? Si la respuesta es no, entonces es momento de alzar la voz, defender nuestras libertades y no normalizar el miedo como método de gobierno. Sígueme y deja tu comentario.

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