Dr. Armando José Urdaneta Montiel
El dirigismo estatal de inspiración keynesiano-marxista no es un simple error técnico: es un proyecto intelectual que confunde gasto con riqueza, y termina utilizando la coerción fiscal y monetaria para sostener una ilusión de prosperidad que, tarde o temprano, se cobra su factura en crisis, inflación y empobrecimiento generalizado.
1.- Error de origen: consumo no es crecimiento.
Keynesianos y marxistas comparten una premisa fundamentalmente problemática: suponen que el motor del desarrollo económico reside en la expansión del gasto agregado, en particular del consumo, y que el Estado está en capacidad de “suplir” cualquier brecha de demanda mediante mayor gasto público y crédito a bajo costo. La macroeconomía del capital de inspiración austriaca, por el contrario, enfatiza un punto que buena parte de las facultades de Economía latinoamericanas tiende a soslayar: el crecimiento genuino depende de la acumulación de capital, del incremento de la productividad asociado al progreso técnico y la innovación, del ahorro voluntario y de una estructura productiva coordinada intertemporalmente a través de precios relativos y tipos de interés, más que de la simple expansión discrecional de la demanda financiada con deuda y emisión monetaria.
Cuando el consumo presente se erige en criterio supremo de la política económica, el capital termina reducido a un mero “asiento contable” y la estructura productiva es tratada como si fuera un recurso elástico que puede extenderse indefinidamente mediante políticas fiscales expansivas y creación de dinero por parte del banco central. El resultado es un auténtico espejismo macroeconómico: se observan tasas de crecimiento del PIB artificialmente infladas por el gasto público y la expansión del crédito, mientras, de forma silenciosa, se erosiona la base de capital que hace posible cualquier forma de prosperidad sostenible en el tiempo.
2. El boom artificial: crédito fácil y malas inversiones
Cuando el Estado “estimula” la economía con gasto deficitario y expansión artificial del crédito, no crea riqueza; redistribuye poder de compra y distorsiona los precios relativos, en especial el tipo de interés, que deja de reflejar la preferencia temporal real de los consumidores.
La teoría austriaca del ciclo es clara: al abaratar artificialmente el crédito, se lanzan proyectos que sólo son rentables bajo ese entorno de tipos falsificados; se alargan las etapas de intertemporales de la producción, se inflan sectores “estrella” y se genera el famoso malinvestment, mala inversión, que tarde o temprano deberá liquidarse.
Esa fase de auge se vende como “éxito del modelo”, y los gobiernos intervencionistas la exhiben como prueba de que “el Estado sí puede guiar la economía” mientras empresas y familias se endeudan sobre supuestos irreales de crecimiento perpetuo.Pero cuando el crédito deja de crecer al mismo ritmo, o los precios empiezan a revelar que no hay ahorro suficiente detrás de esa expansión, el castillo de naipes colapsa: proyectos inconclusos, bancos con balances frágiles y un aparato productivo arruinado, incapaz de ajustarse sin la quiebra masiva de empresas.
3. La válvula externa: importaciones, déficit y devaluación
En economías con estructuras de capital débiles o poco diversificadas, la expansión de la demanda interna no se traduce en más producción local, sino en una avalancha de importaciones que actúan como válvula de escape del exceso de gasto.
El superávit comercial desaparece, la balanza se vuelve deficitaria y, como manda el manual dirigista, se señala al “tipo de cambio atrasado” o al “imperialismo” como culpables, nunca al exceso de gasto y crédito artificialmente barato que disparó la absorción externa.
La respuesta estándar es devaluar, imponer controles cambiarios y encarecer el acceso a divisas, como si empeorar la conexión con la economía mundial pudiera resolver la incoherencia interna de un país que consume más de lo que está dispuesto a ahorrar. Pero la devaluación, lejos de corregir la causa, multiplica sus efectos: encarece insumos, alimentos y bienes de capital importados, se traslada a precios y alimenta la inflación que el mismo Estado dice combatir.
4. Salarios políticos y precios intervenidos: la destrucción de las señales.
El siguiente paso en la tragicomedia dirigista suele ser decretar aumentos de salarios reales por encima de la productividad, lo que rompe la relación entre costos y capacidad de pago, estrechas márgenes de beneficio y desincentiva la inversión privada, justo en el momento en que se necesitaría más capital para ajustar la estructura productiva. Ante la inflación generada por su propia combinación de gasto, crédito y devaluaciones, el Estado recurre a controles de precios, como si se pudiera legislar contra la escasez anulando el termómetro de los precios que revela el desajuste entre oferta y demanda.
Pero los precios no son un capricho burgués, son señales de información dispersa, como insistía Hayek; cuando se los congela o manipula, se destruye el único sistema capaz de coordinar millones de planes individuales sin un burócrata omnisciente. El resultado es previsible: colas, mercados negros, privilegios para los bien conectados y una asignación de recursos cada vez más guiada por la proximidad al poder que por la rentabilidad y la utilidad para los consumidores.
5. Déficit permanente: impuestos, deuda, emisión y más distorsión.
Un régimen que basa su legitimidad en sostener un nivel de gasto superior a la renta real disponible está condenado a vivir en déficit crónico. Primero exprime al contribuyente: más impuestos, más cargas regulatorias, más trabas que drenan el excedente empresarial y desvían recursos desde la inversión hacia el gasto político, el cual es dedicado a comprar lealtades y mantener la maquinaria burocrática.
Luego viene la deuda pública, que compite con el sector privado por el ahorro disponible y desplaza inversión productiva hacia la financiación del Estado; cuando tampoco eso basta, se recurre a la emisión monetaria y a la compra de deuda por el banco central. Como sintetiza la literatura austriaca del ciclo económico, es lógicamente imposible resolver una crisis creada por un exceso de crédito y endeudamiento con más crédito y más deuda: la expansión monetaria adicional sólo posterga el ajuste y garantiza que el colapso posterior sea más profundo.
6. El núcleo del fracaso: el conocimiento que el Estado no tiene
En última instancia, el problema del dirigismo estatal no es de buena o mala intención, sino de pretensión de conocimiento. Ni el planificador keynesiano ni el ingeniero social marxista poseen la información local, dispersa y cambiante que se condensaría en precios libres, tipos de interés no manipulados y decisiones de ahorro inversiones tomadas por millones de individuos sobre su propio riesgo.
Al manipular tipos de interés, tipo de cambio, precios y salarios, el Estado borra las señales que permitirían a empresarios y trabajadores descubrir dónde hay oportunidades reales de creación de valor y dónde hay proyectos inviables que conviene abandonar. El resultado no es un “capitalismo regulado más humano”, sino un sistema híbrido incoherente, atrapado entre mercado y planificación, que combina lo peor de ambos mundos: inestabilidad cíclica, inflación crónica, deterioro institucional y una ciudadanía cada vez más dependiente del mismo poder que ha saboteado el proceso de coordinación social.
Desde la macroeconomía de la capital austriaca, la conclusión es inescapable: mientras se siga confundiendo consumo con crecimiento, crédito político con ahorro y coerción fiscal monetaria con coordinación social, cualquier modelo de dirigismo estatal está condenado a terminar no sólo en fracaso económico, sino en una degradación general de las libertades y de la responsabilidad individual.






