En la historia reciente de América Latina, varios regímenes que se autoproclaman socialistas, comunistas y progresistas han levantado la bandera de la igualdad, la justicia social y la defensa del pueblo frente al capitalismo. Sin embargo, una mirada crítica y objetiva revela una contradicción insalvable: mientras la mayoría de la población subsiste con salarios miserables, desabastecimiento y precariedad, las élites gobernantes y sus familias disfrutan de vidas de privilegio, viajes exclusivos y lujos que niegan en el discurso público.
Venezuela, Cuba y Nicaragua son ejemplos claros. En Venezuela, el salario mínimo equivale a apenas unos dólares al mes, mientras los hijos de dirigentes son vistos en fiestas privadas, restaurantes de lujo o conduciendo automóviles deportivos alrededor del mundo. En Cuba, los altos mandos del Partido gozan de residencias y privilegios inaccesibles para los ciudadanos comunes en los famosos Cayos. En Nicaragua, la familia Ortega-Murillo concentra poder político y económico, mientras cientos de miles de nicaragüenses emigran en busca de subsistencia. La paradoja es evidente: el discurso de igualdad termina creando nuevas élites aún más opacas que en muchos sistemas democráticos.
El poder y las masas: de Ortega y Gasset a Freud
Para comprender cómo estas contradicciones se sostienen, es útil revisar teorías sobre el comportamiento colectivo y la manipulación política. José Ortega y Gasset, en La rebelión de las masas (1930), advertía que el “hombre-masa” tiende a delegar su pensamiento crítico, conformándose con aceptar un relato colectivo impuesto. Esta pasividad permite que líderes con discursos mesiánicos se presenten como encarnaciones del pueblo y su destino, los clásicos mensajes de los ricos odian a los pobres.
Sigmund Freud, en Psicología de las masas y análisis del yo (1921), explicó que las multitudes transfieren su energía emocional a una figura de autoridad. Este vínculo afectivo con el líder refuerza la obediencia y dificulta el cuestionamiento racional. Así, los regímenes socialistas de corte autoritario logran mantener fidelidad a pesar de la incoherencia entre discurso y práctica.
Le Bon, Canetti y Arendt: la fuerza y el peligro de las multitudes
Ya a finales del siglo XIX, Gustave Le Bon en Psicología de las multitudes (1895) señaló cómo los individuos pierden racionalidad al integrarse en masas, convirtiéndose en presa fácil de emociones colectivas. Esta idea fue tan influyente que inspiró a líderes políticos del siglo XX en la construcción de sus estrategias de propaganda, mentir y mentir hasta el cansancio usando medios afines.
Elias Canetti, en Masa y poder (1960), añadió que la masa busca la igualdad interna, pero paradójicamente permite la concentración de poder en líderes que administran símbolos y rituales. En contextos como Cuba o Venezuela, los actos multitudinarios, desfiles y consignas cumplen esa función simbólica de cohesión.
Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo (1951), fue más allá: las masas atomizadas y desarraigadas, privadas de un proyecto de vida propio, son el terreno ideal para el totalitarismo. Cuando la desesperanza se combina con discursos redentores, los ciudadanos aceptan sacrificios interminables en nombre de un futuro prometido que nunca llega.
Manipulación moderna: medios y propaganda
El control de las masas no solo se sostiene en discursos tradicionales, sino también en estrategias modernas. Noam Chomsky y Edward Herman, en Manufacturing Consent (1988), mostraron cómo los medios pueden convertirse en un aparato de propaganda al servicio de élites políticas y económicas. En los regímenes socialistas autoritarios, esto se traduce en censura, manipulación informativa y repetición sistemática de consignas. Venden la idea ahora, que las redes sociales contaminan la mente de las personas. Claro, cuando las redes difunden el discurso del tirano están bien, el detalle es que ahora los desnuda en poco tiempo y muestra la corrupción en familiares y dirigentes de todo nivel.
Janó García, en La Gran Manipulación (2020), explica en un lenguaje divulgativo cómo los populismos contemporáneos se apoyan en la posverdad y el miedo para idiotizar al votante, debilitando su capacidad crítica y convirtiendo la obediencia en una forma de supervivencia política.
El discurso mesiánico y la manipulación
Estos regímenes suelen sostenerse sobre cuatro pilares de manipulación de masas:
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Control de la información: se limita el acceso a datos objetivos y se monopoliza el discurso oficial.
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Creación del enemigo externo: se atribuyen los problemas económicos a potencias extranjeras, sanciones o conspiraciones.
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Privilegios selectivos: se otorgan beneficios a los seguidores más leales, creando dependencia.
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Narrativa mesiánica: el líder se presenta como salvador histórico, encarnación de la patria y guía espiritual.
De esta forma, mientras el votante común se hunde en la pobreza, las élites consolidan sus privilegios en silencio.
Pensamiento crítico como antídoto
Las teorías de Le Bon, Freud, Canetti, Arendt, Ortega y Gasset, Chomsky y Janó García coinciden en un punto esencial: las masas son manipulables cuando renuncian a la crítica individual y delegan su futuro en líderes providenciales. La paradoja de los regímenes socialistas autoritarios es que, en nombre de la igualdad, perpetúan desigualdades extremas.
La lección es clara: frente al discurso mesiánico y a la manipulación, la herramienta más poderosa del ciudadano es el pensamiento crítico que debe crearse desde las escuelas y afirmarse en las universidades. Cuestionar, contrastar información y rechazar la obediencia ciega es el primer paso para impedir que las masas sean utilizadas como instrumento de poder y para exigir coherencia entre las promesas de igualdad y la realidad de los pueblos.
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