Dr. Armando José Urdaneta Montiel
El gran personaje de nuestra tragicomedia latinoamericana no es ni el héroe libertador ni el empresario visionario, mucho menos el ciudadano responsable que madruga para levantarse temprano a trabajar. No. El protagonista de esta historia es el parásito social latinoamericano, ese individuo que ha perfeccionado el arte de vivir del esfuerzo ajeno mientras grita a los cuatro vientos que es víctima del sistema. Es el ciudadano que exige derechos infinitos, pero desconoce sus deberes elementales; el que quiere subsidios, bonos, pensiones mágicas y toda la lista de regalitos estatales financiados, por supuesto, con el bolsillo ajeno, es decir, por el contribuyente que se rompe la espalda trabajando. Y ahí lo vemos, indignado cuando se habla de reducir el tamaño del Estado, porque ¿qué sería de su existencia sin el “papá gobierno” que le pague hasta la siesta?
Pero el parásito social latinoamericano no actúa solo. Tiene un aliado indispensable: el político de izquierda, esa especie de vendedor de humo profesional que ha hecho de la pobreza su negocio y de la dependencia su estrategia de poder. Es él quien reparte subsidios como caramelos en campaña, quien se rasga las vestiduras hablando de justicia social mientras roba, malversa y se enriquece con la coartada perfecta de ayudar a los pobres. Juntos forman una sociedad perfecta: uno pide, el otro reparte; uno consume sin producir, el otro gobierna sin servir. Y entre los dos han montado un Estado elefantiásico, caro, ineficiente, corrupto, incapaz de generar prosperidad, pero muy eficaz a la hora de multiplicar a los dependientes.
Así ha transcurrido la historia reciente de América Latina: más de medio siglo empantanados en la misma miseria repetida, en la misma trampa populista donde la cultura del subsidio sustituye la del esfuerzo, y donde la dependencia del asistencialismo estatal se celebra como si fuera un derecho humano fundamental. Mientras el mundo avanza con innovación, trabajo y meritocracia, aquí en Latinoamérica seguimos venerando al político de izquierda que promete dádivas y al ciudadano que las reclama como si fueran herencia divina. La región está empobrecida no por falta de recursos, sino porque la riqueza que se produce se devora en sostener a un ejército de parásitos sociales que nunca en su vida han pensado en ser responsables de su propio destino, sino que por comodidad se lo delegan al político oportunista de turno.
Lo verdaderamente patético ocurre cuando un líder genuino y visionario osa proponer una reforma seria, cuando se sugiere achicar al Estado para dejar respirar a la iniciativa privada. Entonces, como un coro de cortesanas profesionales, aparece la jauría del “pueblo organizado” gritando que los quieren dejar desamparados, sin asistencia, sin subsidios, sin ese plato de comida que nunca produjeron pero que exigen como si fuera herencia divina. Porque claro, asumir la propia vida, trabajar, producir, ahorrar, crear riqueza, educarse y progresar… eso es una herejía. Mucho más cómodo es que otro pague la fiesta.
Entonces el guion se repite hasta el hartazgo: sale el político de izquierda, ese preconizador de discursos vacíos, prometiendo lo que no tiene, regalando dinero que no existe, endeudando al país hasta la médula, devaluando la moneda, reventando las cuentas públicas, destruyendo los incentivos al trabajo y premiando la dependencia estatal. Y la multitud lo aplaude de pie, como si se tratara de un mesías, sin comprender que lo único que hace es cavarles la tumba económica en nombre de su bienestar. Y allí siguen, felices en su miseria subvencionada, fieles parásitos sociales, convencidos de que ser mantenidos es sinónimo de dignidad, cuando en realidad es la mayor de las servidumbres postrados en la miseria.
Esa es la gran tragedia latinoamericana: el círculo vicioso entre el consumidor parásito y el político de izquierda, corrupto y distribuidor de la miseria, entre el ciudadano que exige que lo mantengan y el político que lo mantiene para beneficiarse él. Y mientras no rompamos ese pacto de dependencia, mientras no dejemos de venerar al parásito social latinoamericano y al político populista de izquierda, seguiremos siendo exactamente lo que hemos sido por sesenta años: un continente con un potencial gigantesco condenado a ser la caricatura de sí mismo, un eterno laboratorio de promesas rotas donde la prosperidad se sacrifica en el altar del subsidio y la riqueza se entierra para alimentar a los dependientes.
La crítica del Dr. Urdaneta puede ser dura, pero invita a reflexionar: si queremos una América Latina distinta, debemos dejar atrás la dependencia y apostar por la responsabilidad, el esfuerzo y la innovación. El verdadero cambio comienza cuando cada ciudadano decide ser protagonista de su propio destino y no un espectador de promesas vacías.











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