La universidad nació para incomodar: cuestionar dogmas, someter ideas a prueba y premiar el conocimiento demostrado. Sin embargo, en parte del mundo académico se viene consolidando una lógica distinta. Bajo el lenguaje de la diversidad, la equidad y la inclusión, instituciones de gran prestigio han creado mecanismos que convierten posiciones ideológicas en criterios de contratación, permanencia o legitimidad académica. Ese fenómeno, llamado por sus críticos “wokismo universitario”, no debe juzgarse por sus intenciones, sino por sus efectos sobre el mérito, la libertad académica y la ciencia.
Un ejemplo contundente proviene de la Universidad de California en Berkeley. En una contratación de profesores de ciencias de la vida, 993 personas solicitaron cinco plazas y 893 cumplían las condiciones básicas. La primera criba no examinó su producción científica: el comité evaluó exclusivamente sus contribuciones a diversidad, equidad e inclusión. Solo 214 candidatos pasaron a la etapa en la que sus expedientes académicos serían considerados. El informe de Berkeley reconoce que aquello representó “un cambio dramático de énfasis” respecto del procedimiento habitual, centrado principalmente en los logros de investigación.
No estamos ante una caricatura inventada por adversarios políticos. Una universidad de primer nivel documentó que un criterio ideológico-institucional precedió al examen de la trayectoria científica. Puede defenderse trabajar con estudiantes "diversos" antes llamados distintos por sus conductas; lo difícil de justificar es que un científico potencialmente brillante sea descartado antes de evaluar su ciencia porque no formuló adecuadamente una declaración sobre sexo o raza.
El caso reciente de Jason Arday en la Universidad de Cambridge lleva esta discusión al Reino Unido. Cuando Cambridge anunció su contratación en 2023, destacó expresamente que sería el profesor negro más joven de su historia y presentó su trayectoria como ejemplo de superación, diversidad e inclusión. Tres años después surgieron cuestionamientos sobre publicaciones, credenciales y cargos académicos. The Telegraph informó, además, que Arday había presentado como publicado un libro de Palgrave Macmillan que finalmente no apareció. Cambridge abrió una nueva investigación tras recibir información adicional y, el 5 de agosto de 2026, Arday renunció con efecto inmediato. Arday rechaza las acusaciones de plagio, y una investigación anterior de Liverpool John Moores University no las había confirmado.
Hay muchos más ejemplos. En 2024, MIT eliminó las declaraciones DEI (diversidad, equidad e inclusión) obligatorias en la contratación de profesores. Harvard hizo lo mismo en su Facultad de Artes y Ciencias después de recibir críticas de numerosos docentes. En marzo de 2025, la Universidad de California ordenó eliminar las declaraciones de diversidad obligatorias para nuevas contrataciones. No significa que hayan rechazado la diversidad; significa que comenzaron a reconocer la diferencia entre ampliar oportunidades y exigir adhesiones discursivas como condición profesional.
El deterioro no afecta solo a la contratación. También alcanza la libertad para investigar, enseñar y comunicar resultados. En 2021, MIT canceló la Carlson Lecture que debía impartir el geofísico Dorian Abbot sobre clima y vida extraterrestre. La controversia no surgió de su investigación, sino de sus críticas públicas a determinadas políticas DEI. MIT sostuvo que el problema era la idoneidad del evento de divulgación y le ofreció posteriormente otro espacio académico. Precisamente esa distinción demuestra el problema: una controversia ideológica ajena al contenido científico bastó para retirar una plataforma científica de alto perfil.
Otro caso ocurrió en Hamline University, Minnesota. La profesora adjunta Erika López Prater mostró en una clase de historia del arte una pintura medieval del profeta Mahoma. Había advertido previamente a los estudiantes y ofrecido alternativas a quienes no quisieran verla. Después de la queja de una estudiante musulmana, la universidad no renovó su contrato y calificó inicialmente el episodio como islamófobo. La reacción fue tan intensa que incluso organizaciones musulmanas defendieron la legitimidad académica de la profesora; posteriormente, la propia universidad reconoció errores en su actuación. Aquí la sensibilidad dejó de complementar al conocimiento y estuvo cerca de reemplazarlo.
Yale ofrece otro antecedente. En 2015, Erika Christakis cuestionó, mediante un correo razonado, hasta qué punto la universidad debía regular los disfraces de Halloween potencialmente ofensivos. Las protestas posteriores fueron tan fuertes que abandonó la docencia. Puede discutirse su argumento, pero una universidad saludable debería responder a una idea controvertida con argumentos, no generar un ambiente donde la salida del aula termine siendo la consecuencia.
Estos casos no prueban que toda política de diversidad sea perjudicial ni que cada conflicto universitario sea producto del wokismo. Esa simplificación sería intelectualmente pobre. Sí muestran, en cambio, un patrón verificable: cuando la identidad, la sensibilidad o la adhesión a determinadas doctrinas comienzan a pesar más que la competencia, la evidencia y la discusión abierta, la universidad modifica su función.
La ciencia no necesita protección frente a las preguntas incómodas; necesita protección para poder formularlas. El docente no debe ser contratado por pensar “correctamente”, sino por saber, investigar y enseñar con rigor. La inclusión que elimina la discrepancia termina siendo exclusión ideológica.
La universidad que abandona el mérito no se vuelve más justa. Simplemente cambia una desigualdad por otra. Y cuando además castiga el disenso, deja de formar profesionales capaces de pensar y empieza a producir profesionales entrenados para repetir. Ese es el verdadero peligro: no una palabra de moda, sino la transformación de la universidad desde un espacio de búsqueda de verdad hacia una institución que administra espejismos.
¿Puede sobrevivir la universidad cuando la ideología pesa más que el mérito y la evidencia? Los casos están sobre la mesa. Lee, analiza y comparte este artículo. La defensa de la ciencia y la libertad académica comienza cuestionando aquello que otros prefieren no discutir.





