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miércoles, 23 de julio de 2025

La tiranía disfrazada de revolución: el rostro real del socialcomunismo en América Latina

 


Dr. Armando José Urdaneta Montiel


En América Latina, el experimento socialcomunista ha demostrado no ser una vía hacia la justicia social, sino una maquinaria perversa que ha convertido la miseria en estrategia política. Bajo el disfraz de una revolución “del pueblo” y por el “pueblo”, estas tiranías han utilizado la oratoria y la manipulación ideológica para someter conciencias, expropiar libertades y perpetuarse en el poder a costa del sufrimiento colectivo.


Desde sus inicios, estos regímenes han promovido una formación política alienante, diseñada para distorsionar la percepción de la realidad y fabricar una ciudadanía obediente. En su lógica, el progreso y la movilidad social se convierten en una anomalía. Tal como sugiere el Dogma de Montaigne, si alguien logra superarse, es porque otro ha fracasado; y por tanto, la “justicia” consiste en arrebatar al exitoso lo que ha conseguido con esfuerzo, para redistribuirlo de manera forzosa entre quienes lo envidian o culpan al sistema de sus carencias.


Pero esta redistribución no busca la equidad, sino la nivelación por abajo: reducir a los productivos a la miseria, para que el Estado sea el único proveedor y controlador de las necesidades básicas. El objetivo real, oculto tras discursos de igualdad, es aniquilar la iniciativa individual y consolidar un sistema de dependencia total. Así, los gobiernos se transforman en administradores de pobreza, no en generadores de progreso.


Y cuando el populismo no basta, cuando el pan se acaba y los aplausos se apagan, la tiranía muta. Aparece entonces el rostro abiertamente fascista del régimen, que utiliza la judicialización y encarcelamiento de la disidencia política, emplea tanto las armas del Estado como grupos civiles armados para amedrentar, silenciar o eliminar cualquier intento de cambio político. Estos gobiernos se convierten en verdaderas organizaciones criminales que instrumentalizan el diálogo, la paz y la convivencia como elementos de distracción frente al caos interno que ellos mismos han provocado.


La alienación como herramienta de sometimiento resulta central para comprender cómo opera el poder en los regímenes socialcomunistas. Originalmente desarrollado por pensadores como Hegel, Feuerbach y, posteriormente, Karl Marx, la alienación hace referencia a un proceso mediante el cual el ser humano queda separado de su esencia, de su capacidad de autodeterminación y de su conciencia crítica, al quedar sometido a fuerzas externas que lo dominan.


En el contexto político, la alienación ocurre cuando los individuos internalizan una visión del mundo impuesta por el poder, llegando a aceptar como naturales o inevitables condiciones de vida profundamente injustas. Esta distorsión de la realidad convierte al ciudadano en un sujeto pasivo, incapaz de cuestionar o resistir, porque ha dejado de reconocerse como agente de cambio.


En los regímenes socialcomunistas, esta alienación es intencionalmente inducida a través de una formación ideológica que opera desde la escuela, los medios de comunicación y la narrativa oficial del Estado. Se crea una especie de “realidad paralela” en la que la miseria es presentada como sacrificio revolucionario, la represión como defensa de la soberanía y la pobreza como una expresión de justicia social. 


El resultado es la pérdida de identidad individual y colectiva. Los ciudadanos dejan de verse como personas autónomas con derechos y responsabilidades, y comienzan a definirse únicamente como parte de una causa impuesta: la revolución. Se vuelven esclavos ideológicos, atrapados en una lógica circular de obediencia, culpa y dependencia. En este estado de alienación, no solo se anulan las libertades materiales, sino también las espirituales: el pensamiento libre, la creatividad, la disidencia.


Paralelamente, la estrategia política del régimen se enfoca en generar y luego fortalecer esta forma de idiotización colectiva, erosionando la capacidad crítica del ciudadano. El proceso induce tres emociones fundamentales que resultan funcionales al sistema: miedo, conformismo y desesperanza. Sin embargo, este control psicológico solo es sostenible mientras las condiciones mínimas de supervivencia no estén en riesgo.


Como lo plantea Maslow en su jerarquía de necesidades, cuando el hambre irrumpe, la ideología se desmorona. La falta de acceso a las necesidades fisiológicas más básicas como la alimentación socava incluso el adoctrinamiento más profundo. Pero aun en ese punto crítico, la tiranía conserva un último recurso: la manipulación discursiva. La oratoria revolucionaria busca reconfigurar la realidad en la mente del ciudadano, manteniéndolo sometido incluso cuando todo a su alrededor se desmorona.


Por ello desenmascarar la ficción revolucionaria requiere de una batalla cultural en todos los ordenes y estratos sociales que permita hacer entender al popolon que el socialcomunismo, lejos de redimir a los pueblos de sus injusticias, ha sido en América Latina una plaga ideológica que ha devastado economías, aniquilado libertades y sembrado la miseria como estrategia de control. Ha sustituido el progreso por la dependencia, y la conciencia ciudadana por una obediencia impuesta a través de la alienación.


Desenmascarar este discurso es hoy más urgente que nunca. No se trata solo de señalar el fracaso económico o la corrupción institucional: se trata de comprender cómo opera el control mental y emocional, y de qué manera destruye la voluntad individual para convertirla en obediencia colectiva. Porque mientras la mentira revolucionaria siga viva en la mente de los pueblos, la tiranía seguirá encontrando razones para imponerse.

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sábado, 10 de mayo de 2025

La farsa de la teoría de la explotación de Karl Marx

 


Dr. Armando José Urdaneta Montiel.

 

La teoría de la explotación propuesta por Karl Marx ha sido durante décadas uno de los pilares ideológicos del pensamiento socialista. Según su visión, los capitalistas obtienen ganancias a través de la apropiación de la plusvalía generada por los trabajadores, es decir, explotando su trabajo al pagarles menos de lo que realmente producen (Marx, El Capital, 1867). No obstante, un análisis riguroso desde la economía moderna revela profundas fallas conceptuales que desmontan esta narrativa.

 Una de las críticas más contundentes proviene del análisis del sistema marxiano a la luz de la teoría del valor trabajo. El economista austriaco Eugen von Böhm-Bawerk, en su obra Karl Marx and the Close of His System (1896), fue uno de los primeros en señalar la inconsistencia del modelo marxista al mostrar que, en la realidad, sectores con diferentes composiciones orgánicas del capital es decir, con distintas proporciones entre capital constante (maquinarias, instalaciones) y capital variable (salarios) tienden a obtener tasas de ganancia similares. Esto contradice la lógica interna del sistema de Marx, donde se esperaría que las industrias con mayor proporción de trabajo humano generaran más plusvalía y, por tanto, mayores ganancias. Esta "tasa uniforme de ganancia" es una corrección exógena que Marx introduce sin resolver verdaderamente el conflicto lógico con su teoría del valor (Böhm-Bawerk, 1896).

 Por otro lado, la teoría marxista subestima gravemente el rol del capital en la generación de valor. Marx ignora deliberadamente la productividad marginal del capital, concentrándose exclusivamente en la del trabajo como motor del crecimiento económico. Como señalan Clark (1899) y posteriormente Solow (1956), la acumulación de capital y la innovación tecnológica son fundamentales para explicar el crecimiento sostenido en el largo plazo. Este enfoque unifactorial ha sido ampliamente superado por las teorías neoclásicas y por la realidad empírica: las inversiones en maquinaria, infraestructura, innovación y tecnología tienen un impacto decisivo en la productividad y en la expansión económica (Solow, A Contribution to the Theory of Economic Growth, 1956). Reducir todo a la explotación del trabajo es, en el mejor de los casos, una simplificación ideológica.

Otro error importante en su modelo es la concepción del capital constante. Marx lo define como un valor fijo, una dotación establecida de medios de producción (El Capital, vol. I), sin considerar que precisamente ese es el componente más dinámico del sistema económico. El capital invertido en tecnología y equipamiento cambia constantemente debido al progreso técnico, a las economías de escala (Marshall, 1920) y a los ciclos de innovación. Este punto es particularmente importante si consideramos que Marx escribía en una época en la que la Revolución Industrial apenas despegaba y muchos conceptos económicos contemporáneos como rendimientos marginales decrecientes o eficiencia marginal del capital aún no existían.

En suma, la teoría de la explotación marxista fracasa al ignorar el funcionamiento real de los mercados, la voluntariedad de los contratos laborales (Hayek, Camino de servidumbre, 1944), y el papel esencial que juega el capital y el riesgo empresarial. Aunque pueda resultar seductora en lo ideológico, su base económica es débil y, en muchos aspectos, profundamente errónea.

 ¿Y la desigualdad? Refutando las objeciones comunes

Quienes defienden la teoría de la explotación suelen recurrir a datos sobre desigualdad económica, pobreza laboral o condiciones precarias para justificar que el sistema capitalista sigue operando bajo lógicas "explotadoras". Sin embargo, este argumento confunde correlación con causalidad. La existencia de desigualdad no prueba que el capitalista robe al trabajador, así como la existencia de enfermedades no implica que la medicina sea un fracaso (Friedman, 1980). La desigualdad puede surgir por múltiples causas que no tienen relación con la supuesta explotación sistemática del trabajo.

La mayoría de las desigualdades en las economías modernas responden a diferencias en habilidades, productividad, educación, riesgo asumido, y sobre todo, a la innovación (Mankiw, 2013). Empresas exitosas que crean tecnologías disruptivas naturalmente obtienen mayores ganancias y generan desequilibrios temporales en la distribución del ingreso, pero también amplían la base del bienestar a través de nuevas oportunidades laborales, acceso a bienes y servicios, y reducción de precios vía competencia (Schumpeter, Capitalism, Socialism and Democracy, 1942). Apple, Amazon o Tesla no se hicieron millonarias explotando trabajadores, sino creando valor en mercados abiertos que millones de personas eligen libremente.

Además, la movilidad social en países con economías de mercado desmiente la idea de una clase trabajadora atrapada en la miseria. Datos de la OCDE y estudios longitudinales muestran que la mayoría de las personas no permanecen en la misma condición económica toda su vida (Chetty et al., 2014). La educación, la competencia, el ahorro y el emprendimiento ofrecen caminos reales para mejorar la calidad de vida, especialmente en contextos de libertad económica. Nada de esto es compatible con la visión determinista y estática de Marx, donde el trabajador está condenado a una posición estructural inmutable.

En suma, la desigualdad por sí sola no valida la teoría de la explotación. Más bien, revela la diversidad de resultados en un sistema donde los individuos, con diferentes talentos y decisiones, obtienen resultados también diferentes. La clave está en garantizar igualdad de oportunidades, no en imponer igualdad de resultados.

 Conclusión: dejar atrás la nostalgia revolucionaria

Persistir en la defensa de la teoría marxista de la explotación es más un acto de fe que un ejercicio de razón. Karl Marx, pese a su lucidez como observador social, se equivocó profundamente en su interpretación de la dinámica económica. Ignoró el rol clave del capital, malinterpretó las tasas de ganancia, y basó su diagnóstico en una teoría del valor ya obsoleta incluso en su época. Su análisis no solo fue parcial, sino también anacrónico frente a los desarrollos posteriores de la teoría económica.

Hoy, las sociedades que han adoptado economías de mercado abiertas, con instituciones fuertes y respeto por la propiedad privada, son las que han generado más riqueza, más innovación y mayor prosperidad general. Mientras tanto, los regímenes que han aplicado la lógica de la lucha de clases y el control del capital han terminado en miseria, autoritarismo y represión.

Es hora de dejar atrás la nostalgia revolucionaria y reconocer que la cooperación voluntaria en los mercados, lejos de ser un mecanismo de explotación, es una de las expresiones más poderosas de libertad humana.

 

Referencias

  • Böhm-Bawerk, E. (1896). Karl Marx and the Close of His System.
  • Chetty, R., Hendren, N., Kline, P., Saez, E., & Turner, N. (2014). Is the United States Still a Land of Opportunity? Recent Trends in Intergenerational Mobility. American Economic Review, 104(5), 141–147.
  • Clark, J. B. (1899). The Distribution of Wealth.
  • Friedman, M. (1980). Free to Choose: A Personal Statement. Harcourt.
  • Hayek, F. A. (1944). The Road to Serfdom.
  • Mankiw, N. G. (2013). Principles of Economics (6th ed.). Cengage Learning.
  • Marshall, A. (1920). Principles of Economics.
  • Marx, K. (1867). El Capital: Crítica de la economía política.
  • Schumpeter, J. A. (1942). Capitalism, Socialism and Democracy. Harper & Brothers.
  • Solow, R. (1956). A Contribution to the Theory of Economic Growth. Quarterly Journal of Economics.


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