El término imperialismo ha sido una de las palabras más manipuladas en la historia del pensamiento político moderno. Para la izquierda radical, no es solo un concepto económico o geopolítico, sino una bandera moral: un arma simbólica para señalar culpables, dividir el mundo entre opresores y oprimidos, y justificar regímenes que, paradójicamente, reproducen las mismas formas de dominación que dicen combatir.
Desde la Guerra Fría del siglo pasado, el discurso antiimperialista se ha utilizado para simplificar la realidad en un esquema binario: los buenos (los “pueblos”) y los malos (el “imperio”). Como advertía Ludwig von Mises en La acción humana (1949), “la demagogia política busca enemigos abstractos para ocultar la responsabilidad de quienes gobiernan”. Nada más funcional para ese fin que el uso del “imperialismo” como chivo expiatorio eterno.
La izquierda radical convirtió este término en un mecanismo de manipulación emocional. Los Estados Unidos y el capitalismo occidental son presentados como los villanos globales, responsables de toda desigualdad o conflicto. La retórica antiimperialista, saturada de consignas, ha reemplazado la argumentación racional por una épica moral. Friedrich Hayek, en Camino de servidumbre, advertía que “quienes invocan la justicia social como dogma terminan justificando cualquier abuso en nombre de un supuesto bien colectivo”. Lo mismo ocurre con el antiimperialismo: se invoca como un principio sagrado para legitimar dictaduras, censura y control ideológico.
El caso de Cuba es emblemático. Se presenta como “bastión de dignidad” frente al imperialismo estadounidense, cuando en realidad se trata de un régimen autoritario que ha suprimido derechos básicos durante más de seis décadas. La palabra bloqueo "repetida como mantra" se usa para justificar todas las miserias internas: la escasez, la falta de libertades, la represión. Pero, como señaló Milton Friedman en Capitalismo y libertad (1962), “la pobreza no es producto de la libertad de mercado, sino de su ausencia”. Cuba no sufre por el comercio, sino por su negación sistemática.
El problema no es cuestionar los excesos del poder internacional, sino la manipulación del lenguaje para convertir una categoría económica en un dogma político. Johan Norberg, en En defensa del capitalismo global, demuestra con datos que las naciones que abrieron sus economías al libre comercio —precisamente las más “expuestas” al supuesto imperialismo— son las que más prosperaron. En contraste, los países que cerraron sus mercados bajo banderas antiimperialistas cayeron en el atraso y la dependencia real: la del Estado y sus burócratas.
El uso agresivo del lenguaje por parte de la izquierda no es inocente. Palabras como “colonización cultural”, “dependencia”, “explotación” o “soberanía popular” son empleadas con una carga moral y emocional que busca cancelar el debate. Al descalificar al adversario como “agente del imperio”, se evita discutir ideas y se impone un monopolio simbólico. Mario Vargas Llosa, en La llamada de la tribu, explica cómo esta manipulación del lenguaje busca reemplazar el razonamiento por la pertenencia: “el pensamiento tribal convierte a la ideología en una religión, y al disidente en un enemigo moral”.
La paradoja es que mientras denuncian el “imperialismo yanqui”, muchos de estos gobiernos mantienen estrechas dependencias con potencias autoritarias como China, Rusia o Irán. Lo que en Occidente llaman “dominación” lo aplauden como “cooperación estratégica” cuando proviene de sus aliados ideológicos. Este doble rasero revela que el antiimperialismo no es una defensa de la soberanía, sino un discurso funcional al poder político.
En realidad, lo que la izquierda radical llama “imperialismo” no es otra cosa que el éxito económico, tecnológico y cultural del mundo libre. Su problema con Occidente no es su “dominación”, sino su capacidad para prosperar sin dogmas, innovar sin permiso y permitir la disidencia. Por eso necesitan demonizarlo: porque el libre individuo, como recordaba Mises, “es el verdadero enemigo de todo régimen totalitario”.
El desafío para quienes defendemos la libertad no está solo en rebatir las falacias económicas, sino en recuperar el lenguaje. Si dejamos que los términos sean monopolizados por el discurso colectivista, perderemos la batalla cultural antes de librarla. El antiimperialismo no es una causa, es un disfraz. Detrás de su retórica moral se ocultan las viejas aspiraciones de control y sometimiento que siempre han caracterizado a los enemigos de la libertad.
¿Crees que el antiimperialismo moderno es una causa genuina o un disfraz del autoritarismo?
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