Dr. Armando José Urdaneta Montiel
América Latina tiene un don casi artístico: transformar su fracaso en mito y su miseria en épica. Llevamos cinco siglos en eso, y lo hacemos con tanto talento que hasta los europeos se lo creen. Colón pensó que había encontrado el Paraíso; Montaigne imaginó a unos indígenas que no conocían la mentira; Rousseau convirtió la postal en tratado filosófico. Y así nacimos al mundo: no como sociedades, sino como metáforas. Carlos Rangel, en Del buen salvaje al buen revolucionario, lo explicó con brutal claridad: no somos tanto un continente como una excusa literaria.
La evolución ha sido fascinante. Primero fuimos los buenos salvajes, inocentes, desnudos y felices en comunión con la naturaleza. Luego, cuando esa narrativa ya no daba rédito, mutamos en buenos revolucionarios: mesías tropicales que prometen justicia social con una mano en el fusil y la otra en la billetera ajena. De Tupac Amaru a Fidel Castro, de las selvas del Perú al póster del Che colgado en la Sorbona, nuestra identidad se fue construyendo alrededor de la idea de que la pureza o la redención siempre vendrá de un héroe que arrasa con todo en nombre del futuro luminoso. Resultado: dictaduras, ruinas económicas y generaciones que siguen esperando al mesías del turno siguiente.
El mito se volvió caricatura en los noventa, cuando Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa publicaron el Manual del perfecto idiota latinoamericano. Allí apareció retratado el espécimen que todos conocemos: el idiota solemne, doctorado en culpar al “otro”. España, Estados Unidos, las multinacionales, el FMI y el neoliberalismo. Da igual: cualquier excusa sirve, siempre que evite la obscenidad de aceptar que los problemas son nuestros. El perfecto idiota es tan ubicuo como la arepa o el mate: está en la cátedra universitaria, en el Congreso, en la sobremesa familiar y, por supuesto, en la presidencia de más de un país.
Lo que une a ambas obras, es el diagnóstico incómodo: el atraso latinoamericano no es económico sino político. Y, peor aún, no es importado sino fabricado en casa. La diferencia con Estados Unidos no está en que ellos hayan explotado menos o tenido más suerte, sino en que se atrevieron a construir instituciones estables, mientras nosotros preferimos dinamitar lo que habíamos heredado de España sin reemplazarlo por nada. De ahí nuestra adicción al caudillo mesiánico, al Estado benefactor que reparte subsidios como hostias, al populismo que convierte el saqueo en virtud.
Y lo más grotesco es que ya ni siquiera resultamos atractivos como víctimas. Como dijo Carlos Fuentes, pronto ni para explotados serviremos: la tecnología reemplaza nuestro petróleo, nuestros granos, nuestro cobre. El mundo puede prescindir de nosotros, y sin embargo seguimos actuando como si fuéramos protagonistas de la historia universal, luchando heroicamente contra enemigos imaginarios. Es un espectáculo tragicómico: gritamos independencia mientras pedimos préstamos, odiamos al capitalismo mientras importamos iPhones, y nos declaramos rebeldes mientras votamos una y otra vez por el mismo populismo con distinta boina.
El resultado de este largo carnaval de excusas es sencillo: seguimos pobres, seguimos inestables, seguimos convencidos de que la culpa es de otro. El buen salvaje nos dio inocencia, el buen revolucionario nos dio épica, y el perfecto idiota nos da entretenimiento. Lo único que no nos han dado es progreso. Y quizá sea mejor así, porque si algún día nos tocara reconocer que nuestro destino depende de nosotros mismos, se acabaría la fiesta de culpar a todo el planeta por nuestros males. Y ¿qué sería de un latinoamericano sin su excusa favorita? Seguramente algo insoportablemente aburrido: un ciudadano responsable.
Aviso al lector: en caso de encontrarse un país latinoamericano que no culpe a nadie de sus fracasos y asuma su propia responsabilidad, por favor notifíquelo de inmediato. Podría tratarse de una mutación peligrosa que amenaza con arruinar siglos de tradición victimista y, lo peor, dar el mal ejemplo de que aquí también se puede progresar sin llorar conspiraciones.





