Una de las contradicciones más desconcertantes de nuestro tiempo es observar cómo miles de personas que huyeron del socialismo real (miseria) en países como Cuba, Venezuela, Nicaragua o varias naciones africanas y del mundo musulmán terminan apoyando proyectos políticos socialistas en Estados Unidos, particularmente en Nueva York. El ejemplo más reciente es el ascenso del político socialista Zohran Mamdani, cuya propuesta de campaña se apoyó en una fuerte expansión del gasto público, controles de precios, subsidios universales, impuestos extraordinarios a empresas y, en general, un protagonismo estatal cada vez mayor en una economía con la mayor tasa de gente rica de los Estados Unidos.
La paradoja es dolorosamente clara: quienes escaparon de sistemas que destruyeron economías enteras ahora respaldan, quizás sin plena conciencia, el mismo tipo de políticas que provocaron las razones de su huida.
El choque entre esperanza y realidad
Todo migrante llega cargado de esperanza. Estados Unidos representa la oportunidad de escapar de la miseria, la represión o la falta de futuro. Sin embargo, el choque es brutal: trabajos precarios, alquileres impagables, discriminación, inseguridad laboral. El famoso “sueño americano” se vuelve una carrera cuesta arriba al no saber inglés o no tener una cualificación, es como creer que son solo llegar el sueño se convierte en realidad.
En ese escenario, discursos socialistas como los de Mamdani aparecen como un bálsamo inmediato: promesas de vivienda regulada, transporte gratuito, servicios universales y programas estatales de empleo. El lenguaje es seductor porque conecta con un deseo humano legítimo: seguridad económica.
Pero el problema es profundo. Esas promesas ignoran la causa real de la prosperidad que permitió a estas personas llegar a Nueva York: un sistema capitalista dinámico que, aun con desigualdades, genera riqueza, empleo y movilidad social. Atacar las bases de ese sistema es, en esencia, serruchar la rama sobre la que se está sentado.
Psicología del migrante: la utopía como refugio
Desde la psicología social, el fenómeno tiene explicación:
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Desplazamiento del trauma: Quien huye de un régimen socialista no siempre huye del socialismo como idea, sino del dolor concreto vivido: represión, hambre, violencia. Esto permite una peligrosa separación mental entre “el socialismo malo que yo sufrí” y “el socialismo bueno que ahora prometen”.
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Sesgo de idealización: El “socialismo democrático” presentado en ciudades occidentales se percibe como algo distinto, más humano y eficiente, desligado de su historial de fracaso. La memoria selectiva borra resultados y se aferra a promesas.
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Búsqueda de pertenencia: El migrante suele sentirse excluido en sociedades grandes y altamente competitivas. Proyectos socialistas ofrecen narrativas colectivas de lucha común que generan identidad: “nosotros, los trabajadores, los inmigrantes, los marginados”.
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Frustración de expectativas: Cuando el progreso tarda en llegar, aparece la tentación de responsabilizar al mercado, al capitalismo o a unos supuestos “ricos abusivos”. El discurso socialista convierte la frustración personal en causa política.
La autodestrucción inconsciente
Aquí emerge el núcleo del problema: al apoyar el socialismo democrático, estos grupos están colaborando (de manera inconsciente) en la erosión del único sistema que ha demostrado sacar a millones de personas de la pobreza.
No es el Estado paternalista quien genera prosperidad, sino el emprendimiento, la inversión privada, la competencia, la innovación y la seguridad jurídica. Todos factores inseparables del capitalismo.
El resultado es siempre el mismo: menos empleo, menos crecimiento, más dependencia estatal. Es el libreto que sufrió Venezuela, que padecieron Cuba y Nicaragua, y que ahoga hoy a buena parte de África socialista.
La diferencia es que en Estados Unidos esas políticas no colapsan de inmediato: el país todavía vive de la inercia de décadas de libertad económica. Pero el desgaste es progresivo: menos competitividad, costos elevados, impuestos crecientes, déficit estructural.
Mamdani: la versión amable del mismo problema
Políticos como Mamdani no predican revolución armada ni nacionalizaciones forzadas. Predican “justicia económica”, “igualdad” y “protección social”. Sin embargo, el andamiaje detrás es idéntico: concentración de decisiones económicas en el Estado y debilitamiento del mercado libre.
La retórica cambia, el resultado histórico no.
Creer que esta vez funcionará porque ocurre en Nueva York y no en Caracas es una ilusión peligrosa. También Venezuela creyó ser diferente por su petróleo. Cuba pensó resistir por su nacionalismo. Nicaragua imaginó una revolución productiva. Ninguno escapó a las consecuencias económicas del socialismo.
El error fundamental
El mayor error de quienes migran y luego promueven estas ideas es ignorar una verdad básica:
No fue el socialismo el que les abrió las puertas para escapar de la pobreza; fue el capitalismo.
Y al pedir que el Estado lo dirija todo están debilitando precisamente aquello que les dio la oportunidad de empezar de nuevo.
A modo de resumen
El fenómeno de los inmigrantes que huyeron del socialismo para luego defenderlo en Nueva York se explica psicológicamente como una mezcla de trauma mal procesado, frustración personal y utopía idealizada. Pero, en términos económicos, es una forma de autodestrucción colectiva: intentar reemplazar el sistema que genera riqueza por el mismo modelo que la destruyó en sus países de origen.
La historia no cambia porque se repita con mejores discursos.
El socialismo sigue siendo —con sonrisa amable o con puño autoritario— la receta más segura para empobrecer a quienes dice querer salvar.
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