Ecuador en la encrucijada y el ejemplo de Milei en Argentina
Pocas herramientas políticas tienen un impacto tan profundo como el presupuesto estatal. A primera vista, puede parecer un documento técnico, lleno de cifras y cuadros. Pero en realidad es una declaración ideológica, una hoja de ruta de hacia dónde va un país. Y sobre todo: de quién paga el precio de las decisiones del presente.
En Ecuador, la Proforma Presupuestaria 2025 aprobada por la Asamblea Nacional expone de manera clara una realidad alarmante: el gasto público crecerá un 12 % respecto a 2024, mientras los ingresos no crecen al mismo ritmo. El resultado: un déficit fiscal de USD 5 625 millones, equivalente al 4,4 % del PIB. En otras palabras, el Estado gastará mucho más de lo que tiene, apostando a que el futuro lo resuelva.
Este modelo de gestión es ampliamente defendido por sectores de izquierda que insisten, teóricamente, en que el Estado debe “compensar” las fallas del mercado con gasto expansivo. Pero ese discurso ha demostrado tener un alto costo, no solo económico, sino institucional y moral. Y frente a ese paradigma, ya hay un contramodelo funcionando: la Argentina de Javier Milei.
Ecuador: gastar para complacer, sin pagar la factura
La asignación presupuestaria 2025 prioriza áreas como educación, salud y seguridad, lo cual en principio es positivo. Pero el problema no está en qué se gasta, sino en cómo se financia ese gasto. La respuesta es sencilla: con endeudamiento y déficit estructural, lo que posterga las soluciones reales y convierte al Estado en una máquina de generar clientelismo electoral a través de bonos sociales como Jóvenes en Acción o Ecuatorianos en Acción.
Este comportamiento es típico del populismo: utilizar el presupuesto para ganar votos, no para construir institucionalidad. Gasto fácil hoy, crisis mañana. Y mientras tanto, los sectores más pobres creen que están recibiendo ayuda, cuando en realidad están siendo empujados a la dependencia estatal crónica.
Milei y el superávit argentino: cuando la teoría se vuelve práctica
Frente a este modelo populista, Javier Milei en Argentina demostró que sí es posible tener un Estado con superávit fiscal incluso en medio de una crisis heredada. En los primeros siete meses de su gobierno, el Estado argentino logró revertir más de una década de déficits fiscales crónicos, alcanzando superávit financiero y primario consecutivos.
¿Cómo lo hizo?
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Recorte drástico de gasto improductivo.
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Eliminación de subsidios mal diseñados.
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Privatización parcial de empresas ineficientes.
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Reorganización del Estado con enfoque en eficiencia.
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Reducción de privilegios políticos y clientelares.
Muchos sectores de izquierda gritaron “ajuste” y “neoliberalismo salvaje”. Pero los resultados están a la vista: el déficit dejó de ser un dogma inevitable y se transformó en una elección política.
Este es un punto fundamental. Durante años, ciertos teóricos progresistas nos repitieron que “el déficit no importa”, que “el Estado puede gastar sin límites porque emite su moneda” o que “el gasto público genera crecimiento”. Pero estas ideas ya no resisten el análisis empírico. Argentina demostró que la austeridad responsable no solo es posible, sino necesaria para frenar el descalabro de un país.
Populismo fiscal: disfraz de justicia social, arma de destrucción institucional
El populismo fiscal se presenta como política social, pero no es más que una herramienta de control de masas. Consiste en regalar dinero que el Estado no tiene, con el objetivo de crear dependencia emocional, económica y política. Este modelo ha sido la norma en regímenes como los de Chávez, Correa, Cristina Kirchner o Petro, con los resultados que todos conocemos: inflación, deuda, fuga de capitales, y un Estado sobredimensionado e ineficiente.
El caso ecuatoriano no es extremo, pero sí preocupante. Un déficit del 4,4 % del PIB es insostenible para una economía dolarizada, con baja recaudación tributaria, deuda creciente y sin acceso amplio a mercados de crédito. Cada punto de déficit significa mayor dependencia del financiamiento externo o más presión sobre los recortes futuros.
El valor del presupuesto equilibrado
Presupuestar bien no es una obsesión tecnocrática. Es un acto de responsabilidad con el futuro. Significa proyectar ingresos de forma realista, priorizar el gasto que genera retorno social o económico, y evitar el clientelismo.
En contraste con la narrativa del déficit “social”, el superávit permite libertad. Libertad para invertir, para responder a emergencias, para bajar impuestos sin desfinanciar el Estado, y para no caer en manos del FMI o de prestamistas que condicionan desembolsos.
El equilibrio presupuestario permite, además, reconstruir la confianza en el Estado, atraer inversión, reducir la inflación y evitar que los ciudadanos paguen con impuestos futuros o con deterioro de servicios públicos las malas decisiones de hoy.
Ecuador debe elegir entre el futuro o la ficción
La discusión no es técnica, es moral. ¿Debe el Estado seguir siendo una máquina de subsidios y votos, o debe convertirse en un garante de estabilidad y desarrollo a largo plazo?
El caso argentino de Milei ha roto con el mito del “déficit inevitable”. Ecuador puede y debe aprender de esta experiencia. No es populismo o colapso. Hay una tercera vía: la responsabilidad fiscal, la austeridad inteligente, y la eficiencia con rostro humano.
Lo verdaderamente revolucionario hoy no es gastar más, sino gastar mejor y dentro de las posibilidades reales. Eso exige carácter, visión y liderazgo. Cualidades que escasean en el populismo, pero que son urgentes para rescatar a Ecuador del estancamiento.
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