Dr. Armando José Urdaneta Montiel
América Latina no solo enfrenta un problema económico; también padece una concepción equivocada acerca del papel que deben desempeñar el Estado, el mercado y los ciudadanos. Durante décadas se ha extendido la idea de que el Gobierno debe resolver tanto los desequilibrios macroeconómicos como los problemas económicos particulares de cada persona, familia y empresa. El resultado ha sido la consolidación de sociedades dependientes, en las cuales numerosos sectores esperan que el poder político determine qué producir, a quién proteger, qué precios cobrar y cómo distribuir la riqueza.
Es indiscutible que corresponde al Gobierno preservar la estabilidad macroeconómica. Mantener unas finanzas públicas sostenibles, evitar la emisión monetaria irresponsable, controlar la inflación, garantizar la seguridad jurídica y establecer reglas previsibles son obligaciones esenciales del Estado. Sin embargo, una cosa es crear las condiciones institucionales para que la economía funcione y otra muy diferente pretender administrar la economía doméstica de cada ciudadano y decidir permanentemente cuáles empresas deben sobrevivir.
El problema comienza cuando el Estado intenta “arreglar la microeconomía” mediante subsidios generalizados, privilegios tributarios, aranceles proteccionistas, controles de precios y transferencias permanentes. Estas intervenciones suelen justificarse en nombre de la justicia social, la protección del empleo o la defensa de la industria nacional. No obstante, con frecuencia terminan protegiendo empresas ineficientes, encareciendo los bienes consumidos por las familias y castigando fiscalmente a quienes producen, invierten y generan empleo.
Cuando se protege indefinidamente a una empresa mediante aranceles, no se elimina su ineficiencia: se traslada su costo al consumidor. La familia termina pagando productos más caros y de menor calidad para sostener artificialmente a sectores que no han desarrollado la capacidad de competir. Del mismo modo, cuando el sistema tributario trata al empresario exitoso como sospechoso y convierte la generación de riqueza en una conducta que debe penalizarse, se debilitan los incentivos para invertir, innovar y ampliar la producción.
La redistribución tampoco puede concebirse como un simple proceso de quitarles recursos a quienes producen para entregárselos indiscriminadamente a quienes no producen. Una sociedad necesita mecanismos de solidaridad para proteger a las personas que realmente no pueden valerse por sí mismas. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre una asistencia focalizada, temporal y evaluable, y un sistema político que transforma el asistencialismo en una forma permanente de dependencia electoral.
El subsidio que no promueve autonomía puede terminar atrapando al beneficiario. Si una persona pierde las ayudas cuando consigue un empleo formal o aumenta sus ingresos, el propio sistema crea incentivos para permanecer en la informalidad. En lugar de constituir un puente hacia la independencia económica, la asistencia pública se convierte en una barrera que castiga el esfuerzo y perpetúa la dependencia.
Esta concepción paternalista también ha penetrado una parte importante de la enseñanza económica latinoamericana. En muchas aulas se presenta la intervención estatal como la respuesta inmediata frente a cualquier dificultad y se concede poca atención a los costos, los incentivos y las consecuencias no previstas de esas decisiones. Se enseña a identificar una supuesta falla del mercado, pero no siempre se estudian con el mismo rigor las fallas del Estado: captura regulatoria, corrupción, burocracia, búsqueda de rentas, clientelismo, desinformación y utilización política del gasto público.
El pobre desempeño económico regional obliga a revisar críticamente este paradigma. América Latina y el Caribe albergan aproximadamente el 8 % de la población mundial, pero generan apenas alrededor del 6 % al 7 % del PIB global medido a precios corrientes. Más preocupante todavía es que, según la CEPAL, entre 2015 y 2024 la región registró un crecimiento promedio anual cercano al 1 %, lo que implicó un virtual estancamiento del PIB por habitante. La propia institución atribuye esta situación, entre otros factores, al bajo nivel de inversión y a la débil productividad laboral (CEPAL).
La explicación de este rezago no puede reducirse exclusivamente al tamaño del Estado. También intervienen la inestabilidad política, la inseguridad, la deficiente calidad educativa, la informalidad, la insuficiente infraestructura y la debilidad institucional. Sin embargo, muchos de estos problemas se agravan cuando el aparato estatal concentra sus esfuerzos en repartir privilegios y administrar actividades productivas, en lugar de garantizar las condiciones generales necesarias para el desarrollo.
El Estado no debe desaparecer. Debe concentrarse en cumplir correctamente sus funciones esenciales: proteger la vida, la libertad y la propiedad; garantizar la igualdad ante la ley; administrar justicia; preservar la seguridad; mantener la estabilidad macroeconómica; construir infraestructura pública y atender, de manera focalizada, a quienes se encuentren en condiciones de vulnerabilidad real.
La política fiscal tampoco tiene como propósito principal financiar indefinidamente el asistencialismo. Su función consiste en obtener los recursos necesarios para proporcionar bienes públicos, corregir externalidades debidamente demostradas y asegurar la sostenibilidad de las cuentas públicas. Para ello, los ingresos y gastos deben estar incorporados de manera transparente en el presupuesto aprobado conforme al ordenamiento jurídico. Los recursos extraordinarios no pueden utilizarse discrecionalmente por la sola voluntad de un gobernante: deben registrarse, justificarse y ejecutarse respetando las normas presupuestarias.
La disciplina fiscal no es una obsesión contable. Cuando un Gobierno gasta sistemáticamente más de lo que recauda, alguien termina pagando la diferencia: los contribuyentes, mediante nuevos impuestos; los ahorristas y consumidores, mediante inflación; o las generaciones futuras, mediante una mayor deuda pública. Por ello, el equilibrio presupuestario representa una obligación ética además de económica.
Superar el estancamiento latinoamericano exige abandonar la idea de que toda necesidad social crea automáticamente un derecho a recibir recursos del Estado. Los derechos fundamentales deben proteger a las personas frente a la violencia, la arbitrariedad y la expropiación; no pueden convertirse en una autorización ilimitada para apropiarse de los ingresos ajenos ni para prometer beneficios que las finanzas públicas no pueden sostener.
La prosperidad no se decreta ni se distribuye antes de ser creada. Surge cuando existen instituciones confiables, estabilidad monetaria, libertad económica, competencia, inversión, innovación, educación de calidad y respeto a la propiedad. El papel del Estado consiste en establecer y hacer cumplir esas reglas generales, no en sustituir las decisiones de millones de ciudadanos.
América Latina necesita menos paternalismo y mayor autonomía individual; menos privilegios sectoriales y mayor competencia; menos discrecionalidad política y más seguridad jurídica. La verdadera justicia social no consiste en igualar a todos en la dependencia, sino en construir instituciones que permitan a cada persona progresar mediante su esfuerzo, su iniciativa y su capacidad creadora.
Mientras los gobiernos latinoamericanos continúen ofreciendo resolver cada problema particular, seguirán descuidando aquello que solamente ellos pueden garantizar: estabilidad, justicia, seguridad, infraestructura y reglas claras. La región no saldrá del estancamiento sustituyendo la libertad por tutela estatal, sino devolviendo a los ciudadanos la responsabilidad y el derecho de construir su propio destino.





