Cómo la izquierda contemporánea usa discurso de clases para perpetuarse en el poder
En muchos países de América Latina la izquierda radical —tanto en sus expresiones populistas como en sus formas de “socialismo del siglo XXI”— ha logrado construir un relato político poderoso que apela directamente a los sectores populares. Este relato se basa en un diagnóstico de la sociedad profundamente dividida entre “pueblo” y “élite”, donde los primeros son moralmente superiores, víctimas de un sistema injusto, y los segundos encarnan la explotación económica y cultural. A partir de este esquema se genera un discurso que combina lucha de clases y conciencia social como instrumentos no solo de movilización, sino de dominio político constante.
1. La lucha de clases como narrativa hegemónica
Históricamente, la izquierda marxista señaló que las clases sociales enfrentadas son el motor de la historia. Hoy, muchos líderes de izquierda han adoptado esa idea, no tanto como una herramienta analítica para transformar estructuras productivas, sino como un discurso identitario que construye un nosotros frente a un ellos. Esa dicotomía permanente entre pobres y ricos, buenos contra malos, o entre pueblo y élite, cumple tres funciones concretas:
Identificar enemigos: La élite y el “sistema de derecha” se convierten en responsables absolutos de todos los problemas y desigualdades.
Simplificar la realidad: La complejidad social y económica se reduce a un conflicto moral binario, los que tienen oportunidades y los que estan condenados a la pobreza.
Cohesión política: El pueblo —definido por su sufrimiento y supuesta moral superior— se presenta como un bloque homogéneo que debe permanecer unido contra el adversario, debe hacerlo para sobrevivir al maldito capitalismo.
Esa narrativa no necesariamente desnuda explotación estructural real, sino que transforma la lucha socioeconómica en una herramienta de poder político continuo que usa los medios a su alcance para impregnarla en la mente de los votantes pobres.
2. Conciencia social y retórica clientelista
La llamada “conciencia social” en discursos de izquierda suele presentarse como un motor para la justicia, la solidaridad y la igualdad. Sin embargo, en varios contextos se ha usado de forma instrumental: se valora más la identificación con el discurso que la transformación de condiciones concretas. Esto es especialmente visible cuando líderes apelan a lo que algunos críticos han llamado retórica de la dependencia: sostener que los pobres deben identificarse permanentemente con el proyecto político del líder para que el proyecto no sucumba, para que la Patria Grande siga vigente.
Un ejemplo resonante de cómo este tipo de discurso circula —y a veces se distorsiona— es una frase de Gustavo Petro que fue difundida en redes: “cuando los pobres dejan de ser pobres y tienen, entonces se vuelven de derechas”. Es decirle a la gente toma conciencia frente al consumismo que es malo para tí, pero no para los dirigentes.
Para algunos sectores de la izquierda, la clase media emergente y sus valores asociados (consumo, movilidad económica individual y estudios) pueden percibirse como un obstáculo para impulsar proyectos de transformación colectivista. Allí se juega la idea de “conciencia social” como instrumento político, cuando más bien debería ser un proceso de emancipación individual y colectiva.
3. Líderes latinoamericanos y el discurso de las clases
En la práctica, dirigentes como Hugo Chávez, Nicolas Maduro, Evo Morales o Rafael Correa han articulado sus discursos desde una lógica populista que enfrenta al “pueblo” contra la “élite”, apelando no solo a justicia social sino a lealtad política permanente.
Hugo Chávez construyó un relato de revolución permanente en torno a la Bolivarianidad, enfatizando que su proyecto representaba a los excluidos y criticando sistemáticamente el mercado como un enemigo de ese pueblo. Su discurso sobre la identidad popular y la lucha contra el “imperio” dotó de sentido político a la oposición entre clases sociales, usando las expropiaciones y las bajadas de precios autoritarias como un emblema de apego al pueblo.
Evo Morales, desde Bolivia, capitalizó la identidad indígena y campesina como motor de su legitimidad, promoviendo una narrativa moral sobre la defensa de los excluidos. El uso persistente de la oposición “pueblo vs sistema” para consolidar poder político fue una característica del gobierno del MAS, los blancos vs los indígenas.
Rafael Correa también empleó la retórica de la lucha contra una oligarquía tradicional, combinada con programas sociales que reforzaron su base electoral vinculada a sectores populares. La idea era usar de manera permanente la palabra pelucones como un calificativo peyorativo a todos los que para ellos no eran pobres.
Ninguno de estos dirigentes ha promovido explícitamente mantener a la gente pobre como estrategia electoral. Sin embargo, sí es claro que el discurso de confrontación de clases y la exaltación de una conciencia social unificada se utilizan como mecanismos potentes para mantener cohesión política y, por ende, apoyo electoral.
4. ¿Estrategia o simplificación peligrosa?
Usar la lucha de clases y la conciencia social como herramientas de dominación política es problemático cuando se convierte en discurso binario y ritualizado, más que en un proceso de emancipación real. No se trata simplemente de abolir desigualdades, sino de propiciar que las personas desarrollen capacidades, autonomía y movilidad social sin estar permanentemente definidas por una identidad de victimización o dependencia política.
Cuando el discurso se instrumentaliza como un dispositivo para generar fidelidad electoral —más allá de los cambios estructurales— se corre el riesgo de convertir la política en un ciclo de promesas sin rendición de cuentas, donde la conciencia social se transforma en lealtad acrítica ante robos y la corrupción tal como se demuestra en los países de corriente socialista o progresista.
La izquierda contemporánea en América Latina ha construido discursos poderosos alrededor de la lucha de clases y la conciencia social. Estos discursos han sido efectivos para movilizar a sectores que históricamente han sufrido exclusión. Sin embargo, cuando la narrativa se instrumentaliza para perpetuar dominación política sin transformación estructural concreta, se convierte en un mecanismo de poder y de perpetuación política apelando a la democracia del voto o de las mayorías empobrecidas.
No compres el relato, analízalo.
Si crees que la pobreza no debe ser una identidad política y que la conciencia social no puede usarse como cadena ideológica, comparte este artículo, comenta y abre el debate. Pensar críticamente también es un acto de rebeldía.





