Dr. Armando José Urdaneta Montiel
En América Latina, buena parte del debate económico continúa atrapado en una cómoda simplificación: de un lado estarían quienes defienden al Estado, la industria y el empleo; del otro, quienes pretenden abrir indiscriminadamente la economía y entregar la producción nacional a extranjeros particularmente malvados. Es una narrativa formidable porque permite identificar rápidamente héroes y villanos. El pequeño inconveniente es que la economía suele ser bastante más complicada.
El desarrollismo proteccionista puede resumirse mediante una secuencia aparentemente impecable: Estado, protección, industria nacional, empleo y desarrollo. Su contraparte más elemental tampoco se queda atrás: Estado, burocracia, corrupción, obstáculos y pobreza. Ambas cadenas contienen elementos ciertos, pero convertidas en dogmas resultan igualmente insuficientes.
Un Estado puede garantizar propiedad, contratos, seguridad, justicia e infraestructura y, simultáneamente, transformarse en una formidable maquinaria de cobro de impuestos, regulaciones, privilegios y captura de rentas. Del mismo modo, una industria nacional puede generar empleo, innovación y encadenamientos productivos, pero también puede convertirse en un empresario privilegiado cuya supervivencia depende de impedir que sus propios compatriotas compren mejores productos a menores precios.
Allí comienza la parte incómoda del proteccionismo.
Cuando una empresa nacional necesita aranceles, restricciones, subsidios, preferencias en las compras públicas o barreras contra competidores extranjeros para sobrevivir, conviene preguntarse qué estamos protegiendo exactamente. Porque alguien paga esa protección. Y ese alguien suele ser el consumidor, obligado patrióticamente a comprar más caro, o el contribuyente, encargado de financiar el privilegio.
Pero el consumidor tiene un grave inconveniente político: no sale bien en la fotografía.
El empresario protegido tiene nombre. La fábrica tiene chimenea. Los trabajadores tienen rostro. Si una empresa cierra, hay cámaras, entrevistas y titulares. El sobreprecio que pagan silenciosamente millones de consumidores, en cambio, prácticamente no existe para el discurso político. Es la vieja diferencia entre lo que se ve y lo que no se ve.
De allí surge otra maravilla semántica: cuando el Estado concede ventajas a una empresa nacional hablamos de “política industrial”, “soberanía productiva” o “estrategia de desarrollo”. Cuando el consumidor utiliza su propio dinero para comprar un producto extranjero más barato, súbitamente estamos ante la “destrucción de la industria nacional”.
Extraña concepción de la soberanía: el productor debe ser soberano para vender, pero el consumidor aparentemente no debe serlo para elegir.
Esto tampoco significa que toda regulación sea absurda, que cualquier apertura comercial sea óptima o que el Estado deba desaparecer. Presentar el liberalismo de esa manera es construir un conveniente hombre de paja. Defender un Estado limitado no significa eliminar justicia, seguridad, educación o infraestructura. Significa exigir que cada intervención pública justifique sus beneficios frente a sus costos y, sobre todo, preguntarse quién gana y quién paga.
También resulta demasiado fácil atribuir cualquier deterioro del salario o del empleo a la apertura o a la desregulación simplemente porque ocurrió después de ellas. Una economía que arrastra décadas de inflación, déficit, impuestos distorsivos, baja productividad, controles y protección no permite establecer causalidades con semejante ligereza. Que dos acontecimientos ocurran consecutivamente continúa sin convertir al primero en causa del segundo, por más conveniente que resulte políticamente.
Y aparece, naturalmente, la satanización del comercio con las grandes potencias. Afirmar que “China, la Unión Europea o Estados Unidos destruyen la industria nacional” simplifica cómodamente un debate mucho más complejo. Es cierto que estas grandes economías y bloques comerciales subsidian sectores estratégicos, intervienen determinados mercados y aplican políticas que pueden generar legítimas controversias comerciales. Pero América Latina también se beneficia del intercambio: importa maquinaria, tecnología, bienes de capital, insumos intermedios y productos de consumo que pueden elevar el poder adquisitivo de las familias y reducir los costos de producción de las empresas nacionales.
Las importaciones no atraviesan misteriosamente las fronteras con la misión de destruir empleos; también permiten producir a menores costos, incorporar tecnología, elevar la productividad, invertir y consumir. El problema, por tanto, no es comerciar con las grandes potencias, sino hacerlo desde economías capaces de competir, en lugar de pretender compensar indefinidamente sus debilidades internas levantando barreras frente al resto del mundo.
La discusión seria, por tanto, no es Estado o mercado, industria o apertura, regulación o selva. Es determinar qué instituciones permiten competir, qué regulaciones corrigen problemas reales y cuáles simplemente protegen intereses establecidos.
Porque proteger indefinidamente una empresa de la competencia no necesariamente fortalece la industria. A veces simplemente institucionaliza su ineficiencia.
La verdadera política de desarrollo debería lograr que las empresas nacionales puedan competir sin necesitar consumidores cautivos. Para ello hacen falta estabilidad macroeconómica, impuestos razonables, infraestructura, seguridad jurídica, capital humano, crédito, competencia y reglas previsibles.
El objetivo no debería ser construir una economía donde las empresas América Latinas sobrevivan porque el Estado obliga a comprarles, sino una donde sobrevivan porque vale la pena comprarles.
Quizás allí radique la diferencia fundamental entre competitividad y proteccionismo: la primera obliga al productor a conquistar al consumidor; el segundo obliga al consumidor a sostener al productor.
Y cuando esa obligación se presenta como defensa del “interés nacional”, siempre conviene hacer la pregunta que el discurso proteccionista preferiría evitar:
¿interés nacional de quién?
¿Debe el consumidor pagar precios más altos para proteger indefinidamente a una industria nacional que no logra competir? Comenta y dale a seguir.




