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miércoles, 7 de enero de 2026

Macrorreformas pro mercado y bloqueo microinstitucional: por qué la economía “mejora” pero tu vida no

Por: Dr Armando Urdaneta 

En América Latina se repite una escena conocida: llega un nuevo gobierno de derecha o liberal, anuncia reformas “pro mercado”, ordena las cuentas públicas, baja el déficit, abre el comercio… y los números macroeconómicos empiezan a verse mejor. Sin embargo, para mucha gente común —jóvenes, emprendedores, trabajadores— la vida diaria no mejora al mismo ritmo. El empleo sigue siendo precario, emprender es difícil y la informalidad continúa siendo la norma. Entonces aparece la pregunta inevitable: ¿nos están engañando o el mercado no funciona?

Desde una mirada liberal, la respuesta es más incómoda de lo que suelen decir los discursos políticos. El problema no está tanto en las reformas económicas generales, sino en algo más profundo y menos visible: las instituciones que regulan la vida cotidiana.

Cuando la macro va bien, pero la micro se traba

Las reformas pro mercado suelen ordenar la “macro”: inflación más baja, finanzas públicas más sanas, mayor apertura al comercio y más inversión potencial. Eso es importante, porque sin estabilidad general ninguna economía crece de verdad. El problema es que la macroeconomía no vive sola. Para que esos avances se sientan en la calle, hacen falta reglas claras, justicia que funcione y un Estado que no cambie las normas cada seis meses.

Cuando eso no existe, pasa lo que vemos en muchos países de la región:

  • Abrir un negocio es caro y lento.

  • Las leyes cambian constantemente.

  • Los contratos no se respetan.

  • La corrupción y la inseguridad agregan riesgos extra.

En ese contexto, el empresario racional —el que piensa con los pies en la tierra— no invierte a largo plazo, no contrata más gente y muchas veces prefiere mantenerse informal o irse a otro país.

El verdadero cuello de botella: las instituciones

Aquí aparece una idea clave que casi nunca se discute en serio: no basta con “menos Estado” o “más mercado” si el Estado que queda funciona mal. El mercado necesita reglas básicas para operar: propiedad privada protegida, contratos que se cumplan y normas estables. Sin eso, no hay competencia sana ni oportunidades reales.

Cuando la justicia es lenta, las regulaciones cambian según el humor político y los burócratas tienen demasiado poder discrecional, el resultado no es más igualdad, sino menos oportunidades para todos, especialmente para los jóvenes y los pequeños emprendedores.

Reformas eternas y desconfianza

Otro problema típico de América Latina es la llamada “reforma permanente”. Cada gobierno cambia leyes, impuestos y reglas del juego para “corregir” lo que hizo el anterior. El mensaje implícito es claro: nada es estable. Y si nada es estable, nadie planifica a largo plazo.

Invertir, contratar, capacitar trabajadores o innovar requiere tiempo y previsibilidad. Sin eso, la economía se vuelve defensiva: negocios pequeños, poco crecimiento y mucha informalidad. Así se explica por qué la macro puede mejorar mientras la microeconomía sigue estancada.

¿Por qué entonces muchos culpan al mercado?

Porque es más fácil. Cuando la gente no ve mejoras concretas, algunos líderes dicen que “las reformas solo beneficiaron a las élites”. Esa narrativa ignora que sin instituciones sólidas no hay forma de que la riqueza se expanda y se distribuya. El problema no es que el mercado funcione “demasiado”, sino que funciona a medias, atrapado en un entorno legal débil.

Paradójicamente, esta frustración suele terminar en pedidos de más intervencionismo estatal, lo que empeora aún más el problema original: más discrecionalidad, más incertidumbre y menos inversión.

La lección clave

Desde una sociología liberal, la conclusión es clara y directa:

  • La macroeconomía depende en gran parte del gobierno central.

  • La microeconomía depende de todas las instituciones juntas: leyes, jueces, reguladores y gobiernos locales.

Si estas fallan, ningún ajuste macro va a traducirse en mejores empleos, salarios o emprendimientos sostenibles.

En pocas palabras

No es cierto que las reformas pro mercado estén condenadas al fracaso. Tampoco es verdad que el mercado sea el enemigo. El verdadero bloqueo está en las instituciones que no permiten que las oportunidades se multipliquen.
Si América Latina quiere dejar atrás el ciclo de frustración y retrocesos, el debate no debería ser “Estado versus mercado”, sino cómo construir reglas claras, estables y justas para que la libertad económica funcione de verdad.

Porque sin eso, la macro puede brillar… pero la vida real seguirá apagada.


Si te interesa entender la economía sin consignas ni mitos, con ideas claras sobre libertad, reglas justas y oportunidades reales, sigue el blog Ideas Anti-Zurdos. Aquí analizamos la realidad como es, no como algunos quieren venderla.

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jueves, 9 de octubre de 2025

Cuando el Estado pone precio al salario, pone precio al desempleo

 


En economía, el salario no es un mandato moral ni una dádiva; es un precio más dentro del sistema de mercado que la mayoría de la gente de la política se niega a entender.
Esa es la lección central que Henry Hazlitt recordaba con insistencia y que la intervención estatal tiende a olvidar con consecuencias nefastas entre jóvenes sin empleo.
En esta entrada de Ideas Antizurdos, analizamos cómo los salarios fijados “a dedo” por los gobiernos generan desajustes en el empleo y cómo, en América Latina, el sistema de salario mínimo mensual agrava las distorsiones.

1. El salario como precio: principio fundamental

Hazlitt, en su obra La economía en una lección, afirma que “un salario es en realidad un precio”.
Y como cualquier precio, depende de la oferta y la demanda.

Cuando el gobierno impone un salario por encima del equilibrio natural, se produce un exceso de oferta de trabajo (más personas queriendo trabajar) y una reducción en la demanda de empleo (menos empresas contratando).
El resultado inevitable: desempleo.

Hazlitt advertía que cuando los salarios se fijan artificialmente altos, los empleadores no pueden sostener el costo y recurren a tres opciones:
1️⃣ Despiden personal.
2️⃣ Reducen horas de trabajo.
3️⃣ Sustituyen trabajadores por máquinas.

El empleo no se crea por decreto, sino por productividad y libre intercambio.

2. La particularidad latinoamericana: el salario mínimo mensual

A diferencia de países desarrollados, en América Latina el salario no se mide por hora, sino que se impone como un salario mensual uniforme.
Esta forma de regulación tiene poca o nula base técnica y responde principalmente a decisiones políticas o sindicales.

Problemas principales:

  • No refleja productividad por hora.
    Se iguala el pago de trabajos de distinta eficiencia.

  • Ignora diferencias regionales.
    El costo de vida en Quito o Buenos Aires no es el mismo que en zonas rurales.

  • Desalienta la contratación formal.
    El salario fijo impide ajustes y fuerza a pequeñas empresas hacia la informalidad.

  • Afecta a jóvenes y trabajadores con baja productividad.
    Las empresas los excluyen porque no pueden pagar lo que produce su trabajo.

El resultado es paradójico: la ley que dice “proteger al trabajador” termina dejándolo sin empleo o en la informalidad.

3. Por qué el salario mensual agrava la distorsión

En los sistemas donde el salario se paga por hora, el empresario puede ajustar horas de trabajo ante una caída en la productividad.
Pero el salario mensual impuesto no ofrece flexibilidad alguna: el costo se mantiene fijo, aunque caiga la producción.

Esto genera:

  • Menor contratación formal.

  • Aumento del subempleo.

  • Expansión de la economía informal.

  • Pérdida de competitividad.

El caso ecuatoriano es emblemático: el salario básico ha crecido sin que la productividad lo acompañe.
El resultado es un salario real artificialmente alto y un mercado laboral que expulsa a los menos calificados.

4. La falta de justificación técnica

En la mayoría de países latinoamericanos, los ajustes del salario mínimo se basan en inflación pasada o criterios políticos, no en productividad ni en análisis sectoriales.

Como señala Mises en La acción humana, toda intervención en el sistema de precios genera descoordinación económica.
El salario político rompe la relación entre producción y remuneración, lo que destruye el proceso natural de ajuste del mercado.

Hazlitt también advierte:

“Los salarios no pueden subir para todos al mismo tiempo a menos que aumente la productividad total. Todo intento de elevarlos por decreto genera paro o inflación.”

5. Igualdad aparente, desigualdad real

El salario mínimo busca igualar, pero termina excluyendo:

  • Los más productivos mantienen sus puestos.

  • Los menos productivos quedan desempleados o se vuelven informales.

  • Las pequeñas empresas desaparecen o se vuelven ilegales.

Así, una medida “social” genera el efecto contrario: menos empleo y más pobreza estructural.
El Estado sustituye el salario bajo por el desempleo alto.
Hazlitt lo resume con precisión:

“Cuando el Estado fija salarios por encima del mercado, sustituye los salarios bajos por el paro.”

6. Conclusión: libertad de precios, libertad de empleo

La experiencia latinoamericana confirma las lecciones de Hazlitt y Mises:
Los salarios fijados políticamente (y en especial los mínimos mensuales sin base técnica) destruyen empleo, reducen la productividad y fomentan la informalidad.

El mercado libre, por el contrario, coordina decisiones individuales mediante precios, incentiva la eficiencia y genera oportunidades reales de progreso.
El verdadero camino hacia salarios más altos no es la imposición estatal, sino más inversión, mejor educación y respeto a la libertad económica.

Como escribió Hazlitt:

“El arte de la economía consiste en mirar no solo los efectos inmediatos, sino los efectos a largo plazo de cualquier política, y no solo a un grupo, sino a todos.”

Fuentes consultadas:

  • Hazlitt, H. (1946). La economía en una lección. Instituto Cato.

  • Mises, L. von. (1949). La acción humana. Unión Editorial.

  • El Cato Institute. (2024). La lección atemporal de Henry Hazlitt: refutando aún hoy las tonterías económicas actuales.

  • Liberalismo.org. Leyes de salario mínimo.

  • Nueva Revista (2023). Henry Hazlitt: la economía en una lección.


👉 Si crees que los gobiernos no deben fijar precios, compártelo.
💬 ¿Qué opinas del salario mínimo en tu país? Cuéntalo en los comentarios.

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lunes, 2 de junio de 2025

El individualismo verdadero y el orden espontáneo: Hayek contra la ilusión colectivista


En la era de las redes sociales, donde muchos jóvenes se ven tentados por las ideas colectivistas que prometen igualdad mediante la imposición estatal, es urgente volver a las raíces del pensamiento liberal que defiende la libertad individual como pilar del progreso. Friedrich August von Hayek, premio Nobel de Economía y una de las figuras más influyentes del siglo XX, desarrolló conceptos fundamentales que hoy más que nunca debemos rescatar: el individualismo verdadero y el orden espontáneo.

¿Qué es el individualismo verdadero según Hayek?

Contrario a lo que repiten algunos críticos superficiales, el individualismo de Hayek no promueve el egoísmo ni el aislamiento. Se trata de reconocer que cada ser humano es portador de un conocimiento único, de fines propios y de la capacidad para tomar decisiones sobre su vida. El individualismo falso, al que Hayek también critica, es el que reduce al ser humano a un ente racional abstracto, como lo hacía Rousseau o algunos autores socialistas utópicos, pensando que pueden moldearlo desde arriba mediante planificación.

En cambio, el individualismo verdadero entiende que nadie, ni siquiera el más sabio de los planificadores, posee toda la información necesaria para dirigir la vida de los demás. La libertad, entonces, no es un lujo burgués, sino una necesidad funcional para que las personas puedan descubrir lo que es mejor para ellas mismas.

El orden espontáneo: cuando la libertad crea armonía

Una de las contribuciones más brillantes de Hayek es su explicación del orden espontáneo. Este concepto sostiene que muchas instituciones que sostienen nuestras sociedades –el lenguaje, el dinero, el mercado, el derecho consuetudinario– no fueron diseñadas por nadie, sino que surgieron como resultado de miles de interacciones entre individuos libres. Es un orden que no es producto del diseño, sino de la acción humana no intencionada.

Un ejemplo muy práctico: imagina el tráfico en una gran ciudad sin semáforos, pero con millones de personas conduciendo según ciertas reglas no escritas: ceder el paso, evitar choques, respetar el flujo. Aunque parezca caótico, estudios han demostrado que en muchos contextos, cuando se quitan los semáforos y se permite que las personas se autorregulen, el tránsito fluye incluso mejor. No hay un “director de orquesta”, pero el resultado es armonioso.

Del mismo modo, en el mercado, cada persona persigue su propio beneficio, pero al hacerlo –cuando existe respeto a la propiedad privada y al marco legal básico– termina beneficiando a otros. Como lo decía Adam Smith en La riqueza de las naciones, es como si una “mano invisible” guiara todo el sistema hacia el bienestar general.

La epistemología del individualismo y el orden espontáneo

Desde una perspectiva epistemológica, Hayek sostiene que el conocimiento está disperso entre los individuos y que ninguna autoridad central puede poseer toda la información necesaria para tomar decisiones eficientes para toda la sociedad. Esta visión se fundamenta en el concepto de individualismo metodológico, que postula que todos los fenómenos sociales deben explicarse a partir de las acciones y decisiones de los individuos.

El profesor Alí Javier Suárez Brito, en su obra Friedrich Hayek: Individualismo y Orden Espontáneo, profundiza en esta idea al señalar que el individualismo hayekiano no es solo un método, sino una teoría social que explica cómo los individuos, en la búsqueda consciente de sus propios fines, cooperan de forma extensa y no consciente en un orden no creado deliberadamente, produciendo resultados que nadie está en capacidad de prever .

El error de los colectivistas

La izquierda colectivista, en su afán de igualdad, cree que puede “ordenar” la economía y la sociedad desde el Estado. Pero ese deseo de control lo que genera es rigidez, escasez y pérdida de libertad. La historia lo ha demostrado con creces: la Unión Soviética planificaba cuántos zapatos producir cada año… y millones de personas terminaban descalzas o con tallas que no necesitaban. En cambio, en un sistema de libre mercado, los consumidores deciden con sus elecciones diarias qué se produce y en qué cantidad.

Autores como Karl Popper y Milton Friedman también han defendido esta idea de libertad como fundamento del progreso. Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, advierte sobre el peligro de imponer visiones utópicas colectivas que terminan en tiranías. Friedman, por su parte, en Capitalismo y libertad, insiste en que solo el mercado libre puede garantizar una convivencia verdaderamente voluntaria y pacífica.

¿Por qué los jóvenes deben entender esto?

Porque el futuro está en sus manos. Si creen en las promesas vacías del colectivismo, terminarán viviendo en sociedades donde pensar diferente se castiga y donde el mérito es sustituido por la obediencia al partido o al Estado. Si, en cambio, comprenden el poder del orden espontáneo y del individualismo responsable, podrán construir comunidades más libres, creativas y prósperas.

Como dijo Hayek: “El motor de todo desarrollo humano es la libertad individual”. No renuncies a ella por el espejismo de una igualdad impuesta.

Libro sobre individualismo y orden espontáneo en Amazon - Alí Javier Suárez Brito 



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