Hay una curiosa paradoja en buena parte del pensamiento marxista latinoamericano. Durante décadas ha denunciado la pobreza produciendo bibliotecas enteras sobre ella, mientras que muchos empresarios (sin manifiestos revolucionarios, asambleas populares ni ministerios de planificación) simplemente se dedicaron a crear negocios capaces de generar ingresos para millones de personas.
El caso de Mercado Libre en Argentina resulta particularmente incómodo para ese relato.
La empresa fundada por Marcos Galperin no reparte riqueza previamente existente: construyó una infraestructura digital que permite crearla. Conecta compradores y vendedores, proporciona medios de pago, logística, crédito, publicidad y tecnología. Es decir, reduce algo que los economistas conocemos bastante bien: los costos de transacción.
Y aquí comienzan los problemas ideológicos.
Según información publicada por la propia compañía, más de 1,8 millones de familias latinoamericanas tienen a Mercado Libre como su principal fuente de ingresos, mientras su ecosistema facilita el comercio de más de 574.000 pequeñas y medianas empresas.
Curiosa manera de “explotar” a la sociedad: permitir que una pequeña empresa encuentre clientes que jamás habría alcanzado desde su local físico.
El capitalismo digital hace algo imperdonable: bajar las barreras de entrada
Antes de Internet, un pequeño comerciante necesitaba local, inventario, publicidad, sistemas de cobro y acceso físico a sus clientes.
Hoy puede comenzar con un teléfono.
Mercado Libre convirtió una gigantesca infraestructura tecnológica en una especie de capital disponible para miles de pequeños empresarios. El emprendedor no necesita construir su propia plataforma de pagos, desarrollar un sistema antifraude o instalar centros logísticos por América Latina.
La plataforma ya realizó esas inversiones.
Naturalmente, cobra por utilizarlas. Y aquí algún nostálgico de Marx podría descubrir horrorizado que estamos ante… un intercambio voluntario de servicios.
El comerciante paga porque espera obtener algo a cambio: acceso a clientes, infraestructura, seguridad, logística y reducción de costos.
Eso no significa que las plataformas sean perfectas. Las comisiones pueden ser discutidas, existe poder de mercado y deben existir reglas de competencia. Pero confundir regulación con destrucción del incentivo empresarial es una receta bastante latinoamericana para terminar regulando magníficamente mercados que dejaron de crecer.
Nubank: otro problema para el manual socialista
Brasil ofrece otro ejemplo extraordinario.
Nubank nació desafiando un sistema bancario tradicional caracterizado por elevados costos y fuertes barreras de entrada.
En 2024 alcanzó los 100 millones de clientes solamente en Brasil, equivalentes aproximadamente al 57 % de la población adulta del país.
Más interesante todavía: entre 2019 y 2023, alrededor de 20,7 millones de brasileños obtuvieron su primera tarjeta de crédito mediante Nubank, y el 43 % de ellos posteriormente también consiguió ahorrar dinero.
Aquí aparece nuevamente el problema conceptual.
Mientras cierta izquierda latinoamericana continúa pensando la inclusión financiera principalmente como una tarea estatal, una empresa privada descubre que atender a millones de ciudadanos ignorados por la banca tradicional también puede ser un magnífico negocio.
Capitalismo 1 – dogmatismo 0.
Rappi y la economía de las oportunidades
Colombia produjo otro caso interesante con Rappi.
Su plataforma permite conectar restaurantes, comercios, consumidores y repartidores. En Ecuador, por ejemplo, Rappi ofrece a restaurantes acceso a millones de usuarios, herramientas digitales de administración, publicidad y una red logística sin que cada establecimiento tenga que desarrollar su propio sistema de distribución.
¿Existen debates legítimos sobre las condiciones laborales de las plataformas? Por supuesto.
Una economía liberal seria no necesita negar problemas para defender mercados. Competencia, transparencia contractual y seguridad jurídica son perfectamente compatibles con la libertad económica.
Lo absurdo comienza cuando la respuesta política consiste en destruir precisamente las plataformas que multiplican las oportunidades económicas.
Lo que Marx no pudo descargar desde la App Store
El gran error de cierta izquierda latinoamericana consiste en seguir interpretando la economía como un juego de suma cero.
Si alguien se vuelve rico, alguien necesariamente tuvo que empobrecerse.
Pero la economía moderna funciona fundamentalmente mediante creación de valor.
Mercado Libre vale miles de millones porque millones de consumidores, vendedores y empresas encuentran útil su ecosistema. Nubank creció porque resolvió problemas que la banca tradicional no estaba solucionando adecuadamente. Rappi encontró valor conectando oferta y demanda mediante tecnología.
La verdadera política contra la pobreza debería preguntarse entonces cómo conseguir más emprendedores, más inversión, más innovación, mayor competencia y más empresas escalables.
Porque una sociedad no sale de la pobreza repartiendo indefinidamente lo que ya existe.
Sale de ella aumentando productividad, acumulando capital, innovando y permitiendo que millones de personas participen en mercados cada vez más grandes.
La ironía latinoamericana es extraordinaria, mientras algunos políticos todavía buscan en Marx la explicación de cómo distribuir riqueza, miles de emprendedores están frente a una computadora intentando descubrir cómo crearla.
Quizá algún día los primeros entiendan a los segundos.
Mientras tanto, sería prudente que al menos no los estorben.
¿La pobreza se combate persiguiendo al empresario que prospera o creando las condiciones para que aparezcan miles como él? Comparte este artículo y abre el debate. En Ideas Antizurdos preferimos discutir cómo crear riqueza antes que seguir perfeccionando las teorías para repartir pobreza.





