Dr. Armando José Urdaneta Montiel.
El liberalismo político y económico, representado por Robert Nozick y otros pensadores de la tradición occidental, sostiene una postura fundamentalmente crítica frente a la redistribución del ingreso promovida por el Estado. Nozick argumenta que las políticas redistributivas, bajo la premisa de buscar la justicia social, ignoran el proceso legítimo de adquisición y transferencia de la propiedad, lo que implica una vulneración del principio de inviolabilidad de los derechos individuales. En el contexto latinoamericano, la aplicación de programas de transferencia de recursos y subsidios estatales ha demostrado ser no solo ineficaz desde el punto de vista económico, sino profundamente corrosiva en términos institucionales y morales.
Desde una perspectiva liberal, la redistribución compulsiva por parte del Estado degenera en paternalismo y crea incentivos perversos, donde funcionarios y grupos de interés aprovechan la discrecionalidad para sacar provecho personal y consolidar posiciones de poder. Esto distorsiona el funcionamiento de los mercados, debilita la ética pública, y fomenta la dependencia respecto al aparato burocrático, en lugar de incentivar el mérito y la responsabilidad individual. Este fenómeno, ampliamente documentado en el historial de regímenes políticos latinoamericanos, ha resultado en la consolidación de sistemas anocráticos que mezclan prácticas democráticas con elementos autoritarios, promoviendo en la práctica el abuso de poder y la corrupción sistémica.
La tradición liberal enfatiza la importancia de la libertad individual y la propiedad privada como pilares de una sociedad próspera y justa. Los controles excesivos, la regulación invasiva y la expropiación velada mediante impuestos y redistribuciones perpetúan la ineficiencia, ahogan la iniciativa privada, desalientan la inversión y condenan a las sociedades a un crecimiento mediocre. Según Nozick, el Estado simplemente debe garantizar la protección de los derechos fundamentales, limitarse a funciones de justicia y seguridad, y abstenerse de intervenir en el libre intercambio y emprendimiento de los ciudadanos.
Esta visión choca frontalmente contra los discursos justificadores de la redistribución, que postulan una “igualdad material” a expensas de la libertad, la competencia y la autonomía del individuo. En la práctica, la igualdad impuesta tiende a homogeneizar la pobreza y suprimir las oportunidades genuinas de que las personas prosperen por sus propios medios. De ahí que el fracaso de las políticas redistributivas en América Latina constituye no sólo un problema de gestión pública, sino una amenaza directa a los valores sobre los cuales debe fundarse una sociedad libre y creativa.
El liberalismo concluye que la equidad real y sostenible sólo puede emerger de una economía donde las reglas sean claras, los derechos estén protegidos y las posibilidades de desarrollo sean fruto del mérito, la innovación y el esfuerzo, más que de los designios de burócratas y legisladores. La justicia social, lejos de alcanzarse mediante la coerción estatal, debe ser el resultado natural de una sociedad abierta, donde individuos autónomos puedan ejercer sus derechos y contribuir voluntariamente al bienestar común.
Descubre cómo las ideas liberales pueden fortalecer la libertad, la ética y la prosperidad en América Latina.





