Dr. Armando José Urdaneta Montiel
En tiempos donde el discurso colectivista cobra fuerza y la uniformidad social es celebrada como virtud, resulta urgente recuperar el legado de pensadores como José Ingenieros. En su obra “El hombre mediocre”, Ingenieros no solo clasifica a los individuos según su actitud ética, creativa y vital, sino que nos advierte sobre los peligros del conformismo y la absorción del individuo por la masa. En este artículo, argumento que una sociedad dominada por el colectivismo donde el ideal común es la homogeneidad y la obediencia reprime al individuo creativo, ético y transformador, perpetuando el estancamiento del hombre mediocre.
El hombre inferior y el hombre mediocre: el caldo de cultivo del colectivismo
El colectivismo, entendido como la primacía del grupo sobre los individuos, encuentra su base en la figura del hombre mediocre. Este sujeto, según Ingenieros, carece de iniciativa y acepta los valores impuestos sin reflexión. Al no aspirar a ideales propios ni cuestionar el orden, el hombre mediocre se vuelve funcional al sistema social que le absorbe, validando la masa por encima de la excelencia. El colectivismo refuerza esto promoviendo la seguridad, la igualdad sin mérito y la repetición de dogmas, eliminando la posibilidad de originalidad y superación personal.
En palabras de Ingenieros: “El hombre mediocre es incapaz de imaginar ideales propios, y los toma ya hechos, como se toma una prenda de ropa”. Así, el colectivismo institucionaliza la mediocridad y penaliza cualquier atisbo de disidencia o genialidad.
El hombre superior: antídoto y esperanza individualista.
Frente a esto, Ingenieros propone la figura del hombre superior: el que piensa, innova y no teme a la soledad de los que se apartan del rebaño. El hombre superior no busca reconocimiento grupal, ni se pliega ante los valores de la mayoría si estos contradicen sus ideales. El verdadero progreso humano, sostiene Ingenieros, es hijo de las minorías lúcidas y rebeldes, no del consenso pasivo del colectivo. Si la sociedad colectivista asfixia la diferencia y celebra la conformidad, el ideal humanista defiende la autonomía, la creatividad y la autorresponsabilidad como motores de la historia. El riesgo, en contextos de control grupal, es el “apagarse” de los talentos y el triunfo de la rutina y el miedo.
Contra el colectivismo que sataniza la prosperidad individual.
La visión colectivista que hoy persiste en muchos discursos sociales y políticos suele presentarse como portadora de “justicia”, “igualdad” y “dignidad”. Sin embargo, bajo esa fachada, suele esconderse una profunda desconfianza hacia la creatividad individual y el logro personal. Se enaltece la pobreza como si fuera, por sí sola, prueba de nobleza y virtud, mientras la prosperidad y el éxito individuales son vistos como sospechosos, egoístas o inmorales.
En este contexto, el colectivismo engaña al individuo, haciéndole creer que debe renunciar a su bienestar propio en nombre de una supuesta moral superior que equipara dignidad con privación. Se le exige a cada uno sacrificarse no por ideales legítimos, sino por una falsa épica del sufrimiento colectivo, relegando la búsqueda del progreso, la riqueza y la excelencia a un rincón de la culpabilidad social.
José Ingenieros, en “El hombre mediocre”, desenmascara este ardid: el hombre superior no teme apartarse de la mediocridad colectiva, no acepta que su vida y aspiraciones deban ser censuradas por una moral impuesta que glorifica la resignación y demoniza la aspiración. La dignidad verdadera no está en limitarse ni en fracasar por el bien del grupo, sino en el esfuerzo de superarse y contribuir, desde el talento y el trabajo, al bienestar común. El ideal es una sociedad donde el éxito individual se celebra y se comparte, no una donde la pobreza es virtud y la diferencia pecado.
Finalmente, la condena colectivista de la prosperidad individual no solo es falaz: es una trampa que sostiene la mediocridad e impide el florecimiento humano. Frente a esta corriente, sólo el coraje creador y la autoafirmación permiten avanzar hacia sociedades más libres y auténticamente justas.






