Hay algo inquietante en el comportamiento humano. Podemos indignarnos por un robo cometido en nuestra casa y, sin embargo, acostumbrarnos a escuchar que desde el poder desaparecieron millones. Podemos enfurecernos cuando alguien vulnera nuestros derechos, pero permanecer relativamente tranquilos mientras un gobierno censura periodistas, restringe libertades, persigue adversarios o utiliza las instituciones para proteger a los suyos como en el caso de países como Nicaragua y Venezuela, ya ni hablar de Cuba.
No necesariamente somos indiferentes. Nos acostumbramos. Y acostumbrarse al abuso es una de las formas más peligrosas de indiferencia.
La corrupción mundial ofrece un buen ejemplo. El Índice de Percepción de la Corrupción 2025 de Transparency International muestra que más de dos tercios de los países evaluados obtienen menos de 50 puntos sobre 100 y que el promedio mundial cayó a 42. Solo 31 países han mejorado significativamente desde 2012; el resto se ha estancado o empeorado.
Entonces surge una pregunta incómoda. Si sabemos que nos roban, ¿por qué tantas veces seguimos comportándonos como si nada ocurriera?
El abuso también se normaliza
Una explicación está en las normas sociales. Cuando una conducta se vuelve frecuente, nuestra percepción de lo aceptable empieza a deformarse. Lo extraordinario termina convertido en cotidiano, y se comienza a repetir, todos roban y nada les pasa.
Los experimentos sobre corrupción son reveladores. Una investigación publicada en Journal of Economic Behavior & Organization encontró que observar comportamientos corruptos puede producir un efecto de contagio y conformidad. Otro experimento publicado en 2024 comprobó que informar a los participantes de que otros estaban actuando corruptamente aumentaba tanto la probabilidad de participar en corrupción como la magnitud del soborno.
Traducido al lenguaje de la calle significa algo terrible: cuando todos roban, el robo comienza a parecernos menos excepcional.
Primero nos escandalizan cien mil dólares. Después aparece un caso de diez millones. Luego otro de cien millones. Finalmente escuchamos las cifras mientras desayunamos y seguimos tomando café.
El cerebro acaba incorporando el escándalo al paisaje.
“¿Y qué puedo hacer yo?”
Aquí aparece otro mecanismo. Cuando millones observan el mismo problema, cada individuo puede sentir que su responsabilidad particular es insignificante.
La corrupción se convierte entonces en un problema colectivo. Todos quieren instituciones honestas, pero enfrentarse al poder tiene costos individuales. Denunciar puede significar perder un empleo, sufrir persecución, enfrentarse a procesos judiciales o convertirse en blanco de ataques.
Callarse, en cambio, puede parecer barato.
Y aparece una racionalidad perversa: que proteste otro.
También existe un fuerte sesgo hacia el statu quo. La investigación económica sobre aversión a las pérdidas muestra que las personas pueden preferir mantener una situación conocida antes que asumir los riesgos de cambiarla. En política, este comportamiento puede fortalecer precisamente al orden existente.
Por eso algunas sociedades soportan gobiernos pésimos durante mucho más tiempo del que parecería razonable.
Todos están molestos, pero nadie habla
El economista Timur Kuran aporta otra pieza extraordinariamente importante. Su teoría de la falsificación de preferencias explica cómo una persona puede rechazar privadamente un régimen y, al mismo tiempo, ocultarlo públicamente porque piensa que está prácticamente sola.
Lo fascinante es que miles o millones pueden estar haciendo exactamente lo mismo.
Cada uno mira alrededor y observa silencio. Interpreta ese silencio como apoyo al gobierno. Como cree encontrarse en minoría, también calla. Su silencio convence al siguiente de que igualmente debe callar.
Así se construye una ficción colectiva.
Kuran mostró además por qué ciertas revoluciones parecen imposibles hasta poco antes de ocurrir. Un acontecimiento aparentemente menor puede revelar de repente que el descontento estaba muchísimo más extendido de lo que todos imaginaban. Entonces la protesta de unos reduce el miedo de otros y puede producirse una cascada.
Por eso algunos gobiernos parecen eternos el lunes y tambalean el viernes.
Hasta que el problema entra en casa
Hay todavía una explicación más sencilla. Mientras la corrupción sea una cifra, permanece psicológicamente distante.
“Desaparecieron 500 millones” es una abstracción.
Pero cuando falta la medicina de tu madre, asesinan a tu vecino, cierran el negocio de tu hermano, censuran al periodista que seguías, impiden que viajes libremente o la violencia llega a tu calle, la corrupción deja de ser una noticia.
Ahora tiene rostro.
Y ahí cambia el comportamiento.
Por eso resulta peligroso pensar que corrupción, autoritarismo y pérdida de libertades son fenómenos independientes. Freedom House acaba de registrar en Freedom in the World 2026 el vigésimo año consecutivo de retroceso de la libertad mundial. En 2025 empeoraron los derechos políticos y las libertades civiles en 54 países y mejoraron solamente en 35. Apenas el 21 % de la población mundial vive hoy en países clasificados como libres.
No significa que toda corrupción termine inevitablemente en dictadura. Significa algo más prudente y quizá más preocupante, cuando se debilitan los controles al poder, la corrupción encuentra mejores condiciones para sobrevivir y las libertades quedan más expuestas. Transparency International advierte precisamente sobre el deterioro simultáneo de controles democráticos, sociedad civil independiente y mecanismos anticorrupción.
El verdadero triunfo del corrupto
Un político corrupto no ha ganado completamente cuando roba.
Ha ganado cuando el ciudadano responde: “todos roban”.
Un gobierno abusivo no vence solamente cuando censura a un periodista. Vence cuando los demás periodistas comienzan a censurarse solos.
Y un régimen autoritario alcanza su mayor éxito no cuando necesita policías en cada esquina, sino cuando consigue que millones de personas piensen que protestar, denunciar o simplemente decir lo que piensan ya no vale la pena.
Ahí está la verdadera tragedia.
Las sociedades rara vez pierden sus libertades de golpe. Pueden perderlas lentamente, mientras sus ciudadanos se adaptan a cada nuevo límite creyendo que todavía pueden soportar uno más.
Hasta que llega el día en que la crisis toca su bolsillo, su familia o su propia vida.
Entonces todos preguntan cómo fue posible llegar tan lejos.
Quizá la pregunta correcta debería hacerse mucho antes:
¿cuánto estamos dispuestos a normalizar antes de decidir que ya fue suficiente?
¿Dónde está el límite?
Si sabemos que nos roban, restringen nuestras libertades y deterioran nuestras instituciones, ¿por qué esperamos hasta que el daño nos toca personalmente?
Lee el análisis, compártelo y deja tu opinión. El silencio también ayuda a normalizar aquello que después lamentamos.


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