Dr. John Campuzano Vásquez
Existe una peculiar especie de intelectual que lo conocemos desde hace mucho tiempo, es el que denuncia los horrores del capitalismo desde universidades prestigiosas, plataformas audiovisuales internacionales, residencias situadas en economías de mercado o en conciertos en los que se cobran entradas muy caras. Algunos artistas y escritores presentan sus preferencias políticas como verdades morales superiores y convierten cualquier victoria electoral de sus adversarios en una amenaza para la civilización. La paradoja merece examinarse. Quienes critican el sistema capitalista, se benefician ampliamente de sus mercados, contratos, dólares, derechos de autor y libertades económicas.
Lo cuestionable es que ellos luchan porque otros tengan de todo, pero nada hacen cuando les toca poner su propio dinero, para ellos no hay restricciones económicas, los demás mientras que reclamen "derechos". La coherencia entre discurso y conducta debería importar tanto como la celebridad de quien pronuncia el discurso.
España: cuando la alfombra roja entra en campaña
España es una locura en estos 8 años de gobierno socialista, proporciona ejemplos documentados de movilización cultural. Durante las elecciones generales de 2023, figuras como Pedro Almodóvar, Javier Bardem y Joan Manuel Serrat respaldaron un manifiesto que solicitaba votar por las formaciones "progresistas" o más bien, grupos que solo reclaman algo que ellos mismos no son capaces de cumplir. Los firmantes expresaron públicamente sus preocupaciones políticas y defendieron sus preferencias electorales, claro escondiendo sus gastos ostentosos y las decenas de propiedades privadas que no están dispuestos a compartir.
La cuestión interesante no es que participen en política, un derecho que poseen como cualquier ciudadano. El problema comienza cuando la fama artística se interpreta como autoridad incuestionable en economía, instituciones o políticas públicas. Dirigir una película extraordinaria no convierte automáticamente a nadie en especialista en productividad, impuestos, inmigración o sostenibilidad fiscal. Hollywood y los estudios cinematográficos españoles producen grandes historias en la mayoría de los casos; los presupuestos públicos, lamentablemente, necesitan algo más que buenos guiones o favoritismo político para financiar películas que nadie termina viendo.
Chile: la memoria histórica y la disputa cultural
En Chile, más de quinientos escritores respaldaron la candidatura de Gabriel Boric en 2021. También participaron actores, músicos y otras personalidades culturales. Muchos expresaron preocupaciones relacionadas con la democracia, los derechos humanos y la memoria de la dictadura militar. Pero hicieron mutis con las metidas de pata de la era Allende
El caso de Isabel Allende merece una distinción fundamental. Su exilio venezolano después del golpe de 1973 forma parte de su trayectoria biográfica documentada. La casa de los espíritus convirtió experiencias familiares, memoria histórica y ficción literaria en una obra internacionalmente reconocida.
Se puede cuestionar la interpretación política de una novela, discutir sus simplificaciones históricas o examinar cómo determinados relatos adquieren influencia cultural. Pero no se puede usar las letras para armar mentiras a la carta y cobrar miles de dólares para que la ficción literaria siga generándoles riqueza
La pregunta legítima es otra: ¿por qué determinadas interpretaciones históricas alcanzan enorme prestigio cultural mientras otras reciben escasa atención? ¿Porqué los agentes de la ultraizquierda se alocan por reescribir la historia, monstrando a los asesinos como almas caritativas y a los agentes del orden como criminales perversos.?
Argentina: artistas, kirchnerismo y el discurso del miedo
Argentina ofrece otro escenario de intensa politización cultural. Durante la campaña presidencial de 2023, distintas personalidades públicas respaldaron a Sergio Massa o manifestaron rechazo hacia Javier Milei. No hubo reparo en militar a favor del oficialismo, no hubo objetividad en los medios tradicionales, o en artistas que son denunciados por recibir financiamiento provincial o local.
En una sociedad democrática, esas preferencias son legítimas. Sin embargo, las advertencias sobre el futuro político deberían distinguir riesgos verificables de pronósticos catastróficos. Presentar toda reforma económica como destrucción inevitable de derechos puede movilizar emocionalmente al público, pero no reemplaza el análisis de inflación, déficit fiscal, inversión o pobreza.
También corresponde reconocer que algunos artistas apoyaron opciones contrarias al kirchnerismo. El mundo cultural no constituye un bloque ideológico uniforme, aunque en Argentina se puede comprobar que sí.
Estados Unidos: prometieron marcharse, pero la realidad fue diferente
Las elecciones estadounidenses han producido declaraciones particularmente teatrales. En 2016, varias celebridades anunciaron o insinuaron que abandonarían el país si Donald Trump llegaba a la presidencia. Cher, Ne-Yo y otras figuras aparecieron en recopilaciones periodísticas de aquellas declaraciones.
Pero hay una diferencia considerable entre amenazar con emigrar, trasladarse efectivamente y renunciar a la ciudadanía. Después de las elecciones de 2024 circularon afirmaciones de Tom Hanks, Robert De Niro, Bruce Springsteen y otras celebridades sobre el peligro de votar a Donald Trump, en acciones que sonaron a activismo frontal a favor de los candidatos demócratas.
La ironía está en el espectáculo político, no en inventar exilios que nunca ocurrieron.
Colombia: la celebridad no sustituye el análisis
Colombia también ha experimentado intensos debates culturales alrededor de la izquierda, la derecha, la paz, la desigualdad y las reformas sociales. Artistas y escritores intervienen legítimamente en estas controversias.
El riesgo aparece cuando los debates se reducen a una confrontación moral entre quienes supuestamente representan al pueblo y quienes serían sus enemigos. Las políticas económicas requieren examinar resultados, financiación y consecuencias institucionales, independientemente del prestigio de sus promotores.
Un actor puede despertar admiración; eso no convierte sus opiniones sobre política tributaria en conclusiones científicas. Incluso se quiere reescribir la memoria histórica de un conflicto añejo en el cual ahora los terroristas del M19 son adalides de la cararidad y la democracia.
El prestigio cultural no concede inmunidad intelectual
La libertad de expresión protege el derecho de artistas e intelectuales a participar en política, incluso cuando sus argumentos resultan discutibles. Esa misma libertad permite examinar sus contradicciones, sus fuentes de financiación y sus afirmaciones públicas.
La fama no sustituye la evidencia. Los premios literarios tampoco garantizan conocimiento económico.
La cultura enriquece el debate cuando abre preguntas; lo empobrece cuando pretende clausurarlas mediante superioridad moral.
Y hay una diferencia esencial entre imaginar una sociedad perfecta en una novela y demostrar que sus instituciones funcionarían en la realidad.
La utopía puede escribirse sin restricciones presupuestarias. Gobernar una nación, no.
¿Revolucionarios de discurso y capitalistas de bolsillo?
Cuando la fama se confunde con autoridad intelectual, la política corre el riesgo de convertirse en espectáculo.
¿Deben los artistas responder por las ideas económicas que promueven?
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