Dr. John Campuzano Vásquez
Existe una contradicción fascinante en la política contemporánea: mientras la tecnología y la IA permite descentralizar actividades económicas, trabajar desde cualquier lugar, emprender sin grandes estructuras y comunicarse sin intermediarios, una parte de las nuevas generaciones vuelve a reclamar un Estado más grande, poderoso y presente en prácticamente todos los ámbitos de la vida. Esta paradoja adquiere especial interés al examinar las ideas desarrolladas por el profesor Miguel Anxo Bastos en Lo pequeño es posible, una obra que cuestiona la creencia de que el tamaño territorial y la concentración del poder político constituyen condiciones necesarias para alcanzar prosperidad. La discusión resulta especialmente pertinente en América Latina, donde históricamente se ha confundido la fortaleza institucional con la expansión burocrática y donde todavía persiste la expectativa de que los problemas económicos pueden resolverse ampliando las atribuciones gubernamentales.
La fascinación histórica por el Estado gigantesco
Durante siglos, la grandeza política estuvo asociada con la extensión territorial, la concentración administrativa y la capacidad de movilizar enormes recursos desde un centro de poder. Imperios, monarquías y repúblicas construyeron estructuras destinadas a controlar territorios cada vez mayores. Sin embargo, como plantea el debate desarrollado por Bastos, las ventajas del tamaño no deben darse por supuestas. Administrar una población numerosa puede proporcionar economías de escala en determinadas funciones, pero también incrementar los costos de coordinación, dificultar la representación política y alejar las decisiones de quienes experimentan sus consecuencias. Desde la economía institucional, la pregunta fundamental no es cuántos kilómetros cuadrados administra un gobierno, sino qué incentivos enfrenta, qué controles limitan su actuación y qué resultados produce. Un ministerio no se vuelve eficiente por administrar más provincias, del mismo modo que una burocracia no adquiere mayor conocimiento económico simplemente porque aumenta su presupuesto.
Los jóvenes y el renovado atractivo del Estado protector
Hay una dimensión sociológica que merece especial atención. Entre determinados sectores de jóvenes y adultos de Europa y América Latina se observa interés por propuestas que atribuyen al Estado responsabilidades crecientes en vivienda, educación, empleo, transporte, transición energética y protección social. No toda la juventud comparte esa orientación, también existen movimientos juveniles liberales, libertarios y conservadores que cuestionan abiertamente el intervencionismo. Sin embargo, el atractivo del Estado protector puede comprenderse a partir de experiencias concretas. Jóvenes que enfrentan alquileres elevados, empleos precarios, dificultades para ahorrar y expectativas de movilidad social inferiores a las de generaciones anteriores pueden interpretar la intervención pública como una respuesta a su inseguridad económica. Desde la psicología social, estas preferencias también pueden relacionarse con la búsqueda de certidumbre y protección frente a riesgos percibidos. La paradoja consiste en que ampliar las responsabilidades estatales no garantiza automáticamente disponer de los recursos, la información ni la capacidad administrativa necesarios para cumplirlas.
Estados pequeños, economías abiertas y competencia institucional
La discusión sobre el tamaño político encuentra ejemplos relevantes en Suiza, Singapur y Estonia. Estas experiencias demuestran que la prosperidad no exige necesariamente enormes territorios ni poblaciones gigantescas, aunque sus resultados tampoco pueden atribuirse exclusivamente a su dimensión geográfica. Suiza combina descentralización cantonal, estabilidad institucional y una economía altamente desarrollada. Singapur ha construido una plataforma comercial y logística internacional sobre un territorio reducido, con un Estado que mantiene una intervención significativa en determinadas actividades. Estonia destaca por su digitalización administrativa y apertura económica. Lo interesante es que estos casos obligan a distinguir tamaño territorial, calidad institucional y grado de intervención pública. La fragmentación política puede favorecer la competencia entre jurisdicciones y permitir que ciudadanos y empresas comparen impuestos, regulaciones y servicios, pero también plantea desafíos de coordinación y financiación.
América Latina: centralismo, dependencia y autonomía limitada
En América Latina, el debate adquiere características particulares. Ecuador, Venezuela, Argentina y Bolivia han experimentado diferentes grados de centralización política y económica, con gobiernos nacionales que desempeñan funciones decisivas en la asignación de recursos, la infraestructura y la regulación productiva. Cuando los territorios dependen excesivamente de transferencias y autorizaciones centrales, las autoridades locales pueden encontrar dificultades para responder a necesidades específicas. Sin embargo, descentralizar sin mecanismos adecuados de responsabilidad fiscal también puede reproducir ineficiencias a escala regional. La alternativa institucional consiste en establecer competencias claras, fuentes de financiamiento transparentes y controles efectivos. Desde una perspectiva liberal, la subsidiariedad y la competencia entre jurisdicciones ofrecen instrumentos para examinar si determinadas decisiones pueden adoptarse más cerca del ciudadano, sin desconocer aquellas funciones que requieren coordinación nacional.
¿Más Estado significa necesariamente más bienestar?
La existencia de problemas sociales no se niega, ni tampoco se cree ciegamente que los mercados resuelven automáticamente cualquier dificultad. Vivienda, educación, infraestructura y protección frente a riesgos económicos requieren instituciones eficaces. La discusión comienza cuando se identifica la solución de esos problemas exclusivamente con aumentar presupuestos, regulaciones o empresas públicas o en recaudar más impuestos. La economía enseña que los recursos son escasos y que toda intervención tiene costos de oportunidad. También recuerda que la provisión estatal puede resultar apropiada en determinados ámbitos, especialmente ante bienes públicos, externalidades o fallas de mercado. El desafío consiste en comparar alternativas mediante resultados verificables y no mediante la magnitud de las promesas. Una administración más extensa puede ofrecer mejores servicios si dispone de capacidades suficientes, pero también puede acumular obligaciones difíciles de financiar.
El tamaño del poder y el futuro de la libertad
La principal provocación intelectual que inspira Lo pequeño es posible consiste en cuestionar una asociación tradicional: que la integración económica y la prosperidad requieren necesariamente estructuras políticas cada vez más grandes. Las economías pueden cooperar, comerciar e integrarse mediante acuerdos sin concentrar todas sus decisiones en una autoridad única. Al mismo tiempo, los Estados pequeños pueden desarrollar administraciones intervencionistas y los grandes pueden establecer instituciones descentralizadas. Por eso, el tamaño territorial no debe confundirse con el alcance del poder gubernamental.
La discusión que Bastos invita a desarrollar resulta especialmente relevante para una generación que busca seguridad económica en un mundo incierto. La pregunta decisiva no es si necesitamos un Estado grande o pequeño por principio, sino qué funciones debe cumplir, cómo financiarlas, quién controla sus decisiones y cuánto espacio conserva el ciudadano para elegir. Una sociedad próspera necesita instituciones capaces de resolver problemas colectivos sin convertir la dependencia política en condición permanente de la vida económica.
Tal vez el verdadero desafío contemporáneo no consista en construir gobiernos que prometan ocuparse de absolutamente todo, sino en diseñar instituciones que sepan reconocer sus límites. Porque la libertad no depende exclusivamente del tamaño del territorio, sino también de cuánto poder concentra quien lo gobierna.
¿Más Estado significa más bienestar o menos libertad?
Miguel Anxo Bastos, en Lo pequeño es posible, cuestiona el mito de que los Estados gigantes garantizan prosperidad.
¿Necesitamos gobiernos más grandes o ciudadanos más libres?
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