La historia económica y social de Cuba es, en el fondo, la historia de una promesa rota. La revolución de 1959 ofreció igualdad, dignidad y soberanía frente a los viejos privilegios con la entrada de los barbudos a la Habana, pero el modelo que se consolidó reemplazó el mercado, la propiedad privada y la autonomía productiva por un sistema de monopolio estatal, planificación rígida y obediencia política a los pocos meses. Esa lógica no corrigió los defectos de la vieja república que tanto insultaban los de Fidel: creó otros peores. La propia evolución legal cubana lo evidencia. La propiedad privada fue marginada durante décadas y solo fue reconocida de nuevo, de manera muy restringida, en la Constitución de 2019; además, el Estado mantuvo el monopolio del comercio exterior y abrió la economía mixta con una lentitud incompatible con una sociedad que llevaba años asfixiada.
Durante un tiempo, la ayuda soviética maquilló las ineficiencias con los miles de millones de dólares de ayuda y de subisidios, el equivalente a todo un Plan Marshal. Pero cuando ese sostén desapareció, el país entró en el llamado Período Especial y quedó claro que el sistema no generaba riqueza suficiente por sí mismo. Estudios de Carmelo Mesa-Lago y otros economistas mostraron que en los años noventa reaparecieron con fuerza la desigualdad, la pobreza y la caída del salario real; una estimación de la CEPAL citada por Mesa-Lago señalaba que los salarios reales promedio se habían desplomado 45,2% entre 1989 y 1998. La revolución que decía haber abolido las clases terminó reestratificando la sociedad sobre nuevas bases: acceso a divisas, contactos políticos y cercanía al aparato estatal.
El fracaso productivo actual no es un accidente: es la consecuencia lógica de décadas sin precios libres, sin competencia y sin derechos de propiedad privada creíbles. La industria azucarera, emblema histórico de Cuba, retrata ese colapso. Reuters recordó que en 1989 el país produjo alrededor de 8 millones de toneladas de azúcar; en 2025 la producción cayó por debajo de 200.000 toneladas, el peor nivel desde el siglo XIX. Desde 2020, además, la producción y procesamiento de alimentos han caído más de 40%, golpeados por falta de combustible, fertilizantes, maquinaria y mano de obra. Un país con tierra fértil, tradición agrícola y capital humano terminó importando azúcar y racionando pan. Eso no es mala suerte: es demolición institucional, el 80% de la comida es importada o donada.
En lo social, Cuba tampoco es la sociedad homogénea que vende su propaganda. Hoy se distinguen al menos tres grandes estratos. Primero, una élite político-militar vinculada al poder y al conglomerado GAESA, que controla buena parte de los sectores estratégicos y opera sin supervisión pública efectiva. Segundo, una capa de cubanos conectados con remesas, turismo, divisas y negocios tolerados por el Estado. Tercero, la mayoría de asalariados y jubilados que cobran en pesos devaluados y sobreviven muy por debajo de cualquier estándar digno.
Por eso la famosa libreta de abastecimiento ya no puede venderse como emblema de justicia social. Hoy funciona, sobre todo, como mecanismo de administración de escasez y de dependencia política. Es sabido que el gobierno ha tenido que reducir el peso del pan diario subsidiado por falta de harina, mientras las entregas mensuales de básicos como arroz, frijoles, azúcar, aceite o café se han ido recortando durante años. La libreta al final no eliminó la pobreza: la organizó. Acostumbrando al ciudadano a esperar por productos y a pedir permiso del Estado para comer mal y tarde.
A esa precariedad se suma el control político. Human Rights Watch, Amnistía Internacional y Freedom House coinciden en describir un país sin pluralismo político, con detenciones arbitrarias, vigilancia, represión de periodistas, activistas y manifestantes, y restricciones severas a las libertades civiles. Eso también tiene impacto económico: una sociedad reprimida innova menos, emprende menos y emigra más. No es casual que Cuba viva una salida masiva de población en plena crisis. Cuando la gente no ve futuro ni libertad, el talento huye y la productividad se hunde todavía más, solo hay que mirar las salidad desesperadas por mar de cubanos que arriesgan la vida por llegar a la Florida.
Otro mito que merece ser desmontado es el de las brigadas médicas como puro altruismo revolucionario. Sería falso negar que médicos cubanos han prestado servicios valiosos en zonas desatendidas de otros países. Pero también es falso presentarlo como solidaridad desinteresada. Investigaciones recientes del British Institute of International and Comparative Law y de Human Rights Watch han documentado retención de salarios, restricciones de movimiento, medidas coercitivas y represalias contra quienes abandonan o denuncian el programa. Países como Guyana han decidido cambiar el esquema de pagos para que los salarios lleguen directamente al personal cubano, y la misión comenzó a retirarse. Eso revela el problema de fondo: las brigadas han servido también como negocio estatal y como instrumento de propaganda exterior.
Al final Cuba está caída y el toque final lo dió Estados Unidos al quitarle el petróleo regalado por Venezuela, y los dólares frescos que obtenía por la reventa en el mar. El fin de la isla será por su alejamiento al mercado. Allí donde se destruyen los incentivos, se castiga la propiedad, se persigue la iniciativa privada y se sustituye la competencia por obediencia ideológica, el resultado termina siendo siempre el mismo: escasez, privilegios ocultos y ciudadanos dependientes. La isla no abolió las clases; las rediseñó. Ya no mandan los viejos apellidos, sino quienes controlan el partido, las divisas, los permisos y el miedo. Ese es el verdadero legado económico y social del castrismo.
Si queremos defender la libertad, primero debemos llamar las cosas por su nombre: Cuba no es un modelo de justicia social, sino el resultado del control, la escasez y la destrucción de la iniciativa individual. Comparte esta entrada, deja tu opinión y ayúdanos a desmontar los mitos que todavía pretenden vender dictadura como dignidad.


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