Ideas anti zurdos, un espacio para defender la libertad.

sábado, 10 de enero de 2026

Derecho internacional: el gran ausente frente a las dictaduras y sus migraciones forzadas

 

Durante décadas, el derecho internacional ha sido presentado como el gran dique de contención frente a los abusos del poder. Tratados, convenciones, resoluciones y declaraciones solemnes prometieron proteger derechos humanos, frenar dictaduras y evitar tragedias humanitarias. La realidad, sin embargo, es mucho menos épica: las peores dictaduras del mundo han aprendido a convivir con ese derecho, a burlarlo y, en muchos casos, a utilizarlo como escudo retórico mientras destruyen a sus sociedades desde dentro.

El caso reciente de Venezuela, tras las acciones anunciadas por Donald Trump en enero de 2026, volvió a desnudar una verdad incómoda: el derecho internacional solo funciona cuando coincide con el equilibrio de poder. Cuando no, se convierte en un lenguaje elegante para justificar la inacción.

Dictaduras que violan la norma… sin consecuencias

La historia contemporánea está plagada de ejemplos. Cuba ha ignorado durante más de seis décadas resoluciones de organismos internacionales sobre derechos civiles y políticos. Corea del Norte ha violado sistemáticamente tratados nucleares y de derechos humanos sin que ello haya modificado la naturaleza del régimen. Siria cruzó todas las líneas posibles durante su guerra civil, incluyendo el uso de armas químicas, mientras el derecho internacional se debatía entre comunicados y vetos cruzados.

En América Latina, Venezuela representa uno de los casos más dramáticos. Durante años, informes de la ONU, de la OEA y de organizaciones internacionales documentaron ejecuciones extrajudiciales, persecución política y colapso institucional. ¿Resultado práctico? Ninguno. El régimen sobrevivió, mientras el país se vaciaba.

La lección es clara: las dictaduras aprendieron que violar el derecho internacional tiene costos simbólicos, no costos reales.

Migraciones masivas: daño colateral o estrategia deliberada

Uno de los efectos más visibles de esta impunidad es la migración forzada. Más de siete millones de venezolanos abandonaron su país en poco más de una década. Lo mismo ocurrió con los cubanos en distintas oleadas, con los sirios hacia Europa o con los norcoreanos que logran escapar.

Pero aquí conviene decirlo sin rodeos: estas migraciones no son solo una tragedia humanitaria; también funcionan como válvula de escape económica y política para las dictaduras.

Cuando una economía colapsa por controles de precios, destrucción de la propiedad privada y corrupción estatal, la emigración reduce presión interna: menos bocas que alimentar, menos protestas, menos desempleados visibles. Además, las remesas enviadas por los migrantes se convierten en una fuente indirecta de divisas que termina sosteniendo al mismo sistema que los expulsó.

En el caso venezolano, las remesas pasaron a ser un componente relevante del ingreso de muchos hogares, mientras el Estado seguía controlando sectores estratégicos y reprimiendo disidencias. El derecho internacional observó el fenómeno, lo describió con precisión… y no hizo nada.

Economía autoritaria y legalidad decorativa

Las dictaduras modernas ya no dependen únicamente de la represión abierta. Han desarrollado modelos económicos funcionales a su permanencia: economías cerradas, extractivismo controlado, alianzas geopolíticas selectivas y uso instrumental de la legalidad internacional.

Firmar tratados que luego se incumplen no es un error: es parte del juego. Participar en foros multilaterales no implica aceptar sus reglas, sino ganar tiempo, legitimidad y acceso a recursos. Mientras tanto, la población paga el precio en forma de pobreza, exilio y pérdida de libertades.

El derecho internacional, concebido para proteger a los individuos frente al poder, termina muchas veces protegiendo al poder frente a los individuos.

El espejismo moral del multilateralismo

Aquí aparece la gran contradicción: instituciones que producen informes impecables, pero carecen de mecanismos para imponer consecuencias. Se condena con palabras, se archiva con tecnicismos y se posterga con diplomacia. La moral se delega al lenguaje; la acción, a nadie.

Por eso la discusión no debería centrarse únicamente en si ciertas acciones “violan” el derecho internacional, sino en por qué ese derecho ha tolerado durante décadas violaciones masivas sin alterar el equilibrio de poder que las sostiene.

Cuando la norma no actúa, el poder ocupa su lugar. No es una provocación ideológica; es una constatación histórica.

Lo que incómoda

Las oleadas migratorias que hoy sacuden América Latina y Europa no son accidentes: son el síntoma de un orden internacional incapaz de frenar regímenes que destruyen economías y sociedades enteras. Mientras el derecho internacional siga siendo un catálogo de buenas intenciones sin consecuencias reales, las dictaduras seguirán burlándolo, exportando pobreza y utilizando a sus propios ciudadanos como variable de ajuste.

La historia ya dio su veredicto. La pregunta es cuánto tiempo más se insistirá en ignorarlo.

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miércoles, 7 de enero de 2026

Macrorreformas pro mercado y bloqueo microinstitucional: por qué la economía “mejora” pero tu vida no

Por: Dr Armando Urdaneta 

En América Latina se repite una escena conocida: llega un nuevo gobierno de derecha o liberal, anuncia reformas “pro mercado”, ordena las cuentas públicas, baja el déficit, abre el comercio… y los números macroeconómicos empiezan a verse mejor. Sin embargo, para mucha gente común —jóvenes, emprendedores, trabajadores— la vida diaria no mejora al mismo ritmo. El empleo sigue siendo precario, emprender es difícil y la informalidad continúa siendo la norma. Entonces aparece la pregunta inevitable: ¿nos están engañando o el mercado no funciona?

Desde una mirada liberal, la respuesta es más incómoda de lo que suelen decir los discursos políticos. El problema no está tanto en las reformas económicas generales, sino en algo más profundo y menos visible: las instituciones que regulan la vida cotidiana.

Cuando la macro va bien, pero la micro se traba

Las reformas pro mercado suelen ordenar la “macro”: inflación más baja, finanzas públicas más sanas, mayor apertura al comercio y más inversión potencial. Eso es importante, porque sin estabilidad general ninguna economía crece de verdad. El problema es que la macroeconomía no vive sola. Para que esos avances se sientan en la calle, hacen falta reglas claras, justicia que funcione y un Estado que no cambie las normas cada seis meses.

Cuando eso no existe, pasa lo que vemos en muchos países de la región:

  • Abrir un negocio es caro y lento.

  • Las leyes cambian constantemente.

  • Los contratos no se respetan.

  • La corrupción y la inseguridad agregan riesgos extra.

En ese contexto, el empresario racional —el que piensa con los pies en la tierra— no invierte a largo plazo, no contrata más gente y muchas veces prefiere mantenerse informal o irse a otro país.

El verdadero cuello de botella: las instituciones

Aquí aparece una idea clave que casi nunca se discute en serio: no basta con “menos Estado” o “más mercado” si el Estado que queda funciona mal. El mercado necesita reglas básicas para operar: propiedad privada protegida, contratos que se cumplan y normas estables. Sin eso, no hay competencia sana ni oportunidades reales.

Cuando la justicia es lenta, las regulaciones cambian según el humor político y los burócratas tienen demasiado poder discrecional, el resultado no es más igualdad, sino menos oportunidades para todos, especialmente para los jóvenes y los pequeños emprendedores.

Reformas eternas y desconfianza

Otro problema típico de América Latina es la llamada “reforma permanente”. Cada gobierno cambia leyes, impuestos y reglas del juego para “corregir” lo que hizo el anterior. El mensaje implícito es claro: nada es estable. Y si nada es estable, nadie planifica a largo plazo.

Invertir, contratar, capacitar trabajadores o innovar requiere tiempo y previsibilidad. Sin eso, la economía se vuelve defensiva: negocios pequeños, poco crecimiento y mucha informalidad. Así se explica por qué la macro puede mejorar mientras la microeconomía sigue estancada.

¿Por qué entonces muchos culpan al mercado?

Porque es más fácil. Cuando la gente no ve mejoras concretas, algunos líderes dicen que “las reformas solo beneficiaron a las élites”. Esa narrativa ignora que sin instituciones sólidas no hay forma de que la riqueza se expanda y se distribuya. El problema no es que el mercado funcione “demasiado”, sino que funciona a medias, atrapado en un entorno legal débil.

Paradójicamente, esta frustración suele terminar en pedidos de más intervencionismo estatal, lo que empeora aún más el problema original: más discrecionalidad, más incertidumbre y menos inversión.

La lección clave

Desde una sociología liberal, la conclusión es clara y directa:

  • La macroeconomía depende en gran parte del gobierno central.

  • La microeconomía depende de todas las instituciones juntas: leyes, jueces, reguladores y gobiernos locales.

Si estas fallan, ningún ajuste macro va a traducirse en mejores empleos, salarios o emprendimientos sostenibles.

En pocas palabras

No es cierto que las reformas pro mercado estén condenadas al fracaso. Tampoco es verdad que el mercado sea el enemigo. El verdadero bloqueo está en las instituciones que no permiten que las oportunidades se multipliquen.
Si América Latina quiere dejar atrás el ciclo de frustración y retrocesos, el debate no debería ser “Estado versus mercado”, sino cómo construir reglas claras, estables y justas para que la libertad económica funcione de verdad.

Porque sin eso, la macro puede brillar… pero la vida real seguirá apagada.


Si te interesa entender la economía sin consignas ni mitos, con ideas claras sobre libertad, reglas justas y oportunidades reales, sigue el blog Ideas Anti-Zurdos. Aquí analizamos la realidad como es, no como algunos quieren venderla.

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sábado, 3 de enero de 2026

Entre ilusión y colapso: cómo el dirigismo keynesiano marxista erosiona el capital y la libertad

 


Dr. Armando José Urdaneta Montiel

El dirigismo estatal de inspiración keynesiano-marxista no es un simple error técnico: es un proyecto intelectual que confunde gasto con riqueza, y termina utilizando la coerción fiscal y monetaria para sostener una ilusión de prosperidad que, tarde o temprano, se cobra su factura en crisis, inflación y empobrecimiento generalizado. 

1.- Error de origen: consumo no es crecimiento.

Keynesianos y marxistas comparten una premisa fundamentalmente problemática: suponen que el motor del desarrollo económico reside en la expansión del gasto agregado, en particular del consumo, y que el Estado está en capacidad de “suplir” cualquier brecha de demanda mediante mayor gasto público y crédito a bajo costo. La macroeconomía del capital de inspiración austriaca, por el contrario, enfatiza un punto que buena parte de las facultades de Economía latinoamericanas tiende a soslayar: el crecimiento genuino depende de la acumulación de capital, del incremento de la productividad asociado al progreso técnico y la innovación, del ahorro voluntario y de una estructura productiva coordinada intertemporalmente a través de precios relativos y tipos de interés, más que de la simple expansión discrecional de la demanda financiada con deuda y emisión monetaria. 

Cuando el consumo presente se erige en criterio supremo de la política económica, el capital termina reducido a un mero “asiento contable” y la estructura productiva es tratada como si fuera un recurso elástico que puede extenderse indefinidamente mediante políticas fiscales expansivas y creación de dinero por parte del banco central. El resultado es un auténtico espejismo macroeconómico: se observan tasas de crecimiento del PIB artificialmente infladas por el gasto público y la expansión del crédito, mientras, de forma silenciosa, se erosiona la base de capital que hace posible cualquier forma de prosperidad sostenible en el tiempo. 

2. El boom artificial: crédito fácil y malas inversiones

Cuando el Estado “estimula” la economía con gasto deficitario y expansión artificial del crédito, no crea riqueza; redistribuye poder de compra y distorsiona los precios relativos, en especial el tipo de interés, que deja de reflejar la preferencia temporal real de los consumidores.

La teoría austriaca del ciclo es clara: al abaratar artificialmente el crédito, se lanzan proyectos que sólo son rentables bajo ese entorno de tipos falsificados; se alargan las etapas de intertemporales de la producción, se inflan sectores “estrella” y se genera el famoso malinvestment, mala inversión, que tarde o temprano deberá liquidarse. 

Esa fase de auge se vende como “éxito del modelo”, y los gobiernos intervencionistas la exhiben como prueba de que “el Estado sí puede guiar la economía” mientras empresas y familias se endeudan sobre supuestos irreales de crecimiento perpetuo.Pero cuando el crédito deja de crecer al mismo ritmo, o los precios empiezan a revelar que no hay ahorro suficiente detrás de esa expansión, el castillo de naipes colapsa: proyectos inconclusos, bancos con balances frágiles y un aparato productivo arruinado, incapaz de ajustarse sin la quiebra masiva de empresas. 

3. La válvula externa: importaciones, déficit y devaluación

En economías con estructuras de capital débiles o poco diversificadas, la expansión de la demanda interna no se traduce en más producción local, sino en una avalancha de importaciones que actúan como válvula de escape del exceso de gasto.

El superávit comercial desaparece, la balanza se vuelve deficitaria y, como manda el manual dirigista, se señala al “tipo de cambio atrasado” o al “imperialismo” como culpables, nunca al exceso de gasto y crédito artificialmente barato que disparó la absorción externa. 

La respuesta estándar es devaluar, imponer controles cambiarios y encarecer el acceso a divisas, como si empeorar la conexión con la economía mundial pudiera resolver la incoherencia interna de un país que consume más de lo que está dispuesto a ahorrar. Pero la devaluación, lejos de corregir la causa, multiplica sus efectos: encarece insumos, alimentos y bienes de capital importados, se traslada a precios y alimenta la inflación que el mismo Estado dice combatir. 

4. Salarios políticos y precios intervenidos: la destrucción de las señales.

El siguiente paso en la tragicomedia dirigista suele ser decretar aumentos de salarios reales por encima de la productividad, lo que rompe la relación entre costos y capacidad de pago, estrechas márgenes de beneficio y desincentiva la inversión privada, justo en el momento en que se necesitaría más capital para ajustar la estructura productiva. Ante la inflación generada por su propia combinación de gasto, crédito y devaluaciones, el Estado recurre a controles de precios, como si se pudiera legislar contra la escasez anulando el termómetro de los precios que revela el desajuste entre oferta y demanda. 

Pero los precios no son un capricho burgués, son señales de información dispersa, como insistía Hayek; cuando se los congela o manipula, se destruye el único sistema capaz de coordinar millones de planes individuales sin un burócrata omnisciente. El resultado es previsible: colas, mercados negros, privilegios para los bien conectados y una asignación de recursos cada vez más guiada por la proximidad al poder que por la rentabilidad y la utilidad para los consumidores. 

5. Déficit permanente: impuestos, deuda, emisión y más distorsión.

Un régimen que basa su legitimidad en sostener un nivel de gasto superior a la renta real disponible está condenado a vivir en déficit crónico. Primero exprime al contribuyente: más impuestos, más cargas regulatorias, más trabas que drenan el excedente empresarial y desvían recursos desde la inversión hacia el gasto político, el cual es dedicado a comprar lealtades y mantener la maquinaria burocrática. 

Luego viene la deuda pública, que compite con el sector privado por el ahorro disponible y desplaza inversión productiva hacia la financiación del Estado; cuando tampoco eso basta, se recurre a la emisión monetaria y a la compra de deuda por el banco central. Como sintetiza la literatura austriaca del ciclo económico, es lógicamente imposible resolver una crisis creada por un exceso de crédito y endeudamiento con más crédito y más deuda: la expansión monetaria adicional sólo posterga el ajuste y garantiza que el colapso posterior sea más profundo. 

6. El núcleo del fracaso: el conocimiento que el Estado no tiene

En última instancia, el problema del dirigismo estatal no es de buena o mala intención, sino de pretensión de conocimiento. Ni el planificador keynesiano ni el ingeniero social marxista poseen la información local, dispersa y cambiante que se condensaría en precios libres, tipos de interés no manipulados y decisiones de ahorro inversiones tomadas por millones de individuos sobre su propio riesgo.

Al manipular tipos de interés, tipo de cambio, precios y salarios, el Estado borra las señales que permitirían a empresarios y trabajadores descubrir dónde hay oportunidades reales de creación de valor y dónde hay proyectos inviables que conviene abandonar. El resultado no es un “capitalismo regulado más humano”, sino un sistema híbrido incoherente, atrapado entre mercado y planificación, que combina lo peor de ambos mundos: inestabilidad cíclica, inflación crónica, deterioro institucional y una ciudadanía cada vez más dependiente del mismo poder que ha saboteado el proceso de coordinación social. 

Desde la macroeconomía de la capital austriaca, la conclusión es inescapable: mientras se siga confundiendo consumo con crecimiento, crédito político con ahorro y coerción fiscal monetaria con coordinación social, cualquier modelo de dirigismo estatal está condenado a terminar no sólo en fracaso económico, sino en una degradación general de las libertades y de la responsabilidad individual.

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martes, 30 de diciembre de 2025

Un año y tres meses incomodando al pensamiento único

 


Gracias a cada lector que nos acompaña desde el inicio y a quienes se han sumado en el camino.

Durante un año y tres meses, este espacio ha crecido gracias a ustedes: a quienes leen, cuestionan, discrepan y comparten, defendiendo siempre el valor irrenunciable de pensar con libertad.

Nada de esto tendría sentido sin su apoyo constante, pero tampoco sin el aporte intelectual de quienes han enriquecido este proyecto con análisis y argumentos. Un reconocimiento especial a nuestros colaboradores Dr. Armando Urdaneta y Mgs. Luis Cedillo, cuyas contribuciones han elevado el nivel del contenido y fortalecido la línea crítica del blog.

Seguimos adelante, con más ideas, más debate y nuevos desafíos por conquistar en 2026.

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La negación como dogma: la ceguera intelectual del socialismo militante que rehúye reconocer hechos

 

En un mundo donde la información está disponible al instante y los datos económicos y sociales se publican con transparencia, sorprende que todavía haya sectores ideológicos que niegan sistemáticamente la evidencia objetiva cuando contradice su relato. Esta no es una simple discrepancia política: es una ceguera voluntaria que distorsiona el debate público y convierte hechos verificables en fantasmas a eliminar.

1. Argentina: Milei y los logros que algunos se niegan a ver

Desde que Javier Milei asumió la presidencia de Argentina, su gestión ha enfrentado resistencias ideológicas feroces. La economía argentina muestra señales de recuperación después de años de hiperinflación crónica: la inflación ha descendido de niveles extremos y el crecimiento económico se ha reactivado, según datos oficiales y proyecciones de organismos multilaterales. A pesar de esto, muchos sectores peronistas y kirchneristas —no pocos con presencia activa en medios y redes— rechazan esos avances como “imposibles” o “falsos”, negándolos antes que analizarlos con objetividad, se niegan a aceptar lo que los números confirman.

Esta actitud no es crítica legítima; es negación ideológica. Cuando los datos reflejan mejoras reales, se acusa a las cifras de “manipulación” o de falta de impacto en la vida cotidiana. Noticieros todos los días tratan de encontrar voces contrarias al régimen. Se oculta la evidencia bajo una narrativa emocional que insiste en que “solo la izquierda entiende a la gente”, aun cuando los indicadores contradigan esa lectura.

2. El Salvador: Bukele y la seguridad que se reduce a ideología

En El Salvador, bajo el liderazgo de Nayib Bukele, la tasa de homicidios descendió de niveles entre los más altos del mundo a cifras históricamente bajas, lo que muchos analistas consideran un avance en seguridad y bienestar ciudadano. Aun así, sectores afines al FMLN y aliados políticos insisten en que esos logros son irrelevantes o producto de "transgresiones autoritarias", negando los hechos antes que debatirlos.

Aquí también se evidencia el mismo patrón: cuando la realidad desafía el relato ideológico, se la descarta. La evidencia de mejoras concretas en seguridad se interpreta como propaganda o se ignora por completo, antes que como un indicio de que ciertas políticas pueden estar funcionando, no en vano es el país más seguro de América.

3. EE. UU.: Trump y el doble rasero de la izquierda progresista

Otro caso paradigmático es el de Donald Trump, quien inició su segundo mandato presidencial en 2025 tras ganar las elecciones de 2024. Su gestión ha generado resultados que merecen reconocimiento objetivo: crecimiento económico sostenido en ciertos trimestres, creación de empleo sólido y atención a temas de seguridad nacional y comercio internacional. Pese a ello, muchos críticos en el espectro progresista optan por reducir esos logros a “momentos aislados” o “consecuencias de la administración anterior”, en lugar de reconocer que políticas concretas han generado efectos económicos tangibles.

Algunos sectores incluso insisten en el error de los votantes al elegir según ellos, a un presidente anti inmigración y enemigo de los DDHH. Los indicadores macroeconómicos muestren —en sus propios informes— tasas de crecimiento superiores a las esperadas y mercados alcistas. Sin embargo, se niega todo y se incrementa la crítica política: es el rechazo sistemático de la evidencia por motivos ideológicos.

4. La lógica fallida de negar hechos

¿Qué une estas tres experiencias? En Argentina, El Salvador y Estados Unidos, la respuesta es la misma: negación ideológica ante hechos que contradicen la narrativa dominante del progresismo. Esta actitud no busca explicar o comprender; busca erradicar lo incómodo. Los datos no se debaten, se descalifican. Las cifras no se verifican; se minimizan.

Esta postura tiene consecuencias graves: deteriora la calidad del debate público, alimenta errores conceptuales donde solo se acepta la información que reafirma creencias previas, o mentiras y bloquea la posibilidad de aprendizaje colectivo y corrección de errores. Cuando la evidencia es ignorada por ideología, las sociedades quedan atrapadas en diagnósticos falsos y decisiones pobres.

5. El impacto en la democracia y el progreso

La negación de hechos no fortalece la democracia; la debilita. Un sistema político saludable requiere que todas las partes estén dispuestas a confrontar la realidad —aunque duela— y evaluar políticas con base en evidencia, no en consignas. La honestidad intelectual no es neutralidad moral: es la condición mínima para que la política siga siendo un espacio de mejora y no un teatro de autoengaños.

Negar avances comprobables, no importa de qué gobierno provengan, conduce a una polarización destructiva y a la incapacidad de resolver problemas reales. Y peor aún, perpetúa la idea de que la verdad es relativa y se ajusta según conveniencias.

¿debate o negación?

La ideología no debe ser un escudo para negar hechos. La humildad intelectual exige aceptar lo que funciona, rechazar lo que no, y debatir sin miedo a la evidencia. Cuando una narrativa se aferra a negar la realidad, el problema deja de ser político: se vuelve epistemológico.

En ideas antizurdos creemos que reconocer la realidad, más allá del relato, es un acto de responsabilidad democrática. Celebremos los éxitos cuando ocurren, critiquemos lo que falla, y dejemos de negar lo evidente. La política con honestidad intelectual no es un ideal abstracto: es una necesidad urgente.

Si compartes esta visión, comparte esta entrada y contribuye a que el debate público se sostenga sobre hechos, no sobre negaciones.

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viernes, 26 de diciembre de 2025

La Navidad en países capitalistas versus países socialistas

 


La Navidad es mucho más que una simple festividad: representa una experiencia humana de libertad, elección y celebración comunitaria. A lo largo del último siglo, como explica el artículo de El Cato, la forma de vivir esta época cambió gracias al progreso económico y la libertad para acceder a bienes y opciones que antes no existían. (elcato.org).

1. De escasez a abundancia: el progreso material como libertad de elección

A comienzos del siglo XX, las familias dedicaban la mayor parte de su tiempo y salario en satisfacer necesidades básicas: alimento, calefacción, vivienda y salud. En ese contexto, dar un regalo era un sacrificio enorme, como lo cuenta el cuento El regalo de los Reyes Magos, donde los personajes venden lo poco que tienen para sorprenderse mutamente. 

Hoy, en países con economías de mercado profundas, la producción masiva y sistemas logísticos eficientes permiten que los bienes sean accesibles: regalos significativos se compran sin poner en riesgo la supervivencia familiar. Esta libertad de elección es una manifestación concreta de prosperidad económica y libertad individual.

Esto solo es posible cuando existe libertad económica:
✔ propiedad privada de los medios de producción
✔ competencia y oferta diversa
✔ libertad para gastar e invertir según preferencias personales

En países socialistas centralizados, donde el Estado controla buena parte de la economía, la abundancia material suele ser menor o inexistente como en el caso Cubano o Venezolano Esto limita no solo la disponibilidad de bienes, sino también la libertad de elegir qué regalar o cómo celebrar.

2. Libertad económica y significado personal de los regalos

Decir que la Navidad es materialista puede sonar a crítica, pero no es así. Los socialistas o los progres mueren intentando vender esa mentira al tener vidas miserables, solitarias o fuera de una familia que espera por ellos. El progreso económico no disminuye el valor del regalo; al contrario, amplía las opciones. La gente puede decidir entre comprar bienes, experiencias o dedicar tiempo a crear algo con sus propias manos. 

La verdadera libertad radica en:

✔ decidir qué significa la Navidad para cada uno
✔ elegir cómo y con quién celebrarla
✔ disponer de recursos para hacerlo sin angustias

En sistemas donde la libertad económica está restringida, la capacidad de elección se reduce, y con ello también la posibilidad de personalizar estas celebraciones según gustos y tradiciones familiares.

3. Tradiciones bajo sistemas diferentes: ¿celebración o imposición?

La Navidad tiene raíces antiguas y variados significados dependiendo del contexto. En muchas sociedades libres, esta festividad se ha enriquecido con tradiciones culturales, expresiones religiosas u opciones seculares de celebración. En cambio, hay casos históricos donde regímenes autoritarios o ateos limitaban o reemplazaban la Navidad por festividades oficiales o celebraciones estatalizadas, o simplemente se niega la idea de celebrar la Navidad.

Por ejemplo:
🚫 En la Unión Soviética se prohibió el árbol de Navidad y se sustituyó por el “pino de Año Nuevo”.
🚫 En la China contemporánea, las autoridades han censurado símbolos navideños en algunos contextos. 

Estas decisiones no son neutras. No celebrar Navidad por imposición del Estado no es libertad: es sustitución cultural y limitación de elección, lo que empobrece la experiencia colectiva y personal de la festividad.

4. Navidad como expresión de la libertad de elegir

La Navidad es también un momento para reconocer la capacidad de decidir cómo queremos vivirla. Esto incluye:

  • Con quién compartir nuestros mejores momentos.

  • Qué valores queremos poner en el centro (familia, fe, amistad, solidaridad).

  • Cómo administramos nuestros recursos para que la celebración tenga sentido.

  • Cuáles tradiciones familiares o culturales deseamos mantener o renovar.

En países capitalistas con economías abiertas, la libertad de elección no se limita al mercado, sino que se extiende a las prácticas culturales. El sistema político y económico permite que distintos grupos vivan la Navidad de maneras diversas, respetando creencias, gustos y costumbres personales.

5. La libertad y la Navidad

La Navidad tal como la conocemos hoy (con abundancia de opciones, regalos, celebraciones familiares y tradiciones diversas) es un fenómeno que sólo prospera en sociedades donde la libertad económica y personal está garantizada. El progreso material no solo hace posible regalar objetos, sino que amplía el significado de la festividad al permitir que cada individuo y familia elija cómo celebrarla.

En contraste, en sistemas donde el Estado restringe libertades —económicas, culturales o religiosas— la Navidad no sólo se empobrece materialmente, sino que también pierde la riqueza de la libre expresión cultural.

Por eso, si queremos vivir una Navidad plena, diversa y libre, necesitamos valores que protejan primero la libertad de elección, la propiedad privada y las opciones culturales de cada familia.


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lunes, 22 de diciembre de 2025

Liberalismo y política social: la verdadera historia detrás de la reinserción y el Estado de bienestar.

 

Autores: Emmanuel Borgucci y Armando Urdaneta

Para los soberbios que insisten en que los gobiernos liberales “no tienen políticas de reinserción social”, la historia ofrece una respuesta incómoda: la arquitectura básica del Estado de bienestar moderno no la diseñaron los socialistas, sino los liberales en democracia. Entre 1909 y 1914, el gobierno liberal de H. H. Asquith, con David Lloyd George como canciller del Exchequer, impulsó el célebre People’s Budget y un conjunto de reformas que marcaron un antes y un después en la protección social británica. De esas reformas surgieron el Old Age Pensions Act, el Education Act, el National Insurance Act y los Labour Exchanges, mecanismos que introdujeron pensiones de vejez, seguros de enfermedad y desempleo y oficinas públicas de empleo, sustituyendo la vieja Poor Law que trataba la pobreza como una culpa casi moral. Resulta irónico que quienes hoy acusan al liberalismo de indiferencia social ignoren que fueron precisamente los liberales quienes dieron forma institucional a muchas de las políticas de reinserción que ahora se consideran “patrimonio” de la izquierda.

La diferencia de fondo no estuvo en la existencia o no de programas sociales, sino en cómo se concebían. Para los liberales de ese período, la ayuda estatal debía estar ligada a criterios claros de elegibilidad y a la responsabilidad fiscal. Lloyd George no actuó como un populista del gasto, sino como un liberal que, desde el Ministerio del Exchequer, se propuso financiar pensiones y seguros mediante un esquema tributario progresivo, manteniendo el objetivo de un presupuesto equilibrado. Había que calificar para el programa: demostrar necesidad, contribuir cuando correspondía, estar dentro de reglas definidas. La lógica era inequívocamente liberal: la comunidad política tiene el deber moral de evitar que seres humanos caigan en la indigencia, pero no el de transformar al Estado en proveedor incondicional de rentas desvinculadas del esfuerzo y de la responsabilidad individual. 

Cuando, con el tiempo, los socialistas generalizaron estos programas como derechos universales sin mayor condicionamiento y rompieron la disciplina presupuestaria, se alteraron las dos columnas sobre las que descansaba el diseño liberal: la condicionalidad y el equilibrio fiscal. El resultado fue un Estado de bienestar cada vez más pesado, más caro y menos sostenible, que empezó a generar dependencia crónica y a ser capturado por intereses políticos antes que por criterios de justicia.

Para entender este recorrido hay que situar el debate dentro de la propia tradición liberal. El llamado New Liberalism no fue una traición al liberalismo de Manchester asociado a William Gladstone, sino su evolución en un contexto de industrialización avanzada, desigualdad visible y nuevas demandas sociales. El liberalismo manchesteriano defendió con razón el libre comercio, el gobierno limitado y la reducción de impuestos frente a un Estado aristocrático e intervencionista. El nuevo liberalismo, sin renunciar a esos principios, advirtió que la libertad formal es insuficiente si grandes capas de población carecen de salud, educación mínima o protección frente a riesgos extremos. 

La respuesta liberal no fue estatizarlo todo, sino crear pisos de protección que permitan a las personas ejercer sus libertades en la práctica: la seguridad social y las pensiones no como herramientas de clientelismo, sino como seguros colectivos financiados de manera transparente y responsable. Proteger sí, sustituir no; capacitar sí, tutelar no: esa fue la línea roja que diferenciaba al liberalismo social de los proyectos abiertamente socialistas.

Esta perspectiva histórica desmonta la acusación de que el liberalismo sería incompatible con políticas de reinserción social. Lejos de eso, demuestra que los liberales fueron los primeros en asumir que una sociedad de individuos libres exige mecanismos institucionales para que nadie quede descartado de la vida económica por enfermedad, vejez o desempleo. La pregunta no es si debe existir protección social, sino quién la diseña, con qué incentivos, con qué límites y con qué responsabilidad fiscal. En este punto, la tradición liberal ofrece una lección vigente: las políticas sociales dejan de ser herramientas de dignidad cuando se desconectan de la realidad presupuestaria y de la ética del esfuerzo; en ese momento se convierten en promesas vacías financiadas con déficit, inflación y deuda que terminan pagando, paradójicamente, los más pobres.

Traer este debate al presente permite también entender fenómenos contemporáneos. Quien observe a Javier Milei únicamente como un “liberal de shock” pierde de vista que su posicionamiento se inscribe, en buena medida, en esa línea de liberalismo post manchesteriano: reconoce la centralidad del mercado y la urgencia de desmantelar un Estado capturado por corporaciones y políticos, pero lo hace en un contexto donde ya existe una historia liberal de reformas sociales. 

Su desafío no es negar por completo la idea de red de protección, sino redefinirla bajo criterios de focalización, responsabilidad individual y equilibrio fiscal, en contraste con el universalismo acrítico que ha mostrado ser insostenible en países con Estados elefantiásicos. En otras palabras, el debate no es entre un liberalismo “sin corazón” y un socialismo “compasivo”, sino entre dos formas de encarar la cuestión social: una que intenta coordinar dignidad y responsabilidad, y otra que suele sacrificar la segunda en nombre de una compasión de corto plazo.

Por eso, cuando alguien afirma con suficiencia que “los gobiernos liberales no tienen políticas de reinserción social”, lo que exhibe no es un juicio sofisticado, sino un profundo desconocimiento histórico. Fueron los liberales en democracias consolidadas quienes introdujeron pensiones, seguros de desempleo y mecanismos de intermediación laboral, sustituyendo modelos humillantes como la Poor Law por esquemas más racionales y respetuosos de la dignidad. La izquierda llegó después, y muchas veces lo que hizo fue expandir, universalizar y financiar a crédito lo que el liberalismo había diseñado con criterio selectivo y equilibrio presupuestario. 

Si hoy se quiere discutir seriamente sobre pobreza, reinserción y dignidad, el punto de partida honesto no es negar el aporte liberal, sino preguntarse qué modelo es capaz de sostener, en el tiempo, tanto la libertad como la protección mínima debida a toda persona. En esa pregunta, lejos de ser un acusado, el liberalismo es el principal interlocutor.

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viernes, 19 de diciembre de 2025

El ajuste inevitable y la estrategia de la ultraizquierda para derribar gobiernos responsables

 


Cada vez que un gobierno no populista o de derecha (como les gusta decir a los políticos socialistas) asume el poder en América Latina, se repite el mismo libreto: cuentas públicas en rojo, subsidios insostenibles, reservas agotadas y una sociedad acostumbrada a precios artificialmente bajos. El ajuste no se vuelve una opción ideológica, se convierte en una necesidad macroeconómica. Sin embargo, la ultraizquierda ha perfeccionado una estrategia política muy eficaz: convertir el ajuste inevitable en una crisis social inducida, usando sindicatos y organizaciones corporativas como arietes para desestabilizar gobiernos recién llegados.

Bolivia, Argentina y Ecuador ofrecen tres ejemplos claros de este patrón.

Bolivia 2025: subsidios agotados y paros como arma política

El nuevo gobierno boliviano de Rodrigo Paz hereda un Estado sobredimensionado y un esquema de subsidios a los combustibles que drenó recursos durante más de 20 años de gobiernos Masistas con Evo Morales y Luis Arce. Eliminar subsidios como medio para recuperar las finanzas ya es catalogado por sindicalistas como un golpe a las familias bolivianas más pobres (una decisión “neoliberal”); no se entiende que es un freno al déficit fiscal y un alto a una crisis mayor.

La reacción inmediata y acostumbrada: paro indefinido de choferes, bloqueo de ciudades y presión para revertir la medida. El punto clave es este: los sindicatos no discuten la sostenibilidad del sistema, defienden una renta política construida en el populismo. La ultraizquierda encuentra aquí el hueco perfecto: no necesita ganar elecciones, le basta con paralizar el país y erosionar la legitimidad del ajuste.

Argentina 2018–2019 y 2024: el ajuste siempre paga el costo político

Argentina es el laboratorio más claro de este fenómeno. En 2018, el gobierno de Mauricio Macri intentó corregir tarifas, reducir subsidios y ordenar el gasto. El resultado fue una resistencia sindical sistemática basada en millones de piedras lanzadas por los denominados "movimientos sociales Evita, Polo Obrero, Campora, etc., marchas permanentes y un relato instalado: “el ajuste empobrece”.

Lo que no se dijo con claridad es que abultado y creciente gasto público vía emisión descontrolada estaba empobreciendo a los que decían defender: vía inflación, pérdida de poder adquisitivo y endeudamiento crónico. El costo político fue tan alto que el ajuste quedó inconcluso y el populismo regresó al poder en 2019.

En 2024–2025, con Javier Milei, el escenario se repite con mayor intensidad:
– ajuste fiscal profundo,
– sindicatos movilizados,
– oposición de izquierda intentando provocar caos social.

La diferencia es que ahora el ajuste se comunicó con mayor claridad técnica desde la campaña, pero la estrategia de desgaste sigue siendo la misma. Políticos obstruyenfo desde el Congreso y el Senado toda iniciativa que les reste poder.

Ecuador 2019: cuando el subsidio se convierte en detonante

Ecuador vivió en octubre de 2019 una de las lecciones más duras. El gobierno de Lenín Moreno eliminó el subsidio a los combustibles como parte de un programa de estabilización fiscal. La reacción fue una paralización nacional, encabezada por sindicatos y organizaciones sociales indígenas con fuerte influencia ideológica de izquierda.

El resultado fue claro:
– el ajuste se frenó,
– el gobierno quedó debilitado,
– el mensaje político fue devastador: corregir el déficit tiene un costo político mayor que sostenerlo.

Desde entonces, ningún gobierno ecuatoriano ha logrado tocar seriamente el tema de los subsidios sin temor a un nuevo estallido. Una leve mejoría en este aspecto se vive con el gobierno del presidente Noboa que por primera vez venció a un movimiento indígena ante la eliminación del subisidio al diesel.

La lección económica que pocos quieren enseñar

Para estudiantes y ciudadanos, hay una verdad incómoda que debe decirse con claridad:

  1. El déficit fiscal no desaparece por decreto
    Si no se corrige, se financia con deuda, emisión o inflación. Siempre alguien paga.

  2. Los subsidios generalizados benefician más a quien más consume
    No son políticas progresivas; son distorsiones regresivas.

  3. El ajuste es impopular, pero la crisis es devastadora
    El ajuste duele una vez; la inflación y el colapso duran años.

  4. La ultraizquierda no necesita gobernar para mandar
    Le basta con controlar sindicatos, calles y relato público para tumbar gobiernos.

El verdadero problema: economía técnica vs. política de la calle

El error recurrente de los gobiernos no populistas es creer que la razón económica se impone sola y los sindicatos y movimientos sociales parasitarios de los gobiernos débiles van a entender las medidas económicas. No es así. El ajuste necesita:

– pedagogía económica constante,
– compensaciones focalizadas y temporales,
– desmontar el relato de “ajuste = pobreza”,
– y, sobre todo, anticiparse a la movilización organizada.

Cuando esto no se hace, la ultraizquierda llena el vacío con miedo, consignas simples y presión callejera.

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lunes, 15 de diciembre de 2025

El cansancio con el socialismo tras el fin del boom de las materias primas

 


Durante casi dos décadas, buena parte de América Latina vivió bajo la ilusión de que el socialismo del siglo XXI había encontrado la fórmula del desarrollo. El auge extraordinario de los precios del petróleo, el gas, los minerales y los productos agrícolas permitió financiar Estados sobredimensionados, expandir el gasto público y sostener narrativas de “justicia social” sin enfrentar —al menos en apariencia— los costos reales del intervencionismo. Ese ciclo terminó. Y con él, se agotó también la paciencia social.

Cuando la renta extraordinaria desaparece, queda al desnudo un patrón común: pérdida de libertad económica, captura de las instituciones públicas, asfixia a la competencia y Estados incapaces de sostener el bienestar que prometieron. En este contexto, el avance de gobiernos de derecha o liberal-conservadores en países como Argentina, El Salvador, Ecuador y Chile no responde a una moda ideológica, sino al hartazgo acumulado frente a modelos que solo funcionan cuando el dinero sobra.

Argentina: del populismo eterno al grito de ruptura

Argentina representa el caso más extremo del agotamiento socialista. Tras décadas de peronismo en sus distintas variantes, el país quedó atrapado en inflación crónica, controles de precios, cepos cambiarios y un Estado que consume más de lo que produce. El kirchnerismo administró uno de los mayores booms de commodities de la historia reciente, pero en lugar de invertir en productividad, diversificación y capital humano, expandió subsidios, empleo público y clientelismo político.

El triunfo de Javier Milei no es un accidente ni una excentricidad. Es la reacción de una sociedad cansada de la inflación, la pobreza y la mentira estructural. Cuando la libertad económica se reduce al mínimo y las instituciones se convierten en extensiones del poder político, la respuesta suele ser radical. Argentina no votó moderación: votó ruptura.

El Salvador: orden y resultados frente al fracaso del Estado débil

El caso salvadoreño es distinto, pero igual de revelador. Durante años, el país estuvo dominado por una izquierda y una derecha tradicionales incapaces de resolver el principal problema nacional: la violencia. El modelo estatista, débil y capturado por intereses partidistas, fue incapaz de garantizar lo más básico: seguridad y control territorial.

Nayib Bukele capitalizó ese cansancio con un liderazgo fuerte y un enfoque pragmático. Más allá del debate sobre formas, el fondo es claro: la ciudadanía priorizó resultados frente a discursos ideológicos. Cuando el Estado falla, la sociedad deja de creer en consignas y busca eficacia, incluso si eso incomoda a las élites progresistas regionales.

Ecuador: el límite del correísmo sin petróleo caro

Ecuador es un ejemplo clásico del socialismo dependiente de la renta. El correísmo se sostuvo mientras el petróleo estuvo alto y el endeudamiento externo fue accesible. Se expandió el Estado, se debilitó al sector privado y se concentró el poder en el Ejecutivo. Cuando los precios cayeron y la deuda explotó, el modelo mostró su fragilidad estructural.

El giro político posterior refleja un cansancio profundo con el autoritarismo, la persecución institucional y el desprecio por la iniciativa privada. La sociedad ecuatoriana entendió que sin competencia, inversión y reglas claras, no hay desarrollo sostenible. El socialismo sin chequera petrolera simplemente no funciona.

Chile: el fin del mito del “progresismo eficiente”

Chile merece un análisis especial. Durante más de 25 años fue gobernado por coaliciones de centroizquierda que administraron, con relativo éxito, un modelo basado en el mercado. Sin embargo, con el tiempo, ese progresismo comenzó a erosionar las bases institucionales que habían permitido el crecimiento: seguridad jurídica, apertura económica y responsabilidad fiscal.

El estallido social y el experimento constitucional marcaron el límite del progresismo identitario y estatista. El rechazo contundente a proyectos refundacionales y el avance de sectores de derecha reflejan un cansancio con la política de símbolos, cuotas y expansión burocrática. Chile no rechazó la justicia social; rechazó el uso ideológico del Estado en detrimento de la libertad y la competencia.

Bolivia: del “milagro” gasífero al estancamiento silencioso

Bolivia es quizá el ejemplo más claro de cómo el socialismo latinoamericano depende casi exclusivamente de los ciclos favorables de las materias primas. Durante los años de altos precios del gas natural, el Movimiento al Socialismo (MAS) construyó el relato del “modelo económico social comunitario productivo”. En la práctica, fue un modelo rentista clásico: gasto público elevado, escasa diversificación productiva y creciente control estatal.

Con el fin del boom gasífero, las debilidades quedaron expuestas. La inversión privada se contrajo, las reservas internacionales cayeron de forma sostenida y la economía empezó a mostrar señales de agotamiento. A ello se sumó la captura progresiva de instituciones clave, debilitando la independencia judicial y reduciendo los espacios de competencia política real. Bolivia no colapsa de inmediato, pero avanza hacia un estancamiento estructural que ya se conoce demasiado bien en la región.

Llamado de atención: cuidado con los cantos de sirena

La experiencia latinoamericana deja una lección incómoda pero necesaria: no existe socialismo eficiente sin precios altos ni socialismo sostenible sin libertad. Cuando los gobiernos prometen bienestar a cambio de concentración de poder, control estatal y sacrificio de la competencia, lo que ofrecen no es justicia social, sino dependencia.

Los cantos de sirena del socialismo siempre suenan igual: el Estado como salvador, el mercado como enemigo y la libertad como un lujo prescindible. Al inicio, cuando hay recursos extraordinarios, el modelo parece funcionar. Luego llegan la inflación, el estancamiento, la migración masiva y la erosión institucional.

Los países que renuncian a la libertad económica en nombre de una igualdad ficticia terminan perdiendo ambas cosas. América Latina ya recorrió este camino demasiadas veces como para seguir fingiendo sorpresa. El desarrollo no se decreta ni se reparte; se construye con reglas claras, competencia real e instituciones fuertes. Sin libertad, el socialismo no es progreso: es decadencia administrada.

América Latina ya pagó demasiado caro las falsas promesas del socialismo sin libertad. Si no quieres repetir los mismos errores, sigue Ideas Antizurdos. Aquí analizamos sin miedo, sin corrección política y con datos, lo que otros prefieren callar. Pensar distinto también es una forma de resistencia.

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miércoles, 10 de diciembre de 2025

¿Es el capitalismo realmente culpable de las crisis económicas?

 


Dr. Armando José Urdaneta Montiel

En tiempos de crisis, la sociedad tiende a señalar al capitalismo como el causante de los colapsos económicos. Sin embargo, atribuirle esta culpa al mercado libre es una visión superficial que deja de lado la compleja dinámica entre el Estado y el sistema financiero. Lejos de vivir en un mercado puramente capitalista, la economía actual está profundamente marcada por la intervención estatal, especialmente a través de los bancos centrales. Esta relación de dependencia entre el sistema financiero y las políticas gubernamentales ha llevado a una serie de ciclos de auge y caída, que parecen no tener fin.

Capitalismo o intervencionismo: ¿Quién realmente dirige la economía?

A pesar de la percepción generalizada de que vivimos en un sistema de libre mercado, la realidad es que la intervención gubernamental tiene una influencia predominante en el funcionamiento de la economía. Los bancos centrales emiten moneda, fijan tasas de interés y rescatan a instituciones en problemas, ejerciendo un control que en muchos sentidos es más cercano al socialismo financiero que a un mercado libre. Estas decisiones distorsionan los incentivos y desencadenan ciclos económicos artificiales.

Un mercado libre genuino permitiría que el ahorro y la inversión estuvieran ligados de forma natural, de modo que el capital disponible se destinara a inversiones realmente rentables y sostenibles. Sin embargo, en el actual sistema de reserva fraccionaria, los bancos pueden prestar más dinero del que realmente poseen en reservas, creando así una expansión artificial del crédito que alimenta una economía dependiente de deuda, en vez de una basada en ahorro genuino. De esta forma, las políticas del Estado y de los bancos centrales contribuyen al ciclo económico que inevitablemente termina en recesión, cuando la realidad alcanza a las inversiones infladas y el sistema se ajusta de forma brusca y dolorosa.

Bancos centrales, expansión de crédito y el ciclo insostenible

Los bancos centrales modernos poseen una capacidad sin precedentes para influir sobre la economía mediante la emisión de dinero y el ajuste de tasas de interés. Cuando los bancos centrales reducen estas tasas, se incentiva una serie de proyectos de inversión bajo la falsa impresión de que existe ahorro disponible. En realidad, la reducción de tasas no responde a una acumulación genuina de ahorros, sino a una intervención artificial que fomenta un endeudamiento masivo y en muchos casos insostenible. Este fenómeno, conocido como expansión crediticia artificial, desvincula la inversión de la base de ahorro real, creando burbujas y ciclos de auge y caída que perjudican a la economía en su conjunto.

Desde la perspectiva de la Escuela Austriaca de Economía, el ciclo económico no es el resultado del libre mercado, sino de la manipulación monetaria que desvincula la inversión del ahorro genuino. En este sentido, el capitalismo no es el responsable de las crisis, sino el sistema centralizado de intervención estatal que crea las condiciones para una expansión desmedida del crédito y una falsa sensación de prosperidad. Lejos de evitar las crisis, este sistema las provoca y las exacerba, generando caos económico y sufrimiento para la población.

La inflación: un impuesto oculto y regresivo que afecta a los más vulnerables

La financiación del gasto público mediante la emisión de moneda resulta en inflación, una forma de "impuesto oculto" que erosiona el poder adquisitivo de la población, especialmente de quienes perciben ingresos fijos o bajos. Al aumentar la oferta de dinero sin un incremento proporcional en la producción de bienes y servicios, los precios suben y el poder de compra de los ciudadanos disminuye. Este "impuesto" afecta de manera desproporcionada a los sectores con menores ingresos, quienes no tienen acceso a mecanismos financieros que les permitan protegerse de la inflación.

A diferencia de los impuestos directos, la inflación es políticamente más aceptable, ya que sus efectos no son inmediatamente visibles y permite a los gobiernos financiar gastos sin que los votantes se percaten del costo real. Este fenómeno actúa como un mecanismo regresivo de redistribución, beneficiando a quienes están cerca de las fuentes de financiamiento (instituciones financieras y grandes corporaciones) y perjudicando a la clase trabajadora y a los ahorradores, quienes ven sus ingresos erosionados por el aumento de precios.

Burbujas y crisis recurrentes: la consecuencia de un sistema financiero basado en deuda

El sistema de manipulación del dinero y el crédito ha creado una economía global en la que las burbujas parecen inevitables. Las burbujas tecnológicas de los años 90, la crisis de las hipotecas en 2008 y otros fenómenos similares son claros ejemplos de cómo la economía se infla artificialmente debido al exceso de crédito sin respaldo. Cuando estas burbujas estallan, las pérdidas se extienden a quienes quedan atrapados en la caída de precios, lo que genera crisis financieras de gran impacto social. La facilidad con la que los bancos crean crédito, sin un respaldo genuino en ahorros, conduce a una economía frágil e inestable.

La práctica de los bancos comerciales y de inversión de recurrir al crédito a corto plazo para financiar proyectos a largo plazo está respaldada por el papel del banco central como prestamista de última instancia. Este respaldo implícito genera incentivos perversos para el endeudamiento excesivo y el riesgo financiero, ya que las instituciones saben que, en caso de crisis, contarán con el apoyo de los fondos públicos.

La trampa de la deuda: ¿una fiesta sin fin o un peligro inminente?

La dependencia de la economía moderna en el endeudamiento es una clara señal de un sistema defectuoso. Los gobiernos, incapaces de financiar su gasto únicamente mediante impuestos, recurren a la emisión de deuda pública que luego es adquirida por bancos comerciales, que a su vez reciben financiamiento del banco central. Este ciclo crea una trampa económica, en la que el crédito artificial inyecta dinero en la economía a corto plazo, pero a un costo que eventualmente recae en los ciudadanos comunes. Ya sea mediante impuestos o a través de la inflación, el precio de esta “fiesta” de crédito desmedido siempre lo pagan los ciudadanos, mientras las élites financieras se benefician.

Análisis crítico: la Regla de Taylor y la Curva de Phillips ampliada por expectativas

La Regla de Taylor y la Curva de Phillips ampliada por expectativas ofrecen marcos teóricos que permiten entender cómo la intervención monetaria desmedida contribuye a las crisis. La Regla de Taylor, por ejemplo, sugiere un ajuste de tasas de interés en función de la inflación y el PIB, para ofrecer una política monetaria más predecible. Sin embargo, los bancos centrales, como la Reserva Federal en Estados Unidos, han operado muchas veces al margen de esta regla, ajustando las tasas por motivos políticos o para estimular artificialmente la economía. Estos ajustes suelen fomentar el endeudamiento e inversión en proyectos que no serían sostenibles bajo tasas reales de interés, llevando al mercado a ciclos de auge y caída.

Por otro lado, la Curva de Phillips ampliada destaca cómo la manipulación de las tasas de interés, ignorando las expectativas de inflación de los agentes económicos, socava la confianza en la economía y afecta la estabilidad a largo plazo. Esta versión de la Curva de Phillips señala que las personas, al anticipar inflación, modifican su comportamiento, haciendo que los intentos del banco central de reducir el desempleo a través de la expansión monetaria solo generen inflación sin resolver el problema de fondo. Este fenómeno da lugar a una inflación crónica, que a su vez reduce el poder adquisitivo y socava la estabilidad económica.

Reflexión final: ¿Crisis del capitalismo o del sistema de intervención estatal?

La conclusión es clara: lejos de vivir en un sistema capitalista, estamos inmersos en un sistema de intervención estatal que impone un control férreo sobre el dinero y el crédito. Las crisis que presenciamos no son una falla del mercado libre, sino el resultado de una economía manipulada que desconecta las señales naturales de oferta y demanda. Tanto la Regla de Taylor como la Curva de Phillips ampliada muestran que la intervención desmedida y la creación de dinero sin respaldo generan ciclos de auge y caída que afectan desproporcionadamente a los sectores más vulnerables.


Es momento de cuestionar si necesitamos más intervención o si, por el contrario, deberíamos reducir el rol del Estado en la economía. Solo así podremos avanzar hacia un sistema económico estable y sustentado en la realidad, sin burbujas de crédito artificial y sin crisis que erosionen el bienestar de la sociedad.

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sábado, 6 de diciembre de 2025

Oro vs. pobreza: la mentira del ecologismo radical

 

Cuando se habla de oro, muchos medios afines a la izquierda enseguida posicionan en la mente de las personas "codicia, destrucción ambiental y “corporaciones sin alma”. Lo que casi nunca se muestra es el otro lado de la moneda: países que han aprovechado responsablemente sus recursos mineros para financiar escuelas, hospitales, infraestructura y empleos bien pagados. Canadá es un ejemplo incómodo para el discurso anti-minero de la izquierda y del ambientalismo extremo: es uno de los grandes productores de oro del mundo… y al mismo tiempo uno de los países con mejor calidad de vida del planeta.

1. El oro en la economía mundial: no es una anécdota

En 2024 la producción mundial de oro rondó las 3.300 toneladas. China fue el mayor productor (alrededor de 380 t, cerca del 11–12 % del total), seguida de Rusia, Australia y luego Canadá, con unos 200 t, alrededor del 6 % de la producción global. 

Es decir: el oro no es un capricho de unos pocos. Es un componente clave del sistema financiero (reservas de bancos centrales), de la joyería de alto valor y también de tecnologías médicas y electrónicas. Según la propia industria, el oro que se extrae hoy proviene de yacimientos cada vez más complejos y de menor ley, lo que requiere más inversión, mejor tecnología y estándares ambientales más estrictos. La producción apenas creció alrededor de 0,5 % en 2023, señal de que no es una “fiesta salvaje de depredación” sino un sector que enfrenta límites geológicos reales. 

2. Canadá: oro, minería y calidad de vida

Canadá desarma por completo el argumento de que “minería = miseria y destrucción”. Es una potencia minera y al mismo tiempo un referente global en bienestar social.

  • El sector minero (incluyendo servicios y manufacturas asociadas) aportó cerca de 117.000 millones de dólares canadienses al PIB en 2023, alrededor del 4 % de toda la economía. 

  • Si se amplía la mirada a minería, canteras y petróleo y gas, la participación llega a alrededor del 8 % del PIB canadiense. 

  • La industria minera emplea unas 694.000 personas entre empleo directo e indirecto, con salarios por encima del promedio nacional. 

  • En minerales críticos, los empleos crecieron más de 6 % entre 2019 y 2023, hasta cerca de 55.000 solo en esa categoría. 

Esos números no describen un país devastado por la minería, sino uno que ha sabido convertir sus recursos en prosperidad, inversión y empleos de calidad. La OCDE, al analizar regiones mineras como el norte de Ontario, muestra que, bien gestionados, los proyectos mineros pueden coexistir con buenos indicadores sociales y ambientales, e incluso mejorar servicios e infraestructura en zonas remotas. 

3. Lo que dicen los datos sobre oro y desarrollo

Informes del World Gold Council y otros organismos muestran que la minería moderna de oro genera:

  • Empleo formal en zonas donde antes predominaba la informalidad.

  • Ingresos fiscales significativos vía impuestos, regalías y exportaciones.

  • Inversión en carreteras, energía eléctrica, agua potable y servicios comunitarios asociados a los proyectos. 

En muchos países de ingresos medios y bajos, la presencia de una mina de oro de gran escala ha multiplicado los salarios locales, ha extendido la cobertura de servicios y ha creado oportunidades para proveedores locales (transporte, alimentos, mantenimiento, seguridad, etc.). Cuando existe un Estado mínimamente serio, esos recursos se traducen en mejor educación, salud e infraestructura.

¿Hay casos de malas prácticas? Por supuesto. La historia latinoamericana está llena de corrupción, regulaciones débiles y empresas (públicas y privadas) que han hecho las cosas mal. Pero de ahí a sostener que “toda” minería es intrínsecamente destructiva hay un abismo. El problema no es el oro en el subsuelo, sino la mala institucionalidad en la superficie.

4. El ambientalismo extremo y el inmovilismo que empobrece

En este punto entra en escena el discurso del ambientalismo extremo y de buena parte de la izquierda: “No a la minería”, “cero extracción”, “dejemos todo bajo tierra aunque la gente siga sin agua potable, sin empleo y sin futuro”.

Este relato tiene varios problemas:

  1. Ignora la evidencia internacional. Canadá, Australia o los países nórdicos muestran que se puede regular con firmeza, exigir estándares ambientales altos y, al mismo tiempo, aprovechar los recursos para financiar bienestar social.

  2. No ofrece alternativas realistas. Decir “vivamos del turismo y la agricultura orgánica” suena bonito en un cartel, pero no reemplaza el peso de las exportaciones mineras, ni la capacidad recaudatoria que tiene un sector de alto valor agregado.

  3. Congela la pobreza. Al bloquear sistemáticamente proyectos mineros, se impide que regiones pobres accedan a empleos formales, infraestructura y servicios. Se mantiene a la población en actividades de baja productividad… y luego se culpa al “neoliberalismo” de que no haya desarrollo.

La paradoja es clara: en nombre de “proteger a la gente”, cierto activismo termina protegiendo la desigualdad y el atraso.

5. Minería responsable: sí; pobreza eterna: no

Defender la minería no significa dar un cheque en blanco a cualquier empresa ni al Estado. Significa exigir tres cosas muy concretas:

  1. Reglas claras y estables, que obliguen a usar tecnologías limpias, manejar adecuadamente relaves, cuidar el agua y reparar pasivos ambientales.

  2. Instituciones sólidas, que fiscalicen en serio y eviten la captura política y la corrupción.

  3. Distribución transparente de beneficios, con parte de las regalías y tributos invertidos de verdad en las comunidades locales (infraestructura, educación técnica, salud, emprendimiento).

Cuando estas condiciones se acercan al estándar canadiense, la minería de oro se convierte en un motor de prosperidad y no en una maldición. Los datos de producción global muestran que el oro es un recurso escaso y cada vez más difícil de encontrar; renunciar voluntariamente a él por consignas ideológicas es un lujo que los países en desarrollo no se pueden permitir. 

Si queremos hablar en serio de desarrollo, no podemos seguir comprando el relato simplón de que extraer es malo y prohibirlo todo es “moralmente superior”. La verdadera discusión debe ser cómo extraer mejor, no cómo impedir que nada cambie.

Si estás cansado del discurso anti-minero que condena a nuestros países al atraso, sigue Ideas Antizurdos y comparte esta entrada para abrir el debate.



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martes, 2 de diciembre de 2025

El gran fraude del ALBA: 25 años de “milagros” socialistas que terminaron en ruina

 

Durante los últimos 25 años, los países del eje conocido como ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) han construido uno de los mayores ejercicios de propaganda económica de la historia latinoamericana. Bajo consignas de “soberanía económica”, “recuperación de los recursos naturales” y “milagros de inclusión social”, regímenes como los de Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia promovieron un modelo basado en expropiación, control estatal masivo, gasto público improductivo y una narrativa ideológica que ocultaba la progresiva destrucción del tejido productivo.

La promesa era simple: sacar al pueblo de la pobreza nacionalizando recursos estratégicos y centralizando decisiones en el Estado. El resultado fue exactamente el inverso: economías quebradas, caída de la producción, dependencia externa renovada y éxodos masivos de población.

Venezuela: del “milagro petrolero” al colapso total

En 1999, Venezuela producía más de 3,4 millones de barriles diarios. Hoy produce menos de una tercera parte. Tras la nacionalización total de PDVSA y la purga técnica de 2003, la empresa dejó de operar bajo criterios productivos para convertirse en una caja política. Los ingresos petroleros, en lugar de invertirse en modernización o diversificación, fueron dilapidados en subsidios clientelares y programas asistencialistas.

Resultado:

  • Hiperinflación récord mundial

  • Colapso industrial

  • Más de 7 millones de venezolanos emigrados

  • Salarios entre los más bajos del hemisferio

El “milagro” fue una ilusión financiera sostenida por altos precios del petróleo. Cuando el mercado corrigió, la economía nacionalizada ya estaba destruida.

Cuba: 65 años de soberanía improductiva

Cuba es el experimento más largo del modelo ALBA. Nacionalizaciones totales desde 1960 acompañadas de planificación central rígida dieron lugar a:

  • Productividad agrícola raquítica

  • Dependencia crónica de importaciones

  • Desabastecimiento permanente

  • Migración constante

Tras sesenta años de “soberanía”, Cuba sigue dependiendo de remesas, turismo administrado por conglomerados militares y asistencia extranjera. El resultado es evidente: salarios reales bajísimos, pobreza estructural y cero innovación privada.

La soberanía prometida se transformó en una economía cautiva del Estado, incapaz de producir bienestar.

Nicaragua: del discurso revolucionario a la maquinaria familiar

Desde 2007, Daniel Ortega retomó el poder combinando retórica socialista con extracción de rentas sin reformas productivas. Nacionalizaciones selectivas, control institucional y represión política generaron:

  • Pérdida de inversión privada

  • Aislamiento financiero

  • Fuga de capital humano

El modelo se sostiene por remesas y asistencia externa, no por productividad doméstica. Lo social se convirtió en fachada del autoritarismo económico.

Bolivia: gas para hoy, pobreza para mañana

El caso boliviano suele presentarse como el “éxito del ALBA”. Sin embargo, la supuesta estabilidad descansó exclusivamente sobre el boom del gas natural. La nacionalización encareció costos, redujo inversión exploratoria y afectó la reposición de reservas.

Sin diversificación productiva, Bolivia sigue dependiendo casi exclusivamente de la renta extractiva. Cuando los precios bajaron, regresaron déficits fiscales, presión inflacionaria y fragilidad externa. Nada estructural cambió.

El resultado es un país que permanece en el subdesarrollo crónico, pese a dos décadas de Estado rentista.

La gran mentira: soberanía ≠ desarrollo

El patrón es idéntico en todos los casos:

  1. Expropiación y control estatal destruyen incentivos de inversión.

  2. Politización de empresas nacionalizadas reduce eficiencia.

  3. Gasto social sin productividad consume capital.

  4. Dependencia de materias primas perpetúa vulnerabilidad.

  5. Destrucción de la empresa privada elimina innovación y empleo formal.

La “soberanía económica” presentada por el ALBA nunca significó soberanía productiva. En la práctica fue soberanía política para controlar recursos sin crear valor.

El verdadero desarrollo ignora la propaganda

Los países que realmente avanzaron en América Latina durante estos mismos 25 años —como Chile, Uruguay, Perú, Panamá o incluso Colombia prepopulista— lo hicieron promoviendo:

  • Estado de derecho

  • Apertura comercial

  • Protección de la propiedad privada

  • Inversión extranjera

  • Integración productiva

Mientras el ALBA vendía consignas antiimperialistas, el resto de la región avanzaba en cadenas logísticas, comercio exterior, energías limpias y servicios.

El balance final: propaganda contra realidad

Veinticinco años después, el veredicto es inapelable:

  • Ningún país del ALBA elevó sostenidamente su productividad.

  • Ninguno diversificó con éxito su economía.

  • Todos presentan mayor dependencia externa que antes.

  • Todos expulsan millones de migrantes económicos.

El “milagro socialista latinoamericano” no fue desarrollo: fue una burbuja ideológica financiada por materias primas, sostenida por propaganda y culminada en empobrecimiento sistemático.

Creer que la riqueza se crea confiscándola es desconocer cómo funciona la economía. Sin propiedad privada, sin reglas claras y sin inversión, ninguna nación progresa.

El costo humano de esta mentira son millones de jóvenes sin futuro que hoy migran buscando exactamente aquello que sus gobiernos les dijeron odiar: capitalismo, libertad económica y oportunidades reales.

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domingo, 30 de noviembre de 2025

Huyen del socialismo… y quieren reconstruirlo en Nueva York

 

Una de las contradicciones más desconcertantes de nuestro tiempo es observar cómo miles de personas que huyeron del socialismo real (miseria) en países como Cuba, Venezuela, Nicaragua o varias naciones africanas y del mundo musulmán terminan apoyando proyectos políticos socialistas en Estados Unidos, particularmente en Nueva York. El ejemplo más reciente es el ascenso del político socialista Zohran Mamdani, cuya propuesta de campaña se apoyó en una fuerte expansión del gasto público, controles de precios, subsidios universales, impuestos extraordinarios a empresas y, en general, un protagonismo estatal cada vez mayor en una economía con la mayor tasa de gente rica de los Estados Unidos.

La paradoja es dolorosamente clara: quienes escaparon de sistemas que destruyeron economías enteras ahora respaldan, quizás sin plena conciencia, el mismo tipo de políticas que provocaron las razones de su huida.

El choque entre esperanza y realidad

Todo migrante llega cargado de esperanza. Estados Unidos representa la oportunidad de escapar de la miseria, la represión o la falta de futuro. Sin embargo, el choque es brutal: trabajos precarios, alquileres impagables, discriminación, inseguridad laboral. El famoso “sueño americano” se vuelve una carrera cuesta arriba al no saber inglés o no tener una cualificación, es como creer que son solo llegar el sueño se convierte en realidad.

En ese escenario, discursos socialistas como los de Mamdani aparecen como un bálsamo inmediato: promesas de vivienda regulada, transporte gratuito, servicios universales y programas estatales de empleo. El lenguaje es seductor porque conecta con un deseo humano legítimo: seguridad económica.

Pero el problema es profundo. Esas promesas ignoran la causa real de la prosperidad que permitió a estas personas llegar a Nueva York: un sistema capitalista dinámico que, aun con desigualdades, genera riqueza, empleo y movilidad social. Atacar las bases de ese sistema es, en esencia, serruchar la rama sobre la que se está sentado.

Psicología del migrante: la utopía como refugio

Desde la psicología social, el fenómeno tiene explicación:

  1. Desplazamiento del trauma: Quien huye de un régimen socialista no siempre huye del socialismo como idea, sino del dolor concreto vivido: represión, hambre, violencia. Esto permite una peligrosa separación mental entre “el socialismo malo que yo sufrí” y “el socialismo bueno que ahora prometen”.

  2. Sesgo de idealización: El “socialismo democrático” presentado en ciudades occidentales se percibe como algo distinto, más humano y eficiente, desligado de su historial de fracaso. La memoria selectiva borra resultados y se aferra a promesas.

  3. Búsqueda de pertenencia: El migrante suele sentirse excluido en sociedades grandes y altamente competitivas. Proyectos socialistas ofrecen narrativas colectivas de lucha común que generan identidad: “nosotros, los trabajadores, los inmigrantes, los marginados”.

  4. Frustración de expectativas: Cuando el progreso tarda en llegar, aparece la tentación de responsabilizar al mercado, al capitalismo o a unos supuestos “ricos abusivos”. El discurso socialista convierte la frustración personal en causa política.

La autodestrucción inconsciente

Aquí emerge el núcleo del problema: al apoyar el socialismo democrático, estos grupos están colaborando (de manera inconsciente) en la erosión del único sistema que ha demostrado sacar a millones de personas de la pobreza.

No es el Estado paternalista quien genera prosperidad, sino el emprendimiento, la inversión privada, la competencia, la innovación y la seguridad jurídica. Todos factores inseparables del capitalismo.

Cada control de precios destruye incentivos.
Cada aumento desmedido de impuestos espanta inversión.
Cada subsidio masivo debilita la cultura del trabajo productivo.
Cada expansión burocrática ralentiza la economía.

El resultado es siempre el mismo: menos empleo, menos crecimiento, más dependencia estatal. Es el libreto que sufrió Venezuela, que padecieron Cuba y Nicaragua, y que ahoga hoy a buena parte de África socialista.

La diferencia es que en Estados Unidos esas políticas no colapsan de inmediato: el país todavía vive de la inercia de décadas de libertad económica. Pero el desgaste es progresivo: menos competitividad, costos elevados, impuestos crecientes, déficit estructural.

Mamdani: la versión amable del mismo problema

Políticos como Mamdani no predican revolución armada ni nacionalizaciones forzadas. Predican “justicia económica”, “igualdad” y “protección social”. Sin embargo, el andamiaje detrás es idéntico: concentración de decisiones económicas en el Estado y debilitamiento del mercado libre.

La retórica cambia, el resultado histórico no.

Creer que esta vez funcionará porque ocurre en Nueva York y no en Caracas es una ilusión peligrosa. También Venezuela creyó ser diferente por su petróleo. Cuba pensó resistir por su nacionalismo. Nicaragua imaginó una revolución productiva. Ninguno escapó a las consecuencias económicas del socialismo.

El error fundamental

El mayor error de quienes migran y luego promueven estas ideas es ignorar una verdad básica:

No fue el socialismo el que les abrió las puertas para escapar de la pobreza; fue el capitalismo.

Y al pedir que el Estado lo dirija todo están debilitando precisamente aquello que les dio la oportunidad de empezar de nuevo.

A modo de resumen

El fenómeno de los inmigrantes que huyeron del socialismo para luego defenderlo en Nueva York se explica psicológicamente como una mezcla de trauma mal procesado, frustración personal y utopía idealizada. Pero, en términos económicos, es una forma de autodestrucción colectiva: intentar reemplazar el sistema que genera riqueza por el mismo modelo que la destruyó en sus países de origen.

Buscar justicia es legítimo.
Atacar las bases del capitalismo no lo es.

La historia no cambia porque se repita con mejores discursos.

El socialismo sigue siendo —con sonrisa amable o con puño autoritario— la receta más segura para empobrecer a quienes dice querer salvar.


Defiende la libertad antes de perderla.
Sigue el blog Ideas Antizurdos y forma parte de quienes piensan sin miedo.



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Este blog presenta algunas ideas económicas sobre el comportamiento nefasto que tienen las ideas del colectivismo socialista, progresista o wokista, sobre la vida de las personas y los perjuicios que ocasionan en los países que las aplican.

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