En América Latina se instaló durante décadas una idea casi incuestionable: que romper con el centralismo y transferir competencias y recursos a los gobiernos subnacionales era, por sí mismo, sinónimo de eficiencia y desarrollo. Se habló de autonomía, cercanía al ciudadano y planificación territorial. Sin embargo, en la práctica, esa descentralización —cuando no fue acompañada de disciplina fiscal y control efectivo— terminó ampliando el margen para el despilfarro del dinero de los contribuyentes.
El problema no es la descentralización en abstracto. Desde una visión liberal, el gobierno más cercano puede, en teoría, asignar mejor los recursos porque conoce mejor las necesidades locales. El inconveniente surge cuando esa autonomía se combina con poder presupuestario amplio, incentivos electorales cortoplacistas y organismos de control débiles o politizados. Allí, el presupuesto deja de ser herramienta de desarrollo y se convierte en instrumento de posicionamiento político.
En México, la Auditoría Superior de la Federación ha señalado reiteradamente montos significativos “por aclarar” en recursos ejercidos por estados. En Perú, la Contraloría ha detectado desvíos de fondos destinados a obras hacia consultorías u otros rubros. En Colombia, los hallazgos de contralorías territoriales y organismos disciplinarios reflejan irregularidades persistentes en contratación local. En Argentina, los informes sobre transferencias a provincias y municipios muestran cómo parte importante de los recursos termina sosteniendo gasto corriente. El patrón es regional: más autonomía presupuestaria no necesariamente significó mejor uso del dinero público.
Desde una óptica liberal, el punto central es el incentivo. El político local enfrenta elecciones frecuentes y necesita resultados visibles. Un concierto multitudinario, la contratación de artistas, la entrega de tablets o kits generan impacto inmediato y titulares favorables. En cambio, invertir en drenaje pluvial, mantenimiento vial, catastro actualizado o gestión de riesgos produce beneficios menos espectaculares, aunque mucho más relevantes para la calidad de vida. La tentación de priorizar lo visible sobre lo estructural es enorme.
A esto se suma el llamado “empleo militante”: el crecimiento del gasto corriente para sostener nóminas y redes de lealtad política. Cuando el poder subnacional se ejerce sin límites claros, el presupuesto termina financiando estructuras partidistas antes que servicios públicos. Y aunque formalmente se cumplan porcentajes de inversión, no pocas veces se maquilla el gasto político bajo etiquetas técnicas.
La descentralización mal diseñada no redujo el centralismo; lo multiplicó en pequeño. En lugar de un poder concentrado en la capital, surgieron múltiples centros de gasto con capacidad de decisión discrecional y controles fragmentados. El resultado fue una expansión del tamaño del Estado en todos los niveles, sin la correspondiente mejora en resultados.
La lección es clara: la autonomía sin responsabilidad fiscal no fortalece la democracia, la debilita. La solución no es recentralizar todo, sino introducir reglas claras, límites estrictos al gasto corriente, transparencia radical y sanciones efectivas. Desde una perspectiva liberal, el verdadero respeto al ciudadano comienza por reconocer que cada dólar del presupuesto es producto del esfuerzo del contribuyente. Cuando ese dinero se utiliza para alimentar clientelas en lugar de resolver problemas estructurales, no hay descentralización virtuosa, sino simple dispersión del despilfarro.


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