En economía, el salario no es un mandato moral ni una dádiva; es un precio más dentro del sistema de mercado que la mayoría de la gente de la política se niega a entender.
Esa es la lección central que Henry Hazlitt recordaba con insistencia y que la intervención estatal tiende a olvidar con consecuencias nefastas entre jóvenes sin empleo.
En esta entrada de Ideas Antizurdos, analizamos cómo los salarios fijados “a dedo” por los gobiernos generan desajustes en el empleo y cómo, en América Latina, el sistema de salario mínimo mensual agrava las distorsiones.
1. El salario como precio: principio fundamental
Hazlitt, en su obra La economía en una lección, afirma que “un salario es en realidad un precio”.
Y como cualquier precio, depende de la oferta y la demanda.
Cuando el gobierno impone un salario por encima del equilibrio natural, se produce un exceso de oferta de trabajo (más personas queriendo trabajar) y una reducción en la demanda de empleo (menos empresas contratando).
El resultado inevitable: desempleo.
Hazlitt advertía que cuando los salarios se fijan artificialmente altos, los empleadores no pueden sostener el costo y recurren a tres opciones:
1️⃣ Despiden personal.
2️⃣ Reducen horas de trabajo.
3️⃣ Sustituyen trabajadores por máquinas.
El empleo no se crea por decreto, sino por productividad y libre intercambio.
2. La particularidad latinoamericana: el salario mínimo mensual
A diferencia de países desarrollados, en América Latina el salario no se mide por hora, sino que se impone como un salario mensual uniforme.
Esta forma de regulación tiene poca o nula base técnica y responde principalmente a decisiones políticas o sindicales.
Problemas principales:
-
No refleja productividad por hora.
Se iguala el pago de trabajos de distinta eficiencia.
-
Ignora diferencias regionales.
El costo de vida en Quito o Buenos Aires no es el mismo que en zonas rurales.
-
Desalienta la contratación formal.
El salario fijo impide ajustes y fuerza a pequeñas empresas hacia la informalidad.
-
Afecta a jóvenes y trabajadores con baja productividad.
Las empresas los excluyen porque no pueden pagar lo que produce su trabajo.
El resultado es paradójico: la ley que dice “proteger al trabajador” termina dejándolo sin empleo o en la informalidad.
3. Por qué el salario mensual agrava la distorsión
En los sistemas donde el salario se paga por hora, el empresario puede ajustar horas de trabajo ante una caída en la productividad.
Pero el salario mensual impuesto no ofrece flexibilidad alguna: el costo se mantiene fijo, aunque caiga la producción.
Esto genera:
-
Menor contratación formal.
-
Aumento del subempleo.
-
Expansión de la economía informal.
-
Pérdida de competitividad.
El caso ecuatoriano es emblemático: el salario básico ha crecido sin que la productividad lo acompañe.
El resultado es un salario real artificialmente alto y un mercado laboral que expulsa a los menos calificados.
4. La falta de justificación técnica
En la mayoría de países latinoamericanos, los ajustes del salario mínimo se basan en inflación pasada o criterios políticos, no en productividad ni en análisis sectoriales.
Como señala Mises en La acción humana, toda intervención en el sistema de precios genera descoordinación económica.
El salario político rompe la relación entre producción y remuneración, lo que destruye el proceso natural de ajuste del mercado.
Hazlitt también advierte:
“Los salarios no pueden subir para todos al mismo tiempo a menos que aumente la productividad total. Todo intento de elevarlos por decreto genera paro o inflación.”
5. Igualdad aparente, desigualdad real
El salario mínimo busca igualar, pero termina excluyendo:
-
Los más productivos mantienen sus puestos.
-
Los menos productivos quedan desempleados o se vuelven informales.
-
Las pequeñas empresas desaparecen o se vuelven ilegales.
Así, una medida “social” genera el efecto contrario: menos empleo y más pobreza estructural.
El Estado sustituye el salario bajo por el desempleo alto.
Hazlitt lo resume con precisión:
“Cuando el Estado fija salarios por encima del mercado, sustituye los salarios bajos por el paro.”
6. Conclusión: libertad de precios, libertad de empleo
La experiencia latinoamericana confirma las lecciones de Hazlitt y Mises:
Los salarios fijados políticamente (y en especial los mínimos mensuales sin base técnica) destruyen empleo, reducen la productividad y fomentan la informalidad.
El mercado libre, por el contrario, coordina decisiones individuales mediante precios, incentiva la eficiencia y genera oportunidades reales de progreso.
El verdadero camino hacia salarios más altos no es la imposición estatal, sino más inversión, mejor educación y respeto a la libertad económica.
Como escribió Hazlitt:
“El arte de la economía consiste en mirar no solo los efectos inmediatos, sino los efectos a largo plazo de cualquier política, y no solo a un grupo, sino a todos.”
Fuentes consultadas:
-
Hazlitt, H. (1946). La economía en una lección. Instituto Cato.
-
Mises, L. von. (1949). La acción humana. Unión Editorial.
-
El Cato Institute. (2024). La lección atemporal de Henry Hazlitt: refutando aún hoy las tonterías económicas actuales.
-
Liberalismo.org. Leyes de salario mínimo.
-
Nueva Revista (2023). Henry Hazlitt: la economía en una lección.
👉 Si crees que los gobiernos no deben fijar precios, compártelo.
💬 ¿Qué opinas del salario mínimo en tu país? Cuéntalo en los comentarios.
0 comments:
Publicar un comentario