Estudiarla también es un ejercicio intelectual exigente: obliga a cuestionar el fetichismo de los modelos matemáticos cuando se desconectan de la realidad y a reconocer los límites del conocimiento centralizado. La crítica a la ingeniería social, el análisis del ciclo económico basado en la expansión artificial del crédito y la defensa de la libertad como condición del orden espontáneo no son consignas ideológicas, son advertencias históricas. En tiempos donde el populismo económico vuelve a seducir con promesas fáciles, la Escuela Austriaca ofrece algo menos espectacular pero mucho más honesto: responsabilidad, reglas claras y respeto por el proceso de mercado. Quien aspire a debatir seriamente sobre desarrollo, pobreza e instituciones en nuestra región, debería al menos confrontar sus ideas con esta tradición. Ignorarla no es una opción académicamente rigurosa.
lunes, 16 de febrero de 2026
Un resumen de la escuela austríaca
La Escuela Austriaca no es solo una corriente económica; es una invitación a pensar con independencia. Desde Carl Menger hasta Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, su aporte central ha sido recordarnos que la economía no trata de números fríos sino de acción humana, decisiones individuales y procesos de mercado que ningún burócrata puede reemplazar. Frente a la obsesión contemporánea por la planificación estatal, la Austriaca nos devuelve al análisis de incentivos, información dispersa y responsabilidad personal. Si queremos comprender por qué fracasan los controles de precios, por qué el exceso de crédito genera crisis o por qué la inflación empobrece silenciosamente a los ciudadanos, aquí encontramos respuestas sólidas y coherentes. Ignorarla en América Latina —y especialmente en Ecuador— es renunciar a una herramienta poderosa para entender nuestros errores recurrentes en política económica.


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