Dr. Armando José Urdaneta Montiel.
El crecimiento desbordado del Estado, financiado con más impuestos y emisión monetaria, confisca el derecho de propiedad sin necesidad de expropiaciones abiertas. Mediante una presión fiscal creciente y un “impuesto inflacionario” que erosiona salarios y ahorros, los gobiernos van confiscando silenciosamente la capacidad de ahorro y por ende de acumular capital de familias y empresas, desincentivando trabajo, la inversión e innovación. En lugar de reducir la pobreza, este modelo estatista termina frenando la productividad y el crecimiento, mientras las élites políticamente conectadas se protegen mejor de la inflación y la carga tributaria, profundizando las desigualdades que el colectivismo afirma combatir.
Hobbes, Locke y Rousseau frente al Estado fiscal-inflacionario
Este proceso tiene una lectura profunda a la luz del contrato social. Hobbes justificó el Leviatán para escapar de la guerra de todos contra todos, donde la vida sería “solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. El soberano debía asegurar la paz y la seguridad, incluyendo la protección de bienes frente a la violencia. Cuando el propio Estado se vuelve agresor patrimonial a través de impuestos confiscatorios e inflación deliberada, deja de ser solución y se aproxima al mismo caos que pretendía conjurar.
Locke fue más claro aún: la propiedad, fruto del trabajo, es un derecho natural y el gobierno se instituye para salvaguardarla; si el Estado la vulnera, rompe el contrato que lo legitima. No importa si la confiscación es abierta (expropiación directa) o gradual (impuesto excesivo, inflación, controles que destruyen el valor de los activos): en todos los casos el principio liberal se viola.
Rousseau, por su parte, vio en la institución de la propiedad el inicio de la sociedad civil y, al mismo tiempo, la fuente potencial de desigualdad. Pero su respuesta no fue entregar toda la economía al Estado, sino someterla a reglas expresadas por la voluntad general. Convertir al gobierno en propietario de facto de la riqueza vía fiscalidad e inflación descontrolada no es rousseauniano: es la negación de la libertad cívica en nombre de una igualdad ilusoria.
Desarrollo con Estado limitado, no con Estado voraz
La macroeconomía del desarrollo permite comparar modelos con fuerte protección de la propiedad y reglas de mercado relativamente estables con aquellos marcados por intervencionismo confiscatorio. Experiencias donde se respetan los derechos de propiedad, se modera el tamaño del Estado y se mantienen finanzas públicas y monetarias razonablemente sanas han logrado combinar crecimiento sostenido con reducciones significativas de pobreza y mejoras en bienestar, aun con desafíos de desigualdad.
La alternativa colectivista ya sea con retórica revolucionaria o con lenguaje moderado de “Estado social” tiende a derivar en economías estancadas, inflacionarias y dependientes del poder político, donde el ciudadano se vuelve súbdito fiscal y rehén monetario. El Estado se presenta como salvador, pero para poder “salvar” necesita primero debilitar la capacidad de los individuos y empresas de sostenerse por sí mismos.
La verdadera discusión no es Estado sí o Estado no, sino qué Estado y para qué. Un Estado fuerte en proteger la vida, la libertad y la propiedad, y débil en sus ambiciones de dirigir la economía y redistribuirlo todo, es compatible con el contrato social clásico y con el desarrollo. Un Estado obeso, financiado por impuestos asfixiantes e inflación crónica, es incompatible con ambos: destruye incentivos, corroe la confianza y termina confiscando aquello que prometió garantizar.
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