Ideas anti zurdos, un espacio para defender la libertad.

domingo, 18 de mayo de 2025

El odio a los ricos: desmontando los mitos del igualitarismo

 


En el libro El odio a los ricos, Axel Kaiser ofrece una crítica lúcida y frontal a una de las falacias más peligrosas del pensamiento político contemporáneo: el igualitarismo radical. Este libro no es un panfleto más contra la izquierda, sino una defensa sólida, documentada y filosóficamente fundamentada del derecho a prosperar, a ser distinto, y a que esa diferencia no se castigue como si fuera un delito moral o una injusticia estructural.

Kaiser expone cómo, en América Latina y otras regiones del mundo, se ha incubado un profundo resentimiento hacia quienes generan riqueza. Ese resentimiento no se basa en hechos objetivos ni en datos sobre explotación o corrupción, sino en una narrativa igualitarista que condena la desigualdad por sí misma, sin entender sus causas ni sus efectos.

El igualitarismo como falacia

El autor parte de una verdad contundente: la igualdad de oportunidades es deseable, pero la igualdad de resultados es antinatural e injusta. No todos nacemos con las mismas capacidades, ni tenemos los mismos intereses, ni hacemos los mismos esfuerzos. Pretender que todos lleguemos al mismo resultado —por decreto o redistribución forzada— es ignorar la naturaleza humana, y es también un atentado contra la libertad individual.

Kaiser recoge ejemplos históricos y contemporáneos para mostrar cómo el igualitarismo ha llevado a sociedades enteras al estancamiento, al autoritarismo y al empobrecimiento moral. Desde Cuba hasta Venezuela, desde la Unión Soviética hasta ciertas políticas actuales en Europa, el experimento de forzar la igualdad ha tenido resultados catastróficos.

El odio como motor político

Lo más inquietante que denuncia Kaiser es cómo este discurso igualitarista se basa, no en la compasión por los pobres, sino en el odio hacia los exitosos. El rico, en este imaginario, no es alguien que ha trabajado, innovado o arriesgado, sino un “enemigo de clase” que merece ser castigado. Esa visión tribal, que divide al mundo en opresores y oprimidos sin matices, es peligrosa porque deshumaniza al otro y legitima la envidia como virtud política.

Este “odio a los ricos” no tiene como fin elevar al pobre, sino rebajar al que sobresale. Es una nivelación hacia abajo, donde el éxito se ve con sospecha y el fracaso se premia con subsidios perpetuos. Y que se refleja muy bien en el sistema de educación superior en nuestros países, en donde se enseña a odiar a los empresarios, pero a pedir empleo de calidad y sobrevalorado.

La libertad como solución

El mensaje central del libro es claro: la única manera de mejorar las condiciones de vida de todos no es igualando por la fuerza, sino liberando el potencial de cada individuo. Para eso se necesitan reglas claras, propiedad privada, mercados libres y una cultura que celebre la excelencia, no que la castigue.

Kaiser argumenta que no se trata de defender a los millonarios per se, sino de defender los principios que hacen posible que cualquier persona —con esfuerzo, creatividad y disciplina— pueda mejorar su vida. El problema no es que existan ricos, sino que haya barreras que impidan a otros llegar a serlo.

El odio a los ricos es una lectura indispensable en tiempos donde la retórica igualitarista gana terreno en la opinión pública y en las políticas públicas. Es un llamado a despertar, a pensar con libertad, y a no dejarse arrastrar por discursos que, disfrazados de justicia social, alimentan la envidia, el resentimiento y la mediocridad.

Como diría el propio Kaiser: el verdadero progreso humano se construye sobre la base del mérito, no sobre la demolición del mérito ajeno.

  • ¿Crees que la desigualdad económica es siempre injusta? ¿Te parece que en tu país se promueve el odio al éxito? ¿Qué opinas sobre las propuestas igualitaristas que ves en tu entorno? ¿Ya leíste el libro de Axel Kaiser? Comparte tu opinión en los comentarios.

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viernes, 16 de mayo de 2025

Constitución o caos: por qué Ecuador necesita una refundación liberal urgente.


Ecuador ya no está en crisis. Está en proceso de descomposición institucional, territorial y moral. El narcotráfico ha penetrado todas las capas del Estado, la violencia ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en política de poder, y la economía (regida por trabas, privilegios y gasto ineficiente) ha condenado a millones a la pobreza o la migración forzada. Y mientras todo esto ocurre, el Estado permanece atado de manos por un marco constitucional que, más que garantizar derechos, protege al crimen, paraliza al gobierno y frustra la inversión.

La Constitución de Montecristi no es solo obsoleta frente a las amenazas del presente: es, en muchos aspectos, el nudo que impide que el Ecuador respire. Bajo el pretexto de defender derechos, se han blindado estructuras que impiden gobernar con firmeza. Se prohíbe la extradición incluso frente a redes de crimen transnacional. Se eliminó la cadena perpetua, pero no se construyó un sistema penitenciario digno ni funcional. Se expandieron las garantías judiciales sin asegurar la independencia de los jueces, permitiendo que los delincuentes salgan por la puerta giratoria de un hábeas corpus. Y se creó una arquitectura institucional laberíntica, donde cinco funciones del Estado compiten entre sí, y ninguna responde eficazmente a la ciudadanía.

Frente a este colapso, la única salida estructural es una Asamblea Constituyente que ponga fin a este diseño fallido. Pero no para volver al estatismo, ni para repetir el ciclo caudillista disfrazado de participación. Lo que se necesita es una constituyente liberal, moderna y técnica, que reforme el Estado desde una lógica de libertad individual, seguridad jurídica, y responsabilidad fiscal.

Este nuevo pacto constitucional debe cimentarse sobre cinco pilares ineludibles. Primero, la seguridad nacional debe convertirse en prioridad absoluta del Estado, lo que exige dotar al sistema penal de herramientas reales y ágiles para enfrentar el crimen organizado, desde penas proporcionales hasta mecanismos de cooperación internacional como la extradición. Segundo, el sistema de justicia debe ser depurado, reestructurado y blindado contra presiones políticas y criminales, garantizando jueces independientes, procesos transparentes y sanción ejemplar para quienes abusen de las garantías. Tercero, la arquitectura institucional debe rediseñarse para eliminar los obstáculos que impiden gobernar: funciones innecesarias como el CPCCS deben suprimirse, el poder legislativo debe recuperar eficacia, y los mecanismos de participación ciudadana deben tener límites que impidan su manipulación caudillista. Cuarto, el modelo económico debe girar hacia la libertad productiva, el respeto a la propiedad privada, la atracción de inversión y la sostenibilidad fiscal, superando la lógica estatista que asfixia al emprendimiento y perpetúa la dependencia. Y quinto, la ciudadanía debe fortalecerse como actor político y ético, a través de un sistema educativo que promueva la responsabilidad cívica, la transparencia y una participación crítica y constructiva.

Hoy no basta con prometer seguridad. Hay que crear condiciones jurídicas e institucionales para aplicarla sin temor ni bloqueo judicial. No basta con decir que se necesita empleo. Hay que liberar a la economía de su camisa de fuerza legal y tributaria, reduciendo cargas fiscales, eliminando privilegios corporativos y atrayendo inversión. No basta con exigir transparencia. Hay que desmontar los mecanismos de cooptación institucional que protegen a mafias políticas y sindicales con rostro progresista.

El país no resiste más parches. Sin seguridad no hay libertad. Sin libertad no hay desarrollo. Y sin desarrollo no hay República. Una constituyente liberal no es una utopía ideológica: es una necesidad histórica para recuperar el control del país y devolverle su destino a la gente honesta, trabajadora y libre.

Si no nos atrevemos ahora, no habrá país que refundar después.


Por: Econ. Luis Cedillo-Chalaco, MSc.



 



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martes, 13 de mayo de 2025

El exceso de regulaciones: la trampa invisible del desarrollo en Ecuador

 


Durante décadas, los ecuatorianos hemos vivido bajo la creencia de que todo debe estar regulado por el Estado. Desde cómo se puede abrir un negocio hasta cómo debe funcionar el mercado laboral, la intervención ha sido la regla. Esta cultura normativa, profundamente arraigada, ha convertido a Ecuador en uno de los países con mayor carga regulatoria de la región, y los resultados saltan a la vista: estancamiento económico, informalidad galopante, baja competitividad, desempleo permanente y fuga de talento.

La historia nos ha demostrado que los países que prosperan son aquellos que dejan espacio para que las personas tomen decisiones económicas libremente. Adam Smith, el padre de la economía moderna, advertía ya en el siglo XVIII sobre los peligros del intervencionismo excesivo. En La Riqueza de las Naciones, Smith defendía la idea de que el interés individual, guiado por una “mano invisible”, produce más bienestar colectivo que cualquier planificación centralizada. En cambio, cuando el Estado regula en exceso, sofoca esa capacidad de adaptación y de creación de valor.

El caso ecuatoriano es sintomático. Nuestra Constitución del 2008 creada al amparo de creencias estatistas, con más de 400 artículos, ha institucionalizado el deseo de controlar cada aspecto de la vida nacional. Esta hiperregulación no solo ralentiza la economía, sino que frena la innovación y desincentiva la inversión. ¿Cómo puede un emprendedor competir en un entorno donde debe pedir permiso para todo y donde las reglas cambian con cada gobierno? Una reforma tributaria en promedio durante los últimos 15 años, confirma que las regulaciones es cosa habitual entre los políticos que lideran la intervención estatal.

Friedrich Hayek, otro gran pensador del siglo XX, advertía en Camino de servidumbre que la planificación económica centralizada lleva, inevitablemente, al estancamiento y a la pérdida de libertades. Hayek señalaba que los reguladores jamás podrán tener toda la información que el mercado produce y que solo una economía libre puede asignar eficientemente los recursos. En Ecuador, la realidad es que muchas regulaciones no resuelven problemas; los crean, a tal punto que las leyes creadas se vuelven un laberinto sin salida.

El resultado es un país poco competitivo. Según el Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage, Ecuador ocupa posiciones rezagadas frente a países con menos intervencionismo como Chile o Uruguay. En vez de abrirnos al mundo y permitir que nuestras empresas se modernicen, seguimos atrapados en un marco legal que asume que todo lo privado debe ser sospechoso y todo lo estatal debe ser omnipresente.

Lo que se necesita no es más control, sino más confianza en los ciudadanos, en sus decisiones, en su capacidad para adaptarse, crear y progresar. La reducción inteligente de regulaciones no significa dejar a la sociedad a la deriva. Significa facilitar el emprendimiento, permitir que florezcan nuevas ideas y liberar el potencial productivo de millones de ecuatorianos.

Necesitamos revisar con urgencia nuestro marco legal y constitucional. Las regulaciones deben existir para proteger derechos básicos, no para dictar cómo deben funcionar los mercados o imponer rigideces que solo sirven para perpetuar privilegios y burocracia. No hay crecimiento sin libertad, y no hay libertad sin un entorno donde el ciudadano tenga espacio para actuar sin pedir permiso constantemente.

Mientras en países más abiertos la disrupción tecnológica, por ejemplo, genera movimientos rápidos de capital y reorientación de modelos de negocio, en Ecuador el cambio suele estrellarse contra el muro de lo normado. La competitividad interna se ahoga no por falta de talento o recursos, sino por un sistema institucional rígido, incapaz de responder con agilidad a los desafíos del entorno global.

Además, la Constitución vigente impide en muchos casos corregir el rumbo cuando las políticas fallan. Todo está “protegido por derechos”, incluso el error. El exceso de garantismo jurídico paraliza la acción del Estado cuando es necesaria y bloquea la iniciativa privada cuando intenta ocupar espacios que el Estado no logra atender con eficiencia.

La salida de nuestro estancamiento no vendrá de más controles, sino de más libertad. Es hora de confiar en el mercado y en las personas, como lo han hecho todas las naciones que han prosperado.

Crees que es el momento de cambiar la Constitución del 2008 por una nueva y con menos artículos? Leo tu comentario.

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sábado, 10 de mayo de 2025

La farsa de la teoría de la explotación de Karl Marx

 


Dr. Armando José Urdaneta Montiel.

 

La teoría de la explotación propuesta por Karl Marx ha sido durante décadas uno de los pilares ideológicos del pensamiento socialista. Según su visión, los capitalistas obtienen ganancias a través de la apropiación de la plusvalía generada por los trabajadores, es decir, explotando su trabajo al pagarles menos de lo que realmente producen (Marx, El Capital, 1867). No obstante, un análisis riguroso desde la economía moderna revela profundas fallas conceptuales que desmontan esta narrativa.

 Una de las críticas más contundentes proviene del análisis del sistema marxiano a la luz de la teoría del valor trabajo. El economista austriaco Eugen von Böhm-Bawerk, en su obra Karl Marx and the Close of His System (1896), fue uno de los primeros en señalar la inconsistencia del modelo marxista al mostrar que, en la realidad, sectores con diferentes composiciones orgánicas del capital es decir, con distintas proporciones entre capital constante (maquinarias, instalaciones) y capital variable (salarios) tienden a obtener tasas de ganancia similares. Esto contradice la lógica interna del sistema de Marx, donde se esperaría que las industrias con mayor proporción de trabajo humano generaran más plusvalía y, por tanto, mayores ganancias. Esta "tasa uniforme de ganancia" es una corrección exógena que Marx introduce sin resolver verdaderamente el conflicto lógico con su teoría del valor (Böhm-Bawerk, 1896).

 Por otro lado, la teoría marxista subestima gravemente el rol del capital en la generación de valor. Marx ignora deliberadamente la productividad marginal del capital, concentrándose exclusivamente en la del trabajo como motor del crecimiento económico. Como señalan Clark (1899) y posteriormente Solow (1956), la acumulación de capital y la innovación tecnológica son fundamentales para explicar el crecimiento sostenido en el largo plazo. Este enfoque unifactorial ha sido ampliamente superado por las teorías neoclásicas y por la realidad empírica: las inversiones en maquinaria, infraestructura, innovación y tecnología tienen un impacto decisivo en la productividad y en la expansión económica (Solow, A Contribution to the Theory of Economic Growth, 1956). Reducir todo a la explotación del trabajo es, en el mejor de los casos, una simplificación ideológica.

Otro error importante en su modelo es la concepción del capital constante. Marx lo define como un valor fijo, una dotación establecida de medios de producción (El Capital, vol. I), sin considerar que precisamente ese es el componente más dinámico del sistema económico. El capital invertido en tecnología y equipamiento cambia constantemente debido al progreso técnico, a las economías de escala (Marshall, 1920) y a los ciclos de innovación. Este punto es particularmente importante si consideramos que Marx escribía en una época en la que la Revolución Industrial apenas despegaba y muchos conceptos económicos contemporáneos como rendimientos marginales decrecientes o eficiencia marginal del capital aún no existían.

En suma, la teoría de la explotación marxista fracasa al ignorar el funcionamiento real de los mercados, la voluntariedad de los contratos laborales (Hayek, Camino de servidumbre, 1944), y el papel esencial que juega el capital y el riesgo empresarial. Aunque pueda resultar seductora en lo ideológico, su base económica es débil y, en muchos aspectos, profundamente errónea.

 ¿Y la desigualdad? Refutando las objeciones comunes

Quienes defienden la teoría de la explotación suelen recurrir a datos sobre desigualdad económica, pobreza laboral o condiciones precarias para justificar que el sistema capitalista sigue operando bajo lógicas "explotadoras". Sin embargo, este argumento confunde correlación con causalidad. La existencia de desigualdad no prueba que el capitalista robe al trabajador, así como la existencia de enfermedades no implica que la medicina sea un fracaso (Friedman, 1980). La desigualdad puede surgir por múltiples causas que no tienen relación con la supuesta explotación sistemática del trabajo.

La mayoría de las desigualdades en las economías modernas responden a diferencias en habilidades, productividad, educación, riesgo asumido, y sobre todo, a la innovación (Mankiw, 2013). Empresas exitosas que crean tecnologías disruptivas naturalmente obtienen mayores ganancias y generan desequilibrios temporales en la distribución del ingreso, pero también amplían la base del bienestar a través de nuevas oportunidades laborales, acceso a bienes y servicios, y reducción de precios vía competencia (Schumpeter, Capitalism, Socialism and Democracy, 1942). Apple, Amazon o Tesla no se hicieron millonarias explotando trabajadores, sino creando valor en mercados abiertos que millones de personas eligen libremente.

Además, la movilidad social en países con economías de mercado desmiente la idea de una clase trabajadora atrapada en la miseria. Datos de la OCDE y estudios longitudinales muestran que la mayoría de las personas no permanecen en la misma condición económica toda su vida (Chetty et al., 2014). La educación, la competencia, el ahorro y el emprendimiento ofrecen caminos reales para mejorar la calidad de vida, especialmente en contextos de libertad económica. Nada de esto es compatible con la visión determinista y estática de Marx, donde el trabajador está condenado a una posición estructural inmutable.

En suma, la desigualdad por sí sola no valida la teoría de la explotación. Más bien, revela la diversidad de resultados en un sistema donde los individuos, con diferentes talentos y decisiones, obtienen resultados también diferentes. La clave está en garantizar igualdad de oportunidades, no en imponer igualdad de resultados.

 Conclusión: dejar atrás la nostalgia revolucionaria

Persistir en la defensa de la teoría marxista de la explotación es más un acto de fe que un ejercicio de razón. Karl Marx, pese a su lucidez como observador social, se equivocó profundamente en su interpretación de la dinámica económica. Ignoró el rol clave del capital, malinterpretó las tasas de ganancia, y basó su diagnóstico en una teoría del valor ya obsoleta incluso en su época. Su análisis no solo fue parcial, sino también anacrónico frente a los desarrollos posteriores de la teoría económica.

Hoy, las sociedades que han adoptado economías de mercado abiertas, con instituciones fuertes y respeto por la propiedad privada, son las que han generado más riqueza, más innovación y mayor prosperidad general. Mientras tanto, los regímenes que han aplicado la lógica de la lucha de clases y el control del capital han terminado en miseria, autoritarismo y represión.

Es hora de dejar atrás la nostalgia revolucionaria y reconocer que la cooperación voluntaria en los mercados, lejos de ser un mecanismo de explotación, es una de las expresiones más poderosas de libertad humana.

 

Referencias

  • Böhm-Bawerk, E. (1896). Karl Marx and the Close of His System.
  • Chetty, R., Hendren, N., Kline, P., Saez, E., & Turner, N. (2014). Is the United States Still a Land of Opportunity? Recent Trends in Intergenerational Mobility. American Economic Review, 104(5), 141–147.
  • Clark, J. B. (1899). The Distribution of Wealth.
  • Friedman, M. (1980). Free to Choose: A Personal Statement. Harcourt.
  • Hayek, F. A. (1944). The Road to Serfdom.
  • Mankiw, N. G. (2013). Principles of Economics (6th ed.). Cengage Learning.
  • Marshall, A. (1920). Principles of Economics.
  • Marx, K. (1867). El Capital: Crítica de la economía política.
  • Schumpeter, J. A. (1942). Capitalism, Socialism and Democracy. Harper & Brothers.
  • Solow, R. (1956). A Contribution to the Theory of Economic Growth. Quarterly Journal of Economics.


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viernes, 9 de mayo de 2025

Rerum Novarum: Justicia social desde la fe, no desde el colectivismo

 


Con la elección del nuevo pontífice que ha adoptado el nombre de León XIV, algunos sectores políticos, especialmente de tendencia socialista, están intentado reinterpretar la encíclica Rerum Novarum como una supuesta carta fundacional del igualitarismo económico. Apoyándose en el gesto simbólico del nuevo Papa —que dice inspirarse en el legado de León XIII— se ha buscado presentar al magisterio social de la Iglesia como un respaldo directo a las políticas redistributivas del Estado, ignorando que Rerum Novarum rechaza expresamente la abolición de la propiedad privada y cualquier forma de colectivismo. Esta manipulación ideológica desvirtúa la intención original de la encíclica, que no propugna una lucha de clases ni un intervencionismo absoluto, sino una justicia social fundamentada en la fe, la dignidad de la persona y el principio de subsidiariedad. Usar a León XIII para justificar agendas políticas contrarias al pensamiento cristiano es, en el fondo, una distorsión histórica y doctrinal.

A continuación te comento algunas ideas sobre la encíclica.

✝️ El corazón cristiano de la cuestión social

Rerum Novarum surge en plena revolución industrial, en un contexto de desigualdad económica, explotación laboral y surgimiento de ideologías radicales como el socialismo y el comunismo. La Iglesia, fiel a su vocación de guía espiritual, decide no mantenerse al margen. León XIII escribe entonces una propuesta doctrinal clara: mejorar las condiciones de los trabajadores desde los principios de la fe cristiana, y no desde la lucha de clases ni desde la intervención total del Estado.

La encíclica defiende que la dignidad humana no puede ser reducida al valor económico del trabajo ni al interés de los capitalistas. Pero a la vez, rechaza frontalmente las propuestas socialistas de abolir la propiedad privada o suprimir la familia como célula básica de la sociedad. En sus propias palabras, el papa afirma:

“El socialismo, al suprimir la propiedad privada, destruye la libertad del ciudadano.”

Principios clave que aún hoy son vigentes

Entre los elementos más destacados de Rerum Novarum se encuentran:

  • El reconocimiento del trabajo como medio de realización personal, no solo como obligación económica.

  • La afirmación del derecho a la propiedad privada, como extensión de la libertad humana.

  • La exigencia de salarios justos, acordes a las necesidades de la familia del trabajador.

  • La importancia de la solidaridad social, ejercida desde la caridad y no desde la imposición estatal.

  • El rol subsidiario del Estado, que debe intervenir cuando haya abusos, pero sin asumir funciones que le corresponden a los ciudadanos o asociaciones intermedias.

León XIII introduce además una idea poderosa: el equilibrio entre el capital y el trabajo se logra no por imposición ideológica, sino por principios morales y cristianos.

¿Apoyo a la igualdad?

Ciertos sectores políticos de izquierda han querido ver en esta encíclica un respaldo al igualitarismo. Sin embargo, Rerum Novarum no propone una igualdad de resultados ni de riquezas. Lo que defiende es la igual dignidad de las personas, lo que no es lo mismo que una sociedad sin jerarquías económicas o diferencias patrimoniales.

El papa deja claro que las desigualdades pueden tener causas naturales (talento, esfuerzo, herencia) y no deben ser perseguidas si no atentan contra la justicia. La verdadera función del Estado, para León XIII, no es crear una falsa igualdad, sino corregir los abusos y fomentar la virtud y el orden moral.

Así, aunque Rerum Novarum promueve la justicia social, se opone a las doctrinas colectivistas que disuelven al individuo en una masa sin identidad.

Una encíclica profundamente católica

Uno de los aspectos más relevantes y muchas veces ignorado es que Rerum Novarum no es solo un documento social, sino una reafirmación de la fe cristiana como guía para la acción política y económica. El Papa habla de la importancia de vivir según los principios del Evangelio, de la caridad como motor de cambio, y de que toda reforma debe estar animada por la ley de Dios.

Lejos de ser un manifiesto de izquierda, esta encíclica es una crítica tanto al capitalismo sin freno como al socialismo ateo, proponiendo una tercera vía: la doctrina social cristiana. Es un documento que llama a empresarios, obreros, políticos y ciudadanos a actuar con justicia, pero también con fe.

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¿Crees que la Iglesia en la última década se desvió de su misión social para apoyar a tiranías comunistas sangrientas en el mundo?

Enlace a la encíclica Rerun Novarum


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jueves, 8 de mayo de 2025

El dios que fracasó: la utopía se volvió tiranía.


¿Qué pasa cuando los sueños de justicia terminan en pesadilla? Esta es la pregunta central que atraviesa El dios que fracasó, un libro escrito por intelectuales que, en su juventud, abrazaron con esperanza el comunismo... y terminaron huyendo de él, desilusionados y marcados por la represión que presenciaron.

Los autores —entre ellos André Gide, Arthur Koestler e Ignazio Silone— no eran ajenos a la causa: creyeron que el comunismo traería igualdad, libertad y dignidad para todos, algo que en estos tiempos sigue vigente entre jóvenes captados y manipulados por viejos comunistas. Pero lo que encontraron fue otra cosa: dictaduras, censura, campos de trabajo forzado y millones de víctimas. Fue como despertar de una fe religiosa, sólo que la de ellos no tenía cielo, sino gulags.

¿Por qué este libro importa hoy?

Porque, aunque suene increíble, muchas personas —políticos, profesores, incluso algunos jóvenes— todavía defienden esa vieja promesa rota de la igualdad y el fin de los ricos. Dicen que el comunismo “nunca se ha aplicado bien”, y miran con nostalgia a modelos como Cuba, ignorando el sufrimiento real de millones de personas bajo esos regímenes.

Es como si el experimento fallido no bastara. Como si, ante las pruebas más evidentes, aún se buscara justificar lo injustificable. Y esto no es solo ingenuo, es también peligroso y hasta cierto punto demencial. Porque romantizar la opresión, aunque venga disfrazada de justicia social, siempre termina costando vidas.

Dostoievski ya lo vio venir

En Los hermanos Karamázov, el escritor ruso Fiódor Dostoievski cuenta la historia del Gran Inquisidor, un personaje que encarna una idea inquietante: que los seres humanos, por miedo a la libertad, prefieren obedecer a quien les prometa pan y orden. El comunismo, según los autores del libro, cayó exactamente en esa trampa: ofrecer seguridad a cambio de sumisión.

Lo que empezó como una revolución para liberar al ser humano terminó por aplastarlo, creando un Estado que lo controlaba todo: lo que comía, lo que pensaba, incluso lo que creía.

¿El problema? No es solo político, es humano

Las utopías igualitarias, según este libro, parten de una idea equivocada: que todos los humanos pueden y deben ser iguales en todo. Pero eso no es real. Somos complejos, únicos, impredecibles. Tratar de encajar a todos en el mismo molde solo lleva al fracaso… y muchas veces, al horror.

Por eso El dios que fracasó no es solo una crítica política, es también una reflexión profunda sobre la libertad, la dignidad humana y los peligros de creer en salvadores colectivos.

Y tú, ¿en qué crees?

En tiempos donde abundan los discursos radicales y las soluciones mágicas con líderes Mesiánicos como Hugo Chávez en Venezuela, este libro nos invita a pensar. A dudar. A no caer en la trampa de las promesas que suenan bonitas pero esconden cadenas. A entender que el verdadero cambio no viene de un Estado todopoderoso, sino de personas libres que deciden transformar su vida y su entorno desde abajo.

Porque la verdadera revolución —la que sí cambia al mundo— empieza por dentro.

¿Te atreves a cuestionar los dogmas? Sigue el blog y sigamos explorando las ideas que nos ayudan a pensar con libertad.


Enlaces a páginas web en los que puedes adquirir el libro

https://www.buscalibre.ec/libro-el-dios-que-fracaso/9788412115239/p/55747867

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sábado, 3 de mayo de 2025

El Código Laboral del Ecuador: una camisa de fuerza en pleno siglo XXI


En Ecuador, hablar del Código del Trabajo es como abrir un libro de historia que se niega a ser actualizado. Mientras el mundo laboral cambia a ritmos acelerados (con la expansión del teletrabajo, las plataformas digitales, el empleo por proyecto o por horas) nuestra legislación sigue anclada en una lógica de fábrica del siglo pasado, con rigideces que lejos de proteger al trabajador, lo empujan a la informalidad.

El Código ecuatoriano tiene elementos que, en su momento, representaron avances importantes: la irrenunciabilidad de derechos, la estabilidad relativa del empleo, la jornada máxima, entre otros. Pero lo que una vez fue progreso, hoy se ha convertido en un obstáculo estructural. El mayor problema no es que proteja, sino que impone una única forma de entender el trabajo: contrato a tiempo completo, jornada rígida, afiliación obligatoria al IESS bajo esquemas únicos, y costos fijos sin proporcionalidad. Y esto, en un país donde la informalidad es la forma predominante de inserción laboral, representa un contrasentido.

El Código prohíbe contratar por horas, incluso cuando el trabajo parcial es la única posibilidad para ciertos sectores productivos o perfiles de trabajadores: estudiantes, madres solteras, adultos mayores, o personas que buscan complementar ingresos. Esta negativa no tiene sustento técnico ni ético: ¿por qué obligar a una persona a estar fuera del sistema formal simplemente porque no puede o no desea trabajar ocho horas al día? El resultado es un modelo binario: o entras completo al mercado formal (si puedes pagar el costo), o te quedas fuera.

Otro punto crítico es la afiliación obligatoria al IESS con cargas rígidas, que termina elevando los costos laborales incluso para trabajos de baja intensidad o corto plazo. Esto desincentiva la contratación, especialmente entre microempresas y emprendedores, que no tienen márgenes para sostener estas obligaciones. El Código asume que toda relación laboral debe tener el mismo peso institucional, sin considerar escalas, temporalidades ni realidades sectoriales.

Esta visión estatista del trabajo, que concentra todas las responsabilidades en el empleador sin ofrecer vías intermedias, ha llevado al país a cifras alarmantes. Según el INEC (Primicias, enero 2025), el 56% de los trabajadores se encuentra en la informalidad, una cifra récord desde 2021. Pero el problema no se agota ahí: este sistema ha creado una economía dual, donde los trabajadores formales (una minoría) tienen acceso a derechos, mientras que la mayoría trabaja sin cobertura, sin estabilidad, y con ingresos fluctuantes, no porque lo elijan, sino porque el sistema no les ofrece otra salida.

Y si el argumento es que flexibilizar la legislación genera precarización, basta mirar a los países con mejores resultados laborales: Dinamarca, Finlandia, Nueva Zelanda, Noruega y Suecia. Allí, la flexibilidad va de la mano con derechos efectivos, seguros de desempleo, formación continua y libertad de contratación. La flexiseguridad, como se conoce a este modelo, parte del principio de que un mercado laboral saludable es aquel donde se puede contratar fácilmente, pero también transitar sin temor entre empleos, con el respaldo del Estado.

El Ecuador necesita, con urgencia, una reforma laboral integral, inteligente y sin dogmas. No se trata de eliminar derechos, sino de reconocer que la libertad de contratar también es un derecho. Un código que impide formas modernas de empleo, que castiga al pequeño empleador, que encarece la contratación, y que asume que todos los trabajadores deben ser tratados con el mismo molde, no está protegiendo a nadie. Está paralizando la economía.

El trabajo ha cambiado. El mundo ha cambiado. Solo el Código se niega a cambiar. Y mientras eso ocurra, seguirán creciendo la informalidad, la frustración y la desconfianza. Es hora de una legislación que confíe en el ciudadano, que deje de criminalizar al empleador, y que entienda que el desarrollo económico requiere libertad con responsabilidad, no rigidez con discurso social.


Por: Econ. Luis Cedillo-Chalaco, MSc. 

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Índices

Este blog presenta algunas ideas económicas sobre el comportamiento nefasto que tienen las ideas del colectivismo socialista, progresista o wokista, sobre la vida de las personas y los perjuicios que ocasionan en los países que las aplican.

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