Imagina el juego del palo encebado: un tronco alto, embadurnado de grasa, con muchos premios en la punta. Quienes intentan trepar resbalan una y otra vez. Algunos elaboran estrategias, cooperan y logran avanzar; otros, incapaces de subir, prefieren reírse, obstaculizar o tirar a los que lo intentan. Esa escena festiva encierra una metáfora brutal de lo que ocurre en la política latinoamericana: grupos que, al no gobernar, más que competir, se dedican a impedir que otros lleguen. Esa lógica ya no es marginal: ha impregnado el ánimo de muchos jóvenes y adultos, que creen que si ellos no mandan, que nadie progrese, es la nueva oleada latinoamericana de resentidos sociales.
Ecuador: los paros de 2022 y el paro prolongado de 2025
En junio de 2022, Ecuador vivió un Paro Nacional de 18 días, convocado principalmente por la CONAIE organización indígena con mucho poder en la Sierra ecuatoriana, junto con movimientos que se dicen sociales contra políticas de ajuste, aumentos de precios de combustibles y reformas fiscales. Durante esas jornadas, vías fueron bloqueadas, transporte paralizado, instituciones públicas afectadas y quemadas. El gobierno de Guillermo Lasso declaró estado de excepción y acusó intentos de desestabilización. Esa protesta logró que el Ejecutivo retrocediera en algunas medidas y aceptara ciertas negociaciones. Pero el costo: la economía sufrió pérdidas considerables y el Estado cedió ante la presión masiva.
Hoy, en 2025, el país enfrenta un paro que ya supera los 20 días, convocado nuevamente por grupos indígenas y sociales. Lo llamativo: no se comprende con claridad cuáles son todas las demandas unificadas, ni hay consenso sobre metas concretas. Pero el impacto es evidente: paralización, enfrentamientos y presión política constante. Esto es puro engrase del palo: no se están presentando planes para subir, sino bloqueos para que nadie suba. El mensaje subliminal es: “si nosotros no gobernamos, que nadie avance”.
Este tipo de paros prolongados no solo detienen la actividad económica, sino que generan inseguridad, desaliento a la inversión y desgaste institucional. El país se vuelve cautivo del grito más alto, no del proyecto más viable.
Argentina: Milei contra el puerta giratoria peronista-kirchnerista
Javier Milei llegado con promesas de cambio radical, de ajuste y liberalización. Resiste y ataca al poder real del peronismo y del kirchnerismo, el que no se reduce solo al voto: actúan como correas de transmisión que obstaculizan la gobernabilidad. El Congreso, dominado por bloques afines al kirchnerismo, ha aprobado leyes que Milei denuncia como atentados al superávit fiscal y al orden presupuestario, acusando que “tienen una sola agenda: quebrar al Estado nacional”. Cada paso que el presidente intenta dar se encuentra con trabas legislativas, vetos establecidos o dilaciones estratégicas. Esa “oposición institucional” funciona como engrase del palo: mientras Milei pretende escalar, los opositores refuerzan las barreras.
El kirchnerismo no solo aprovecha su estructura partidaria (redes clientelares, presencia territorial, movilización social) sino que también opera mediante mecanismos legislativos, judiciales y mediáticos para desacreditar reformas o cada intento de gobernar con disciplina. La idea permea: “que no funcione si no es con nosotros”. Milei reporta ya desaceleración económica y malestar social, y apunta directamente contra el kirchnerismo opositor como responsable de esa resistencia sistemática. Esa resistencia política activa no legitima el debate, sino que pretende paralizar cualquier avance no alineado con su hegemonía.
Colombia y Chile: paros que retrocedieron logros sociales y económicas
En Colombia, recurrentes paros, bloqueos de vías y protestas en sectores como transporte, salud o educación han generado impactos negativos profundos desde ue gobierna Petro. Las parálisis afectan la cadena productiva, elevan los costos logísticos y reducen la inversión. En momentos críticos de reformas económicas o sociales, esas huelgas funcionan como mecanismo de veto social: no buscan mejorar las políticas sino impedirlas.
Chile, antaño modelo de estabilidad, también ha sufrido una década de lento crecimiento atribuible en parte a cambios políticos internos que modificaron su régimen reformista post 2014. Un estudio sugiere que al menos dos tercios del retroceso en Chile se debe a factores internos (cambios de políticas) más que externos, lo que evidencia que decisiones políticas autorregresivas pueden reprimir el crecimiento. Cuando las protestas sociales, las expectativas populistas y las trabas legislativas se combinan, el país se detiene. La tensión constante entre demandas inmediatas y gobernabilidad estructural termina ralentizando, no acelerando, el bienestar colectivo.
Esa combinación de activismo y presión permanente desincentiva la inversión, paraliza reformas necesarias y promueve el estatismo clientelar como única salida, desincentivando el mérito y la iniciativa privada.
Reflexión final
El palo encebado no lo gana quien se queja más alto, sino quien persevera, hace estrategia y coopera. En Ecuador, los paros de 2022 y el actual de 2025 muestran cómo la protesta permanente puede volverse arma de estancamiento. En Argentina, la maquinaria peronista y kirchnerista actúa como grasa para que Milei resbale en cada paso que da. En Colombia y Chile, las huelgas y movimientos sociales han revertido avances y desacelerado economías.
Lo dramático es que muchos jóvenes y adultos adoptan esa lógica: si no es mi proyecto y mi líder, que no exista ningún proyecto; si yo no mando, que nadie controle. Eso legitima el sabotaje como método político. La alternativa real no es prohibir protestas (sí reconocer su rol), sino delimitar límites, exigir coherencia, fortalecer instituciones que sancionen bloqueos ilegales y premiar el esfuerzo del que propone.
Mientras América Latina no desengrase ese palo político, seguirá empantanada en el lodo de la mediocridad, celebrando caídas ajenas y temiendo los ascensos dignos.


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