Ideas anti zurdos, un espacio para defender la libertad.

lunes, 22 de diciembre de 2025

Liberalismo y política social: la verdadera historia detrás de la reinserción y el Estado de bienestar.

 

Autores: Emmanuel Borgucci y Armando Urdaneta

Para los soberbios que insisten en que los gobiernos liberales “no tienen políticas de reinserción social”, la historia ofrece una respuesta incómoda: la arquitectura básica del Estado de bienestar moderno no la diseñaron los socialistas, sino los liberales en democracia. Entre 1909 y 1914, el gobierno liberal de H. H. Asquith, con David Lloyd George como canciller del Exchequer, impulsó el célebre People’s Budget y un conjunto de reformas que marcaron un antes y un después en la protección social británica. De esas reformas surgieron el Old Age Pensions Act, el Education Act, el National Insurance Act y los Labour Exchanges, mecanismos que introdujeron pensiones de vejez, seguros de enfermedad y desempleo y oficinas públicas de empleo, sustituyendo la vieja Poor Law que trataba la pobreza como una culpa casi moral. Resulta irónico que quienes hoy acusan al liberalismo de indiferencia social ignoren que fueron precisamente los liberales quienes dieron forma institucional a muchas de las políticas de reinserción que ahora se consideran “patrimonio” de la izquierda.

La diferencia de fondo no estuvo en la existencia o no de programas sociales, sino en cómo se concebían. Para los liberales de ese período, la ayuda estatal debía estar ligada a criterios claros de elegibilidad y a la responsabilidad fiscal. Lloyd George no actuó como un populista del gasto, sino como un liberal que, desde el Ministerio del Exchequer, se propuso financiar pensiones y seguros mediante un esquema tributario progresivo, manteniendo el objetivo de un presupuesto equilibrado. Había que calificar para el programa: demostrar necesidad, contribuir cuando correspondía, estar dentro de reglas definidas. La lógica era inequívocamente liberal: la comunidad política tiene el deber moral de evitar que seres humanos caigan en la indigencia, pero no el de transformar al Estado en proveedor incondicional de rentas desvinculadas del esfuerzo y de la responsabilidad individual. 

Cuando, con el tiempo, los socialistas generalizaron estos programas como derechos universales sin mayor condicionamiento y rompieron la disciplina presupuestaria, se alteraron las dos columnas sobre las que descansaba el diseño liberal: la condicionalidad y el equilibrio fiscal. El resultado fue un Estado de bienestar cada vez más pesado, más caro y menos sostenible, que empezó a generar dependencia crónica y a ser capturado por intereses políticos antes que por criterios de justicia.

Para entender este recorrido hay que situar el debate dentro de la propia tradición liberal. El llamado New Liberalism no fue una traición al liberalismo de Manchester asociado a William Gladstone, sino su evolución en un contexto de industrialización avanzada, desigualdad visible y nuevas demandas sociales. El liberalismo manchesteriano defendió con razón el libre comercio, el gobierno limitado y la reducción de impuestos frente a un Estado aristocrático e intervencionista. El nuevo liberalismo, sin renunciar a esos principios, advirtió que la libertad formal es insuficiente si grandes capas de población carecen de salud, educación mínima o protección frente a riesgos extremos. 

La respuesta liberal no fue estatizarlo todo, sino crear pisos de protección que permitan a las personas ejercer sus libertades en la práctica: la seguridad social y las pensiones no como herramientas de clientelismo, sino como seguros colectivos financiados de manera transparente y responsable. Proteger sí, sustituir no; capacitar sí, tutelar no: esa fue la línea roja que diferenciaba al liberalismo social de los proyectos abiertamente socialistas.

Esta perspectiva histórica desmonta la acusación de que el liberalismo sería incompatible con políticas de reinserción social. Lejos de eso, demuestra que los liberales fueron los primeros en asumir que una sociedad de individuos libres exige mecanismos institucionales para que nadie quede descartado de la vida económica por enfermedad, vejez o desempleo. La pregunta no es si debe existir protección social, sino quién la diseña, con qué incentivos, con qué límites y con qué responsabilidad fiscal. En este punto, la tradición liberal ofrece una lección vigente: las políticas sociales dejan de ser herramientas de dignidad cuando se desconectan de la realidad presupuestaria y de la ética del esfuerzo; en ese momento se convierten en promesas vacías financiadas con déficit, inflación y deuda que terminan pagando, paradójicamente, los más pobres.

Traer este debate al presente permite también entender fenómenos contemporáneos. Quien observe a Javier Milei únicamente como un “liberal de shock” pierde de vista que su posicionamiento se inscribe, en buena medida, en esa línea de liberalismo post manchesteriano: reconoce la centralidad del mercado y la urgencia de desmantelar un Estado capturado por corporaciones y políticos, pero lo hace en un contexto donde ya existe una historia liberal de reformas sociales. 

Su desafío no es negar por completo la idea de red de protección, sino redefinirla bajo criterios de focalización, responsabilidad individual y equilibrio fiscal, en contraste con el universalismo acrítico que ha mostrado ser insostenible en países con Estados elefantiásicos. En otras palabras, el debate no es entre un liberalismo “sin corazón” y un socialismo “compasivo”, sino entre dos formas de encarar la cuestión social: una que intenta coordinar dignidad y responsabilidad, y otra que suele sacrificar la segunda en nombre de una compasión de corto plazo.

Por eso, cuando alguien afirma con suficiencia que “los gobiernos liberales no tienen políticas de reinserción social”, lo que exhibe no es un juicio sofisticado, sino un profundo desconocimiento histórico. Fueron los liberales en democracias consolidadas quienes introdujeron pensiones, seguros de desempleo y mecanismos de intermediación laboral, sustituyendo modelos humillantes como la Poor Law por esquemas más racionales y respetuosos de la dignidad. La izquierda llegó después, y muchas veces lo que hizo fue expandir, universalizar y financiar a crédito lo que el liberalismo había diseñado con criterio selectivo y equilibrio presupuestario. 

Si hoy se quiere discutir seriamente sobre pobreza, reinserción y dignidad, el punto de partida honesto no es negar el aporte liberal, sino preguntarse qué modelo es capaz de sostener, en el tiempo, tanto la libertad como la protección mínima debida a toda persona. En esa pregunta, lejos de ser un acusado, el liberalismo es el principal interlocutor.

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viernes, 19 de diciembre de 2025

El ajuste inevitable y la estrategia de la ultraizquierda para derribar gobiernos responsables

 


Cada vez que un gobierno no populista o de derecha (como les gusta decir a los políticos socialistas) asume el poder en América Latina, se repite el mismo libreto: cuentas públicas en rojo, subsidios insostenibles, reservas agotadas y una sociedad acostumbrada a precios artificialmente bajos. El ajuste no se vuelve una opción ideológica, se convierte en una necesidad macroeconómica. Sin embargo, la ultraizquierda ha perfeccionado una estrategia política muy eficaz: convertir el ajuste inevitable en una crisis social inducida, usando sindicatos y organizaciones corporativas como arietes para desestabilizar gobiernos recién llegados.

Bolivia, Argentina y Ecuador ofrecen tres ejemplos claros de este patrón.

Bolivia 2025: subsidios agotados y paros como arma política

El nuevo gobierno boliviano de Rodrigo Paz hereda un Estado sobredimensionado y un esquema de subsidios a los combustibles que drenó recursos durante más de 20 años de gobiernos Masistas con Evo Morales y Luis Arce. Eliminar subsidios como medio para recuperar las finanzas ya es catalogado por sindicalistas como un golpe a las familias bolivianas más pobres (una decisión “neoliberal”); no se entiende que es un freno al déficit fiscal y un alto a una crisis mayor.

La reacción inmediata y acostumbrada: paro indefinido de choferes, bloqueo de ciudades y presión para revertir la medida. El punto clave es este: los sindicatos no discuten la sostenibilidad del sistema, defienden una renta política construida en el populismo. La ultraizquierda encuentra aquí el hueco perfecto: no necesita ganar elecciones, le basta con paralizar el país y erosionar la legitimidad del ajuste.

Argentina 2018–2019 y 2024: el ajuste siempre paga el costo político

Argentina es el laboratorio más claro de este fenómeno. En 2018, el gobierno de Mauricio Macri intentó corregir tarifas, reducir subsidios y ordenar el gasto. El resultado fue una resistencia sindical sistemática basada en millones de piedras lanzadas por los denominados "movimientos sociales Evita, Polo Obrero, Campora, etc., marchas permanentes y un relato instalado: “el ajuste empobrece”.

Lo que no se dijo con claridad es que abultado y creciente gasto público vía emisión descontrolada estaba empobreciendo a los que decían defender: vía inflación, pérdida de poder adquisitivo y endeudamiento crónico. El costo político fue tan alto que el ajuste quedó inconcluso y el populismo regresó al poder en 2019.

En 2024–2025, con Javier Milei, el escenario se repite con mayor intensidad:
– ajuste fiscal profundo,
– sindicatos movilizados,
– oposición de izquierda intentando provocar caos social.

La diferencia es que ahora el ajuste se comunicó con mayor claridad técnica desde la campaña, pero la estrategia de desgaste sigue siendo la misma. Políticos obstruyenfo desde el Congreso y el Senado toda iniciativa que les reste poder.

Ecuador 2019: cuando el subsidio se convierte en detonante

Ecuador vivió en octubre de 2019 una de las lecciones más duras. El gobierno de Lenín Moreno eliminó el subsidio a los combustibles como parte de un programa de estabilización fiscal. La reacción fue una paralización nacional, encabezada por sindicatos y organizaciones sociales indígenas con fuerte influencia ideológica de izquierda.

El resultado fue claro:
– el ajuste se frenó,
– el gobierno quedó debilitado,
– el mensaje político fue devastador: corregir el déficit tiene un costo político mayor que sostenerlo.

Desde entonces, ningún gobierno ecuatoriano ha logrado tocar seriamente el tema de los subsidios sin temor a un nuevo estallido. Una leve mejoría en este aspecto se vive con el gobierno del presidente Noboa que por primera vez venció a un movimiento indígena ante la eliminación del subisidio al diesel.

La lección económica que pocos quieren enseñar

Para estudiantes y ciudadanos, hay una verdad incómoda que debe decirse con claridad:

  1. El déficit fiscal no desaparece por decreto
    Si no se corrige, se financia con deuda, emisión o inflación. Siempre alguien paga.

  2. Los subsidios generalizados benefician más a quien más consume
    No son políticas progresivas; son distorsiones regresivas.

  3. El ajuste es impopular, pero la crisis es devastadora
    El ajuste duele una vez; la inflación y el colapso duran años.

  4. La ultraizquierda no necesita gobernar para mandar
    Le basta con controlar sindicatos, calles y relato público para tumbar gobiernos.

El verdadero problema: economía técnica vs. política de la calle

El error recurrente de los gobiernos no populistas es creer que la razón económica se impone sola y los sindicatos y movimientos sociales parasitarios de los gobiernos débiles van a entender las medidas económicas. No es así. El ajuste necesita:

– pedagogía económica constante,
– compensaciones focalizadas y temporales,
– desmontar el relato de “ajuste = pobreza”,
– y, sobre todo, anticiparse a la movilización organizada.

Cuando esto no se hace, la ultraizquierda llena el vacío con miedo, consignas simples y presión callejera.

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lunes, 15 de diciembre de 2025

El cansancio con el socialismo tras el fin del boom de las materias primas

 


Durante casi dos décadas, buena parte de América Latina vivió bajo la ilusión de que el socialismo del siglo XXI había encontrado la fórmula del desarrollo. El auge extraordinario de los precios del petróleo, el gas, los minerales y los productos agrícolas permitió financiar Estados sobredimensionados, expandir el gasto público y sostener narrativas de “justicia social” sin enfrentar —al menos en apariencia— los costos reales del intervencionismo. Ese ciclo terminó. Y con él, se agotó también la paciencia social.

Cuando la renta extraordinaria desaparece, queda al desnudo un patrón común: pérdida de libertad económica, captura de las instituciones públicas, asfixia a la competencia y Estados incapaces de sostener el bienestar que prometieron. En este contexto, el avance de gobiernos de derecha o liberal-conservadores en países como Argentina, El Salvador, Ecuador y Chile no responde a una moda ideológica, sino al hartazgo acumulado frente a modelos que solo funcionan cuando el dinero sobra.

Argentina: del populismo eterno al grito de ruptura

Argentina representa el caso más extremo del agotamiento socialista. Tras décadas de peronismo en sus distintas variantes, el país quedó atrapado en inflación crónica, controles de precios, cepos cambiarios y un Estado que consume más de lo que produce. El kirchnerismo administró uno de los mayores booms de commodities de la historia reciente, pero en lugar de invertir en productividad, diversificación y capital humano, expandió subsidios, empleo público y clientelismo político.

El triunfo de Javier Milei no es un accidente ni una excentricidad. Es la reacción de una sociedad cansada de la inflación, la pobreza y la mentira estructural. Cuando la libertad económica se reduce al mínimo y las instituciones se convierten en extensiones del poder político, la respuesta suele ser radical. Argentina no votó moderación: votó ruptura.

El Salvador: orden y resultados frente al fracaso del Estado débil

El caso salvadoreño es distinto, pero igual de revelador. Durante años, el país estuvo dominado por una izquierda y una derecha tradicionales incapaces de resolver el principal problema nacional: la violencia. El modelo estatista, débil y capturado por intereses partidistas, fue incapaz de garantizar lo más básico: seguridad y control territorial.

Nayib Bukele capitalizó ese cansancio con un liderazgo fuerte y un enfoque pragmático. Más allá del debate sobre formas, el fondo es claro: la ciudadanía priorizó resultados frente a discursos ideológicos. Cuando el Estado falla, la sociedad deja de creer en consignas y busca eficacia, incluso si eso incomoda a las élites progresistas regionales.

Ecuador: el límite del correísmo sin petróleo caro

Ecuador es un ejemplo clásico del socialismo dependiente de la renta. El correísmo se sostuvo mientras el petróleo estuvo alto y el endeudamiento externo fue accesible. Se expandió el Estado, se debilitó al sector privado y se concentró el poder en el Ejecutivo. Cuando los precios cayeron y la deuda explotó, el modelo mostró su fragilidad estructural.

El giro político posterior refleja un cansancio profundo con el autoritarismo, la persecución institucional y el desprecio por la iniciativa privada. La sociedad ecuatoriana entendió que sin competencia, inversión y reglas claras, no hay desarrollo sostenible. El socialismo sin chequera petrolera simplemente no funciona.

Chile: el fin del mito del “progresismo eficiente”

Chile merece un análisis especial. Durante más de 25 años fue gobernado por coaliciones de centroizquierda que administraron, con relativo éxito, un modelo basado en el mercado. Sin embargo, con el tiempo, ese progresismo comenzó a erosionar las bases institucionales que habían permitido el crecimiento: seguridad jurídica, apertura económica y responsabilidad fiscal.

El estallido social y el experimento constitucional marcaron el límite del progresismo identitario y estatista. El rechazo contundente a proyectos refundacionales y el avance de sectores de derecha reflejan un cansancio con la política de símbolos, cuotas y expansión burocrática. Chile no rechazó la justicia social; rechazó el uso ideológico del Estado en detrimento de la libertad y la competencia.

Bolivia: del “milagro” gasífero al estancamiento silencioso

Bolivia es quizá el ejemplo más claro de cómo el socialismo latinoamericano depende casi exclusivamente de los ciclos favorables de las materias primas. Durante los años de altos precios del gas natural, el Movimiento al Socialismo (MAS) construyó el relato del “modelo económico social comunitario productivo”. En la práctica, fue un modelo rentista clásico: gasto público elevado, escasa diversificación productiva y creciente control estatal.

Con el fin del boom gasífero, las debilidades quedaron expuestas. La inversión privada se contrajo, las reservas internacionales cayeron de forma sostenida y la economía empezó a mostrar señales de agotamiento. A ello se sumó la captura progresiva de instituciones clave, debilitando la independencia judicial y reduciendo los espacios de competencia política real. Bolivia no colapsa de inmediato, pero avanza hacia un estancamiento estructural que ya se conoce demasiado bien en la región.

Llamado de atención: cuidado con los cantos de sirena

La experiencia latinoamericana deja una lección incómoda pero necesaria: no existe socialismo eficiente sin precios altos ni socialismo sostenible sin libertad. Cuando los gobiernos prometen bienestar a cambio de concentración de poder, control estatal y sacrificio de la competencia, lo que ofrecen no es justicia social, sino dependencia.

Los cantos de sirena del socialismo siempre suenan igual: el Estado como salvador, el mercado como enemigo y la libertad como un lujo prescindible. Al inicio, cuando hay recursos extraordinarios, el modelo parece funcionar. Luego llegan la inflación, el estancamiento, la migración masiva y la erosión institucional.

Los países que renuncian a la libertad económica en nombre de una igualdad ficticia terminan perdiendo ambas cosas. América Latina ya recorrió este camino demasiadas veces como para seguir fingiendo sorpresa. El desarrollo no se decreta ni se reparte; se construye con reglas claras, competencia real e instituciones fuertes. Sin libertad, el socialismo no es progreso: es decadencia administrada.

América Latina ya pagó demasiado caro las falsas promesas del socialismo sin libertad. Si no quieres repetir los mismos errores, sigue Ideas Antizurdos. Aquí analizamos sin miedo, sin corrección política y con datos, lo que otros prefieren callar. Pensar distinto también es una forma de resistencia.

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miércoles, 10 de diciembre de 2025

¿Es el capitalismo realmente culpable de las crisis económicas?

 


Dr. Armando José Urdaneta Montiel

En tiempos de crisis, la sociedad tiende a señalar al capitalismo como el causante de los colapsos económicos. Sin embargo, atribuirle esta culpa al mercado libre es una visión superficial que deja de lado la compleja dinámica entre el Estado y el sistema financiero. Lejos de vivir en un mercado puramente capitalista, la economía actual está profundamente marcada por la intervención estatal, especialmente a través de los bancos centrales. Esta relación de dependencia entre el sistema financiero y las políticas gubernamentales ha llevado a una serie de ciclos de auge y caída, que parecen no tener fin.

Capitalismo o intervencionismo: ¿Quién realmente dirige la economía?

A pesar de la percepción generalizada de que vivimos en un sistema de libre mercado, la realidad es que la intervención gubernamental tiene una influencia predominante en el funcionamiento de la economía. Los bancos centrales emiten moneda, fijan tasas de interés y rescatan a instituciones en problemas, ejerciendo un control que en muchos sentidos es más cercano al socialismo financiero que a un mercado libre. Estas decisiones distorsionan los incentivos y desencadenan ciclos económicos artificiales.

Un mercado libre genuino permitiría que el ahorro y la inversión estuvieran ligados de forma natural, de modo que el capital disponible se destinara a inversiones realmente rentables y sostenibles. Sin embargo, en el actual sistema de reserva fraccionaria, los bancos pueden prestar más dinero del que realmente poseen en reservas, creando así una expansión artificial del crédito que alimenta una economía dependiente de deuda, en vez de una basada en ahorro genuino. De esta forma, las políticas del Estado y de los bancos centrales contribuyen al ciclo económico que inevitablemente termina en recesión, cuando la realidad alcanza a las inversiones infladas y el sistema se ajusta de forma brusca y dolorosa.

Bancos centrales, expansión de crédito y el ciclo insostenible

Los bancos centrales modernos poseen una capacidad sin precedentes para influir sobre la economía mediante la emisión de dinero y el ajuste de tasas de interés. Cuando los bancos centrales reducen estas tasas, se incentiva una serie de proyectos de inversión bajo la falsa impresión de que existe ahorro disponible. En realidad, la reducción de tasas no responde a una acumulación genuina de ahorros, sino a una intervención artificial que fomenta un endeudamiento masivo y en muchos casos insostenible. Este fenómeno, conocido como expansión crediticia artificial, desvincula la inversión de la base de ahorro real, creando burbujas y ciclos de auge y caída que perjudican a la economía en su conjunto.

Desde la perspectiva de la Escuela Austriaca de Economía, el ciclo económico no es el resultado del libre mercado, sino de la manipulación monetaria que desvincula la inversión del ahorro genuino. En este sentido, el capitalismo no es el responsable de las crisis, sino el sistema centralizado de intervención estatal que crea las condiciones para una expansión desmedida del crédito y una falsa sensación de prosperidad. Lejos de evitar las crisis, este sistema las provoca y las exacerba, generando caos económico y sufrimiento para la población.

La inflación: un impuesto oculto y regresivo que afecta a los más vulnerables

La financiación del gasto público mediante la emisión de moneda resulta en inflación, una forma de "impuesto oculto" que erosiona el poder adquisitivo de la población, especialmente de quienes perciben ingresos fijos o bajos. Al aumentar la oferta de dinero sin un incremento proporcional en la producción de bienes y servicios, los precios suben y el poder de compra de los ciudadanos disminuye. Este "impuesto" afecta de manera desproporcionada a los sectores con menores ingresos, quienes no tienen acceso a mecanismos financieros que les permitan protegerse de la inflación.

A diferencia de los impuestos directos, la inflación es políticamente más aceptable, ya que sus efectos no son inmediatamente visibles y permite a los gobiernos financiar gastos sin que los votantes se percaten del costo real. Este fenómeno actúa como un mecanismo regresivo de redistribución, beneficiando a quienes están cerca de las fuentes de financiamiento (instituciones financieras y grandes corporaciones) y perjudicando a la clase trabajadora y a los ahorradores, quienes ven sus ingresos erosionados por el aumento de precios.

Burbujas y crisis recurrentes: la consecuencia de un sistema financiero basado en deuda

El sistema de manipulación del dinero y el crédito ha creado una economía global en la que las burbujas parecen inevitables. Las burbujas tecnológicas de los años 90, la crisis de las hipotecas en 2008 y otros fenómenos similares son claros ejemplos de cómo la economía se infla artificialmente debido al exceso de crédito sin respaldo. Cuando estas burbujas estallan, las pérdidas se extienden a quienes quedan atrapados en la caída de precios, lo que genera crisis financieras de gran impacto social. La facilidad con la que los bancos crean crédito, sin un respaldo genuino en ahorros, conduce a una economía frágil e inestable.

La práctica de los bancos comerciales y de inversión de recurrir al crédito a corto plazo para financiar proyectos a largo plazo está respaldada por el papel del banco central como prestamista de última instancia. Este respaldo implícito genera incentivos perversos para el endeudamiento excesivo y el riesgo financiero, ya que las instituciones saben que, en caso de crisis, contarán con el apoyo de los fondos públicos.

La trampa de la deuda: ¿una fiesta sin fin o un peligro inminente?

La dependencia de la economía moderna en el endeudamiento es una clara señal de un sistema defectuoso. Los gobiernos, incapaces de financiar su gasto únicamente mediante impuestos, recurren a la emisión de deuda pública que luego es adquirida por bancos comerciales, que a su vez reciben financiamiento del banco central. Este ciclo crea una trampa económica, en la que el crédito artificial inyecta dinero en la economía a corto plazo, pero a un costo que eventualmente recae en los ciudadanos comunes. Ya sea mediante impuestos o a través de la inflación, el precio de esta “fiesta” de crédito desmedido siempre lo pagan los ciudadanos, mientras las élites financieras se benefician.

Análisis crítico: la Regla de Taylor y la Curva de Phillips ampliada por expectativas

La Regla de Taylor y la Curva de Phillips ampliada por expectativas ofrecen marcos teóricos que permiten entender cómo la intervención monetaria desmedida contribuye a las crisis. La Regla de Taylor, por ejemplo, sugiere un ajuste de tasas de interés en función de la inflación y el PIB, para ofrecer una política monetaria más predecible. Sin embargo, los bancos centrales, como la Reserva Federal en Estados Unidos, han operado muchas veces al margen de esta regla, ajustando las tasas por motivos políticos o para estimular artificialmente la economía. Estos ajustes suelen fomentar el endeudamiento e inversión en proyectos que no serían sostenibles bajo tasas reales de interés, llevando al mercado a ciclos de auge y caída.

Por otro lado, la Curva de Phillips ampliada destaca cómo la manipulación de las tasas de interés, ignorando las expectativas de inflación de los agentes económicos, socava la confianza en la economía y afecta la estabilidad a largo plazo. Esta versión de la Curva de Phillips señala que las personas, al anticipar inflación, modifican su comportamiento, haciendo que los intentos del banco central de reducir el desempleo a través de la expansión monetaria solo generen inflación sin resolver el problema de fondo. Este fenómeno da lugar a una inflación crónica, que a su vez reduce el poder adquisitivo y socava la estabilidad económica.

Reflexión final: ¿Crisis del capitalismo o del sistema de intervención estatal?

La conclusión es clara: lejos de vivir en un sistema capitalista, estamos inmersos en un sistema de intervención estatal que impone un control férreo sobre el dinero y el crédito. Las crisis que presenciamos no son una falla del mercado libre, sino el resultado de una economía manipulada que desconecta las señales naturales de oferta y demanda. Tanto la Regla de Taylor como la Curva de Phillips ampliada muestran que la intervención desmedida y la creación de dinero sin respaldo generan ciclos de auge y caída que afectan desproporcionadamente a los sectores más vulnerables.


Es momento de cuestionar si necesitamos más intervención o si, por el contrario, deberíamos reducir el rol del Estado en la economía. Solo así podremos avanzar hacia un sistema económico estable y sustentado en la realidad, sin burbujas de crédito artificial y sin crisis que erosionen el bienestar de la sociedad.

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sábado, 6 de diciembre de 2025

Oro vs. pobreza: la mentira del ecologismo radical

 

Cuando se habla de oro, muchos medios afines a la izquierda enseguida posicionan en la mente de las personas "codicia, destrucción ambiental y “corporaciones sin alma”. Lo que casi nunca se muestra es el otro lado de la moneda: países que han aprovechado responsablemente sus recursos mineros para financiar escuelas, hospitales, infraestructura y empleos bien pagados. Canadá es un ejemplo incómodo para el discurso anti-minero de la izquierda y del ambientalismo extremo: es uno de los grandes productores de oro del mundo… y al mismo tiempo uno de los países con mejor calidad de vida del planeta.

1. El oro en la economía mundial: no es una anécdota

En 2024 la producción mundial de oro rondó las 3.300 toneladas. China fue el mayor productor (alrededor de 380 t, cerca del 11–12 % del total), seguida de Rusia, Australia y luego Canadá, con unos 200 t, alrededor del 6 % de la producción global. 

Es decir: el oro no es un capricho de unos pocos. Es un componente clave del sistema financiero (reservas de bancos centrales), de la joyería de alto valor y también de tecnologías médicas y electrónicas. Según la propia industria, el oro que se extrae hoy proviene de yacimientos cada vez más complejos y de menor ley, lo que requiere más inversión, mejor tecnología y estándares ambientales más estrictos. La producción apenas creció alrededor de 0,5 % en 2023, señal de que no es una “fiesta salvaje de depredación” sino un sector que enfrenta límites geológicos reales. 

2. Canadá: oro, minería y calidad de vida

Canadá desarma por completo el argumento de que “minería = miseria y destrucción”. Es una potencia minera y al mismo tiempo un referente global en bienestar social.

  • El sector minero (incluyendo servicios y manufacturas asociadas) aportó cerca de 117.000 millones de dólares canadienses al PIB en 2023, alrededor del 4 % de toda la economía. 

  • Si se amplía la mirada a minería, canteras y petróleo y gas, la participación llega a alrededor del 8 % del PIB canadiense. 

  • La industria minera emplea unas 694.000 personas entre empleo directo e indirecto, con salarios por encima del promedio nacional. 

  • En minerales críticos, los empleos crecieron más de 6 % entre 2019 y 2023, hasta cerca de 55.000 solo en esa categoría. 

Esos números no describen un país devastado por la minería, sino uno que ha sabido convertir sus recursos en prosperidad, inversión y empleos de calidad. La OCDE, al analizar regiones mineras como el norte de Ontario, muestra que, bien gestionados, los proyectos mineros pueden coexistir con buenos indicadores sociales y ambientales, e incluso mejorar servicios e infraestructura en zonas remotas. 

3. Lo que dicen los datos sobre oro y desarrollo

Informes del World Gold Council y otros organismos muestran que la minería moderna de oro genera:

  • Empleo formal en zonas donde antes predominaba la informalidad.

  • Ingresos fiscales significativos vía impuestos, regalías y exportaciones.

  • Inversión en carreteras, energía eléctrica, agua potable y servicios comunitarios asociados a los proyectos. 

En muchos países de ingresos medios y bajos, la presencia de una mina de oro de gran escala ha multiplicado los salarios locales, ha extendido la cobertura de servicios y ha creado oportunidades para proveedores locales (transporte, alimentos, mantenimiento, seguridad, etc.). Cuando existe un Estado mínimamente serio, esos recursos se traducen en mejor educación, salud e infraestructura.

¿Hay casos de malas prácticas? Por supuesto. La historia latinoamericana está llena de corrupción, regulaciones débiles y empresas (públicas y privadas) que han hecho las cosas mal. Pero de ahí a sostener que “toda” minería es intrínsecamente destructiva hay un abismo. El problema no es el oro en el subsuelo, sino la mala institucionalidad en la superficie.

4. El ambientalismo extremo y el inmovilismo que empobrece

En este punto entra en escena el discurso del ambientalismo extremo y de buena parte de la izquierda: “No a la minería”, “cero extracción”, “dejemos todo bajo tierra aunque la gente siga sin agua potable, sin empleo y sin futuro”.

Este relato tiene varios problemas:

  1. Ignora la evidencia internacional. Canadá, Australia o los países nórdicos muestran que se puede regular con firmeza, exigir estándares ambientales altos y, al mismo tiempo, aprovechar los recursos para financiar bienestar social.

  2. No ofrece alternativas realistas. Decir “vivamos del turismo y la agricultura orgánica” suena bonito en un cartel, pero no reemplaza el peso de las exportaciones mineras, ni la capacidad recaudatoria que tiene un sector de alto valor agregado.

  3. Congela la pobreza. Al bloquear sistemáticamente proyectos mineros, se impide que regiones pobres accedan a empleos formales, infraestructura y servicios. Se mantiene a la población en actividades de baja productividad… y luego se culpa al “neoliberalismo” de que no haya desarrollo.

La paradoja es clara: en nombre de “proteger a la gente”, cierto activismo termina protegiendo la desigualdad y el atraso.

5. Minería responsable: sí; pobreza eterna: no

Defender la minería no significa dar un cheque en blanco a cualquier empresa ni al Estado. Significa exigir tres cosas muy concretas:

  1. Reglas claras y estables, que obliguen a usar tecnologías limpias, manejar adecuadamente relaves, cuidar el agua y reparar pasivos ambientales.

  2. Instituciones sólidas, que fiscalicen en serio y eviten la captura política y la corrupción.

  3. Distribución transparente de beneficios, con parte de las regalías y tributos invertidos de verdad en las comunidades locales (infraestructura, educación técnica, salud, emprendimiento).

Cuando estas condiciones se acercan al estándar canadiense, la minería de oro se convierte en un motor de prosperidad y no en una maldición. Los datos de producción global muestran que el oro es un recurso escaso y cada vez más difícil de encontrar; renunciar voluntariamente a él por consignas ideológicas es un lujo que los países en desarrollo no se pueden permitir. 

Si queremos hablar en serio de desarrollo, no podemos seguir comprando el relato simplón de que extraer es malo y prohibirlo todo es “moralmente superior”. La verdadera discusión debe ser cómo extraer mejor, no cómo impedir que nada cambie.

Si estás cansado del discurso anti-minero que condena a nuestros países al atraso, sigue Ideas Antizurdos y comparte esta entrada para abrir el debate.



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martes, 2 de diciembre de 2025

El gran fraude del ALBA: 25 años de “milagros” socialistas que terminaron en ruina

 

Durante los últimos 25 años, los países del eje conocido como ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) han construido uno de los mayores ejercicios de propaganda económica de la historia latinoamericana. Bajo consignas de “soberanía económica”, “recuperación de los recursos naturales” y “milagros de inclusión social”, regímenes como los de Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia promovieron un modelo basado en expropiación, control estatal masivo, gasto público improductivo y una narrativa ideológica que ocultaba la progresiva destrucción del tejido productivo.

La promesa era simple: sacar al pueblo de la pobreza nacionalizando recursos estratégicos y centralizando decisiones en el Estado. El resultado fue exactamente el inverso: economías quebradas, caída de la producción, dependencia externa renovada y éxodos masivos de población.

Venezuela: del “milagro petrolero” al colapso total

En 1999, Venezuela producía más de 3,4 millones de barriles diarios. Hoy produce menos de una tercera parte. Tras la nacionalización total de PDVSA y la purga técnica de 2003, la empresa dejó de operar bajo criterios productivos para convertirse en una caja política. Los ingresos petroleros, en lugar de invertirse en modernización o diversificación, fueron dilapidados en subsidios clientelares y programas asistencialistas.

Resultado:

  • Hiperinflación récord mundial

  • Colapso industrial

  • Más de 7 millones de venezolanos emigrados

  • Salarios entre los más bajos del hemisferio

El “milagro” fue una ilusión financiera sostenida por altos precios del petróleo. Cuando el mercado corrigió, la economía nacionalizada ya estaba destruida.

Cuba: 65 años de soberanía improductiva

Cuba es el experimento más largo del modelo ALBA. Nacionalizaciones totales desde 1960 acompañadas de planificación central rígida dieron lugar a:

  • Productividad agrícola raquítica

  • Dependencia crónica de importaciones

  • Desabastecimiento permanente

  • Migración constante

Tras sesenta años de “soberanía”, Cuba sigue dependiendo de remesas, turismo administrado por conglomerados militares y asistencia extranjera. El resultado es evidente: salarios reales bajísimos, pobreza estructural y cero innovación privada.

La soberanía prometida se transformó en una economía cautiva del Estado, incapaz de producir bienestar.

Nicaragua: del discurso revolucionario a la maquinaria familiar

Desde 2007, Daniel Ortega retomó el poder combinando retórica socialista con extracción de rentas sin reformas productivas. Nacionalizaciones selectivas, control institucional y represión política generaron:

  • Pérdida de inversión privada

  • Aislamiento financiero

  • Fuga de capital humano

El modelo se sostiene por remesas y asistencia externa, no por productividad doméstica. Lo social se convirtió en fachada del autoritarismo económico.

Bolivia: gas para hoy, pobreza para mañana

El caso boliviano suele presentarse como el “éxito del ALBA”. Sin embargo, la supuesta estabilidad descansó exclusivamente sobre el boom del gas natural. La nacionalización encareció costos, redujo inversión exploratoria y afectó la reposición de reservas.

Sin diversificación productiva, Bolivia sigue dependiendo casi exclusivamente de la renta extractiva. Cuando los precios bajaron, regresaron déficits fiscales, presión inflacionaria y fragilidad externa. Nada estructural cambió.

El resultado es un país que permanece en el subdesarrollo crónico, pese a dos décadas de Estado rentista.

La gran mentira: soberanía ≠ desarrollo

El patrón es idéntico en todos los casos:

  1. Expropiación y control estatal destruyen incentivos de inversión.

  2. Politización de empresas nacionalizadas reduce eficiencia.

  3. Gasto social sin productividad consume capital.

  4. Dependencia de materias primas perpetúa vulnerabilidad.

  5. Destrucción de la empresa privada elimina innovación y empleo formal.

La “soberanía económica” presentada por el ALBA nunca significó soberanía productiva. En la práctica fue soberanía política para controlar recursos sin crear valor.

El verdadero desarrollo ignora la propaganda

Los países que realmente avanzaron en América Latina durante estos mismos 25 años —como Chile, Uruguay, Perú, Panamá o incluso Colombia prepopulista— lo hicieron promoviendo:

  • Estado de derecho

  • Apertura comercial

  • Protección de la propiedad privada

  • Inversión extranjera

  • Integración productiva

Mientras el ALBA vendía consignas antiimperialistas, el resto de la región avanzaba en cadenas logísticas, comercio exterior, energías limpias y servicios.

El balance final: propaganda contra realidad

Veinticinco años después, el veredicto es inapelable:

  • Ningún país del ALBA elevó sostenidamente su productividad.

  • Ninguno diversificó con éxito su economía.

  • Todos presentan mayor dependencia externa que antes.

  • Todos expulsan millones de migrantes económicos.

El “milagro socialista latinoamericano” no fue desarrollo: fue una burbuja ideológica financiada por materias primas, sostenida por propaganda y culminada en empobrecimiento sistemático.

Creer que la riqueza se crea confiscándola es desconocer cómo funciona la economía. Sin propiedad privada, sin reglas claras y sin inversión, ninguna nación progresa.

El costo humano de esta mentira son millones de jóvenes sin futuro que hoy migran buscando exactamente aquello que sus gobiernos les dijeron odiar: capitalismo, libertad económica y oportunidades reales.

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domingo, 30 de noviembre de 2025

Huyen del socialismo… y quieren reconstruirlo en Nueva York

 

Una de las contradicciones más desconcertantes de nuestro tiempo es observar cómo miles de personas que huyeron del socialismo real (miseria) en países como Cuba, Venezuela, Nicaragua o varias naciones africanas y del mundo musulmán terminan apoyando proyectos políticos socialistas en Estados Unidos, particularmente en Nueva York. El ejemplo más reciente es el ascenso del político socialista Zohran Mamdani, cuya propuesta de campaña se apoyó en una fuerte expansión del gasto público, controles de precios, subsidios universales, impuestos extraordinarios a empresas y, en general, un protagonismo estatal cada vez mayor en una economía con la mayor tasa de gente rica de los Estados Unidos.

La paradoja es dolorosamente clara: quienes escaparon de sistemas que destruyeron economías enteras ahora respaldan, quizás sin plena conciencia, el mismo tipo de políticas que provocaron las razones de su huida.

El choque entre esperanza y realidad

Todo migrante llega cargado de esperanza. Estados Unidos representa la oportunidad de escapar de la miseria, la represión o la falta de futuro. Sin embargo, el choque es brutal: trabajos precarios, alquileres impagables, discriminación, inseguridad laboral. El famoso “sueño americano” se vuelve una carrera cuesta arriba al no saber inglés o no tener una cualificación, es como creer que son solo llegar el sueño se convierte en realidad.

En ese escenario, discursos socialistas como los de Mamdani aparecen como un bálsamo inmediato: promesas de vivienda regulada, transporte gratuito, servicios universales y programas estatales de empleo. El lenguaje es seductor porque conecta con un deseo humano legítimo: seguridad económica.

Pero el problema es profundo. Esas promesas ignoran la causa real de la prosperidad que permitió a estas personas llegar a Nueva York: un sistema capitalista dinámico que, aun con desigualdades, genera riqueza, empleo y movilidad social. Atacar las bases de ese sistema es, en esencia, serruchar la rama sobre la que se está sentado.

Psicología del migrante: la utopía como refugio

Desde la psicología social, el fenómeno tiene explicación:

  1. Desplazamiento del trauma: Quien huye de un régimen socialista no siempre huye del socialismo como idea, sino del dolor concreto vivido: represión, hambre, violencia. Esto permite una peligrosa separación mental entre “el socialismo malo que yo sufrí” y “el socialismo bueno que ahora prometen”.

  2. Sesgo de idealización: El “socialismo democrático” presentado en ciudades occidentales se percibe como algo distinto, más humano y eficiente, desligado de su historial de fracaso. La memoria selectiva borra resultados y se aferra a promesas.

  3. Búsqueda de pertenencia: El migrante suele sentirse excluido en sociedades grandes y altamente competitivas. Proyectos socialistas ofrecen narrativas colectivas de lucha común que generan identidad: “nosotros, los trabajadores, los inmigrantes, los marginados”.

  4. Frustración de expectativas: Cuando el progreso tarda en llegar, aparece la tentación de responsabilizar al mercado, al capitalismo o a unos supuestos “ricos abusivos”. El discurso socialista convierte la frustración personal en causa política.

La autodestrucción inconsciente

Aquí emerge el núcleo del problema: al apoyar el socialismo democrático, estos grupos están colaborando (de manera inconsciente) en la erosión del único sistema que ha demostrado sacar a millones de personas de la pobreza.

No es el Estado paternalista quien genera prosperidad, sino el emprendimiento, la inversión privada, la competencia, la innovación y la seguridad jurídica. Todos factores inseparables del capitalismo.

Cada control de precios destruye incentivos.
Cada aumento desmedido de impuestos espanta inversión.
Cada subsidio masivo debilita la cultura del trabajo productivo.
Cada expansión burocrática ralentiza la economía.

El resultado es siempre el mismo: menos empleo, menos crecimiento, más dependencia estatal. Es el libreto que sufrió Venezuela, que padecieron Cuba y Nicaragua, y que ahoga hoy a buena parte de África socialista.

La diferencia es que en Estados Unidos esas políticas no colapsan de inmediato: el país todavía vive de la inercia de décadas de libertad económica. Pero el desgaste es progresivo: menos competitividad, costos elevados, impuestos crecientes, déficit estructural.

Mamdani: la versión amable del mismo problema

Políticos como Mamdani no predican revolución armada ni nacionalizaciones forzadas. Predican “justicia económica”, “igualdad” y “protección social”. Sin embargo, el andamiaje detrás es idéntico: concentración de decisiones económicas en el Estado y debilitamiento del mercado libre.

La retórica cambia, el resultado histórico no.

Creer que esta vez funcionará porque ocurre en Nueva York y no en Caracas es una ilusión peligrosa. También Venezuela creyó ser diferente por su petróleo. Cuba pensó resistir por su nacionalismo. Nicaragua imaginó una revolución productiva. Ninguno escapó a las consecuencias económicas del socialismo.

El error fundamental

El mayor error de quienes migran y luego promueven estas ideas es ignorar una verdad básica:

No fue el socialismo el que les abrió las puertas para escapar de la pobreza; fue el capitalismo.

Y al pedir que el Estado lo dirija todo están debilitando precisamente aquello que les dio la oportunidad de empezar de nuevo.

A modo de resumen

El fenómeno de los inmigrantes que huyeron del socialismo para luego defenderlo en Nueva York se explica psicológicamente como una mezcla de trauma mal procesado, frustración personal y utopía idealizada. Pero, en términos económicos, es una forma de autodestrucción colectiva: intentar reemplazar el sistema que genera riqueza por el mismo modelo que la destruyó en sus países de origen.

Buscar justicia es legítimo.
Atacar las bases del capitalismo no lo es.

La historia no cambia porque se repita con mejores discursos.

El socialismo sigue siendo —con sonrisa amable o con puño autoritario— la receta más segura para empobrecer a quienes dice querer salvar.


Defiende la libertad antes de perderla.
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