La guerra entre Israel y el grupo terrotista Hamas de Gaza no solo se libra en las ciudades de esa franja, sino también en el terreno simbólico de los medios de comunicación. Las guerras modernas ya no se limitan al uso de armas: se combaten también con titulares, imágenes y discursos creados a la medida. En este terreno, gran parte de los medios que se autodenominan progresistas o vinculados a corrientes culturales “woke” han desempeñado un rol clave en la construcción de narrativas que distorsionan la realidad y manipulan a la opinión pública, diciendo que los seudo militares de grupos terroristas matan en defensa propia o porque buscan defender a la población.
Este fenómeno no es nuevo. Desde la teoría de la comunicación, se sabe que los medios no solo informan, sino que encuadran los hechos (framing). Es decir, seleccionan qué aspectos destacar, cuáles ocultar y cómo interpretarlos. El resultado: un relato sesgado que influye en la percepción colectiva. En el caso del conflicto en Medio Oriente, este encuadre ha generado una polarización global que a menudo ignora principios básicos del derecho internacional y de la civilización occidental, es claro, que todoe ste trabajo busca tachar al pueblo judío de asesino y criminal, cuando la realidad es otra.
El encuadre selectivo: víctimas y victimarios
Una de las estrategias más comunes en la prensa progresista consiste en la inversión de roles entre agresores y víctimas, vemos como suopuestos periodistas en el día se convierten en soldados del terrorismo en la noche. Las coberturas suelen enfatizar el sufrimiento palestino con imágenes conmovedoras, mientras minimizan o invisibilizan los ataques contra civiles israelíes. Este sesgo emocional genera simpatía automática hacia un bando, sin considerar las causas inmediatas de los enfrentamientos ni las responsabilidades de grupos terroristas como Hamás.
En este sentido, el “doble rasero” es evidente. Cuando Israel actúa en defensa propia, se presenta como un “Estado represor”; cuando organizaciones radicales como Hezbollah o Hamas lanzan misiles indiscriminados contra poblaciones civiles, se suaviza el lenguaje con términos como “resistencia” o “respuesta desesperada”. El uso de palabras no es neutro: construye percepciones morales que influyen en el juicio del lector.
La manipulación de imágenes y testimonios
Otra táctica es la selección visual. Fotografías de niños heridos, escombros y funerales son ampliamente difundidas, mientras se omite mostrar la infraestructura militar escondida entre zonas civiles, utilizada por Hamás como escudo humano en hospitales y escuelas. Esta omisión deliberada convierte al espectador en receptor de una “realidad parcializada”, diseñada para provocar indignación selectiva.
Además, los testimonios difundidos suelen provenir de fuentes afines a un bando, sin verificación independiente. La multiplicación de estas versiones emocionales refuerza un relato único, dejando fuera las complejidades del conflicto.
La ideología “woke” y la simplificación del mundo en oprimidos y opresores
El progresismo cultural, en su versión mediática, tiende a reducir todo conflicto a una narrativa binaria: opresores vs. oprimidos. Bajo este prisma, Israel es catalogado como el poder colonial y Palestina como la víctima eterna. Este marco simplista ignora siglos de historia, acuerdos de paz fallidos y, sobre todo, la existencia de actores que rechazan abiertamente cualquier solución negociada.
La lógica “woke” no busca explicar, sino moralizar. Al hacerlo, se desentiende de los fundamentos legales del derecho internacional —como el derecho de un Estado a defender a sus ciudadanos— y prioriza una agenda ideológica que presenta a Occidente y a sus aliados como intrínsecamente culpables.
Consecuencias para la opinión pública y la democracia
El impacto de este tipo de narrativas es profundo. Millones de personas, especialmente jóvenes, consumen información filtrada por redes sociales y medios afines, construyendo su visión del mundo a partir de relatos incompletos. Esto no solo alimenta la polarización, sino que debilita la confianza en las instituciones democráticas y en los principios que sostienen la civilización moderna: el respeto a la ley, la defensa de la vida y la búsqueda de la verdad.
En el caso específico de Israel, la demonización sistemática ha llevado a un aumento del antisemitismo disfrazado de crítica política. Del mismo modo, la victimización absoluta de Palestina invisibiliza la responsabilidad de sus propias élites y de grupos extremistas que usan a la población civil como instrumento propagandístico.
La necesidad de un periodismo responsable
La crítica a los medios progresistas no implica negar el derecho a cuestionar las políticas de Israel o a visibilizar el sufrimiento palestino. El problema surge cuando la información se manipula deliberadamente para servir a una agenda ideológica, sacrificando la objetividad.
Un periodismo responsable debe reconocer la complejidad del conflicto, contextualizar los hechos y evitar la tentación de encasillar a los actores en etiquetas simplistas. Solo así se puede fomentar una opinión pública madura, capaz de debatir con base en hechos y no en emociones manipuladas.
Reflexión final
Los medios de comunicación son actores políticos en el siglo XXI. Su poder para moldear percepciones es tan grande que, en conflictos como el de Israel y Palestina, pueden influir más que un campo de batalla. Frente a ello, el lector crítico debe aprender a detectar sesgos, cuestionar titulares y buscar fuentes diversas.
La civilización occidental se sostiene sobre principios como la verdad, la justicia y el respeto al derecho. Cuando los medios progresistas o “woke” sacrifican estos valores para imponer agendas ideológicas, socavan las bases mismas de nuestra convivencia. La tarea de quienes creemos en una sociedad libre y responsable es señalar estas distorsiones y exigir un periodismo que, en lugar de manipular, se comprometa con la verdad.


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